Ideario — Obras de R. Mella — I

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TEMAS SOCIOLÓGICOS

La hipérbole intelectualista

Obreros intelectuales y obreros manuales

Es moda lamentable la de distinguir con vocablos fuera de uso y también de todo sentido real, ciertas ocupaciones o determinadas preferencias personales. Está en boga actualmente la palabra intelectual aplicada a literarios, publicistas, hombres de estudio, etc. Tan bien ha sentado a los favorecidos aquel dictado, que hasta periodistas de la más modesta condición, hombres que se precian de demócratas, de socialistas y aun de anarquistas se llaman a sí mismos o se dejan llamar, con no disimulada complacencia, intelectuales. Piénsenlo o no, establecen de este modo novísima e injustificada diferencia social; crean una nueva casta, modernizando el detestable pasado; propenden a instituir nueva idolatría en estos tiempos de fermento igualitario, de costumbres democráticas, de total derrumbamiento de todos los altares.

Aparte la falta de sentido y hasta la incorrección de la palabreja, ¿a título de qué ha de ser distinguido cualquier hombre por consagrarse a trabajos más o menos dependientes del ejercicio de las facultades mentales? ¿No es, por el contrario, el trabajo una gradación insensible de lo menos cerebral a lo más cerebral, sin que en ningún caso quede del todo excluida cualquiera de las dos formas de la actividad humana? La aristocracia del talento parece asomar tras ese vocablo altisonante que debieran aborrecer todos los hombres de verdadero mérito.

El individuo que no hiciera más que pensar, sentir, sumirse en la contemplación de la belleza o en los arcanos de la ciencia, sería poco menos que inútil a la sociedad en que viviera. Sería un fenómeno, un aborto, y no tendría, en verdad, de qué envanecerse. Inteligencia pura, como si dijéramos, espíritu puro; cerebro sin músculos y órganos que lo sustenten, sin nervios y sin materia que le dé plasticidad y vida: he ahí tal vez la soberbia idea que de sí mismos se forjan aquéllos a quienes place el dictado de intelectuales. Y, sin embargo, ellos saben bien que un hombre, no es en esas condiciones, sino simplemente en las del ejercicio cerebral excesivo, no puede ser más que un desequilibrado, un enfermo, y que sólo por raro caso brotan los genios, los sabios, los artistas, los que llegan a las costumbres más elevadas del pensamiento y de la belleza. Saben bien que no hay trabajo exclusivamente intelectual como no lo hay exclusivamente material: que, más o menos, escritores, artistas y sabios trabajan manualmente con la pluma, con la paleta, con el buril, con el instrumento de investigación, con la herramienta de operaciones.

¿No es en realidad petulancia de mal gusto esta exageración del intelectualismo, y perdóneseme la palabra?

En el fondo de la cuestión alienta profundo desprecio por el trabajo inminentemente útil. No son ciertos pretendidos obreros intelectuales de la madera de aquellos que entonan himnos gloriosísimos a la industria del hombre; no son los de la cepa de los que escriben «Germinal» y

«Trabajo», no son de los que desde la altura de un Fourier tienden la mano amiga al desdichado pocero para mostrarlos a la sociedad como uno de sus miembros más útiles.

Se quiere la distinción bien marcada entre la semi holganza de una parte de las clases directoras (literatos, artistas, etc.) y la durísima labor diaria de la multitud. Y como si para labrar una piedra, echar unas medias suelas o forjar una pieza cualquiera de hierro no fuera necesario aguzar el entendimiento, pensar y discurrir y hasta sentir la parte bella de la obra, se traza fuerte divisoria entre los llamados obreros manuales y los pretendidos obreros de la inteligencia. Si se nos observa que el llamado obrero manual apenas perfecciona sus obras y se nos habla del automatismo de sus funciones productoras, recordaremos que es la ley de la concurrencia en que vivimos la que le obliga a producir mecánicamente atendiendo más a la cantidad que a la calidad. Y recordaremos también que en las tareas del escritor y del artista no falta, sino que entra, por mucho, ese mismo automatismo que, a ser sinceros, confesarían lo más de los intelectuales.

Asalariados siempre aquéllos, asalariados muchas veces éstos, tienen ambos en realidad comunes intereses; necesidades, si no iguales, análogas. Los sentimientos y las ideas los dividen, que no la naturaleza de sus ocupaciones.

