Ricardo Mella, “La reacción en la Revolución” (1887-8)

LA REACCIÓN EN LA REVOLUCIÓN

I

Con frecuencia, no ya entre los ignorantes, sino entre los más ilustrados, suele ocurrir que la bondad de una idea se extravía y se pervierte por aquellos mismos que más la quieren y la estudian, de tal forma, que lo mismo que en la practica debiera dar un resultado satisfactorio lo da abiertamente contrario y negativo.

Tal metamorfosis es por desgracia común á cuantos son más ó menos revolucionarios y nunca es inútil estudiar y determinar las causas que la originan.

Así, por ejemplo, en la siempre citada revolución francesa, hubo un elemento, el más radical, al parecer, que concluyó por sacrificar con sus extravíos aquella grande obra. Al mismo tiempo otro elemento opuesto al primero fue acusado entonces de reaccionario y pagó en el cadalso las culpas de sus propios acusadores.

Robespierre y Danton, los dos genios de aquel movimiento grandioso, representaban la primera y segunda tendencia respectivamente. Danton y su partido constituían el verdadero nervio de la revolución por sus aspiraciones federalistas y descentralizadores; Robespierre y los suyos, nacidos también al calor de la revolución, extraviaron el principio, y en nombre de la salud del pueblo sacrificaron revolución y pueblo, justicia y libertad.

Sobre las ruinas de este dualismo de fuerzas surgió amenazadora la reacción. ¿Sabéis la forma? ¿Conocéis el agente?

La forma tomó cuerpo con el decreto sobre el culto del Ser Supremo; el agente fue el ídolo revolucionario, fue Robespierre, de quien dicen Proudhon y Bakounine que era el profeta de la divinidad.

Y aquella republica que nació al grito unánime de libertad é igualdad, aquella subversión formidable de los oprimidos, quedó pronto reducida, convertida al privilegio, á la autoridad, adquiriendo proporciones tan odiosas por lo tiránicas, como la habían sido las del poder que acababa de derrumbar; el despotismo de Luis XVI.

Todavía la influencia de aquella reacción se conoce en nuestros tiempos con el dictado de jacobinismo, y es común á todos los partidos democráticas, á las escuelas socialistas y á cuantos se precian de reformadores ó revolucionarios.

Puede decirse, con los naturalistas, que el jacobinismo es el resultado de cuanto hay de animal en el hombre; que es una de las manifestaciones diversas de esa eterna lucha de la humanidad y la animalidad, que es el fermento que el hombre primitivo ha transmitido al hombre moderno para recordarle siempre que procede del salvajismo y de la barbarie, y que por tanto cuando se olvida de que su fin es humanizar y humanizarse retrogradada y se encorva y finalmente sucumbe vencido en la lucha como hombre y por el animal.

El célebre revolucionario Bakounine, estableciendo un paralelo semejante, hace notar en uno de sus mejores estudios (I) que aquellos revolucionarios que se dicen idealistas son por regla general los materialistas más repugnantes y, recíprocamente, que los que se llaman materialistas son los que mejor comprenden el ideal y luchan por él. Los idealistas no hallando nada superior al idealismo, sacrifican en su honor al hombre y á la sociedad si es preciso, y entonces engendran los Rousseau, los Robespierre, los Mazzini y tantos otros que, llevados de un concepto erróneo, arrastran á los pueblos por senderos extraviados para conducirlos al abismo. Los materialistas, partiendo por el contrario de la materia, juzgada deleznable por aquellos otros, se elevan por gradaciones sucesivas al ideal y llegan á él enalteciendo, pulimentando, purificando, por decirlo así, esa misma deleznable materia tan repugnante á los soñadores de las diversas escuelas espiritualistas, y entonces se producen los hombres de todas ciencias, los que aplican el vapor, inventan la locomotora, aprovechan la electricidad, desenvuelven y perfeccionan la física y la química, transforman la astrología en astronomía, dan y descubren nuevos prodigios mecánicos, anulan el rayo, vencen á la tempestad, corrigen la obra y modifican la que los espiritualistas llaman creación del Ser Supremo; descubren y determinan las leyes económicas del trabajo, el cambio y el consumo; investigan los principios más esenciales de toda organización colectiva con la ciencia sociológica; la razón de todas las cosas con la filosofía; el mecanismo animal del hombre con la fisiología, el moral con psicología, el intelectual con la frenológia, y así, sin mutuo acuerdo, de uno y otro lado del mundo el ideal se va formando, ampliando, embelleciendo, por el concurso de todos los hombres amantes de los maravillosos secretos de esa materia deleznable, por los que prefiriendo la experiencia á la pura abstracción, que sólo puede engendrar el misticismo, ya sea reaccionario, ya tan revolucionario como se quiera, arrancaron para siempre á la humanidad del dominio de la imaginación obligándola á entrar en el de la razón y del positivismo filosófico y científico.

Por tal manera también en el orden general de las ideas una alteración extraña que torna lo blanco negro y lo negro blanco, sin que el esfuerzo común haya llegado á vencer la causa eficiente de tan gran trastorno de las cosas. La loca de la casa, la imaginación, ese espejismo perpetuo á que se halla sometido el hombre, por la facultad de la abstracción intelectual, arrastra al individuo y á la sociedad por ignotos caminos que le seducen, que le atraen, como seduce y atrae lo misterioso, todo lo que se nos presenta entre nubes, todo lo que es ó suponemos maravilloso. Así la historia de nuestros mismos días nos muestra como por la democracia se llega á la tiranía, como por el triunfo del elemento popular se llega á las mismas injusticias comunes á las demás clases dominantes, como por la revolución se entra de lleno en la más completa reacción.

No hace mucho los más ardientes defensores de la democracia escribían en sus periódicos y libros su lema principal: «Gobierno del pueblo, por y para el pueblo;» ¿y quien no traduce tales palabras como nosotros las traducimos: «gobierno del exclusivismo, por el exclusivismo y para el exclusivismo?»

Pues bien; este y no otro fue durante mucho tiempo el banderín de enganche de la revolución, como si un privilegio fuese más revolucionario que otro, como si una injusticia pudiera ser preferible á cualquier otra.

¿No habéis visto esto mismo en la práctica? Sí; lo habréis visto, ¿como no? lo habréis visto una y mil veces porque el pueblo, traduciendo lisa y llanamente aquel lema, ha pisoteado una y mil veces también la libertad y la dignidad personal, decapitando al que no quería apellidarse ciudadano; impidiendo, por la fuerza del número, la manifestación de las ideas que no eran de su agrado, apedreando al que no pensaba como él quería que pensase, ejerciendo, en fin, de tirano en posesión de todas sus despóticas prerrogativas. La gran masa lo era todo. El individuo, el ciuda[da]no, no eran nada ó eran simplemente palabras para establecer corrientes de mentida simpatía entre los que así querían llamarse, la revolución democrática es, pues, la reacción con antifaz.

Pero aun hay más. La revolución pasó un día de la democracia al socialismo, y el pueblo, que siempre va donde quiera que vea escrita aquella palabra, se hizo socialista, por no dejar de ser revolucionario.

Les gentes dijeron todo es de todos, nada es de nadie; es preciso remover el mundo y cambiar todo lo existente, y la sangre volvió á correr como entes había corrido, y el socialismo triunfó aquí ó acullá, y entonces, el fermento reaccionario salió á la superficie con la preponderancia de Estado, con los talleres nacionales, con la repartición, con el derecho al trabajo en forma de limosna ó de sopa de convento, y todo el mundo pudo ver desde luego que también el socialismo era, como la democracia, la reacción con antifaz.

El falso concepto del idealismo, el principio erróneo de que la libertad y la felicidad de todos constituye la de cada uno, puso desde luego de manifiesto el defecto capital, tanto de la democracia como del socialismo.

