Ideario — Obras de R. Mella — I

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Costa

Costa ha muerto. Se impone hablar de Costa. Lo quiere así el coro general de alabanzas.

Yo confieso, apenado lector, que estoy en ponto de la mayor admiración por lo que veo, leo y oigo.

Ayer mismo estaba Costa olvidado en su rincón de Grauz. De pronto, periodistas, literatos, médicos, políticos, se lanzan en clamoroso griterío por la salud, gravemente quebrantada, del patriota pesimista. No hay distinciones. Republicanos y monárquicos se disputan el record del elogio, de la magnanimidad, de la abnegación. Todo ofrecimiento, por grande que sea, se estima en poco. Toda alabanza, aplauso o encumbramiento, se antoja insignificante. En el como ditirámbico hay quien le ha llamado monstruo. Estaba agotado el diccionario de las excelsitudes.

Este lamentable, repugnante espectáculo lo han dado precisamente aquéllos que, llamándose intelectuales, no tienen la menor idea de la probidad intelectual. Costa los azotó cruelmente en vida; y ellos, perritos falderos, hacen lo que pueden y lo que saben lamiéndole las manos en muerte.

Son una traílla encanallada para la que no basta el desprecio: es necesario empuñar el látigo.

Costa, quieran que no los interesados gritadores de su talento, no ha sido popular, no ha sido estimado por el pueblo sino muy tardíamente porque su obra no fue tampoco hasta muy tarde labor de público interés y de público dominio. Enfrascado, demasiado enfrascado, en los mil y un enredijos de la ley, del derecho, de la jurisprudencia; prisionero en las tupidas mallas de lo legislado y de la legislable, su labor fue obra de técnico, si se quiere y tan grande como se quiera; pero no obra de conductor de multitudes, obra de idealista que mira al lejano futuro casi olvidado de la realidad ambiente. Cuando Costa se alza tonante y ruge, como se dice que rugía el león de Graus, es a la hora de la débâcle nacional, cuando todo muere en nosotros y alrededor de nosotros. Entonces y sólo entonces habla para el pueblo y el pueblo escucha. Le escucha y no le sigue porque o es incapaz de toda acción o va por otros derroteros. Quienes están sordos y ciegos son los directores de la cosa pública y los periodistas y los políticos. Tan ciegos y tan sordos que hasta sus propios amigos, los republicanos, le hacían, no ha mucho, el más completo vacío, respondiendo con un silencio glacial y cruel a las excitaciones de El País para que nuevamente se le eligiera representante de la nación en Cortes.

¿Se quería que el pueblo le siguiera? Quiénes habían de seguirle, en primer término, eran los que a la hora de la muerte se exceden en el elogio, y esos no le siguieron. Aún ahora no le siguen. Claman porque el país, al paso que le injurian, se alce resuelto a las más atrevidas empresas políticas, y ellos divagan, en tanto, olvidados de que la labor de Costa es propia de legisladores, de educadores, de intelectuales, legistas y gobernantes y está llamando a grandes aldabonazos a sus propias puertas. ¿Por qué no hacen en lugar de hablar? Si hay algo que regenerar aquí, en todo eso que ahora bulle y gesticula con motivo de la muerte de Costa. La revolución, ¿para qué? Encumbrar a las camarillas de ineptos e incapaces que peroran sin tino y disparatan sin medida, sería su único resultado. Que se revolucionen ellos, los intelectuales, los periodistas, los políticos, los conductores y administradores y directores de multitudes. Buena falta les hace.

Costa ha muerto. Olvidado en vida se los disputan las gentes en muerte. Sin duda valen más sus carnes que su pensamiento, su plástica que su idea. Es lo último que podía ocurrirle al patriota pesimista que no juzgaba muertos.

Acaso tuviera razón porque paremos empeñados en mostrar que perdura en nosotros la carroña de los siglos.

  • Acción Libertaria, núm. 13, Gijón 10 de Marzo de 1911.

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