Ideario — Obras de R. Mella — I

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La visión del porvenir

… Y el buen ciego, tembloroso, habló a la asamblea de este modo:

«”Perdí la facultad de contemplar el mundo: lo perdí todo al perder este preciso órgano, sin el cual la actividad física útil, el trabajo, es punto menos que imposible. Mi pobre ciencia, adquirida a fuerza de sacrificios, de nada me sirve; de nada me sirve mi pobre práctica aprendida en los azares de una vida estrecha y afanosa. Vivo en la soledad de las tinieblas, orientándome entre las gentes por el tacto vacilante de mis manos. Estoy solo conmigo mismo, sin luz, sin esperanza”.

“Pero allá en el fondo de mi ser, en las horas de mi callada soledad, brota dentro, muy dentro, una claridad vivísima; brilla una estrella radiante, fulgura algo indefinido que me ilumina de modo que ustedes no pueden comprender, con una luz singular que no es la onda de éter que vibra con el ritmo del ojo o con el ritmo del azul. Allá muy dentro de mí organismo surge la visión seductora del mañana, en la que gozo y me baño a mis anchas y de la que no hubo reminiscencia alguna en los dichosos tiempos en que mis ojos veían, escudriñaban el horizonte, como ahora escudriñan ahora ustedes el porvenir en que sueñan despiertos. Y en esta visión interna ya no veo al haraposo viejo tirando fatigosamente de la carreta, que se atasca en el fango de la gran ciudad; ya no veo al mozo tísico que alarga la mano al transeúnte que trota jadeante por la avenida en busca del diario mendrugo; ya no veo a la encorvada anciana que rueda bajo las patas del bruto que arrastra el coche del gran señor, como el viejo impotente tiraba del carretillo desvencijado por los tambaleos de la miseria; ya no veo a la jovenzuela semihambrienta o hambrienta del todo brindar sus carnes a la saciedad del macho degradado; ya no veo los sexos invertidos puercamente, canallescamente; ya no veo las sedas en que se envuelve la liviandad ni los andrajos en que se arrebuja la inocencia; ya no veo el hartazgo de los holgazanes y la famélica desnudez de los laboriosos; ya no veo a los hombres con disfraces de dioses o de servidores de dioses, con disfraces de muerte o de instrumento de la muerte; ya no veo le vil mercado donde se cotizan lo mismo las virtudes que los vicios, lo mismo las cosas que las personas; ya no veo el mal, la injusticia, el dolor, ese inmenso dolor que la humanidad arrastra consigo a través de los siglos, llenando el mundo de desdichas, de implacables desdichas”.

“Ya no veo nada de aquello que antes de mi fatal ceguera pasaba muchas veces al lado de mi indiferencia o al lado de mi ira”.

“Ahora todo es plácido. De las tinieblas del exterior ha brotado la luz interna, la luz de las luces. La tierra es inmenso hormiguero de hombres laboriosos: se trabaja con placer, se goza con exquisita ternura, se investiga, se estudia, se embellece el mundo con la maravillosa espontaneidad de la felicidad lograda”.

“¿Llanto, pesares, desgarraduras del alma? Pena del amante que pierde el ser amado; llanto que riega la tumba del padre, del hijo, de la esposa; desgarraduras del corazón lacerado por el dolor agudo de una desgracia grande, ¿quién borrara sus huellas? El amor común de los humanos, el cariño mimoso del amigo leal, del compañero asiduo, allí están para asistir al que llora, al que sucumbe al dolor de los dolores. ¡La soledad espantosa del lecho de muerte miserable, sucio, infecto, es horrible! ¡Horrible el cruel zarpazo de la bestia que se yergue brutalmente en el momento supremo del llanto, del dolor, de la amargura sin nombre que atosiga al enfermo, al desvalido, al desamparado!”

“Ya no, ya no existe nada de este inicuo espectáculo de la atrofia humana”.

“Ahora todo es plácido. No se rastrea la felicidad entre el lodazal de todos los rebajamientos; no se acecha la riqueza tras los matorrales de la infamia; no se afianza la seguridad propia en el goce cruel del mal ajeno; no se mata, no se roba, no se chupa la sangre del hombre para que viva el hombre. Al conjuro de una hermosa igualdad que tiene pan para todos, luz para todos, goces para todos, los hombres se ayudan, se aman. Al conjuro de una libertad sin tasa que para todos tienen ancho campo de acción, la bondad florece como en perfumado jardín. Al conjuro de la suprema justicia que proclama al hombre igual al hombre, se concierta la felicidad humana por el esfuerzo generoso y espontáneo de cada uno, el trabajo se torna gran fiesta de amor, de belleza, de ciencia. ¡Alborozo sin límites, regocijo inexpresable, placer de dioses! A trabajar, hijos felices de la felicidad lograda”».

Y el buen ciego, agitando convulso los brazos en el espacio, grito:

«”Amigos míos: cierren los ojos y que esta mi luz interna los ilumine, que esta mi luz interna sea como el faro de sus acciones”.

“Y si alguno les dijera que el mundo siempre será la obra del mal, por el mal y para el mal, cácenlo como a una fiera o arránquenle los ojos, que tal vez en la soledad de sus tinieblas brille también para él esta mágica y dichosa visión del porvenir”».

  • Acción Libertaria, núm. 18, Madrid 19 de Septiembre de 1913.

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