Cierto que el pueblo tiene ojeriza a los señoritos, que el obrero del taller y el obrero del campo odian al obrero de mostrador o de escritorio, odia colectivamente a los que se llaman clases acomodadas. Mas, ¿no desprecian éstos a aquéllos? ¿No hay entre dichas clases acomodadas, sean o no intelectuales, desdén arraigadísimo para la blusa, para el trabajo? Desde el más humilde especiero, desde el más almibarado hortera hasta es más conspicuo burgués, todos sienten menosprecio, no disimulado, por el pobre jornalero. Los mismos que hacen la corte, desde las columnas del periódico o las páginas del libro, a las clases trabajadoras, ¿no participan en su mayoría de tal desdén? Es menester hablar el lenguaje de la sinceridad. ¡Cuántos no se sentirían molestos, casi deshonrados, si en la vía pública les detuviera uno de esos desarrapados a quienes dicen defender!

Entre el odio y el desprecio preferimos el odio; lo preferirá toda persona de mediano sentido. El odio es un sentimiento de igual a igual; el desprecio, un sentimiento de superior e inferior. El odio enciende el odio, la represalia; el desprecio humilla, confunden, anonada.

Todo ello tiene explicación en el antagonismo de los intereses. No somos solidarios en el convivir; menos lo somos en el trabajo y en los goces de los frutos del trabajo. Por otra parte, la mayoría de las gentes ilustradas sigue considerando el trabajo como una maldición, como una mancha. Y no son los denominados intelectuales los que menos participan de esta detestable opinión, aún cuando no la confiesen.

Mas, a pesar de todo, los sentimientos e ideas populares, no cabe negarlo, van francamente hacia la fusión de las clases. Prescindiendo de la influencia del socialismo y de la de sus propagandistas, el pueblo en general tiende a borrar toda distinción y aspira a la igualdad por la elevación de las condiciones y el desarrollo de la inteligencia. Lo que queda contrario a esta tendencia, ya lo hemos dicho, es fruto de la oposición de los intereses.

¿Puede decirse lo mismo de los sentimientos e ideas de los intelectuales?

Creemos que no. Lo prueba su mismo afán por nuevas distinciones. Cualesquiera que sea su profesión de fe, arcaica o progresiva, no ven en el pueblo sino al inferior a quien tienen el derecho de dirigir. Teóricamente afirmarán los mayores atrevimientos, pero revelarán a seguida que no se sienten ni se piensan iguales ni aun al culto obrero que sabe algo más que el mecanismo de su arte o industria. Pocos serían capaces de la exclamación de Proudhon cuando su editor se disculpaba por haberle confundido con el fumiste: «¡También yo soy hombre de oficio!»

De estas consideraciones generales no se deduce, por cierto, que no haya hombres de inteligencia, artistas de valía que se sientan iguales a los demás hombres y pongan al servicio del pueblo sus talentos. Pero éstos no se pagan de hiperbólicos dictado ni persiguen el éxito ruidoso o sienten el aguijón de conquistar renombre y trepar a las más latas posiciones. Son más modestos, precisamente porque valen más.

Si examinamos la actitud de los intelectuales con relación a los obreros militantes del socialismo y del anarquismo, veremos que la divergencia se hace más profunda.

Pretenden aquéllos que los trabajadores que se ocupan de su emancipación se lo deben todo y, no obstante, menosprecian o rechazan su concurso. Ni es cierto lo uno ni lo es lo otro.

Precisamente son los militantes del socialismo, genéricamente hablando, los que con más ahínco propagan entre el pueblo ideas contrarias a toda diferencia entre obreros intelectuales y obreros manuales. Para los socialistas no hay más que asalariados de un lado, cualquiera que sea su profesión, y explotadores de otro. Son, por tanto, compañeros todos los asalariados, primero por la comunidad de intereses, después por la solidaridad de opiniones. Frente al proletario, los burgueses (capitalistas, gobernantes, legisladores, etc.), son, para el obrero socialista, el enemigo. Y aun si el burgués comparte las opiniones y los sentimientos del obrero, no es la lucha de clases ni la doctrina social obstáculo para que el burgués sea bien acogido. Sobre todo los anarquistas declaran continuamente que la emancipación será obra de los hombres de buena voluntad.

Prueba de que no rechaza el socialismo a los llamados obreros de la inteligencia es el gran número de literatos, publicistas, artistas y pensadores que militan tanto en el campo del socialismo autoritario como en el socialismo anarquista. Hombres de posición social figuran asimismo en ambos partidos y gozan unos y otros de la estimación de los trabajadores del taller y del terruño.

No es menester citar nombres. Españoles y extranjeros, son muchos los de excepcionales condiciones conocidos como socialistas y anarquistas. Insistir, pues, en la supuesta prevención hacia los obreros intelectuales, nos parece perfectamente inútil.