Cuando todo podía pasar á manos de todos, cuando todos constituían el gobierno de todos, se vió otra vez que la masa, representada esta vez por el Estado, gran dispensador de beneficios y de libertades, se encumbraba en el pedestal de la tiranía para impedir de nuevo la libertad personal, pisotear la dignidad del individuo y convertir al ciudadano y al producto en un esclavo, en un asalariado del inmenso todo, de la sociedad.

¡Revolución! ¡Extraña contradicción de lo pasado! ¡Esplendida esperanza del presente! ¡Magnifica realidad de lo futuro!

La Revolución ya no es democrática ni socialista; es anarquista.

¿Será también la reacción dueña de la revolución en esta nueva etapa?

Tal será el objeto del próximo articulo.—R. M.

(I) Dios y el Estado.


II

La revolución, derivándose, como hemos vista, de una serie de transformaciones sucesivas en el orden de las ideas y de las cosas, á través de la penosa labor de los siglos, aparece en nuestra época amparada de la negación final de todo gobierno, la anarquía.

De la misma manera que la idea religiosa ha revestida todas las formas posibles, desde el politeísmo y el panteísmo hasta el monoteísmo católico y el deísmo filosófico, para venir á reducirse á la negación de si misma por el espíritu positivista y ateo de nuestros tiempos; así la revolución, sujeta en un principio á todos los errores y preocupaciones de la falsa idea de unidad y gobierno, aprisionada y corrompida por la mixtura gubernamental y reaccionaria, pretende hoy emanciparse, regenerarse, purificarse, por decirla así, reduciéndose á la negación absoluta de todo principio de gobierno.

Gobierno unipersonal, gobierno popular, gobierno directo, monarquía, republica, dictadura, son formas todas que la revolución rechaza enérgicamente como una sola y misma afirmación reaccionaria, la autoridad. Allí donde el hombre no basta á gobernarse á sí mismo, donde se juzga necesario el poder de uno ó más individuos que reglamente la vida de los demás, donde se confía al todo el gobierno y régimen de la parte, donde una simple entidad metafísica, sin realidad tangible, llámese Estado, sociedad ó pueble, se sobrepone á la unidad individuo y la subyuga, corrige y enmienda como cosa inferior y secundaria, allí está la reacción en todo su apogeo, y la revolución la repele vigorosamente, buscando en la verdadera realidad humana, en la unidad social, racional y libre, el hombre, como hombre y como productor, la base única y efectiva de todo organismo económico, político ó sociológico.

¿Qué quiere, qué se propone la revolución? Una cosa tan solo, la Justicia. Pues bien: la Justicia no se comprende, no se explica, sin dos términos correlativos, la Libertad y la Igualdad.

¿Qué es el gobierno unipersonal? El privilegio de uno sobre los demás, la esclavitud de todos y la exaltación de uno; esto es, la reacción.

¿Qué significa, qué se propone la democracia gubernamental? El mejor derecho de unos cuantos á gobernar á las masas por obra y gracia de las mismas, y la desigualdad de un grupo y el resto de los ciudadanos en perjuicio de estos últimos; es decir, la legislación y el gobierno como antes; la reacción, por tanto.

¿Qué es el gobierno directo, esa nueva fórmula que pretende hacer á los pueblos dueños de sí mismos? Es la paradoja de la libertad, la autoridad de todos, de la masa anodina sobre cada uno, es la retrogradación al principio absolutista, es la monarquía primitiva convertida en dictatura democrática, mil veces más peligrosa, porque es el espejismo, la alucinación del sediento, la sirena halagadora que fascina, aprisiona y mata. Reacción, reacción, siempre reacción.

¡Fórmulas teológicas, metafísicas y políticas, engendros de cerebros enfermos que aniquiláis al hombre, alquimia con que se pretende corromper la ciencia verdadera, aquelarre de fanatismos y supersticiones sin cuento, la revolución os niega, la revolución os rechaza y pasa como fuego asolador sobre vosotros para no dejar tras sí rastro de vuestra nefanda existencia!

¡Huid, sombras del pasado; huid, abortos de la inteligencia humana! La razón, llama eternamente encendida, disipa las últimas tinieblas, y en donde la luz penetra todo lo inunda y lo purifica; y esa luz, esa razón, tiene un nombre grandioso, un nombre que da esperanzas é inspira horrores, que vigoriza á unos y aniquila á otros; un nombre, en fin, que es el compendio del pasado, del presente y del porvenir, la Revolución!

Perdido en el agitado mar de la legislación y la política, de la rutina y la reacción, navegan al azar los pueblos, sin rumbo ni norte fijo. Allá en las alturas impera el justo medio, y con él la prevaricación y el escándalo, la ambición y la concupiscencia, el cansancio, la miseria y la degradación. El contagio se extiende y la epidemia lo invade todo. Pero observar que en medio de todo esto es agita, sordo y cauteloso, un espíritu de critica y de rebelión que amenaza concluir con el estado actual de todas las cosas, un rumor de tempestad que se acerca, de avalancha terrible que va á destruir aquí y acullá cuanto á su paso encuentre. Nada está quieto ni seguro, nada hay sólido ni firme; todo se tambalea, todo es efímero é instable. El espíritu mismo de las gentes es inquieto y adquiere cada vez mayores hábitos de revuelta: en el seno de los partidos se suceden sin interrupción las escisiones y desde los elementos más retrógrados hasta los más avanzados todos están minados por la rebelión; la política vive en medio de la tormenta de la pasiones; las escuelas filosóficas y metafísicas han introducido la confusión en todas partes y ya nadie se entiende y la subversión es general: ¡Satanás ha vencido á Dios! ¡El espíritu diabólica, la rebelión, es dueño del mundo! ¡La humanidad cansada de adorar al Ser Supremo, se postra ante el ángel rebelde! Es decir, la libertad ha vencido y humillado á autoridad y la Revolución lo es todo.

Observad todavía. Los elementos democráticas se agitan cesar por lo que llaman revolución; pretenden subvertir el orden ficticio de nuestras sociedades y, no obstante sus esfuerzos desesperados, los pueblos permanecen indiferentes ante sus demandas y reciben con desdén sus interesadas excitaciones. Es que los pueblos no ven ya la Revolución en el campo democrático y republicano, es que los pueblos entienden como el Sr. Pi y Margall que la República es aún poder y tiranía y como él no se asustan, no se arredran ante la palabra anarquía, sino por el contrario, á pesar de su silencio posterior y de sus reservas injustificados, sigue creyendo que todo sistema de gobierno es injusto y opresor, y ve tan sólo en la anarquía la seguridad de su libertad y la garantía de sus derechos.

La anarquía, pues, bajo este punto de vista, como principio de organización de las sociedades, representa en puridad la Revolución. En esta nueva formula del progreso humano no cabe la reacción porque aquélla significa la cesación de todo molde, de todo límite, de toda traba al desenvolvimiento de los seres y de los pueblos, y en ella y por ella puede verificarse tranquilamente toda modificación, toda reforma, todo cambio de lo existente sin que para ello se necesite apelar á la violencia, á la fuerza.

Es, por tanto, la anarquía el único principio que en si mismo no contiene la reacción.

Ya hemos visto que el principio de gobierno, monárquico ó republicano, unitario ó federal, contiene siempre en mayor ó menor proporción el principio del retroceso ó del estacionamiento por lo menos.

De donde se deduce inmediatamente la superioridad filosófica y social de la anarquía para realizar los progresos humanos.

¿Podrá objetársenos que en la limitación que todo principio sufre al realizarse en la practica, entre la anarquía por cualquier circunstancia en plena reacción? ¿Podrá argüírsenos que los elementos económicos de donde arranque la composición de la sociedad determine un retroceso, una vuelta á la autoridad y al privilegio?

