Ideario — Obras de R. Mella — I

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Monografías regionales

Me propongo analizar en estas descripciones las circunstancias particulares de las luchas sociales en cada una de las regiones de España de las cuales tenga algún conocimiento o experiencia.

La falta de datos precisos me hará fácilmente incurrir en errores. Mas no me propongo hacer un historial, sino llamar la atención sobre determinadas condiciones y emitir juicios, desde luego personales, me contentaré con sugerir a otros el deseo de estudiar y de hacer mejor lo que yo haga deficientemente.

De algunos años a esta parte ha variado mucho es aspecto de las luchas sociales en todas las comarcas españolas. Cataluña, Andalucía, todo el Norte y Noroeste, Valencia y Murcia han sufrido profundas modificaciones bajo la influencia de cambios simultáneos, no sólo en las industrias, sino también en el modo de sentir y de pensar del proletariado. Asimismo, el factor político ha determinado fenómenos dignos de especial atención por lo que importa al vario éxito de las reivindicaciones obreras.

Por estas y otras razones, juzgo que será de alguna utilidad el examen y las deducciones que me propongo hacer, sometiendo a la consideración de los camaradas la necesidad de esta clase de estudios.

No basta lamentar desaciertos y señalar deficiencias. Es necesario aplicar a los males conocidos el remedio oportuno y poner actividad donde hubo negligencia, entusiasmo donde tibieza, constancia donde abandono.

La labor de propaganda nunca está concluida. Pesa demasiado, sobre todos, la educación atávica y el medio ambiente para que con unos cuantos discursos y unas pocas lecturas se remueva el mundo. Hacer convencidos es realmente fácil; no lo es tanto hacer actuantes. Mucho, pero mucho menos, conseguir que el medio obrero se purgue de rutinas, prejuicios y resabios. Y que esta labor es indispensable para posibilitar la revolución consciente de los oprimidos, no habrá quien lo ponga en duda.

Comenzaré mi tarea sin orden de preferencia, pero sí ocupándome seguidamente, y una después de la otra, de las dos regiones de España más significativas en el movimiento obrero y social.

ANDALUCÍA

La región andaluza es quizá la que mejor conozco de todas las de España. Muchos años he vivido en ella, precisamente en la época preponderante allí del socialismo.

Desde el Congreso de la Federación Regional de los Trabajadores -reviviscencia de la públicamente disuelta Internacional- celebrado en Sevilla el año 1882, pude seguir paso a paso y muy de cerca la evolución societaria de aquella comarca.

Ya en el período de la Revolución y de la República había dado Andalucía bravas muestras de su espíritu rebelde y de su potencia revolucionaria. Entremezclados entonces internacionalismo y federalismo, el proletariado andaluz y sus mismos inspiradores, Salvochea, Cala, Córdoba y López y tantos otros, fueron siempre a la cabeza, en aquel movimiento prodigioso del pueblo español, que sin la cobardía y el bizantinismo de los jefes y políticos de oficio hubiera transformado al país profundamente.

Para ahogar la revolución andaluza se hicieran las famosas deportaciones a Filipinas, a las Marianas y Fernando Póo.

Ello no obstante, el resurgimiento de aquel proletariado, apenas reorganizada la Federación Regional antes dicha en el Congreso de Barcelona de 1881, fue tan pujante que bien puede decirse que el proletariado en pleno de las grandes ciudades y de los principales núcleos campesinos de Andalucía entró a formar parte de aquella Federación. Sevilla, Málaga, Cádiz, Córdoba, Jerez y veinte poblaciones más, amén de casi toda la campiña jerezana y la serranía de Ronda, cuyos nombres árabes me bullen en la cabeza, dieron tan poderosas fuerzas a la naciente organización, que bien pronto inspiró serios temores a las clases directoras.

La influencia de estas organizaciones de resistencia que formaban la Federación Regional, se dejó sentir hasta el punto de que un periódico tan reaccionario como El Imparcial tuvo que reconocer, refiriéndose a Málaga, que en la bella ciudad del Mediterráneo había decrecido sensiblemente la delincuencia desde que los obreros estaban organizados.

En Sevilla, con su enorme centro obrero, capaz para miles de hombres, se impuso de tal suerte la moralidad en las costumbres, que se tuvo por desterrada la embriaguez. Ningún obrero hubiera osado entonces, ni se le hubiera permitido, presentarse embriagado a las puertas del gran caserón popular.

Podría multiplicar las citas hasta el cansancio.

Esta misma elevación cultural y moral del proletariado andaluz puso en gran cuidado a los gobernantes.

