Ideario — Obras de R. Mella — I

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Idealismos culpables

Es digno de estudio el espíritu popular durante los grandes trastornos políticos y sociales. Ya sea por infantiles atavismos, ya derivado de predicaciones demasiado idealistas, las rebeldías del pueblo suelen ir acompañadas de actos que, si ponen de manifiesto la inagotable bondad del corazón humano, muestran también cuanta parte tiene, en la ineficacia de las revoluciones, la candidez general.

Por harto conocido, holgaría citar el hecho singular de que las insurrecciones democráticas alzaran el famoso «pena de muerte al ladrón», mientras consentían que los grandes ladrones esperaran agazapados en sus palacios a que la tormenta revolucionaria amainara. Pero no se considerará así si se tiene en cuenta que el espíritu neto de tal conducta vive todavía en el pueblo y además se ha reafirmado, un tanto modificado, en el terreno de las contiendas sociales.

En todos los sucesos contemporáneos de alguna resonancia se ha visto como el buen pueblo continuaba aferrado al castigo del hambriento ladrón de un panecillo y al respeto a la propiedad sacrosanta del ladrón legal, enriquecido con el trabajo ajeno; se ha visto como el buen Juan se detiene siempre ante las grandes mentiras en que descansa el caserón vetusto del privilegiado social. La voz de la reacción es poderosa todavía. Ella grita al pueblo moderación, respeto, templanza; condena todos los radicalismos y pide resignación y prudencia para ir elaborando lentamente un porvenir muy poco mejor que el presente detestable. Los maestros de la charlatanería política y social conocen y manejan bien los resortes de la sencillez popular. Hablan elocuentemente a los atavismos heroicos que hacen del pobre el perro guardián del rico; despiertan los convencionalismos rancios de la honradez servil, de la lealtad humillante, y cuando la rebeldía popular estalla, la historia magnánima consigna la santa virtud revolucionaria que guarda los bancos, las grandes propiedades, los personajes del rebaño y fusila al miserable que cree llegada la hora de comer y de abrigarse. ¡Y qué cosa tan sencilla escapa a la penetración popular! En mil formas se ha dicho y nunca será bastante repetirlo: aquel famoso letrero de las barricadas republicanas estaría muy en su lugar si los revolucionarios empezaran por colgar de un farol, como suele decirse, a todos los detentadores del trabajo ajeno, políticos, propietarios, etc.

El resultado de la educación recibida por el pueblo no puede ser sino el que queda indicado. Los idealismos quijotescos de la democracia conducen forzosamente al afianzamiento de todos los anacronismos. Son idealismos culpables que tornan ineficaz la acción revolucionaria.

En nuestros tiempos de huelgas y alborotos obreros, ¿qué otra cosa se ve? Los trabajadores saben salir a la calle, poner su pecho indefenso a las balas; los mismo que antes, son héroes de barricada con todos los debidos respetos a la santa propiedad, a la autoridad y a las personas. Los mismos idealismos culpables siguen inspirando la conducta de las masas.

¿Y por qué los obreros que luchan por una mejora o un ideal económico se entretienen en reñir absurdas batallas con la fuerza armada? Allá están el burgués admirado que los explota, el político que los engaña y explota, el cura que los envenena, engaña y explota; allá están el opulento palacio que insulta la miseria de sus pocilgas, la fortaleza-fábrica donde dejaron gota a gota su sangre; allá está el usurero que les alivió una hora de trabajo doméstico, por la última camisa o por la última blusa.

A veces van los obreros a la puerta de la fábrica; ¿a qué? A vengar la traición de otros compañeros de hambre. El burgués tan tranquilo en su confortable vivienda. ¡Pena de muerte al esquirol! Y paz y respeto y consideración para el detentador del trabajo común, para el que explota para el que envenena, para el que engaña, para el que roba.

El fenómeno social no hizo más que cambiar de forma: los idealismos culpables continúan haciendo del buen Juan héroe legendario de la tonta honradez, de la necia lealtad que le convierte en perro guardián del amo que le azota, que le esquilma, que le mata.

Un hecho singular sobre el que es menester fijar bien la atención, es aquel que nos revela como todos los levantamientos populares dejan en paz al feroz usurero que trafica, en el último escalón de la miseria, con los últimos restos de pobreza. ¿Es acaso el recuerdo del hambre mitigada momentáneamente que convierte al repugnante prestamista en alma magnánima y generosa y paraliza la acción revolucionaria del pueblo?

No, seguramente; es que el pueblo, ahora como antes, todavía no sabe más que pelear, sacrificar su vida, poner su pecho a las balas, sin que se dé bien cuenta de por qué ni para qué. Su acción es aún instintiva y va impulsada por los atavismos de barricada y de motín, por la influencia de los idealismos culpables que le convierten en héroe inconsciente de ignoradas causas. Su acción reflexiva apunta apenas en las contiendas contemporáneas. El espíritu popular empieza ahora a transformarse. ¡Difícil empresa operar el cambio sin menoscabo de la bondad tradicional y con la pérdida de la candidez idealística y quijotesca!

Porque es preciso que la violencia actual y el furor creciente del combate por el porvenir no nos lleve a la crueldad y la ferocidad. Vamos hacia un mundo de justicia y de amor. ¿Llegaremos allá por la venganza y por el odio? Fuerza es luchar con los hombres y no con fantasmas, no con las cosas que ellos representan. Pero en este combate por lo mejor, la muerte no puede ser un objetivo, ni siquiera un medio, sino un accidente fatal, fruto de circunstancias momentáneas. Comprendemos el odio, la venganza, el rencor, la injusticia y la violencia como estados pasajeros inevitables traídos por las concomitancias de la contienda; no los comprendemos como predicación que cifra en tan deleznables fundamentos el éxito de una aspiración levantada.

La acción reflexiva, privada de los elementos atávicos idealísticos, será aquella que teniendo por mira una aspiración de justicia, comience por aplicarla, antes que a las pequeñas, a las grandes causas de la desigualdad social. La conducta mejor será la que nos conduzca más directamente y con menos sacrificio de la existencia humana a la realización del porvenir.

Claro que nunca podrá ser la acción revolucionaria un problema de cálculo, frío y sin entrañas. La pasión entrará siempre como factor poderoso en la conducta de los hombres. Y lucha sin apasionamientos, sin vehemencias, no se comprende. Pero la pasión toma los carriles trazados de antemano por la educación, por el hábito, por la propaganda, etc. Y así, cuando la masa popular haya roto con los convencionalismos motinescos y ridículamente heroicos, tomará el camino de la acción reflexiva que le conduzca al porvenir según la línea de menor resistencia, es decir, con menos sacrificio de vida humana y más provecho para todos los hombres.

La ineficacia de todas las revoluciones que tanta sangre y existencias han costado al pueblo, es buen ejemplo de la culpabilidad de ciertos idealismos.

Sacudamos la herencia funesta y haremos más y mejor por el porvenir ambicionado.

  • Ricardo Mella, “Idealismos culpables,” Natura 1 no. 20 (July 15, 1904): 317–319.
  • R. Mella, “Idealismos culpables,” El Porvenir del Obrero no. 294 (January 25, 1907): 1–2.

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