Tal es el nuevo aspecto de la cuestión que debemos abordar de frente.

En principio la anarquía es la Revolución, ya lo hemos dicho. Es necesario demostrar come debe serlo y lo será en la practica, y es necesario además poner de manifiesto, en tanto cuanto sea posible á un individuo, la manera, el modo como puede convertirse á la reacción.

La Revolución comprende dos términos indispensables: el mundo de las ideas y el de los hechos. La exclusión de cualquiera de ellos determinara siempre una reacción más ó menos poderosa, pero inevitable. No somos revolucionarios enamorados de la abstracción ni simples idolatras de la fuerza: somos revolucionarios en la más completa significación de la palabra, y por esto sin dudar y con toda la decisión necesaria vamos á acometer el problema que se nos ofrece al llegar á este punto.

Si cuanto dejamos dicho puede interesarnos á los que amamos la Revolución, es preciso comprender que en este instante nos importa más cuanto podamos decir unos y otros, porque se trata del supremo interés de la Revolución; es decir, de su triunfo.

Meditemos, que la experiencia nos enseña cada día nuestros errores y ella es fuente de verdad de ciencia.—R. M.


III

Entramos de lleno en lo más complejo del problema que nos hemos propuesto resolver. La teoría, la sucesión correlativa de los principios esenciales, queda ya comprobada; la ciencia, perfectamente determinada. Dejadla en el aislamiento y no dará otro resultado que el consiguiente á toda idea abstracta que no se traduce en hechos ni tiene aplicaciones inmediatas. Toda ciencia responde á un fin, á un objeto dado, y así la ciencia de la Revolución ha de responder á un propósito, á una idea, á un orden de cosas; traducirse en hechos, aplicarse, en fin, á algo. De esta aplicación y de este algo se trata precisamente en el momento. Lo contrario sería caer en el feo vicio de los malos aprendices de matemáticas que las adquieren de memoria, como una relación de ciego, y son después impotentes para resolver el problema más elemental ó para hacer la más ligera aplicación de las teorías que pretenden conocer.

Entremos, pues, en materia.

Al terminar nuestro artículo segundo, preguntábamos si la nueva idea revolucionaria podría caer como las ya caducas en plena reacción, é indicábamos ligeramente la necesidad de demostrar que la Revolución puede y debe estar contenida en la moderna teoría social, la anarquía, no sólo en principio, sino también en la practica.

«La Revolución,—decíamos,—comprende dos términos indispensable: el mundo de las ideas y el de los hechos. La exclusión de cualquiera de ellos determinará siempre una reacción más ó menos poderosa, pero inevitable.»

Y vamos ahora á demostrar la verdad de tal afirmación, y poner de manifiesto cómo en virtud de tal exclusivismo podemos volver á la reacción.

Es un hecho común á todas las sectas, escuelas, banderías y partidos que por razones de temperamento ó de sistema especulativo se dividen siempre en dos bandos diametralmente opuestos: el d los que aman platónicamente, par así decirlo, la idea que profesan y el de aquellos que la quieren á toda costa, por los medios más violentos y decisivos. Este fenómeno, que así puede llamarse, se produce más generalmente en las agrupaciones radicales y revolucionarias y puede asegurarse también que este mismo fenómeno es la causa principal de la disolución de tales agrupaciones y de la perdida de las mejoras causas. ¿Cómo negarlo? La historia lo pone continuamente de manifiesto; en nuest[r]os días es el pan cuotidiano que nos alimenta. ¿Quién podrá ponerla en duda?

Pues bien; tal espectáculo se produce solamente en virtud de una deficiencia primordial en la investigación del por qué de la cosas.

Toda relación humana, todo orden de cosas, todo ser organizado, toda idea formada ó concebida, las cosas que nos rodean, el universo mismo con su grandiosa y complicada mecánica, subsisten y se desarrollan por el dualismo de su propia naturaleza, por la contradicción de sus elementos componentes, por dos fuerzas de polos opuestos, por dos términos que tienden á destruirse, por la antinomia, en fin, que los informa. Si cualquiera de esos términos, de esas fuerzas, de esos elementos, adquiere superioridad sobre su contrario, entonces la destrucción es inmediata, porque el equilibrio, esa razón que todo lo afirma y mantiene, falta instantáneamente, y la relación, orden, ser, idea, cosa ó el universo mismo dejan de existir por ineludible consecuencia del quebrantamiento de las leyes que les rigen y gobiernan.

Este dualismo de todo lo que es, que se conoce en filosofía con el nombre de antinomia, determina en nuestra razón en fenómeno totalmente idéntico, y cuando esta no sabe ó no puede dominar con su poder la contradicción y resolverla, se presenta entonces esa serie interminable de principios opuestos que son el objeto de todos nuestros debates ye contiendas. Cuando esto ocurre, la inteligencia, ansiosa de ideales, se aferra á uno cualquiera de los términos que constituyen el objeto observado y rechaza y niega á su contrario sin comprender que sin la coexistencia de ambos el objeto queda destruido y negado.

De tal naturaleza, y tal es la magnitud de este fenómeno, que vicia por completo el total de las manifestaciones humanas: ciencias, artes, industrias, política, filosofía, literatura, economía.

Aquí una agrupación os dice: «El hombre no es una fiera, un bruto; no lucha como éstos, no debe obrar como ellos, cuando menos; es racional, y el pensamiento, que es superior á toda arma de combate, debe bastarle; la violencia es ley entre los animales, la persuasión entre los hombres; la palabra, hablada ó escrita, la idea manifestada, propagada, difundida, tal debe ser la revolución: obra de paz y de nobleza.»

Allá otra agrupación exclama: «Luchar es vivir. Fuere de la lucha no hay mis que la muerte. La existencia de cuanto nos rodea se funda en la guerra, y si ésta cesa se acaba también aquélla. La fuerza es en ultimo termino la que todo lo divide: luchas de la inteligencia, luchas del sentimiento, luchas de la materia, la fuerza las preside y la fuerza las termina: es ley universal que venza siempre el más fuerte. La paz es le guerra; la guerra es la paz. ¿Queréis la Revolución? Pues agitad, no ceséis de conspirar y la fuerza os dará el triunfo. Sed fuertes y venceréis.»

¿Quién posee la verdad?

Esos dos grupos luchan constantemente porque prevalezcan sus respectivas ideas: luchan los amigos de la paz, dando con ello la razón á los amigos de la guerra; pelean los amigos de la guerra por medio del periódico, del libro, de la palabra, pasándose así al campo de sus adversarios los amantes del ramo de oliva. Y es que unos y otros olvidan la realidad y son simples extraviados de la razón que viven en el error.

Sí; la lucha es la existencia ¿y que? La lucha es la existencia y la guerra es la vida, porque en la naturaleza alienta eternamente el principio de contradicción; y porque existe en formas tan varias y múltiples como múltiples y varias son las formas de la naturaleza misma; sois unos insensatos al pretender dar moldes á esa guerra, á ese combate que todo lo llena, ya sean las regiones de la materia, ya las del espíritu, ya las del sentimiento ó las de la inteligencia, las de las arterias y la sangre ó las de los ideales y los sueños. Vence siempre el más fuerte, sí, pero el concepto de la fuerza no es el que pudiera dársele materialmente, es la fuerza intelectual, es la fuerza artística, la fuerza moral, la fuerza política, dialéctica, filosófica, la fuerza de la materia también, la fuerza, en fin, en su más lata expresión.

¿Queréis una revolución por la palabra y la imprenta? Pues no os basta: habréis hecho conciencias, pero no soldados que pelean y triunfan ó perecen. Los intereses creados os presentarán la batalla si no la presentáis vosotros.