Sobre toda la tierra baja, la campiña jerezana, la serranía de Ronda, constituían una amenaza seria. Aquellos campesinos se veían obligados a reunirse en pequeños grupos sigilosamente, ya en las viñas, ya en los olivares, ya en las asperezas y recodos de las montañas. Ello daba tonos de conspiración a lo que era sencillamente medio forzado para entenderse, para asociarse, para leer la prensa, porque en los campos andaluces no regían las leyes comunes a todos los pueblos de España.

Un episodio sangriento, de orden privado, dio pretexto a las clases directoras para inventar la famosa Mano negra e iniciar una brutal persecución que se extendió a toda España y en la que no faltaron, antes abundaron, las prácticas inquisitoriales de retorcimiento de testículos y otras lindezas.

La organización casi se desbandó. En Andalucía, apenas fue posible mantener el fuego sagrado. La Revista Social, que por aquellas fechas tiraba unos 20.000 ejemplares, murió a manos de los perseguidores de obreros.

Fue un gran error suponer extinguido el espíritu revolucionario en Andalucía. Si en las ciudades no renació tan pujante como antes, en el campo fue bien pronto más vivo, más resuelto. Tras un corto período de reorganización, se produjo el alzamiento de Jerez mientras Pedro Esteve y Enrique Malatesta recorrían España en excursión de propaganda. Se supuso a Malatesta cabeza de aquel movimiento, y ciertamente, corrió hacia Andalucía a la primer noticia que tuvo del suceso, pero llegó tarde. En Sevilla comentábamos juntos, una noche de aquellas, los grandes embustes que acerca de su persona traían los periódicos de gran circulación.

¿A qué hablar de persecuciones? Las hubo entonces como siempre.

Llegando a tiempos presentes, no están lejanos otros sucesos que de vez en cuando han revelado que entre las cenizas quedaba algún fuego.

Andalucía, bajo las ideas anarquistas, como antes bajo las del federalismo y de la Internacional, ha mantenido durante muchos años enhiesta la bandera revolucionaria.

¿Cómo ha venido a parar en la actual atonía?

Como las aves carniceras caen sobre los campos de batalla, así cayeron sobre la destrozada comarca andaluza los vividores políticos y los redentores a sueldo, tan pronto el elemento anarquista fue casi totalmente disperso por las continuas y bestiales persecuciones del poder público.

La forzosa emigración de los mejores propagandistas, la inutilización de otros en cárceles y presidios, la muerte de algunos, todo contribuyó, juntamente con el decaimiento de la propaganda libertaria, a que el proletariado andaluz cayera en la indiferencia y en la inacción.

Algunos políticos avisados lograron pasajeros éxitos, más provechosos para sus particulares fines que para la causa de los obreros; los socialistas consiguieron atraerse algunos elementos tibios o descorazonados; pero, en realidad, ni los políticos ni los socialistas han podido hacer que Andalucía renazca intensamente a la vida societaria.

Es la gente de aquella tierra de suyo impresionable e imaginativa; sentimental e idealista en extremo; tan pronto para comprender y entusiasmarse como para rendirse al desaliento. Si una poderosa corriente de ideas y sentimientos no la conmueve, se acomoda fácilmente a la rutina de la vida miserable entre fiesta y fiesta. Instintivamente es socialista y libertaria. Pero si no se da con la nota exacta que repercuta en su alma vivaz, plena de luz y de sol y de alegría, se llamará en vano a sus puertas.

A pesar de su situación políticamente y socialmente inferior el resto de España; a pesar de su estado económico, más propio de la Edad Media que de nuestros días, no será la nota materialística la que conmueve a esos obreros. Son de tan cortas necesidades, se satisfacen con tan frugales manjares y con tan ligeras vestimentas, que, en realidad, no les preocupa este aspecto de la cuestión, no obstante los lirismos lastimeros a que son tan aficionados. Hablan siempre con el corazón más que con el estómago.

¿Quién dará la clave para despertar a la hermosa y rica comarca que duerme a los arrullos de la atonía que mata?

¿Hay una forma ideal capaz de seducir aquellos espíritus, clarividentes aun en la mayor ignorancia, libres aun en la mayor opresión, casi felices aun en la mayor penuria?

Cada pueblo tiene su tic especial, y Andalucía como ninguno.

Será en vano pretender encauzarla por ribazos agrestes, duros, escuetos. Hay que poner belleza, algo de música, algo de poesía, algo de imaginación y de arte y de amor para conquistarla.

¿La conquistaremos de nuevo?

CATALUÑA

Así como Andalucía fue el sentimiento, la pasión y el entusiasmo en el despertar de España a las ideas sociales, Cataluña fue el pensamiento y la reflexión. Lo había sido cuando la Internacional. Lo fue de 1881 en adelante.

