Ideario — Obras de R. Mella — I

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Primos y vivos

Un camarada del otro lado del Océano me plantea una serie de cuestiones que daría bastante de sí para escribir un volumen.

No caeré en la tentación de hacerlo, por la sencilla razón de que me falta tiempo y mimbres. Pero sí quiero complacerle, y este artículo se los dedico por entero. De soslayo y muy someramente procuraré abordar aquí algunas de sus proposiciones.

Es lugar común, harto conocido, que en la vida social quien bien se conduce hace, generalmente, el primo. El éxito, por el contrario, eleva a los vivos. Los vivos son los fuertes, los sabios, los buenos. El resto, pura morralla.

Esta común experiencia se da, no solamente en el próspero reino de la burguesía, sino también en los míseros ranchos del proletariado. El hecho se repite, así en el seno de los partidos como en el de las escuelas sociales, así en las agrupaciones capitalistas como en las sociedades obreras.

Quienquiera que no viva de ilusiones observará que, pasados los tiempos del entusiasmo neófito, se han colocado en el campo social multitud de vivos que ordeñan la ubre obrera maravillosamente. Donde ellos no sacan tajada, ni dios la saca, valga lo vulgar de la frase. Más obreristas, más socialistas, más sindicalistas, más anarquistas que ellos, no hay nadie. Y lo peor es que se dan trazas para hacerse pasar por los mejores y los más sinceros. Los borrones de su historia se esfuman por arte de magia. Hay una esponja bienhechora de todos los granujas.

Para estos exaltados revolucionarios son los aplausos, los éxitos y las pesetas. Los bonachones que quedan boquiabiertos ante la elocuencia abrumadora y la irreductible rebeldía de estos vivos que se tienen y hasta los tienen por eminencias, naturalmente a la modesta medida del proletariado militante.

Mientras tanto, los que silenciosamente laboran, los que rinden continúo tributo a la abnegación callada, los que dicen y hacen lo que buenamente pueden, éstos, más que el primo, hacen le bobo si no les ocurre algo peor, y es verse maltratados y zaheridos por los súpers, que mejor que nadie saben ser libres o rebeldes.

Lo es raro que los unos, los vivos, acaben en confidentes o en policías; concluyan por vender su pluma o su palabra al primer gañán burgués que les brinda una prebenda. Es frecuente que los otros, los primos, terminen en el desaliento y se vayan a rumiar su desencanto, o en la paz del hogar o en el letargo de la taberna.

Éstos no volverán más. Aquéllos pueden volver siempre, sobre todo si hay algo que chupar.

¡Desconfíen, amigos, de los viles falsificadores!

Un hombre de partido, aunque sea un anarquista, puede tener defectos y vicios. Cualquiera, proletario o burgués, comerciante o industrial, explotador o explotado, puede ser socialista o anarquista. Poner su conducta al compás de sus ideas, no pasará de ser un buen deseo. Para el obrero, porque la explotación le esclaviza y la autoridad le oprime. Para el burgués, porque su negocio o su posición le colocan en la imposibilidad de practicar sus ideas, por altruistas que sean.

En el campo fecundo de la idealidad todo es posible. Mentalmente podemos considerarnos tan anarquistas, tan libres, tan iguales como queramos. En el terreno de la realidad actual estamos constreñidos a esclavizar o a ser esclavizados.

Precisamente por ello luchamos. El salto de la realidad a la idealidad, se llama revolución.

No hablemos de virtudes y de vicios. Probablemente no hay por donde cogernos. Entren todos y salga el que pueda.

Pero lo que no ha de consentirse es que las ideas sirvan de manto que encubra lacras individuales. Y desgraciadamente de esto hay gran abundancia.

La escuela de los vivos enseña que la ANARQUÍA es orgiástica y desenfrenada. Todas las debilidades, todas las repugnancias, todas las depravaciones humanas tienen un determinismo que razona la ciencia; tienen otro determinismo que mascullan los rufianes del ideal, los granujas que viven de inconsecuencias y de alardes, de bajezas y de desplantes.

Cuando vean a un cínico, pónganlo en cuarentena.

El hombre de ideas, si tiene vicios, ha de tener asimismo el valor de confesarlos sin arrojar sobre su caro ideal la mancha propia. No podemos ser ángeles; no es necesario que lo seamos. Mas siendo sencillamente hombres, no confundiremos las realidades bajunas del presente con los generosos y nobles ensueños del futuro.

Aspirar a la libertad y a la justicia es digno de las almas nobles y dignifica a las pobres almas torturadas por la podredumbre atávica.

Observo que me he lanzado a moralizar en dómine. Perdonen, amigos.

Tengo también mis horas nietzscheanas.

Todas las virtudes son embusteras. Mienten bondades los cobardes, como mienten arrestos los cínicos. Hay viciosos heroicos y virtuosos canallas. La basura innominada que no es carne ni pescado, me apesta. Prefiero la sinceridad brutal del que no anda con tapujos. Los cómicos son la peor ralea de la humanidad. ¡Y son tantos los cómicos entre nosotros!

Vale la pena de estar siempre en guardia.

Aunque esto es muy trabajoso y preferiría que siguiéramos nuestro camino sacudiéndonos las moscas que tanto nos molestan.

Créanme: se impone una campaña de saneamiento.

Son demasiados los vivos en nuestro campo y es ya hora de que no hagamos el primo. Bien vale el ideal este primer esfuerzo de emancipación.

  • Acción Libertaria, núm. 8, Madrid 11 de Julio de 1913.

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