¿Queréis una revolución por la violencia? Pues haced antes partidarios, conciencias que estén dispuestas al combate por la idea, corazones que latan al unísono por un mismo deseo, por una misma aspiración. ¿Qué haréis sin prosélitos, sin adeptos? Quien no quiere ni conoce una idea no puede defenderla. Hacedle propaganda, ganadlo para vuestros ideales y después podréis hacerle pelear.

Estaréis los unos propagando eternamente y eternamente esperaréis el Mesías de vuestra fe; conspiraréis los otros constantemente y vuestras conspiraciones caerán en campo árido condenándoos á ser siempre victimas de vuestra impotencia, porque esa fuerza que tanto enaltecéis os faltará en toda ocasión y tiempo y lugar.

La fuerza, en nuestros tiempos, es cosa harto compleja: inteligencia, sentimiento, amor, ambición, trabajo, todo eso es fuerza manifestada á través de la materia en formas infinitas.

No surgen los actos de fuerza, mal llamados revoluciones, por obra milagrosa de potencia ignorada; no se preparan tampoco á capricho y se hacen desarrollar por meras combinaciones de habilidad. Hacen falta determinadas circunstancias, atmosfera especial, y luego espíritus fuertes que apliquen la mecha á la gran masa dispuesta al incendia. Si aquellas circunstancias y aquella atmosfera faltan, la mecha se consumirá inútilmente; si ésta es la que falta, aquellas circunstancias pasarán la atmósfera se disipará sin consecuencias por ausencia de una insignificante chispa que todo lo incendie.

Nuestra historia contemporánea lo comprueba. Habéis visto sediciones poderosas que abortaron por la indiferencia del pueblo, y momentos de verdadera efervescencia que se han perdido por falta de un temperamento vigoroso para arrastrar al pueblo á mayores atrevimientos.

Pues bien; suponed por un momento divididos á los elementos revolucionarios en tan sencilla cuestión, ¿qué sucederá?

Si triunfan los partidarios de la propaganda á secas, del amor platónico por la Revolución, las masas se adormecerán, se enervaran las fuerzas revolucionarias, se corromperán los más viriles corazones y las más poderosas inteligencias y el tiempo irá transcurriendo mansamente sin que el más leve soplo de revuela venga á cambiar el orden de cosas establecido.

Si triunfan los sectarios de la violencia, los que todo lo fían á la fuerza, la idea no saldrá de unos cuantos pensadores, los pueblos permanecerán en la ignorancia y las fuerzas de unos y otros se Irán agotando poco á poco hasta crear el vacío en derredor de la Revolución.

Suponed más. Suponed á esas dos tendencias equilibradas en pujanza y poderío, y entonces veréis como la Revolución queda instantáneamente aniquilada por unos y otros, destruidos ambos elementos y perdida por mucho tiempo la idea de la Justicia.

Y he ahí como, la anarquía, nueva potencia de la Revolución llega á convertirse como la republica y el socialismo cesarista en elemento de reacción.

¿Pero es que la anarquía puede ni debe soportar aquel dualismo? Somos nosotros los que por la antinomia de la libertad y la autoridad afirmamos la anarquía, quienes hemos de perecer á manos de otra antinomia no menos soluble que ésta.

En manera alguna. Si los resabios de la política, si nuestras viciadas costumbres publicas, si nuestras propias preocupaciones y fanatismos mantienen aun entre las fuerzas revolucionarias ese dualismo injustificado; la lógica inflexible de nuestros principios hará que la Revolución entre en el periodo de su mayor edad, barriendo, por decirlo así, resabios, costumbres, preocupaciones y fanatismos que la reacción nos lega para tormento constante de la Libertad y el Derecho de los pueblos.

Realizar la harmonía de esos dos extremos, afirmar el verdadero criterio revolucionario, en el cual tanto vale la propaganda como la acción y la acción como la propaganda, porque sin estos dos modos de la actividad no hay revolución posible, hé ahí la obra actual de las clases jornaleras y la misión de todos los que amamos la nueva idea.

No os espante el espectáculo de las discordias que trabajan á los elementos revolucionarios; no os acobarden sus rencores momentáneos: afirmad la idea, propagad el verdadero concepto revolucionario y cuando éste vaya ganado las inteligencias y las voluntades, veréis desaparecer discordias y divisiones y rencores que sólo la pasión alienta y el amor propio herido sostiene.

Propagar y luchar en toda forma, ocasión y lugar es ya verificar movimiento, progreso, hacer revolución. Propagad, pues, luchad sin descanso y la virtud misma de nuestros principios triunfará de la rutina en que vivimos.

Si abandonáis la lucha y la propaganda ó una de ellas solamente, la Revolución corre el riesgo de perecer á manos de la pasiones y caer en esta nueva etapa, como cayeron atrás revoluciones en los impuros brazos de la Reacción.

No creemos necesario ganar una mayoría poderosa para que la Revolución triunfe; sabemos que las minorías son las que determinan siempre los movimientos de avance y tenemos fe en el provenir. Pero por esto mismo repetimos que ni somos meros idolatras de la fuerza material ni amantes platónicos de la Revolución: propaguen unos, luche otros, concurran todas las actividades en su modo peculiar de producirse á la obra común, y la Revolución surgirá potente por todas partes, venciendo al fin á la Reacción en una sola batalla ó en varias, mediante combates y escaramuzas sangrientas ó relativamente pacificas ¿quién es capaz de determinarlo?

La Anarquía es la Revolución aun: ¿podrá, á pesar de lo dicho, dejar de serlo?

Muchos son nuestros resabios políticos, grandes nuestras confusiones, graves, tal vez, nuestros errores, y es necesario hacer la critica se vera de cuanto nos rodea y la acusación descarnada de nuestra mismas faltas.

Trabajo de examen el presente, no trata de conminar á nadie ni se propone fomentar antagonismos, pero no es bastante lo dicho y hemos de proseguir tenaces en nuestro empeño.

Luchar por una idea que vive en el cerebro del que lucha, es el más elemental de los deberes de todo el que alimenta un ideal. ¡Luchemos pues!—R. M.


IV

«Luz, más luz,» exclamaba el poeta alemán en sus últimos instantes; «luz, más luz,» grita allá en el fondo de nuestra conciencia una voz secreta cuando la duda viene á llenar de inquietud nuestro cerebro; « luz, más luz,» dice el que vive en la ignorancia al vislumbrar el primer rayo que la ciencia le envía como para despertarle de su letargo; « luz, más luz,» grita el sabio y el ignorante, el poderoso y el miserable, el industrial y el agricultor, el político y el sacerdote, el artista y el poeta; todos, absolutamente todos los que reñimos fieramente en este combate de la vida, pedimos luz, mucha luz, torrentes de rayos luminosos que no arranquen á las tinieblas en que vivimos. ¿Quién después de una contienda, de una polémica, no se ha sentido flaquear al recuerdo de un argumento efímero, de una razón sencillísima de nuestro contrario? ¿Quién no ha llamado entonces desesperado á la inspiración en su auxilio? ¿Quién no gritado luz, más luz?

No duda el dogmático, no duda el que se aferra á un credo cerrado, no duda el fanático, el místico de una idea, pero duda y duda siempre la razón del que investiga, del que estudia, del que no ignora que la verdad es cosa harto movediza para determinada en absoluto. No duda la Reacción; duda la Revolución. «La duda es el principio de la sabiduría.»

