Ideario — Obras de R. Mella — I

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Dos conferencias

Maeztu y Alomar

Recio y duro habló Maeztu en el Ateneo de Madrid. Su conferencia «La Revolución y los intelectuales» es acontecimiento político digno de toda atención.

Alomar, en el Círculo de Barcelona, ha desenvuelto el tema de su conferencia «Negaciones y afirmaciones del catalanismo», con aquella emotividad especial que le distingue, al decir de sus devotos y admiradores. También es este un suceso político que merece fijar la pública atención.

Las dos conferencias han arremetido resueltamente contra los intelectuales. Los dos conferenciantes quieren llevarnos por distintos caminos, al parecer, por uno sólo en realidad, al concierto de los países civilizados de Europa; quieren europeizarnos, en suma, según pretendió hace ya tiempo Costa.

Maeztu intenta la formación de una aristocracia intelectual disciplinada que nos dirija y nos gobierne. Alomar enarbola la bandera de un nuevo partido socialista y catalanista a un mismo tiempo. Ambos claman por la curación rápida de los males del país. Ambos hurgan furiosamente en el gran problema de la cultura.

Pero ellos dos, que, como algunos otros, quieren ser modernos, quieren traducir al castellano o al catalán cosas inglesas y cosas alemanas, caen en la vulgaridad, diremos claro y duro, en la ignorancia de establecer una fuerte línea divisoria entre las clases intelectuales, políticas y burguesas de un lado, y la clase proletaria de otro. Toda la obra social es obra de políticos e intelectuales. España o Cataluña son España o Cataluña por sus capitalistas, por sus legisladores, por sus publicistas. El pueblo es masa, es servidumbre, es esclavitud que se trae y se lleva, se rechaza o solicita, según conviene. La Nación no la forma esa multitud que carece del derecho de ciudadanía. Los que quieren ser modernos permanecen aún en el concepto rancio del Derecho romano. No lo dicen claro, pero está visible en todas sus palabras, en todos sus razonamientos. Si quisieran hablar con entera y noble franqueza, saldría de sus labios una afirmación rotunda de castas.

La crítica que hacen del intelectualismo y de la política, es acerba, es merecida. ¿Pero no hay más factores en la vida de un pueblo? ¿No hay una acción social directa con su evolución propia al paso u opuesta a la evolución de la cosa pública? ¡Increíble parece que se escape a la perspicacia de esos cerebros superiores, superiormente dotados, tan sencilla evidencia!

Evoca Maeztu la obra de Fichte con sus Discursos a la nación alemana y empequeñece la acción universal del filosofismo puesto en boga por los Goethe, Hegel, Kant, Schiller, etc. Quiere sin duda, una labor semejante para España y parece creer que existe ya una juventud intelectual capaz de disciplinarse, de hacer kantismo, de rebasar la pequeñez, la mezquindad de los horizontes actuales. Duélese de que el pueblo se les haya escapado moralmente y ve con claridad que, paralelo al supuesto movimiento de reforma encomendado exclusivamente a los intelectuales, se opera un movimiento de revolución en el pueblo inasequible, misterioso y anónimo. Teme aun que la revolución alcance a la reforma y el pueblo caiga violentamente sobre todos ellos, los intelectuales.

Y como Maeztu, también Alomar ve que el pueblo se les ha escapado e intenta llevar a cabo en Cataluña -el uno en la patria grande; en la patria chica, el otro-; una obra meritísima, según expresión de La Publicidad, que consiste en arrancar a las clases obreras de las garras de los vividores políticos, de los ídolos que la inconsciencia del pueblo ha elevado; en educar a las masas proletarias, organizarlas para la lucha legal por el derecho, sustraerlas a la ANARQUÍA y a la explotación indirecta de su ignorancia por lo que él ha calificado de fomentismo… Y como Maeztu quiere una casta intelectual directora, que haga kantismo, quiere Alomar una izquierda socialista catalana que haga futurismo y pampolitismo, consistente el primero en acomodar el alma a los tiempos futuros que a no tardar vendrán y el segundo en ver desde Cataluña la vida de todas las ciudades del mundo, lanzando el espíritu más allá de las fronteras en una avidez insaciable de civilización; viendo a ser el pampolitismo en cuanto al espacio, lo que es el futurismo en cuanto al tiempo.

