Ideario — Obras de R. Mella — I

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Pequeñas cosas de un pequeño filósofo

Cada vez que intentado representarme la humanidad, se me ha ofrecido como un tropel de animalucos en marcha sin saber por qué ni para qué ni hacia dónde. Al parecer, algunos de estos animaluchos, mejor ataviados que los otros, cubiertos de cintajos, plumas y otros menesteres, dirigen el tropel. Realmente no dirigen ni son dirigidos: marchan también, como los otros, en la inconsciencia de la causa, de la finalidad y de la dirección.

El tropel humano se nutre y viste como las personas. Hay de todo: harapos y sedas; faisanes podridos y podridas raspas de arenques; brillante pedrería y pestilentes pústulos. A lo largo del camino van quedando los fatigados y los vencidos sin que el resto se inquiete por cosa de tan poca monta. Todos se empujan, atropellan sin miramientos. Es preciso caminar, caminar siempre para no llegar nunca. ¿Por qué, para qué, hacia dónde? ¿Qué importa?

Y el tropel, a ratos, se encrespa. Luchan unos con otros, estos bichos extraños de que no habla la fauna. Inventan cosas maravillosas, estupendas, para mejor y más pronto aniquilarse. Siempre destruyéndose y siempre renovándose, la caminata continúa invariable en el flujo de millares y millares de seres amontonados al azar, cosidos los unos a los otros, pugnando siempre por zafarse del incómodo atadero.

¿No llegará un día de plenitud para la humanidad?

El hombre es todavía un animal en dos pies. Tiene la presunción de razonar. Cuando razone, el hombre se habrá hecho hombre y la humanidad culminará en el pináculo de una finalidad, de una causa y de una dirección conscientes. Por eso algunos han inventado el superhombre. Sólo que lo han inventado torpe y cruel como ellos mismos; fiera como la fiera de que está formado el tropel humano.

Superarse no es regresión a la animalidad; es avance a la humanización. Presuntuosos de una filosofía de bestias, han desconocido la filosofía de los hombres.

El hombre se hará hombre por su individualidad y el tropel humano habrá de superarse por la solidaridad. Dos enormes fuerzas que concurren a la plenitud de la humanidad. Separadas, no darán jamás sino frutos de barbarie: rebaño de borregos y manada de lobos.

  • Acción Libertaria, núm. 14, Gijón 17 de Marzo de 1911.

Huyo de la ciudad.

Estoy apestado de insignificancia y bajeza.

Calzo mis burdas botas de campo, calo el chambergo de anchas alas, empuño recia vara de fresno y tomo monte arriba.

Entre retamas y pedruscos, me alejo, me alejo hasta la cumbre coronada de altos y bien olientes pinos. Delicioso paisaje.

Me siento en dirección de la máxima pendiente, cara al valle. Las piernas en agudo ángulo, los codos sobre las rodillas, la cara entre las manos, miro hacia delante, en muda contemplación del ancho espacio que se esfuma en el azul del cielo, ni cielo ni azul, que dijo el otro.

Pequeño, me siento grande; pobre, me siento rico. Es que también los pequeños y los pobres tenemos nuestro trono y nuestro cetro. La Naturaleza es nuestra, toda nuestra.

A través de los rígidos troncos de pino, me contemplo a mí mismo en la lejanía como esfinge que reta mi penetración y mi cálculo. Acaso resulte un tantico desigual esta retórica egipcia. No importa.

Allá, donde todas las cosas se confunden y desaparecen, traspuesto el horizonte sensible, veo otro yo, las piernas en agudo ángulo, los codos sobre las rodillas, la cara entre las manos, la mirada fija, como perdida en la inmensidad, obsesionada y obsesionante.

Todo el pasado desfila silencioso. ¿Qué es una vida? ¿Para qué sirve? ¿A dónde camina? Nada entre dos platos. Fatigas, pesares y alegrías, triunfos y derrotas, ardores y templanzas, todo se borra, se anula, se precipita. No hay locura como la locura de vivir.

Una existencia de continuo batallar por el garbanzo, de bregar sin tregua por ideales de realización lejana; el culto pertinaz a soñadas justicias; el homenaje diario a la equidad, a la verdad, al amor, al bien, todo ello se reduce a un montón de pequeñas cosas grandes, envueltas en lo infinito de las pequeñas cosas pequeñas. La vida es eso: pequeñeces.

Y entonces comprendo la inutilidad de mi existencia, de tantas y tantas existencias como la mía, perdidas en la inmensidad de la Naturaleza, indiferente a todas las alegrías y dolores, a todas las luchas, a todas las cosas grandes y a todas las cosas chicas.

