Ideario — Obras de R. Mella — I

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TRABAJOS POLÉMICOS

Una opinión y… otra opinión

A propósito del problema austrohúngaro y en vista del proceso incoado contra los nacionalistas servios, abrió en sus columnas Le Courrier Européen una formación de la que La Publicidad, de Barcelona, reprodujo las siguientes palabras escritas por Kropotkin:

«”Todas mis simpatías están con las nacionalidades que luchan por su independencia. No existe nacionalidad, por pequeña que sea -numéricamente hablando- que no encarne algunos rasgos del carácter humano mejor desarrollados y con más facilidades de desarrollarse en sí misma que no en convivencia con otras nacionalidades”.

“Y el desarrollo completo, libre, de sus rasgos característicos, de las instituciones, de las tradiciones de una nacionalidad, lo mismo que el desarrollo completo de su poesía, de su literatura, de su música, de su manera de exteriorizar las impresiones de la Naturaleza, etc., ofrece siempre nuevos elementos que contribuyen a la variedad y a la plenitud del pensamiento y de la acción humanos, elementos necesarios para la humanidad”.

“He aquí por qué, a mi entender, el progreso no estriba ciertamente en la absorción de las pequeñas nacionalidades por las grandes -y contribuir a ello es un crimen de lesa humanidad- sino en el libre y completo desenvolvimiento del carácter, de las instituciones, de la lengua de cada nacionalidad grande o pequeña -sobre todo si es pequeña se halla en peligro de ser absorbida-. Y sólo cuando esta plena libertad de desenvolvimiento sea conquistada, podremos llegar al verdadero progreso internacional por la federación de las unidades nacionales libres, en estas unidades y de los individuos en estas células primarias de la verdadera colmena humana”».

Nos cuesta trabajo creer que así, sin reserva alguna, se pronuncie nuestro compañero en favor de una tendencia que, en general, no reviste aquellos caracteres de universalidad que son la raíz de nuestros ideales, sino que, por el contrario, es la expresión de un particularismo retrógrado o de un sentimentalismo atávico tan poco simpático como la absorbente centralización a que se opone.

Desde luego estamos resueltamente -ocioso es decirlo-, por todas las autonomías. Simpatizamos con cuantos luchan por su independencia y más aún si lo hacen también por la ajena. Pensamos que el progreso no estriba en la absorción de las pequeñas por las grandes nacionalidades, aun cuando no puede negarse que la formación de éstas ha traído aparejado cierto avance en la generalización de los conocimientos y de las condiciones de la lucha por la emancipación humana. Y no vacilamos en afirmar y reafirmar que el verdadero progreso internacional se obtendrá por la libre federación de los individuos, de los municipios y de las nacionalidades o agrupaciones cualesquiera que se formen, invirtiendo y ampliando, de intento, los términos en que Kropotkin se expresa a este propósito. Todo ello no es más que el resumen somero de la filosofía anarquista.

¿Hay algo más en las palabras de Kropotkin, para que los catalanistas se ufanen de opinión tan valiosa? Sin duda ninguna. Y ese algo es precisamente lo que motiva este artículo.

También tenemos nosotros un poquito de lógica para razonar por cuenta propia y poner sobre aviso a los que no se percatan de que el rigor dialéctico de ciertos principios les llevaría bastante más lejos de lo que quisieran, aun cuando fueran en la bonísima compañía de Kropotkin.

La autonomía, o si se quiere, la independencia de Hungría, de Servia, de Irlanda, de Cataluña, de cualquier nación, región, comarca o lo que parezca mejor llamarle, ¿realizaría algo más que un cambio de poder central, de gobernantes y funcionarios? Cuando se nos conteste afirmativamente y se nos diga el cuánto y el cómo, hablaremos. Por ahora, atendiéndonos a los términos indiscutidos de la cuestión, se trata simplemente de constituir naciones independientes o autónomas y, por tanto, más o menos, con gobiernos, funcionarios, etc., propios. La autonomía municipal, la de los individuos, quedan a merced, en lo futuro, de los nuevos amos. La magna cuestión de la propiedad, la emancipación de los jornaleros, ni siquiera se les toca de soslayo. Se trata, pues, de un problema puramente patriótico, cuya solución haría efectiva la autonomía o la independencia para una sola clase, la de los capitalistas; nula, para el resto del país. ¿Qué puede mover a simpatía, en este caso, los sentimientos y el pensamiento de un Kropotkin? Lejos de nosotros el supuesto de que un revolucionario de la buena cepa se imagine que por semejante camino arribaremos a la emancipación de la humanidad, verdadera meta de sus aspiraciones.