Poco tiempo y de tránsito he estado en Cataluña. Pero por mis continuas relaciones en materia de propaganda y de lucha con aquellos compañeros, puedo imaginarme que conozco aquella comarca tan bien como la andaluza. Las iniciativas, la acción y hasta la dirección del movimiento obrero, de allí partían, y no es raro que cuantos desde otras tierras colaborábamos en la obra de emancipación, tuviéramos para la región catalana solicitudes e inclinaciones que acababan por ponernos bajo su dependencia moral e intelectual.

En el Congreso de Sevilla, en 1882, se vio bien claro que el alma de la organización era Cataluña. Andando el tiempo se vio asimismo cómo la Federación Regional languidecía apenas sustraída a la dirección de los catalanes. Por fin, los catalanes mismos, llevados de un rigorismo puritano y juzgándose demasiado a la vanguardia del socialismo militante, dieron definitivamente al traste con aquella poderosa asociación. No les bastaba transformarla en organización de lucha puramente económica, sin adjetivarla ni abandonarla, y la declararon disuelta. Bien pronto el socialismo iglesista, que estaba al acecho, acaparó los elementos dispersos.

¡Con cuánta admiración recuerdo a los bravos luchadores del tiempo viejo! Serios, enteros; de una moralidad a toda prueba; capaces de todos los arrestos sin ridículos desplantes; reflexivos hasta el punto de no comprometer jamás los intereses del proletariado, laboraban por las ideas con un tesón firme y sin flaquezas; propagaban continuamente sin desmayos, pero también sin botaratadas; y cuando llegaban los momentos de lucha, no volvían la cara y si caían vencidos no imploraban favor ni aceptaban merced del poderoso.

Así estos hombres resultaban directores sin pretender la dirección de nadie. La Revista Social, que publicaba en Madrid un hombre del talento y capacidad de Serrano y Oteiza, literato y escritor purídico y pensador de mucha enjundia, no desdeñaba, antes bien, al contrario, buscaba la colaboración y el acuerdo de los más significados propagandistas catalanes. Entre Barcelona y Madrid había una corriente continua de cambio de opiniones. La acción y la propaganda se penetraban tan íntimamente como no lo hubieran logrado mejor una disciplina cerrada y una jefatura estatuida.

El poder del obrerismo era tan fuerte en Cataluña por aquellos tiempos, que irradiaba a toda España y sumaba en un solo propósito grandes masas proletarias. Es difícil que en mucho tiempo alguna organización obrera pueda igualar a la histórica Federación de Trabajadores de la Región Española.

Sería prolijo seguir paso a paso la lenta evolución del movimiento social de entonces. Bastará que haga resaltar dos hechos que casi la resumen. Uno de ellos es el gran error de los catalanes al dispersar la Federación Regional en un Congreso celebrado en Valencia, si mal no recuerdo, para constituir una especie de partido anarquista, porque si alcanzaron lo uno fácilmente, no lograron, de ningún modo lo otro. Aún supuesta la mayor capacidad societaria de Cataluña, la decisión fue precipitada y demente porque conviviendo en comunidad de aspiraciones todas las comarcas de España, nunca se debió prescindir de las condiciones en que cada una de ellas se hallaba. Fue este acuerdo el primer acto de catalanismo, si así puedo expresarme, y por tanto, el primer acto de divorcio entre las regiones españolas en el campo obrero. El segundo hecho ha estado continuamente a la vista de todo el mundo. Cataluña, a través de todas las vicisitudes, ha permanecido societaria, organicista. Apenas disuelta la Federación Regional, la resucitó bajo el nombre de Pacto de solidaridad y resistencia al capital. Estos últimos años, casi hasta estos mismos momentos, no ha dejado de estar organizado el proletariado catalán de uno u otro modo. La organización Solidaridad Obrera es buena prueba de lo que dejo dicho. Pero todo este movimiento ha tenido continuamente carácter particularista, como si a la corriente catalanista burguesa correspondiera otra corriente catalanista obrera. Se me dirá que últimamente Solidaridad Obrera se convirtió en la Confederación Nacional del Trabajo, pero no será sin que se reconozca que ello fue solicitado desde diversos puntos de España y que el lazo de unión y solidaridad fue más aparente que real. En esto también parecen corresponderse las tendencias obrera y burguesa. En estos últimos tiempos el catalanismo burgués ha perdido mucho terreno y son innegables las tendencias de aproximación a las demás regiones entre los hombres políticos, los escritores y los hombres de negocios de Cataluña.

