Ideario — Obras de R. Mella — I

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Liberalismo e intervencionismo

Lloraba hace días, en tonos irónicos, un publicista de renombre la muerte del liberalismo. El ocaso de los himnos le arrancaba lamentables consideraciones. Y un si es o no es abusivo, daba por sepultadas muy grandes cosas reservadas en lo porvenir al patriarcado de los mejores. Los mejores son los intelectuales, los únicos dignos de la ciudadanía. Todo lo demás es servilismo puro.

El poco cacumen de nuestras más preclaras inteligencias les hace decir enormes tonterías. No es de ahora la muerte del idealismo político a lo Víctor Hugo y a lo Castelar. Hace tiempo ya que la Marsellesa y el himno de riego han pasado a mejor vida. Del liberalismo de la escuela de Manchester sólo pueden hablar las gentes vetustas que no viven la vida actual. Y el famoso triángulo Libertad, Igualdad, Fraternidad fue a parar un buen día al rastro de las naciones civilizadas. Cachivaches de antaño, su sola evocación resulta arcaica en nuestros tiempos.

Bajo la influencia de las demandas de la turba grosera que, según el publicista de referencia, hace imposible la emancipación, las clases directoras han tenido que cambiar de instrumento. El liberalismo verdad era la ruina inmediata y adoptaron el intervencionismo. En rigor hacen ahora lo mismo que antes. Toda para y por el Estado. «Al Estado la única, la total, la intangible soberanía». Proudhon y Godwin eran visionarios. Spencer un mentecato. Reclús, Kropotkin y otros tantos, locos de atar. Ahora estamos en lo cierto: Asquith y Lloyd George son los ídolos del intervencionismo. No hay motivo para excluir al gran Canalejas.

El Estado ha intervenido siempre a favor de los suyos. Interviene también en nuestros días en pro de sus más caros mantenedores. ¿Cómo proceder de otro modo? Mientras no fue temible el poder de abajo, era prudente el consejo liberal, la etiqueta del dejar hacer, dejar pasar. Cuando el poder de abajo se hizo sentir, fue más prudente aún mediar en la contienda, adoptar aires protectores, programas sociales. Se transigió con el mal menor. Lo esencial era conservar el dominio de las cosas y de las personas. Y el Estado vencedor proclamó de nuevo su única, su total, su intangible soberanía. Muy capaz será de llegar hasta el socialismo antes que consentir que lo actúe la turba soez que hace imposible la emancipación, la emancipación porque suspira nuestro publicista.

Todas las culpas son ahora para el liberalismo. Las demasías de la prensa, los excesos del teatro y del libro, los horrores de la pornografía, las atrocidades de la explotación que se divierte torturando indios y cazándolos a tiros, todo esto y mucho más es imputable al liberalismo histórico abstracto. ¡Protección!, ¡intervención!, grita todo el mundo.

Y hay publicistas sandios que comulgan con estas ruedas de molino. Es preciso volver a la previa censura, que el Estado ponga mano en todo, lo acapare todo, lo monopolice todo. Hay que suprimir el individuo.

Pero ¿no es todo eso el fracaso del gubernamentalismo? ¿No es la consecuencia funesta de la explotación misma?

¡Arre allá con tus sofismas liberales! ¡Arre allá con tu señuelo intervencionista!

La corrupción, la bestialidad, el desbarajuste, la ignominia de todas las sodomías y de todas las borracheras humanas vienen de la intangible soberanía del Estado, amparo de latrocinios, de bandidajes, de asesinatos. Es la explotación organizada, el poder organizado, el envenenamiento religioso metodizado, la prostitución tributaria, la taberna y la plaza de toros fomentadas, eso, eso es lo que representa el Estado y es eso todo lo que, en el período máximo de descomposición, nos tiene abocados a un terrible cataclismo.

Las gentes claman en vano; en vano lagrimean los literatos cursis. El intervencionalismo ni siquiera servirá de emoliente. El Estado es el gran culpable. No se ha cuidado de elevar el nivel moral de las gentes; las ha disminuido, triturado, deprimido. No se ha cuidad de ennoblecernos por la justicia; nos ha degradado a la altura de las bestias en lucha brutal por la ración diaria. No se ha cuidado de embellecernos por el amor; nos ha enseñado el odio, la guerra, la destrucción, y ha hecho de la humanidad un monstruo. No se ha cuidado de hermanarnos por la igualdad; ha hecho a unos esclavos, a otros amos; dio a unos todo, a otros nada. Y por el cercenamiento continuo de la libertad, nos ha convertido en momias vivientes carcomidas por todas las ulceraciones.

¡Castra de una vez a la humanidad entera! Que la única, la total, la intangible soberanía del Estado se asiente sobre un mundo de cadáveres. Sólo a eso puede conducirnos el intervencionismo que clama por el aniquilamiento del individuo.

Pero mientras quede en el mundo un puñado de hombres celosos de su personalidad, mientras quede un solo grupo de rebeldes a la humillación y al servilismo, mientras quede una sola voz para gritar estentórea por la libertad, la libertad no morirá.

Sueñen los necios que presumen de sabios en arcaicos patriarcados; recaben cuando quieran para sí los decrépitos intelectuales que debieran andar uncidos a una carreta; relinchen como les venga en gana los hartos de todas las bajezas y de todas las suciedades: la libertad no perecerá porque para defenderla y conquistarla todavía queda la turba soez que hace imposible la emancipación.

  • El Libertario, núm. 4, Gijón 31 de Agosto de 1912.

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