El reconocimiento de la personalidad o nacionalidad de Cataluña, Irlanda, etc., es una cuestión de tradiciones y de historia en cuyo análisis particular no tenemos por qué detenernos. Mucho más que pueda importar el establecimiento definido de esas personalidades históricas, cuyo origen está, juntamente con el de las grandes nacionalidades, en la misma raíz del privilegio, importa la libertad de formar personalidades plenamente libres para cualesquiera fines, de producción y cambio y consumo, o simplemente artísticas y científicas o de pura simpatía y afinidad. Y como a esta libertad y a este reconocimiento de las colectividades formadas o a formar no puede llegarse sino por medio de la liberad individual –alma mater de todas las libertades-, y como la autonomía individual es imposible sin la previa igualdad de condiciones económicas, políticas y sociales, resulta inmediatamente que, pese a nuestras simpatías por las pequeñas nacionalidades rebeldes, ellas no laboran por otra cosa que por un simple cambio de amos, gobernantes y propietarios en una sola pieza.

Por otra parte, bajo el punto de vista político y social, la autonomía o independencia de esas pequeñas nacionalidades históricas supone casi siempre reviviscencia de tradiciones y atavismos que nada tienen de común con el progreso. Y si de otro lado el centralismo ha tratado y trata de borrar con su enorme esponja cuanto había y hay de característico en esas nacionalidades, y contra la violencia y la injusticia y el atropellamiento de un privilegio moribundo, ¿qué pueden hacer los hombres de ideas progresivas? ¿Optar por uno de los males? Nuestra actitud esta siempre definida: es de resuelta rebeldía frente a todos los despotismos.

No es por la historia, por la tradición, por las cualidades y condiciones privativas de cada personalidad como se ha de establecer el derecho a la autonomía o a la independencia. Colocarse en este terreno es pasarse al enemigo, caer de bruces en el campo del adversario, de los hombres de la tradición, defensores de los privilegios pasados, presentes y futuros en los político, en lo económico y en lo social.

La autonomía, la libertad de gobernarse, mejor, de arreglar sus asuntos por sí mismos, ya se trate de individuos, ya de colectividades, es un derecho natural, primitivo, anterior y superior a toda ley, de tal modo, que cualquier restricción lo anula en absoluto. Reducirlo a la existencia de las pequeñas nacionalidades es suprimir de un plumazo todo el progreso y olvidar por completo el problema universal de la emancipación humana.

¿No es de suyo ya un mal grave este resurgimiento de particularismos que traen divididos a los hombres de ideas radicales mientras los elementos reaccionarios se apiñan alrededor de la bandera de la tradición patriótica? ¿No está diciendo a voces ello mismo que frente a la tendencia cosmopolita triunfa el patriotismo de campanario?

No somos de los que declaman contra el sentimiento de patria en cuanto es la expresión del cariño a lugares y cosas en que hemos vivido. Nos conmueve profundamente el eco lejano de la canturria de la niñez, la lengua en que balbuceamos las primeras palabras, la música y la poesía en que nuestro espíritu se educó. También repercute allá, muy hondo, el rumor de otras músicas, de otras lenguas, de otros cantares de tierras en que, ya hombres, hemos vivido y gozado y… sufrido. ¿Por qué bañarse aprisionados en el estrecho recipiente de piedra teniendo a nuestro lado el lago, el río, el anchuroso mar donde van todas las lenguas, todas las músicas, todas las poesías, todos los armoniosos rumores de la Naturaleza y de la vida y también todas sus turbulencias?

Y aun después, ¿querremos levantar un estado de derecho sobre movedizos estados de afectos y pasiones, de recuerdos y de añoranzas?

Bien está la rebeldía a todas las pasiones; pero mientras el mundo político y el mundo de los intereses luchan por la patria chica y por la patria grande, nosotros queremos luchar por la patria de todos y para todos, por la patria para los millones de esclavos que pueblan todas las patrias dirigidas y explotadas, las grandes y las chicas, por los detentadores y acaparadores de la riqueza; queremos luchar al lado y por la emancipación de esos millones de hombres que carecen de patria porque carecen de pan y de libertad.

Y mientras esas multitudes desposeídas no tengan pan, ni abrigo, ni libertad, será irrisorio hablarles de patria, de poesía, de literatura, de música y de instituciones y cantares que no pueden sentir, entender ni gozar, y que si las sintieran, entendieran y gozaran sería para que entre los hermanos en servidumbre se levantaran nuevas e infranqueables barreras.

Por esto, frente a una opinión todo lo respetable que se quiera, nosotros ratificamos una vez más el amplio sentido de la filosofía anarquista que, si no riñe con las particularidades características de las personalidades individuales y colectivas, ni se opone a la libre expansión de todos los modos de comunicación espiritual, sea por la palabra, sea por el pincel, sea por el sonido, ni siquiera niega la posibilidad de todos los métodos imaginables de vida práctica y material, afirma siempre y siempre proclama la universalidad de sus aspiraciones por la emancipación humana y el cosmopolitismo necesario, indispensable a la buena armonía y a la paz entre los hombres.

Por oposición al capitalismo, somos anarquistas; lo somos asimismo frente al gubernamentalismo, expresión de aquél; y también contra el espíritu estrechamente patriótico, la afirmación anarquista se levanta poderosa y triunfante. Ninguna simpatía será bastante fuerte para torcernos u obligarnos a transigir.

  • Acción Libertaria, núm. 4, Gijón 9 de Diciembre de 1910.

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