La Revolución y el Progreso,—son sinónimas estas dos ideas,—rechazan el dogma, lo absoluto, y por eso cuando la Revolución afirma ideas absolutas, dogmáticas, se convierte á la Reacción, y por esa mismo también la Revolución es la Anarquía. La expresión Revolución = movimiento, es opuesta á esta otra: Reacción = statu quo. Allí los dos miembros de la igualdad varían de una manera continua, progresan conforme á una misma ley y permanecen constantemente iguales; aquí la igualdad queda satisfecha para un valor determinado y finito, es decir para una idea concreta, absoluta, que excluye toda modificación. Statu quo = dogma A ó = dogma B, etc., Reacción, por tanto, es igual á dogma, cualquiera que éste sea. Suponed que la Revolución se encarna en una idea única que excluye toda modificación y tendréis en seguida Revolución, = statu quo, igualdad imposible, porque tendríamos, puesto que dos cosas iguales á una tercera son iguales entre si, movimiento, = statu quo, esto es, movimiento, = quietud, absurdo. Esto es matemático, esto es indudable: la Revolución rechaza el dogma.

Y henos aquí ante un nuevo peligro para la idea revolucionaria.

Nuestras gastadas costumbres y nuestras preocupaciones no llevan constantemente á intentar la resolución absoluta de mil y mil cuestiones que corresponden á la libertad individual y colectiva. Queremos resolver de plano la cuestión económica y afirmamos á renglón seguido un dogma; discutimos la familia y nos aferramos á una teoría exclusiva, decretando, por tanto, un dogma más; hablamos del cambio, de la producción, del consumo, de la división y organización del trabajo y damos desde luego una idea cerrada de todos estos problemas, cayendo de nuevo en el doctrinarismo dogmático.

Excitados por los nos piden un programa completo á manera de lo hecho por los políticos que afirman à priori su futuro sistema de organización, caemos de lleno en sus redes y procuramos dictar á las generaciones venideras leyes y reglas de vida que no han de acatar seguramente.

Examinemos, pues, este nuevo aspecto de la cuestión.

Hemos visto ya que la anarquía satisface en toda su generalidad á la idea de la Revolución. Veamos si cuantos la proclaman ajustan todos sus principios á esta idea madre de todo movimiento y de todo progreso.

El socialismo revolucionario se divide hoy en dos tendencias económicas: la comunista y la colectivista. ¿Qué representan estas dos ideas? ¿Cómo se harmonizan con la anarquía? Esto es la que debemos investigar.

Desde luego existe un tendencia marcadísima en ambas escuelas al dogmatismo. Es para muchos una idea cerrada, exclusiva el comunismo; no lo es menos para otros el colectivismo. En ambos casos la imposición es evidente; la contradicción palmaria.

Determinar desde luego que al triunfo de la anarquía deberán los pueblos organizarse conforme á la condición de distribuir la riqueza con arreglo á las necesidades de cada uno ó al producto del trabajo elaborado por cada cual, es dogmatizar, y dogmatizar á ciegas.

Así como la Anarquía se afirma, no sólo como principio científico deducido de nuestra propia naturaleza, sino también como hecho de experiencia fundado en la tendencia social, por todos modos evidente, á disminuir y dividir hasta el infinito el principio de autoridad; así la idea económica debe deducirse, no sólo como idea científica, de nuestro propio modo de ser, sino también por los datos que la experiencia nos suministre al examinar el desenvolvimiento de la sociedad actual. Pero las condiciones de existencia del principio anarquista, so pena de contradecirse ambos y destruirse, por tanto.

De modo que este principio de organización debe reunir tres condiciones indispensable: consagración de nuestra individualidad; afirmación de la evolución social y respeto de la libertad particular y general.

¿Consagra el colectivismo esta tres condiciones? ¿Las tiene en cuenta el comunismo?

Respondan sus partidarios.

En cierta ocasión hice un estudio de la diferencias que separan á estos dos principios, y entonces rechacé en conclusión el comunismo. Mas desde entonces he visto que el comunismo recibe, como el colectivismo, deferentes acepciones por parte de los anarquistas, y por esto he de condensar de nuevo mis ideas exponer terminantemente mi opinión en este asunto.

Empezaré, pues, interrogando á unos y otros.

¿De qué se trata al proclamar el comunismo? ¿de afirmar à priori que la sociedad ha de organizarse en lo futuro en comunidades libres, produciendo cada uno según sus fuerzas y consumiendo según sus necesidades? Pues insisto en mis anteriores afirmaciones y rechazo con todas mis fuerzas el comunismo. ¿Por qué?

1.° Porque dentro de esta sistema queda anulada por la masa común la individualidad personal, es decir, queda desconocida nuestras naturaleza, negadas nuestras aspiraciones, ahogadas todas nuestras iniciativas personales, relegado, en fin, el individuo á la categoría de elemento secundario, resorte de la comunidad, esclavo de todo.

2.° Porque este sistema desconoce y destruye la evolución social, pasa sobre ella, la aniquila, es decir, niega la organización del trabajo, que es hoy, en embrión, la tendencia de la sociedad, y vuelve por la Revolución á la anarquía económica, que es la Reacción.

3.° Porque este principio, el de la comunidad, es incompatible con la anarquía, es decir, desconoce la libertad individual y la libertad general, el derecho, en fin, á que cada individuo y cada entidad colectiva viva y se desenvuelva conforme á sus deseos y aspiraciones.

¿Puede, pues, el comunismo, que es el dogma, ser compatible con la Revolucion? En manera alguna.

Carece este principio de las tres condiciones que hemos señalado, y es, por tanto, contradictorio, es opuesto á la cuenca, á la experiencia y á la anarquía, esto es, á la Revolución, = movimiento. ¿Qué es, por el contrario, lo que se propone el colectivismo? Afirma à priori también que la sociedad ha de organizarse por la revolución en colectividades libres, quedando á su disposición los elementos primeros de la producción y repartiendo proporcionalmente á los esfuerzos de cada individuo la riqueza creada? Pues rechazo de igual modo el colectivismo (I). ¿Por qué?

1.° Porque, aun á trueque de consagrar nuestra individualidad, nos impone la esclavitud económica, nos supedita á la corporación, á la ley de los más, esto es, nos relega al sistema representativo, transportado de la política á la economía.

2.° Porque aun afirmando la evolución social y consagrándola, deja en pié el derecho de la corporación á legislar y gobernar, á constituirse en u pequeño Estado frente á otros Estados innumerables, sus iguales de derecho, sus rivales de hecho.

3.° porque interpretando de un modo absoluto las aspiraciones humanas, las afirma á manera de dogma y se contradice con el principio anarquista, que es la Revolución.

Puede decirse que esta es la única razón que me ha llevado á hacer la afirmación que en mi nota anterior aclaro y explico. Por lo damas, si no hiciéramos la afirmación absoluta y dogmática del colectivismo, ¿cómo rechazarlo á la vez que el comunismo?

¿Es, por tanto, el colectivismo compatible con la idea revolucionaria? De ningún modo.

Conforme en principio con la Revolución, la niega en sus conclusiones; tienda, pues, á la Reacción, = quietud.

¿Pero es que realmente son el comunismo y el colectivismo á la manera que los hemos explicado el verdadero concepto económico de socialismo revolucionario? Entiendo que no.

Tanto valdría afirmar que la nieva idea revolucionaria lleva en si misma la muerte, la Reacción.

Aquí se reduce todo á la misma cuestión de siempre: á que nuestras preocupaciones sociales y nuestras anejas costumbres políticas nos llevan á unos y otros á la afirmación categórica de un molde social.

¿Cómo, si no, no han surgido hasta ahora tales contiendas?

En un principio nadie dudaba, todos afirmaban la Revolución. Luego caímos en la rutina, y todavía nos revolvemos airados unos y otros, sin darnos cuenta de nuestros errores.

