Ideario — Obras de R. Mella — I

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Como se afirma un método

Ricos somos en ideas, pobres en hechos. Hasta la razón llegan con bastante facilidad los teoremas de la lógica ideal; mas el rigorismo de la práctica encuentra difícilmente anchos caminos donde espaciarse. Los que dejamos vagar la imaginación por el edén del porvenir soñado, ¡con cuánta frecuencia en la brutal realidad damos de bruces sin percatarnos de la irreductible contradicción de nuestra conducta!

Propagadores de ideales nuevos, ponemos casi siempre manos a la obra sin que acertemos a diferenciarnos, en los detalles mil de la realidad, de aquellos otros que, fieles a la rutina, piensan y sienten y ejecutan al unísono como modelados e inspirados por la más íntima concordancia entre la idea y el hecho. Cristalizan éstos en el pasado; se están formando aquéllos con los jugos del presente y las brisas del porvenir. Somos el hoy que sueña en el mañana. ¡Qué mucho que la contradicción sea flagrante!

Mas en el imperio de la razón, la consecuencia obliga. Hay necesidad de que el idealismo declaratorio, al continuo proclamar las excelencias de un principio, al reiterado pregón de las aspiraciones nuevas, respondan los hechos afirmando con su lógica cerrada aquellos o aquel método según que la vida futura ha de desenvolverse a la medida de nuestras concepciones.

De todas las cracias y de todos los ismos que determinan nuestra mentalidad o nuestro ideal, son los más eficaces aquellos que encuentran mantenedores decididos en el terreno de la práctica. Una democracia que gana en jerarquías a los mismos poderes caducos; un socialismo que en materia de disciplina no tiene nada que envidiar al ejército mejor organizado; un anarquismo que, pasándose de listo, establece oligarquías disimuladas, podrán vivir saturados de grandes, muy grandes ideas, pero no acertarán jamás a afirmar su grandeza en el ambiente de la vida, no lograrán jamás traducirse en hechos, sugestionando y arrastrando tras sí esas razones no se les escribe en el libro universal de la realidad ambiente, de la práctica cotidiana.

Caen, pues, las democracias porque el ideal no tiene traducción eficaz en la experiencia, porque la realidad no corresponde a lo soñado, aun cuando aquélla sea fiel trasunto de un principio filosófico bien preciso. Fracasa el socialismo cuando las gentes se percatan de que los adeptos de la buena nueva social no son sino tristes plagiarios de las cosas de antaño y de las cosas de hogaño. Fracasa igualmente el anarquismo cuando, a poco que se hurgue, se encuentra en sus mantenedores, próximo a la corteza libertaria, el material leñoso y el corazón del autoritarismo.

Confiados todos en que el milagro de la transformación se verifique como por encanto, damos rienda suelta a las palabras bellas, a las declamaciones tribunicias, a las ardorosas afirmaciones de la eterna aspiración, sin que en la realidad se produzca ni un solo conato de experiencia del método, de práctica del principio. Y aun para engañarnos, buscamos fáciles explicaciones a nuestra falta de correlación y creemos haberlo hecho todo cuando nos lavamos de toda culpa en el Jordán del medio ambiente.

En realidad de verdad, no se afirma así el porvenir. Buenas son las razones que sensibilizan el entendimiento; mejores los hechos que en él se graban para no borrarse jamás. No es suficiente para afirmar la aspiración anarquista aducir razones sobre razones y amontonar las pruebas dialécticas. En este terreno permanecería mucho tiempo como diletantismo de un puñado de innovadores. Es necesario, además, que los adeptos de aquel ideal lleven a la vida ordinaria, sobre todo a la vida societaria, las prácticas, todas las prácticas posibles del método preconizado. Es necesario que vean las gentes cómo sin jerarquías se puede organizar un nuevo grupo y cien grupos, una asociación grande o chica y una o más federaciones de grupos, de colectividades, cualquiera que sea su naturaleza y cualesquiera que sean sus fines. Es necesario que vean las gentes cómo sin previos reglamentos y sin imposiciones del número los hombres pueden coordinar sus fuerzas y realizar una labor común. Es necesario que vean las gentes cómo la solidaridad puede ser un hecho, con las limitaciones naturales del estado social presente, sin esas monstruosas ordenanzas que van señalando paso a paso y minuto a minuto el modo y la forma de que el individuo traduzca aquello mismo que lleva en su constitución y en su sangre y, por añadidura, en su entendimiento. El anarquismo, como cualquier otra doctrina, ha de llegar a la universalidad de las gentes por la mediación de la experiencia. Es indispensable que se le lea en este gran libro, ya que, por otra parte, no todos pueden ir a buscarlo en los tratados de filosofía o de ciencia.

Larga, muy larga, será quizá esta obra. Tan larga como se quiera, demanda toda nuestra paciencia, y toda nuestra perseverancia. Es así como se afirma un método y es así como quisiéramos ver a cada momento traducido el ideal.

Bajo ningún pretexto es disculpable que llevemos en los labios la palabra libertad sin que los hechos respondan de que son sinceros. No hay motivo de táctica, ni excusa de gastada habilidad que impida a un anarquista, cuando realiza una obra de asociación, de propaganda o de lo que fuera, realizarla conforme al método que ensalza y encomia.

Somos ricos en palabras y en ideas. Seamos ricos en hechos, que es así como mejor se afirma el ideal.

  • Acción Libertaria, núm. 20, Madrid 3 de Octubre de 1913.

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