Ideario — Obras de R. Mella — I

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Anselmo Lorenzo

Un viejo joven

Apenas había entrado yo en las luchas sociales, se hablaba siempre de él. Serrano y Oteiza, Francisco Tomás, Ruiz, muertos ya, y otros que todavía viven, me hacían el elogio de aquel propagandista de la buena cepa.

Le conocí personalmente en un Congreso obrero celebrado en Madrid. No volví a verle hasta mucho tiempo después, a mi paso por Barcelona. Mi cariño y mi admiración hacia él me inducen hoy a consagrarle estas líneas.

En alguno de sus libros está reflejada su vida de propagandista en tiempos que yo no he alcanzado. En la mente de la mayoría de los obreros militantes, y, por tanto, en la mía, presente está su enorme labor como publicista, conferenciante, etc., contemporáneo. Tiene ya muchos años; es viejo y enfermo. Trabaja, no obstante, como vigoroso joven. Es un mozo cuya sobreactividad no tiene ejemplar. El dolor no le rinde; los años no le agostan. Tiene una cabeza firme, saturada de lógica, y una pluma viril puesta al servicio de la verdad.

Se dijo de Pí y Margall que era un viejo joven, el más joven de los jóvenes. Caso singular: otro tanto puede decirse del que no ha dejado pasar momento, circunstancia propicia sin poner al descubierto, con severa crítica, las contradicciones políticas del gran pensador. Se parecen en su vida y en sus luchas por los ideales de justicia como una gota de agua a otra gota de agua. El obrero no tiene gran cosa que envidiar al que fue gobernante, gloria nacional, filósofo profundo, hombre honrado hasta la exageración.

Ahora, en las postrimerías de su existencia, se produce con mayor claridad, con mayor energía, si cabe, que en los tiempos de la mocedad. La precisión de su estilo y de sus razonamientos es aplastante. Su actividad, insuperable. Sus trabajos originales, sus traducciones, sus conferencias se suceden casi sin solución de continuidad. No se sabe de donde saca el tiempo para tanto este hombre singular.

Cualesquiera que sean sus puntos de vista, y, naturalmente, no comparto todas sus opiniones, tienen un mérito particular; es a saber: que están siempre expuestos sin palabras gruesas de mal gusto. Su obra se dirige invariablemente a la razón. No quiere herir, sino convencer.

Si como escritor, si como propagandista vale mucho, como hombre vale tanto. Es posible que no inspire simpatía a quien llegue a tratarle o a conocerle. Su vida es en una sola pieza, vida de puritano.

Que se me excuse si hago públicamente el elogio de un compañero. Quebrando algo que es habitual entre anarquistas; algo que es parte esencial de mis propias ideas. No importa. Se trata de un viejo joven, joven entre los jóvenes, cuya obra bien vale la justicia que le hago. Este viejos joven, amigo apenas tratado, con quien no hable arriba de dos veces, se llama -y la sola enunciación de su nombre explicará mi conducta- se llama, digo, Anselmo Lorenzo. Que él me perdone el mal trato que le doy.

  • Almanaque de La Revista Blanca para 1904, Madrid.

Una vida ejemplar

En el apacible silencio de su modesto hogar, nido y laboratorio a un mismo tiempo, dejó de existir un hombre cuyas virtudes y talentos aleccionaron a legiones de luchadores por la emancipación humana.

No se vio en vida clamorosamente aplaudido por las multitudes; no le siguieron a la tumba honores y flores. Anselmo Lorenzo tuvo algo mejor que las banales y tornadizas manifestaciones de las muchedumbres idolátricas: tuvo la nitidez de una existencia consagrada toda entera a la verdad y a la justicia; tuvo su propio mérito y su propio aplauso en la placidez de su carácter, en la sencillez de su modestia, en su gran tranquilidad de luchador, compendio y resumen de una conciencia inflexible y de un cerebro todo equilibrio y lucidez.

No haremos el elogio del hombre. Propagandista incansable con la palabra y con la pluma desde los primeros tiempos de la Internacional; escritor correctísimo, de fácil y castizo estilo a la manera del inolvidable Pí y Margall; enamorado de un gran ideal de liberación; rendido así de viejo como de joven al imperativo de la conciencia, podríamos escribir en su homenaje todos los adjetivos encomiásticos seguros de no excedernos ponderando al hombre que, sin abandonar su condición de obrero supo por sí mismo elevarse a las esferas del conocimiento, destacándose virilmente de entre la multitud mediocre que trasciende a rebaño y como rebaño vive.

Mas no es eso lo que importa. Lo que importa es el sentido representativo de esta vida sencilla, honesta y callada. Encarnaba Anselmo Lorenzo ideas y sentimientos que a la hora presente están fuera de la circulación impregnada de bajo filisteísmo. Representaba el tipo de hombre excepcional, apenas comprendido por más de un puñado de ideólogos contumaces. Entereza de ánimo, fortaleza de espíritu, inflexibilidad de conducta, fervor ideal, concordancia de pensamiento y acción; todo, en fin, lo que cae fuera de la vulgar pequeñez humana, todo ello vivió y perduró en Anselmo Lorenzo hasta el último instante de su existencia laboriosa, de su existencia idílica y trágica a un mismo tiempo.

En la bancarrota actual de todas las idealidades, los hombres como Anselmo Lorenzo son hombres cumbres. Ellos quedan como promesa de futuras restauraciones del sentido filosófico de la vida frente a frente de las bajezas, de las miserables rastrerías que hacen dudar de la humanidad y de la justicia, de todo lo grande y de todo lo noble que se había predicado al hombre de la civilización y prometido al del porvenir. Estas existencias más allá del común sentir y pensar, destacándose como brillantes luminarias en el fatigoso ajetreo del mundo social, tienen el poder soberano de orientar el progreso en el sentido de indefinidos mejoramientos morales y materiales por encima de todas las falacias metafísicas, de todas las mentiras políticas y religiosas y de todos los fríos rigorismos científicos.

Anselmo Lorenzo, modesto obrero de la imprenta, conductor de muchedumbres proletarias, anarquista irreductible de la buena cepa de los Reclús y Kropotkin, casi ignorado de la intelectualidad y de la burguesía durante mucho tiempo, en absoluto desconocido para los profesionales de la política, ha muerto como hombre; vive y vivirá como representación vigorosa de un alto sentido de la existencia que, resurgiendo continuamente de las profundidades del conglomerado social, pondrá fin un día a todo lo que de tortuoso, de mezquino y de innoble tiene la vida actual.

  • El Motín, 7 de Enero de 1915.

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