Que la distribución de la riqueza se verifique conforme á uno de los dos lemas, á cada uno el producto integro de su trabajo, es decir, á cada uno según sus obras, ó á cada uno según sus necesidades; que la producción se verifique trabajando cada uno para si y todos para todos, ó uno para todos y todos para uno, son ideas y principios puramente privativos de cada individuo, jamás principio general de la Revolución.

Yo desde luego opto por el principio de la proporcionalidad, porque satisface mejor á la Justicia, en mi concepto, que el de la igualdad absoluta, como creo haber demostrado en el estudio antes referido; ¿pero quiere decir esto que lo afirmo exclusivamente, que trato de imponerlo como escuela, como dogma?

La distribución de la riqueza, así como la producción, el cambio y el consumo son cosas todas que las sociedades futuras han de discutir y establecer conforme les plazca, que para esto la anarquía deja abiertas las puertas á todas la manifestaciones y deseos individuales y sociales.

Por el momento sólo hemos de afirmar principios generales de organización, conformes en un todo con la ciencia, la experiencia y la anarquía, las tres condiciones esenciales de que antes hemos hablado.

Así, pues, tratemos de estos principios generales, que son los que en puridad constituyen las verdaderas aspiraciones del socialismo revolucionario.

La industria, el comercio, la agricultura, las diversas manifestaciones de la vida económica, tienden constantemente á sustituir la organización del trabajo individual por la corporativa, llamada por unos común y por otros colectiva, pero idéntica en el fondo. La gran fabrica mata al pequeño taller; la sociedad anónima al mercader al por menor; la gran propiedad á la pequeña; las grandes maquinas á los vetustos vehículos de mar y tierra, y en todas partes donde la producción moderna toma, carta de naturaleza, se vé surgir en donde antes había un hombre, una sociedad. Tal es la evolución social presente, y tal como es la consagra el socialismo revolucionario en nuestros días. De aquí la idea del colectivismo. Y no digo del comunismo porque este es anterior á la evolución social: y comprende además algo que es ajeno á la evolución misma: tal es el principio de la distribución igualitaria.

Me explicaré. El comunismo, pese á quien pese, implica siempre un igualitarismo nivelador,—pretendido por otra parte, pues fácil es comprender que consumiendo cada uno según sus necesidades y siendo estas diversas no puede ser la distribución verdaderamente igualitaria;—implica siempre, digo, un igualitarismo nivelador que no desciende de la abstracción pura á la realidad, y que por tanto, no estando comprendido en la evolución social, pues ésta no comprende á su vez el principio de la distribución, no puede en modo alguno, justificarse por el movimiento económico de nuestros días. El comunismo está, pues, fuera de le realidad.

El colectivismo, en cambio, no es ni más ni menos que la elevación de la tendencia social señalada á la categoría de principio orgánico si que implique solución alguna en el reparto de la riqueza. Tenemos, pues que Colectivismo = Organización corporativa del trabajo.

Desafío á los fanáticos del comunismo y del colectivismo á que demuestren lo contrario.

Pero, ¿qué quiere en suma el socialismo moderno y con él inmensa mayoría del proletariado?

Pues sencillamente esto: la explotación directa y en colectividad de todos los elementos primeros de la producción.

¿Cómo? ¿De qué manera ha de verificarse esta explotación? ¿En que forma ha de establecerse aquella organización corporativa del trabajo?

Hé ahí una serie de preguntas que implican otra serie de principios de aplicación y que por este motivo no nos corresponde contestar.

¿Contestaríais vosotros si os preguntaran como vais á establecer la Anarquía el día del triunfo?

Sólo una cosa afirmarse y es que esa organización del trabajo ha de ajustarse al principio esencial de todo organismo, á la anarquía; cuestión que implica la primera y la tercera de las condiciones á que ha de satisfacer la idea económica del provenir; según ya hemos dicho.

Y por esta afirmación es sin duda superior al comunismo, el colectivismo. En efecto; el primero necesita de una organización económica y por esta misma organización perece: en tanto que el segundo implica por sí misma organización y es imposible sin ella. Necesita el primero una organización, porque donde hay que producir, cambiar y consumir es indispensable el contrato, la estadística, la oferta y la demanda y todo esto implica organización. Perece por ella, porque en un sistema tal, contratar, contar, ofrecer y demandar, son cosas que huelgan y se existen destruyen la comunidad, porque esto sería ya vivir en pleno colectivismo productor y consumidor. Implica el segundo esa misma organización, porque para explotar directamente los primeros elementos de la producción, es indispensable el contrato previo que de realidad á le agrupación explotadora; la estadistica que determine la ley á que obedece el trabajo, el cambio y el consumo; la oferta que ponga á disposición de otras agrupaciones los productos sobrantes y la demanda que permita adquirir aquellos productos que otras corporaciones elaboran para el consumo general. Es imposible sin esta organización el colectivismo, porque no hay medio hábil de explotar los elementos primeros para producir directamente y en agrupaciones fuera de ella.

Si es, pues, necesaria esta organización, si no es posible sin ella la vida económica ¿no habrá un principio general que la sirva de base y garantice á la vez la anarquía? Y si lo hay ¿será preciso que tratemos además de resolver todas las cuestiones de aplicación en ese futuro organismo?

El principio federativo: hé ahí la base de nuestro organismo societario. El contrato: he ahí todo lo que necesitamos.

¿Queréis dar forma previa á ese contrato? Pues caéis en el dogma.

¿Qué importa que la mayoría de los colectivistas sean á la vez partidarios del principio de la proporcionalidad de la retribución al trabajo realizado? ¿Qué importa que el mismo que esto escribe haya sostenido y sostenga que cada debe recibir una parte de al riqueza general proporcionada á sus obras?

Esto significa que así como vosotros los comunistas podéis decirnos: «Ya lo sabéis, colectivistas: En la futura organización social nosotros seremos los revolucionarios, si triunfáis, porque jamás nos conformaremos con vuestra teoría de la distribución y tendréis que luchar y luchar sin tregua ni descanso contra la revolución, » así nosotros os decimos: «Tenedlo entendido comunistas. Si triunfáis estaremos siempre enfrente de vosotros, seremos la revolución y contra ella tendréis que batallar constantemente, porque jamás nos conformaremos con vuestra igualdad absoluta, imposible y absurda para nosotros.»

Pero ¿por qué este dualismo prematuro? Porque comunistas y colectivistas elevamos á dogma principios secundarios, medios de aplicaron que sólo debe resolver la autonomía de los ciudadanos y de la asociaciones en el porvenir.

Proclamemos todos como programa común la organización federativa del trabajo y la explotación directa y colectiva de los elementos primeros para producir sin prejuzgar nada en los demás problemas de la producción y habremos eliminado el ultimo vestigio de peligro para la Revolución.

Y una vez hecho esto, vosotros los comunistas podréis seguir augurándonos toda clase de peligros, si triunfamos; de la misma manera que nosotros podremos seguir afirmando que con el comunismo la Revolución perecerá se él triunfa. Pero todo esto no será ya cuestión que nos divida en dos bandos diametralmente opuestos y enemigos, sino tan sólo uno de tantos problemas sometidos á la critica y al estudio de cuantos sienten amor por la Revolución y odio eterno á la Reacción. Que en tanto podremos al fin ponernos de acuerdo y resolver el problema sin dudas y sin vacilaciones.

¡Qué! ¿No se ha visto ya que por el colectivismo se puede llegar al comunismo? Una asociación de agricultores, por ejemplo, llega á organizarse de tal modo que la diferencia del trabajo realizado sus individuos se hace imperceptible y entonces, á pesar de dar á cada uno según sus obras, llegan todos á recibir la retribución de su trabajo en partes exactamente iguales. Me diréis que esto no es aun el comunismo, según vuestra teoría, pero yo siempre podré deciros que así el colectivismo llega á realizar la mayor igualdad posible, porque estáis muy lejos de haber demostrado que la igualdad queda satisfecha con vuestro procedimiento, pues os falta probar para ello que las necesidades son iguales en todos los seres.

