Ideario — Obras de R. Mella — I

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Obras de Augusto Dide

«JUAN JACOBO ROUSSEAU (El Protestantismo y la Revolución Francesa)»

Hace por ahora dos siglos que nació el Fran figurante de la demagogia. Fue elocuente, fue escritor político, fue genial; también fue malvado. Dio su nombre al espíritu dictatorial de las multitudes, estrechamente sectario y avasallador. La guillotina no se sació de sangre hasta que en ella cayeron los mismos jacobinos con Robespierre a la cabeza, el hombre más vacuo y más soberbio de la Revolución, leguleyo endiosado y todopoderoso en el instante más trágico de aquella gran revuelta.

Francia acaba de rendir a Juan Jacobo sus fervorosos homenajes. El propio presidente de la República ha ido a inaugurar en el Partenón la tumba de mármoles artísticos del célebre ginebrino. Los escritores han hecho también sus ofrendas al genio. Las damas le han llorado porque supo amar, amar mucho, amar tiernamente, olvidadas de que, el buen Juan Jacobo, arrojó sucesivamente a la Inclusa los cinco hijos tenidos con se ama de llaves, la infiel Teresa.

El libro de Augusto Dide es de toda oportunidad. Allí está Juan Jacobo de cuerpo entero. Alternativamente católico y protestante, amigo y enemigo de los enciclopedistas, demócrata de nacimiento y aristócrata de vocación, vano y charlatán, literato sin seso, en perpetuo concubinato, neurasténico y finalmente loco, es la vida de este hombre una epopeya y una tragedia, genialidad y demencia, tal y como lo fue también aquel período terriblemente sanguinario de la gran Revolución, saturado del espíritu calvinista, sectario, inquisitorial y malvado.

Juan Jacobo Rousseau no ha muerto. La democracia y hasta el socialismo son jacobinos. Las ideas radicales todas, de nuestros días, están impregnadas de jacobinismo. Los dioses tienen todavía sed. Acaso no está muy lejos otra tragedia. Anatole France, con su mágica descripción del drama acabado, nos inicia en el drama que tal vez empieza. Los dioses tienen sed, y se encarcela, y se espía, y se ahorca, y se fusila, y la democracia amenaza también con la prisión,con el destierro y con la muerte a los futuros rebeldes, todo por la salud del pueblo, por la salud de las naciones, por el bien de la humanidad. Juan Jacobo preside aún nuestros destinos.

Lean, demócratas, radicales, socialistas, libertarios, lean este buen libro de Dide, que es de una acabada enseñanza, y verán cómo de la genial, de la incomparable Revolución francesa sólo queda la peste jacobina, la peste inquisitorial traducida al lenguaje revolucionario. Lean, y que de su espíritu se borren hasta los últimos vestigios de esta herencia nefasta en que el genio y la maldad se han juntado para tormento de la especie humana.

Juan Jacobo Rousseau ha sido no más la expresión adecuada de todas las corrupciones, de todas las villanías, de todos los engañados dorados con que la humanidad ha sellado su herencia de servidumbre y de miseria.

  • El Libertario, núm. 1, Gijón 10 de Agosto 1912.

«La leyenda cristiana»

Me parecen las cosas religiosas tan fuera de tiempo tan lejanas en la historia del mundo, que me cuesta trabajo no pequeño leer un libro sobre esa materia aun cuando su objeto sea repudiarla.

La leyenda cristiana, todas las leyendas religiosas las sitúo a enorme distancia de mí estado mental apenas me explico cómo unos cuantos millones de hombres que se dicen civilizados continúan reverenciando ídolos, tragando mitologías, fomentando devotamente ridículos.

La realidad me dice, no obstante, que el hombre debe ser una gran bestia teológica cuando tan estúpidamente se somete en nuestros días a los mayores absurdos y a las más chocarreras mojigangas. La verdad es que las leyendas triunfan y que la leyenda cristiana prosigue siendo la inspiradora y la reguladora de la vida del mundo llamado civilizado. Pensando así, abrí el libro de Dide, superfluo para unos pocos, necesario, indispensable para muchos, sobre todo en un país como España que hace gala y tiene a orgullo comulgar con sendas piedras de molino.

El libro «La leyenda cristiana» está escrito en lenguaje liso y llano, claro y preciso. Sin apasionamientos ni exageraciones, se demuestra en él cómo la religión imperante, a semejanza de todas sus congéneres, es un tejido intrincado de novelas, de contradicciones, de embustes. Se ha levantado, en el curso de los siglos, el artificio de la leyenda cristiana sobre las más estupendas divagaciones. Apenas se puede saber si hubo Cristo, si hubo apóstoles. Los libros que encierran la doctrina son contradictorios, de ignorado origen. Probablemente se reducen a una continua superposición de leyendas exigidas por las necesidades teológicas de los tiempos.

En fin de cuentas, lo único real es la concreción de una doctrina deprimente y de un poder aplastante gravitando sobre la humanidad dolorida. Y para esta doctrina y para este poder, fluye ya del libro de Dide la serena razón mostrando paso a paso su absurdo y su nefasta influencia. Papista o protestante, el cristianismo se ha abierto paso en el mundo derramando sangre humana a torrentes, torturando cruelmente, exterminando iracundo hombres y mujeres a millares. La pretendida religión de amor ha sido en todo tiempo el azote de la humanidad.

Para los espíritus libres de la preocupación religiosa, el libro de Dide es un buen arsenal de datos, de motivos, de razones que prueban concluyentemente que el cristianismo es una leyenda. Para los creyentes y los vacilantes será, por lo menos, el juicio imparcial de un hombre que rinde fervoroso culto a la razón. No habla en él el partidario; habla el crítico, el hombre de estudio. Diríamos mejor si dijéramos que son los hechos mismos los que hablan con incontrastable elocuencia.

Nuestro amigo Prat ha prestado un buen servicio al libre pensamiento traduciendo «La leyenda cristiana».

  • El Libertaria, núm. 19, Gijón 14 Diciembre de 1912.

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