Ideario — Obras de R. Mella — I

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Cosas muertas

Todos los cultos declinan. A pesar de la propensión humana a postrarse ante algo; a pesar de la fe transmitida de generación en generación durante siglos, se agostan las creencias, vacilan las ideas, fenecen los ritos. Los más antiguos dogmas flaquean en la conciencia humana. La fe está muerta aún para los recalcitrantes.

Si por la inclinación hereditaria forjamos nuevos ídolos y nos arrodillamos ante ellos, bien pronto el culto decae y, al fin, perece.

La neofilia política inventó también sus mojigangas rituales. La neofilia social, sus efemérides, sus santos queridos, su culto místico. La revolución, sus fetiches relampagueantes. Sin luminarias, colorines y trapajos, no hay, para el hombre, fe posible ni entusiasmo aceptable.

Pero a la hora presente sólo queda la rutina de todos los cultos. Viven éstos vida lánguida y monótona, vida automática, fiel a la costumbre. Se va a misa de la misma manera que se acude al paseo para dar vueltas de noria durante un par de horas. Se acude al mitin conmemorativo del mismo modo que se va al cine o al teatro. Se concurre a la ceremonia religiosa, política o social, como quien cumple una función penosa, para fastidiarse y aburrirse por hábito. No hay fe, no hay entusiasmo, no hay convicción. Podrían contarse los petrificados en la adoración de las cosas muertas.

Los mismos escritores emborronan sus cuartillas en fechas determinadas por rutina. No habiendo a mano nada nuevo que decir, zurcen unas cuantas vulgaridades para salir del paso. Los oradores repiten los mismos lugares comunes sin arte y sin entusiasmo. Y los lectores o los oyentes bostezan atrozmente, hastiados por la ramplonería culterana que no acierta a galvanizar el cadáver de la idolatría.

Por rutina, el 11 de Febrero hay todavía mítines y banquetes. Por rutina, el 18 de Marzo se escriben unos pocos artículos y se pronuncian unos cuantos discursos para recordar a los heroicos comunistas de París. Por rutina, los periódicos editan números extraordinarios para conmemorar fechas o acontecimientos. Por rutina, los rezagos de todos los ideologismos continúan adorando en sus queridos iconos y en sus gloriosas efemérides. El culto no tiene otros mantenedores que las momias en dos pies de todas las creencias.

La muchedumbre, inteligente o ignara, que camina hacia el porvenir, se aleja poco a poco de esas adoraciones. Los hombres de pensamiento y de corazón, los revolucionarios conscientes de su obra, las repudian y condenan abiertamente. Los sacerdotes de la religión teológica y de la religión filosófica; los sacerdotes del mito político y del mito social, se quedan solos. Son como el cura de la novela de Zola, diciendo la última misa en la última iglesia.

Inútil esforzarse en apuntalar la torre secular que se viene al suelo. Locura, ponerse delante de la ola de escepticismo general que arrolla y destruye a su paso los cachivaches de la fe. Son cosas muertas en la conciencia humana. No se cree, no se adora, no se idolatra. El pensamiento se yergue poderoso sobre todas las fragilidades de la sensiblería mística, así se escude tras las idealidades renovadoras. La revolución pudo tener, tuvo sus monigotes canonizados, sus fechas santas, su culto y su rito. El entusiasmo neófito la saturaba de misticismos y de idolatrías. La razón madura la quiere iconoclasta, irreverente, escéptica. Y así, en nuestros días, muere no sólo la fe arcaica, sino también la fe novísima de los nuevos idealismos.

Quédese para los fósiles revolucionarios pueril entretenimiento de los banquetes y de los mítines conmemorativos. Las falanges de la revolución tienen algo mejor que hacer. No están por gastar su tiempo en vestirse de arlequín y ensayar pasos de baile. Es demasiado zafia la revolución proletaria para distraerse con las filigranas deslumbradoras de un aristocratismo muerto, de puro corte burgués.

La revolución obrera quiere sustancias, cosas vivas; no cosas muertas.

  • El Libertario, núm. 28, Gijón 22 de Febrero de 1913.

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