Con motivo de una huelga de sastres ocurrida hace ya tiempo en un pueblo de Galicia, varios huelguistas establecieron un taller organizado conforme al principio colectivista, y como resultara al poco tiempo, según sus mismas apreciaciones, que el trabajo realizado por cada uno de ellos era equivalente al de los otros, dispusieron repartirse por partes enteramente iguales los productos del trabajo general.

Así, pues, la Revolución está con nosotros y nosotros con ella, porque una vez desterrado el dogma económico, reconocidas las principales aspiraciones del proletariado, y afirmada en toda su pureza la anarquía y el principio orgánico de la producción, no cabe retrogradar, volver á la Reacción. Sólo por el principio de autoridad y por el dogma puede le Revolución anularse, pero destruidos uno y otro, alejados para siempre del socialismo revolucionario, quedan abiertas al porvenir todas las puertas de la libertad, garantizado el movimiento de las ideas y de las cosas, proclamado, en fin, el Progreso en toda la plenitud de su concepto más radical.

La Revolución lo es todo; está en todas partes, vive en todas las sociedades, en todos los seres. La Reacción se le opone: ella será destruida, aniquilada.

La Revolución es ley del mundo y restituirla á todo su poder es nuestro propósito; implantarla para siempre es nuestro intento Triunfaremos, y al triunfar deben acabar de una vez todas las violencias que la Reacción provoca, deben terminar las luchas de la fuerza, porque la Revolución, intérprete de la Justicia, el Derecho y la Libertad, ha de verificarse constantemente por los medios humanos propios seres racionales y civilizados. ¡Que los hombres del Porvenir no tengan que apelar á la fuerza, como nosotros, para restablecer el imperio de la Justicia, que es la Revolución!—R. M.

(I) Digo que rechazo el colectivismo, y no digo bien sin una aclaración previa. Yo si rechazo el colectivismo tal como yo mismo lo he expuesto en otra ocasión y como lo entienden casi todos los anarquistas españoles, mas es en tanto cuanto se trata de elevarlo á dogma del socialismo revolucionario, no como principio opuesto á la idea de comunismo. Yo puedo tener, como cualquiera, cuantas ideas me parezcan bien acerca de la organización del porvenir; pero como revolucionario convencido no puedo en modo alguno crear escuela, proclamar dogmas. Entre el comunismo y el colectivismo, opto siempre por este ultimo; mas entiendo que habiendo traspasado este principio la categoría de principio general de organización, conviene restituirlo á su primitivo estado, que dicha idea se ha ampliado: tal es el principio de que cada uno reciba una retribución proporcional á sus obras.

Por este medio puede conseguirse únicamente la eliminación del comunismo, pues así entenderán de un vez sus partidarios que son tan dogmáticos como nosotros, y que sólo sacrificando unos y otros todo lo que significa exclusivismo, podremos llegar á la afirmación común de la idea económica en toda su plenitud revolucionaria.

Por lo demás, no renuncio ni renunciaré seguramente al colectivismo, mucho más lógico en todos conceptos que el comunismo.


V Y ÚLTIMO

Terminemos. Este articula será una especie de epilogo. Para concluir este trabajo sería necesario un libro, y un libro no cabe en una revista.

En pueblo ama sobre todo la Revolución. Preguntadle por qué y no sabrá responderos. La ama á manera que el pueblo ama todas las cosas. El no entiende de arte y ama el arte mes que nadie, es tan artista como el primero; no sabe qué es la belleza, pero mejor que nadie la adivina, la conoce y la admira; tal vez no se da cuenta de lo que es la Justicia exactamente, pero la siente, la admira, la adora, á veces la ejecuta con una certeza asombrosa; quizás la libertad y la igualdad son para él cosas indecisas, no bien comprendidas, pero lucha y perece por ellas un día y otro día con un valor heroico, inconcebible; la Revolución comprende todo esto, lo resume en sí, y la Revolución constituye el eterno ideal del pueblo.

Es el pueblo de las grandes pasiones. Pero es también el sér de los grandes errores, de los decaimientos tremendos, de los extravíos incomprensibles.

Decidle que la republica es la Revolución y será republicano, decidle, con Proudhon, que el imperio es la ultima palabra revolucionaria y será imperialista; decidle un día que el socialismo es la idea moderna, de progreso, y será socialista; decidle un día que el socialismo no basta y volverá las espaldas al socialismo; presentadle, en fin, un más allá real ó aparente y no se detendrá, será revolucionario hasta el final.

En este más allá incesante ¿distinguirá lo verdadero de lo falso, lo real de lo aparente? ¿sabrá distinguir la Revolución de la Reacción?

El pueblo es más esclavo de la pasión que de la reflexión. Acierta, cuando una y otra se equilibran y le indican un camino seguro. Es fácil al error cuando domina la primera. Decadente é inactivo, cuando la segunda.

Rechazad por igual á los que invocan la pasión poderosa palanca de adelanto y á los que claman á la reflexión como único media de que el progreso no se detenga ó retroceda.

Los primeros no ven más que el comienzo del camino y apenas sabrán qué hacer dado el primer paso. Los segundos sólo ven el termino de la jornada, y difícilmente lograrán llega al fin.

La pasión impulso, la reflexión encauza. Pasión y reflexión ¡qué bella harmonía!

Vivimos en una época de continua agitación y de movimiento constante. Instituciones, ideas, organismos, todo cambia, se tambalea y cae. Es el espíritu de critica que se va apoderando de nosotros.

Ese espíritu no llega á todos por igual, y de aquí un sin numero de errores y maldades. Los primeros que reciben la buena nueva contribuyen en parte á que esa agitación y ese movimiento lleguen á hacerse infecundos. El espíritu de critica crea momentáneamente una especie de privilegio á favor de los beneficiados, y así éstos, que pronto se constituyen en directores intelectuales, por lo menos, de la masa popular, siembran por todas partes una semilla mortífera y trastornan y deprimen al pueblo que fácilmente da acceso á todas las pretensiones.

Se constituyen organismos con este ó el otro fin, y á la hora, al minuto le surge una disidencia por pequeñeces de personalismos. Es que hay dos ó tres de los que se creen modestamente apóstoles que no caben juntos. No transcurre una hora y la diferencia personal se convierte en una diferencia de ideas, de principios, de procedimientos, de todo. Hay que buscar el medio de que todos puedan ejercer tranquilamente como directores.

Si por acaso uno de los contendientes se ver derrotado, entonces no basta lo hecho. Se entabla una lucha á muerte, se forman dos bandos, y unos y otros por una misma idea se destruyen, se aniquilan, ciegos de ira, sin comprender á los maquiavelos que los guían.

En ninguna parte faltan espíritus ambiciosos, audaces, que provoquen la lucha; jamás faltan espíritus anémicos, cobardes, que obedecen la influencia del más fuerte; la masa general se vé envuelta por uno y por otros é inconsciente les ayuda en su empresa.

Pero vengamos á lo que nos importa. Los que nos llamamos revolucionarios no estamos exentos de esa calamidad.

Por incompatibilidades personales unas veces, por ambiciones incomprensibles otras, por maldad no pocas, se rompen lazos de unión, se desmoronan organizaciones y se trastorna todo. El pueblo no sabe evitarlo en general. Dado á la pasión más que á la reflexión, sigue á los que acentúan y agigantan sus sentimientos en provecho propio. Le conocen y obran ó como tunantes ó como locos. Pero locos ó tunantes, el pueblo paga.

