Ideario — Obras de R. Mella — I

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Inconvenientes de la filosofía barata

Si Cristóbal de Castro, que cultiva en Heraldo de Madrid la filosofía barata, fue algo más que un zurcidor fácil de cosas ligeras, seguramente no hubiera escrito unas cuantas tonterías acerca de la irresponsabilidad, como lo ha hecho en el número correspondiente al día 14 de los corrientes.

Se necesita algo más que la cultura ramplona y vulgar del periodista, de oficio y también que la simple lectura, por curiosidad, de un par de libros, para filosofar sobre materia de suyo ardua.

A centenares podría haber consultado libros el cultivador de la barata filosofía, aunque tal vez hubiera sido ello de la misma negativa eficacia, porque no hay poder bastante que contrarreste los efectos de una educación mental rutinaria, adocenada y torpe.

Se concibe la sorpresa de estos rumiadores de cosas caducas ante el veto de la ciencia a la confabulación de leyes, magistrados, testigos, pruebas y contrapruebas. Se concibe precisamente por incultura manifiesta y además por servil acatamiento a todo lo estatuido de cuantos están en el mundo por el placer de hacer la pascua al prójimo, si este prójimo no es de los consagrados por los prejuicios de casta, de doctrina y de conducta.

La ciencia no condena ni absuelve; Cristóbal de Castro dice una majadería cuando afirma lo segundo y supone que la declaración de irresponsabilidad pone al delincuente en la calle y en libertad de seguir dañando a sus conciudadanos. La dice mayor cuando establece la indefensión de la sociedad.

El determinismo está de tal modo establecido y comprobado, un solo en la ciencia de hoy, sino también en la ciencia de ayer, que ponerlo en duda equivale a declararse incapaz de ciencia y conocimiento. Ante la Naturaleza, antes las leyes físicas, no hay, no puede haber más que acciones resultantes de una ecuación entre los factores medio social y medio individual, entre todo lo que constituye el mecanismo universo. Cada cosa sucede por motivos que están en el sujeto y alrededor del sujeto. No hay fatalismo, sino concurrencia de causas, determinismo, variable hasta el infinito, de motivos. Cada cosa está sucediendo en cada momento. Hablar de castigos y de penas es un anacronismo muy del grado leguleyos y filisteos.

Pero, ¿de dónde saca la filosofía barata que en virtud del determinismo ha de absolverse al que roba y al que mata, quedando indefensa la sociedad?

Socialmente, todo hombre obra como si fuera dueño de sus actos; de ellos es responsable ante sus semejantes. Por lo menos, tienen las sociedades el derecho de guardarse y defenderse de todo cuanto les dañe. Y cuando la ciencia enseña que la libertad de nuestros actos es una ilusión, la sociedad viene obligada a preservarse del talión atávico, de la aplicación de penas y castigos que suponen la maldad voluntaria, aun cuanto, naturalmente, continúe defendiéndose de todo género de actos antisociales. El cómo y cuándo de esta defensa no es aquí lo esencial.

Mientras la sociedad es una convención contraria a la Naturaleza, según reconoce el mismo Cristóbal de Castro, la ciencia es una convención, o más bien se funda en convenciones, de acuerdo con la Naturaleza. El determinismo es, pues, de orden natural; está en todas las cosas; en las grandes y en las pequeñas. ¿Se pretenderá que el Derecho con sus categorías desconocidas en la Naturaleza, sea algo más que un forzamiento que una imposición, que una violencia al orden natural de todas las cosas? Por vivir fuera de él, la convención social es abusiva y el Derecho una disciplina arbitraria que los poderosos imponen a los desheredados.

En fin de cuentas, todavía hay de parte del determinismo una moral social que escapa a la penetración de los togados. La moral de los códigos y de las leyes es una moral de malvados. Supone, reconoce las mayores monstruosidades voluntarias. El libre albedrío, en que se fundan, nos hace pensarnos capaces de los más grandes horrores. Cada hombre piensa de otro que es una fiera. Cada uno está pronto a serlo. Herencia, educación, medio social, todo concurre a este fin. Tenemos una moral de bandoleros.

El determinismo implica el mal involuntario. Cada monstruosidad social corresponde a una monstruosidad física o psíquica. Cada hombre puede pensar a su semejante contrahecho, enfermo, loco, lo que fuera, menos malvado. Cada hombre aprende a estimar así a los otros hombres, sus iguales; a compadecerlos si le son inferiores por deformaciones físicas o psíquicas. Cada uno está propicio al bien, a los sentimientos nobles. La herencia, la educación, el medio social deberían y podrían concurrir a este fin. Tendríamos una moral de hombres.

Pero, ¿cómo meter estas cosas en las duras molleras atiborradas de códigos, de leyes, de reglamentos, a las que basta citar a Lombroso por rutina y leer un par de libros por curiosidad? Sería una contradicción con el determinismo que detestan y del cual son esclavas sin redención posible. De nacimiento están condenadas a rumiar cosas caducas y a musitar canciones bárbaras. Y a odiar todo lo que sea ciencia, humanidad, amor, porque son por dentro la bestia de los siglos con el barniz exterior del hombre civilizado.

Entre los inconvenientes de la filosofía barata, no es el menor el de desbarrar sin tino. Parapetada en todos los prejuicios de casta, en todas las ñoñeces universitarias, ni en hipótesis admite la posibilidad de redención para la humanidad. Las voces de la ciencia, son voces en desierto. Las apelaciones humanitarias, ennoblecedoras, generosas, delirios utópicos. El hombre fiera es la obsesión de la bestia legalista y patibularia; es el prejuicio escolástico; es la herencia histórica; es la maldición que persigue a la especie y la degrada y la deshonra.

Más allá de esas ranciedades, quiera que no la filosofía cara o barata, hay razón, hay sentimiento, hay lógica, hay ciencia. Y todo eso dice una cosa muy sencilla: que no hay efecto sin causa.

  • Acción Libertaria, núm. 10, Madrid 25 de Julio de 1913.

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