Ideario — Obras de R. Mella — I

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Moral de ocasión

No diremos ninguna novedad si afirmamos que nuestras nociones morales están muy lejos de responder a las exigencias de la naturaleza y de la justicia.

Con la naturaleza riñen abiertamente apenas se esboza el problema de las necesidades fisiológicas, tales como la alimentación y la reproducción. Con la justicia, tan pronto irrumpe el antagonismo de los intereses.

Por harto sabido, no es necesario repetir que se llama ladrón al que se apodera de algo que necesita y hombre honrado al que diariamente sustrae a los demás hombres que para él trabajan una parte considerable del valor de su trabajo; no repetiremos la vulgar consideración que reputa barragana a la mujer que libremente se entrega al amor de sus amores y respetable señora a la que toma en arriendo un hombre que sirva de tapadera a sus devaneos. Olvidado tiene todo el mundo que vivimos por completo a merced de una moral acomodaticia o de ocasión.

Mas profundizando un poco en la materia, se observará que los falsos valores de la moral corriente llegan a alterar hasta la condición misma de los individuos, mixtificando sus juicios y sus sentimientos. Se da frecuentemente la paradoja de que estimemos de diferente manera hechos absolutamente idénticos. Lo que tenemos por heroicidad en unos casos, lo llamamos otras crueldad, salvajismo, barbarie. Un hombre de ciertas condiciones es un monstruo o es un héroe, no según la naturaleza de sus actos, sino según las circunstancias concomitantes de los mismos. Santo o demonio es cualquier individuo excepcionalmente dotado, no según su conducta, sino según las preferencias ideológicas que le animan. En todo momento aplicamos distintos pesos y distintas medidas y, por contera, nos quedamos tan satisfechos y tan ufanos de nuestra incomparable moral.

Ni aún en los momentos de las grandes crisis sentimentales queremos rendirnos confesando la antinomia irreductible en que vivimos. No hay voluntad bastante para revisar nuestros juicios y reconocer el vicio de origen que nos conduce a falsear las más elementales nociones de equidad. A lo sumo, nos asombramos de que un hombre a quien teníamos por honrado, valeroso, buen ciudadano, etc., caiga de pronto en el abismo del crimen o en la depravación del vicio.

Y, sin embargo, casi nunca hay contradicción en el caído. La contradicción está en nosotros. La contradicción está en nosotros porque lo que en una ocasión consideramos como valor heroico, lo juzgamos en otra como ferocidad inconcebible. Bajo la influencia de las ideas metafísicas de patria, de honor, de caballerosidad, etc., o de fe religiosa, de abnegación política, de civismo ciudadano, todos nuestros principios morales se transmutan. La medida es absolutamente distinta de la que aplicamos en la vida ordinaria.

Hay estatuas levantadas a hombres cuyo mérito principal ha consistido en ser azotes de la humanidad. Si estos mismos hombres hubieran aplicado sus instintos feroces en la vida corriente y moliente, habrían sido de seguro llevados a la picota y colgados de un palo. Esencialmente no existe diferencia entre uno y otro orden de hechos. Cada cual da de sí lo que lleva dentro según las circunstancias y el medio en que se encuentra. Aquello que está inscrito en nuestro organismo por la herencia, la tradición y la educación, no se borra por el solo hecho de nacer y vivir en una u otra esfera social. Lo que hace es acomodarse a nuestra moral de ocasión y nada más.

¿Cómo no nos damos cuenta de que ciertos hechos criminosos, ciertas conductas depravadas, son, en el fondo, traducción fiel, en otro medio distinto, de inclinaciones grabadas en un organismo defectuoso, cuyas heroicidades hubiéramos aplaudido y orlado de flores en diferentes circunstancias?

La educación en los falsos valores morales, desarrollando los instintos feroces, las inclinaciones guerreras, los egoísmos brutales, las ambiciones y las envidias mortificantes, es la que favorece la formación de esos monstruos que de tanto en tanto anonadan a la humanidad.

No nos parecen bastan repugnantes ciertos hechos hasta que dan todos sus espantosos frutos. A cada momento y en cada instante pasamos sin inquietarnos al lado de los vicios más repulsivos, de los delitos más odiosos. Les aplicamos la moral de ocasión sin que nuestra conciencia nos acuse de la más ligera complicidad. Somos, sin embargo, amparadores y factores de vicio y de delito cuando no viciosos y delincuentes. Nuestro asombro en las grandes crisis, es nuestra acusación.

Habremos de revisar todos nuestros valores morales, todos nuestros falsos valores morales, para no quedarnos mudos de terror ante la fiera humana que nosotros mismos hemos modelado. Del fondo mismo de la vida social arranca la barbarie civilizada. De la entraña misma de nuestra organización pública brota la iniquidad, la lucha brutal, la despiadada crueldad que nos deshonra y nos envilece. Una moral sincera que hiciera hombres buenos, acabaría con el monstruo humano. Pero esta moral deseada es imposible en un mundo de castas, de privilegios y de irritantes desigualdades. Esta anhelada moral será la obra de un porvenir en que sólo soñamos unos cuantos utopistas. Y el sueño se convertirá un día en realidad o la especie humana habrá desaparecido en el abismo de todas las bestialidades.

  • Acción Libertaria, núm. 4, Madrid 13 de Junio de 1913.

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