Es evidente, por otra parte, que las clases populares tienen para los hombres de talento que han trabajado o trabajan por ellas, reconocimiento muy vivo. Tal vez se les reverencia demasiado. Porque, en fin de cuentas, es indigno que en cuestiones de justicia y de humanidad debidas, se aplique la teneduría de libros y se pretenda cobrar réditos. Cuando decimos que un hombre lucha y se sacrifica por el pueblo, haríamos bien en decir que lucha y se sacrifica por el pueblo. Simplemente esto y nada más. Así no habría quien se proclamara acreedor perpetuo del pueblo, olvidando que el pueblo es quien hace los grandes hombres, quien los encumbra, quien los glorifica.

Y aun sin esta consideración pudiera decirse a los intelectuales que tal hablan, que no se conocen ni siquiera superficialmente el movimiento obrero moderno. Podrá estar el punto de partida del socialismo en Fourier, Cabet, Proudhon, Marx, Bakunin, etc., pero la inmensa labor socialista que da ahora tan prodigiosos frutos se debe a las masas obreras, ignorantes de filosofías trascendentales y de complicados economismos. Es el resultado de su espíritu práctico unido a sus maravillosas intuiciones de la verdad y del bien. De las obras de aquellos pensadores, uno por mil de los obreros militantes conocerán algunas, no la totalidad de ellas. Aun los mismos periodistas y oradores del socialismo es seguro que no las conozcan todas. De modo que el trabajo realizado por las innumerables asociaciones políticas y de resistencia en que se agrupan los obreros, se debe, no a los intelectuales de nuestros días, no tampoco a aquellos hombres eminentes que grabaron en sus libros inmortales los principios del socialismo, sino, lo repetimos, a los propios obreros que experimentalmente han ido dándose una doctrina y una organización. Que el alma de los grandes pensadores del socialismo está en ellos, ¡quién lo duda!

¿Qué deben, pues, los obreros socialistas a los intelectuales, cuando son éstos los que empiezan ahora a ir a remolque de aquéllos? Las mismas leyes protectoras que han promulgado algunos Estados, ciertas campañas de la prensa, ¿qué son sino la resultante de la gran presión ejercida sobre todos por las organizaciones obreras? En cambio pudieran decir los obreros que deben a los intelectuales, en Francia, las llamadas leyes malvadas; en España y Portugal, las leyes excepcionales contra los anarquistas; en Italia, el domicilio coatto. ¿No fueron la resultante de inicuas campañas en que se perdió toda noción de justicia y de humanidad?

Vivieran los intelectuales de nuestros días la vida del socialismo obrero, y no formularían opiniones que revelan a un mismo tiempo sus pretensiones y su ignorancia. Todas sus lecturas de autores antiguos y modernos no pueden darles la aproximación siquiera de la realidad socialista. A lo más tendrían noción de lo que es el socialismo como la tendría del mar quien lo contemplara en un buen cromo. Pero es menester embarcarse, asomar cuando menos a la costa para admirar el grandioso espectáculo que ignoran las gentes de tierra adentro.

Acérquense al obrero sin aires de dómine, y el obrero los acogerá con aplauso. Lo que ocurre frecuentemente es que los señores intelectuales no toleran que se le discuta; pretenden que se les escuchen y se les siga sin crítica; pero el obrero, que no está para aguantar tan molestas moscas, se las sacude rudamente y prosigue su camino. Sobre las ruinas de todas las aristocracias no consentirá que se alce la aristocracia de las plumas.

Si hay hombres de fe sincera en el porvenir entre los que se llaman intelectuales -que sí los habrá-, que trabajen generosamente por lo que crean justo sin exigir que nadie se les someta, ni tolerar ningún género de sumisión y mucho menos demandar gratitudes, no sólo discutibles, sino también inadmisibles. Esto es lo honrado.

Es absurda la distinción de obreros intelectuales y obreros manuales. Todo hombre tienen necesidad y debe trabajar de una manera útil para sí y para sus semejantes. En la realización del trabajo no hay más que iguales: productores. El que no produce es un zángano. Que saque la consecuencia quien quiera.

La hipérbole intelectualista, a más de ridícula, es indigna de hombres que se estimen. El talento no necesita heraldos ni motes. Una virtud sencilla y modesta vale más que todos los ditirambos de la sabiduría cursi. Seamos sencilla y modestamente virtuosos.

  • R. Mella, “La hipérbole intelectualista,” Natura 1 no. 1 (October 1, 1903): 9–12.
  • R. Mella, “La hipérbole intelectualista,” La Protesta 16 no. 237 (November 7, 1903): 2; 16 no. 238 (November 14, 1903): 1–2.

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