En verdad digo al uno que Lázaro no saldrá de su sepulcro. Y digo al otro que no está el horno para bollos filosóficos. Perdón, ante todo, por este salto mortal desde aquellas alturas ideológicas a estas ramplonerías de mi plebeyo intelecto.

¡Hacer kantismo! ¿Pero de dónde sale Maeztu que ignora ha pasado eso hace ya tiempo, que es absolutamente intelectual? No ya el filosofismo alemán, el socialismo de los Marx, Engels, Bakunin, Kropotkin, etc., actualidad vivida ayer mismo, está pasando a la historia en estos instantes. El pueblo toma la palabra y, en pleno practicismo social, se lanza a la acción por su cuenta y riesgo. Todas las teorías actuales no tienen más valor que aquel que brota de los hechos. Con actos se propaga, se demuestra, se convence. Son sus propias lecciones. ¿Qué hemos de hacerle si el verbalismo quiebra escandalosamente?

¡Y qué retardado el radicalismo que cree inventar cosas nuevas con su futuro y su pampolis catalanista y socialista al mismo tiempo!

Si estos hombres que tienen privilegiada inteligencia no pensaran, ante los problemas que inquietan a la nación española, como si hubieran caído de la luna anoche mismo, sobre tierras de Castilla o sobre tierras de Cataluña, podrían darse cuenta de que el proletariado se ha hecho mayor de edad, ha arrojado los andadores y, por su cuenta y riesgo, empieza a dirigir la vida del país; podrían darse cuenta de que la acción social directa rebasa la acción política, y así, en lugar de sus intentos de creaciones aristocráticas y directivas, se propondrían sencillamente integrar esta evolución real sumándose a la acción del pueblo como un factor más, ciertamente indispensable. Obrando de otra suerte se arriesgan a que el pueblo no vea en ellos sino ambiciones y anhelos inconfesables y proceda en consecuencia.

Bien, muy bien que desde el punto de vista burgués se intente elevar el nivel intelectual y moral del elemento director; pero que no se niegue o se calle la realidad que a la hora presente muestra por encima de la carcoma política la superioridad moral e intelectual -así como suena- del proletariado militante. Bien, muy bien que, atentos a los intereses de la burguesía, se quiera europeizar la patria catalana y la patria española; pero, ¡por los clavos de Cristo!, que no se olvide que el proletariado catalán, se ha europeizado antes, si no es que supera, por su poder de iniciativa y de acción, a los otros proletariados que en todas partes luchan por cosas de más enjundia que las que nos ofrecen esos dos innovadores de cosas rancias que se llaman Maeztu y Alomar.

Y no se tema, no, que la revolución violenta se adelante a la reforma si no es porque para la reforma no hay arrestos, ni ideas, en lo intelectual y en lo político. El pueblo inasequible, misterioso y anónimo, que dice el otro, tiene algo mejor en qué pensar y ocuparse que en episodios sangrientos de matanza. Ya lo está demostrando con los hechos, no porque se mueva sin organización y por agencias anónimas, por hombres más o menos desconocidos, perfectamente sustituibles los unos a los otros, según afirmó Maeztu, sino porque actúa conscientemente y por sí mismo, sin tutorías, sin generalatos políticos o intelectuales; y esta lección es que la deberían aprenderse bien antes de pretender reformas e innovaciones olvidadas de puro sabidas todos los Maeztus y Alomares habidos y por haber.

  • Acción Libertaria, núm. 6, Gijón 23 de Diciembre 1910.

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