Raras veces dejan de convertirse en diferencias de principios estas contiendas verdaderamente bizantinas. ¡Qué pocos tercian en ellas de buena fe!

Cuando una organización potente se viene abajo, combatida por el personalismo, cuando todo se desquicia á impulsos de un huracán de bajas pasiones y de pobres ambiciones, entonces es cuando el que honradamente terció en el debate, se ilumina de pronto y comprende su papel de victima. Quiere volver por sus fueros y llega tarde; quiere luchar y tiene que reconocerse impotente. Por fin se resigna.

Cual restos informes de un planeta desquiciado rodando en el inmenso espacio, así se divide y subdivide aquella organización y va hecha gironés de uno á otro lado sin rumbo fijo ni ley constante que le guíe.

No falta jamás una docena de valientes que sostengan la bandera de aquella iglesia desmoronada, pero sus esfuerzos son inútiles. No hay electricidad bastante potente para reanimar aquel cadáver.

Entonces empieza á brotar la semilla sembrada por le personalismo. Nadie se acuerda ya de ello más que para buscar una razón que lo justifique. El pueblo va á dar la razón á sus enemigos.

Un día se dice que la idea no estaba bien depurada y se procura limpiarla de toda mancha. La anarquía, por ejemplo, ya no es simplemente la negación de todo gobierno; se aparenta, se quiere demostrar que también lo es de toda organización. ¡Error funesto!

La anarquía no es, no ha sido nunca más que una sencilla enérgica, lacónica y terminante negación del principio de gobierno. Como tal negación implica una afirmación subsiguiente: la libre organización de todas las fuerzas sociales productoras. Dejad la negación en el aislamiento y no significa nada no supone nada, no puede por sí sola. Ó son algo las leyes de la lógica ó son un mito.

Pero es preciso que la Revolución santifique la iniquidad de los que la perturban, y ya la anarquía se transforma y se modifica por modo inusitado. ¡No más organización! Qué cada uno marche como pueda y como sepa. Diréis que este es un moderno individualismo ¡qué importa! La Revolución lo quiere y el pueblo no lo niega. ¡Adelante!

Otro día le toca su turno al principio federativo. Es autoritario y como tal lo han adoptado los políticos: es innecesario, perjudicial porque deja en el aislamiento á buenos amigos y es indispensable suprimirlo, negarlo. La federación, que informaba aquellos organismos, es rechazada ahora; y es lógica ya la reforma, porque donde se prescinde de la organización para nada hacen falta principios que la den vida. Destruido el primer principio de la serie, los demás sobran.

Y, sin embargo, la federación es el único medio de que los hombres y los pueblos se organicen, realicen sus fines libremente. Que la proclamen falseándola los que quieren el Estado y la autoridad ¡qué importa! El principio federativo es algo más que lo que esos señores proclaman. Donde falte igualdad de condiciones, el principio se falsea necesariamente, y esto es todo. Por este camino se llega al cesarismo, á la centralización disfrazada de contrato federativo, pero nada más. Pero suponed establecida esa igualdad y la idea federativa será la ultima palabra de la ciencia social.

La federación, por otra parte, es ajena á ciertos asilamientos lógicos y naturales. Se engañan tristemente los que otra cosa creen. En esta pequeñas luchas de los hombres muchos pierden su entusiasmo si no su fe; otros recobran su libertad y huyen de todo lazo, temerosos de nuevos desengaños; no pocos permanecen asilados porque atrás quedan amargos disgustos que nunca se olvidan totalmente. Los primeros no volverán jamás á la actividad de otros días; los segundos obran en virtud de un raciocinio algo escéptico y trabajan con más ardor seguramente que antes, pero por nada abandonarán su nueva situación; á lo más podrá atraérseles por breve tiempo, pero pronto volverán á su aislamiento. Los últimos pueden muy bien volver entre sus correligionarios: llevadlos á donde no tengan que encontrarse con lugares y hombres que traigan á su memoria tristes sucesos pasados y serán vuestros en absoluto; no lo intentéis de otro modo.

De seguro muchos que esto lean me darán la razón y es necesario no engañarse inútilmente. La federación es ajena á todo esto. En ultimo caso una falsa aplicación del principio puede andar complicada con otras muchas causas pequeñas de este desbarajuste, pero el principio en sí, nunca.

Mas toda razón es nula. La anarquía mal comprendida, la federación proclamada en hora mala, deben pagar los vidrios rotos por la pequeñez de nuestra pasiones. ¡Que la Revolución lo quiere y el pueblo no lo niega!

Aun no basta. ¿Quién habla de colectivismo? ¡Atrás la reacción! Ahora es preciso desenterrar el antiguo y putrefacto principio de la comunidad y hacerlo entrar en el modernísimo amasijo, en el contubernio horrendo de la Revolución con el individualismo feroz de la nueva idea anarquista. ¡Ay de los que se niegan á seguir el movimiento!

Y es necesario: con el comunismo ha de resucitar el amor libre de los antiguos maestros, y ha de volver á imperar el sátiro sobre el hombre, el sensualismo sobre el sentimiento mil veces puro del amor. Y con el comunismo y al amor libre es indispensable la maternidad falsificada, la irresponsabilidad para el sér humano, la limosna social organizada el gran hospital, la inmensa inclusa para la desdicha y la imprevisión de los hombres. La Revolución es la comunidad; el sensualismo es la ultima palabra de la reforma. ¡Tremendo contubernio!

Todas aquellas autonomías creadas por ti, por ti entrelazadas maravillosamente, por ti verificadas, puestas por ti en movimiento, harmonizadas dentro de la libertad por ti y por ti legadas á la Revolución, la Revolución quiere y tú no se lo niegas, pueblo de siempre, que sean destruídas y aniquiladas.

A los principios de derecho que habías soñado para tus organismo juntamente con los de la economía social que habías adquirido, á la Justicia sacrosanta, con que sueñas á pesar de todo, has sustituido el principio grosero de la vida animal, como si el cerebro que hace de ti un ser superior no te sirviera para más que envidiar la vida que hacen el bruto y la fiera. ¡Pobre pueblo!

¡Ay de ti si en la peor de todas las luchas, en la de nuestras miseria, no sabes distinguir la Revolución y la Reacción!

Tú et engañas á ti mismo queriendo justificar lo injustificable y vas á todos los delirios cuando tus enemigos te sumen en la impotencia. Te buscan y te encuentran; primero te dividen y luego les das la razón. ¡Mil veces santo tú que así te lleva tu santidad á dar gusto á todos!

Se te cree enfermo ó dormido. Una porción de médicos te rodean ansiosos por curarte ó despertarte, porque te quieren. Pero los enfermos son ellos. Buscan, no lo que tú necesitas sino lo que á ellos les hace falta. Todo es inútil. Toda está en ti, por ti y para ti. Se busca una generación y la regeneración vendrá sin cambios de postura, sin recetas ineficaces, sin evoluciones hacia atrás. Un momento no más, un instante oportuno y te levantarás por ti mismo arrollándolo todo. Eres el gran culpable, pero eres también la gran virtud. ¡Confío en ti!

Que la buena nueva, que el espíritu de critica llegue á ti presuroso te ilumine. La Revolución está en tus manos ¡tu la salvarás! Y gozarás pronto sobre la tierra esa ansiada Justicia que por tantos siglos ha acaparado el cielo.—R. M.


Acracia 2 no. 18 (Junio, 1887): 233-236; 2 no. 21 (Setiembre, 1887): 322-324; 2 no. 23 (Noviembre, 1887): 391-395; 3 no. 26 (Febrero, 1888): 475-482; 3 no. 28 (Abril, 1888): 546-550.

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