Mi mente hace un esfuerzo titánico; la esfinge me desafía. Más allá, siempre más allá, empiezo a vislumbrar una cosa nueva, desconocida. Sobre el batallar por el bien, por el amor, por el pan, por la justicia, hay algo superior. Mi yo se vacía y se filtra; se desnuda y desnudo me muestra ese algo superior impulsando toda mi existencia hacia adelante.

Es algo indeciso que la distancia quiere borrar. Traspuesto el horizonte sensible, todas las cosas vacilan y se esfuman. Pero me adivino allí, satisfecho de mí mismo, contento de mi éxito. He salvado el abismo. Mi vida ha servido para algo, es algo en sí misma, camina hacia alguna parte. Lo más grande del hombre es su propio yo. Sus luchas, su tráfago, sus alegrías y sus penas traducen pobremente el fondo real de su existencia.

Ignoro que dirá la esfinge al que lleva dentro de su alma el grillete de la vileza. Sólo sé que a mí me dice: amor, justicia, nobleza todo lo grande está en ti. Si te sientes grande es que lo eres. Y tus obras y tus palabras serán como tú de grandes y de magnánimas.

La hora del crepúsculo llega. Cuando bajo a la llanura, una voz armoniosa, dulce, con gorjeos de ruiseñor, una voz de mujer que debe ser hermosa, removiendo las capas de aire saturados por los aromas resinosos del pinar ya lejano, me sacude con un estremecimiento indefinible que invita a vivir, a la locura de vivir.

La Naturaleza me golpea brutalmente: allá voy a confundirme entre las cosas minúsculas de la ordinaria existencia, con sus miseriucas, sus bajezas y sus porquerías. Y la esfinge se desvanece. Todo es humo.

  • Acción Libertaria, núm. 30, Vigo 27 de Septiembre de 1911.

Cae la tarde. Fatigado por la faena del día, vago por las calles.

Un bar, vulgo taberna elegante. Entro. Una mesa de junco con tablero de cristal. Un doméstico que interroga. Me sirven «vermouth» y unas aceitunillas, antes prisioneras de un frasco de cristal, que ya quisieran parecerse a las exquisitas aceitunas adobadas por los campesinos andaluces.

Bebo, como y fumo a un mismo tiempo. Mi pensamiento anda errante por los internos senderos que concluyen en los rincones ignorados del organismo. Medito. No soy el mismo ciudadano de la calle, del trabajo, de la vida ordinaria. Soy el que no sale jamás a la superficie. En todo hombre existe un yo ignorado, ignorado hasta después de la muerte.

Inconscientemente voy haciendo mi propio proceso psicológico. Hay dos sujetos que al reconocerse se sienten extraños. Ahora empieza el sujeto pasional, en paños   menores.

¡Cuántas locuras haría! El otro está domado por el desarrollo de la mentalidad. El conocimiento de la matemática impone silencio a la imaginación, frena las pasiones, pone vallas a la actividad creadora.

Bulle por dentro la agitación de la vida violenta, desordenada. Exaltación, delirio, ensueño, pugna por salir a la superficie. Por fuera el continente es frío, reflexivo, silogísticamente sereno. Un teorema algebraico tiene cierto poder mágico. Gobierna, dirige y aprisiona la inflexible lógica del número.

Padres: ¡no enseñen a sus hijos matemáticas, porque ellos serán modestos, prudentes, cobardes, pequeños! Las grandes cosas son obra del ingenio libre, del sentimiento estético, de la pasión indómita.

Frente a mi mesa, un ciudadano entradito en años toma té, y medita también. De pronto cambia de silla y de postura. Se pone a escuadra. ¿Qué bullirá allí dentro? Otro análisis, otro proceso, otra contradicción.

El tormento de la vida es vivir siempre por dentro, mintiendo siempre por fuera. Lo peor y lo mejor de un hombre queda eternamente desconocido. Nadie es bastante osado para mostrar toda su perversidad. Nadie bastante resuelto para exteriorizar toda su bondad. Somos cobardes para ser como somos. Tenemos más de comediantes que de hombres. Domesticados por la civilización, somos sencillamente despreciables.

¿Miento, me engaño ahora también? Tal vez. En el hervidero de las ideas, en el estrépito de las pasiones, en el vaivén de la sangre que acude a la cabeza en encrespado oleaje, no es fácil discernir cada momento psicológico. El enigma que anda es tan pronto máquina que trabaja como pensamiento que crea. Aunque sea en sueños, permite que el mísero esclavo piense un momento a la hora del reposo.

Sobra tiempo a la bestia para uncirse de nuevo a la carreta.

  • Acción Libertaria, núm. 3, Madrid 6 de Junio de 1913.

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