No quiero decir con esto que haya estado nunca en el propósito de los obreros militantes tal espíritu de exclusivismo. Pero de los hechos resulta el apartamiento que he señalado; y como los hechos son más poderosos que nosotros, sería inútil sustraerse a la realidad.

En resumen: que a partir de la disolución de la Federación Regional, el divorcio entre el desenvolvimiento social de Cataluña y el del resto de España es innegable; que lo es asimismo que mientras en Cataluña la lucha ha continuado siempre pujante, ha languidecido evidentemente en el resto del país.

De este divorcio se han derivado probablemente algunos fracasos y probablemente también se derivarán aún otros.

La disparidad en el grado de evolución societaria no justifica de ningún modo un apartamiento que trasciende a exclusivismo, exclusivismo tanto más funesto cuanto que implica disgregación de fuerzas e insolidaridad. Creo que más bien, y ya lo he dicho en otra parte, explicaría una dirección moral e intelectual. Quien quiera que pueda y sepa, que vaya delante. Una fuerza directriz que no se impone, siempre es preferible a una ruptura total. La hegemonía en tales casos no se discute. Resulta de hecho y basta.

Pero, ¿está Cataluña obrera en situación de recuperar esta fuerza directriz, esta hegemonía perdida por la pretensión, consciente o inconsciente, de bastarse a sí misma?

Trataré este punto a continuación.

Es inseparable del movimiento obrero, en Cataluña, el movimiento anarquista. Los éxitos y las derrotas del uno, lo han sido del otro. Difícil será que llegue la hora de divorciarse. Correrán igual suerte por mucho tiempo.

Nadie desconoce la gran fuerza que el anarquismo ha tenido y todavía tiene en Cataluña. Pero de la época en que organizaba certámenes, mítines resonantes, asambleas de innegable trascendencia, y sostenía periódicos y revistas muy notables y editaba con profusión folletos y libros, a la época presente en que languidece, mal sostenido por una prensa que difícilmente vive y no edita apenas literatura ni celebra reuniones, la distancia es enorme. El anarquismo se ha difundido, es cierto, pero también los es que se ha debilitado.

A través del período llamado heroico y merced a campañas y propagandas que han quebrantado grandemente la moral anarquista, ha podido observarse cómo se iniciaba un período de disolución subsiguiente a la evolución cumplida.

Los héroes se convirtieron en miserables polizontes o en viles explotadores de los entusiasmos obreros. Los ardientes partidarios, en bizantinos discutidores de quisicosas. Los hombres enteros y resueltos, en mujercillas chismosas. Hablamos en términos generales.

La propaganda derivó por senderos de vanidad estúpida, bajo la sugestión de un espíritu soberbio y necio que se erigía en dómine y dispensador de mercedes. La acción se hizo novelesca y mentirosa, forjada a golpes de calenturientas imaginaciones; pedigüeña y rastrera, bajo la corrupción de influencias políticas y literarias. Caímos tan bajo como alto habíamos estado.

La desbandada se inició bien pronto. Y con la desbandada, la desmoralización cobró vuelos.

Al fin se adueñó de los anarquistas el espíritu jacobino. No más acción reposada y seria; no más propaganda reflexiva; no más asambleas, mítines, certámenes, periódicos, revistas, folletos, libros. El motín a diario, la escaramuza a cada instante, la cháchara revolucionaria en boga, el desplante y la amenaza a todo trapo; vocear fuerte y disparar sin tasa, fue entonces el contenido de nuestra obra.

Quedaron por toda Cataluña desparramados unos cuentos estoicos impotentes, y dueños del campo de cabezas calientes sin pizca de sindéresis.

¿Qué otra cosa hizo el proletariado organizado? Cierto que ha tenido arrestos para alzamientos viriles, que ha mantenido enhiesta la bandera de las reivindicaciones, que ha dado tono a las luchas sociales de nuestros mismos días. Pero así como el anarquismo ha entrado en el período de disolución, así también el obrerismo decae y no se alza sino es por irrupciones pasajeras de violencia momentánea. La acción perseverante y sostenida, falta. El proletariado camina cayendo y levantándose sucesivamente, sin esperanza de una resurrección a la vida plena.

Para que Cataluña recupere su perdida vitalidad, habrá que proponerse rehacerlo todo, barriendo sin contemplaciones la roña jacobina; habrá que levantar el espíritu y la moral de las muchedumbres, comenzando por renovar la propaganda y moralizar los propagandistas; habrá que tapar la boca a los charlatanes, arrojar a los granujas, limpiar el campo de alimañas, cerrando el paso a la desvergüenza y a la explotación que se ampara en ideales de mancha. Aunque se tache de aburguesado mi lenguaje, diré que se impone una vigorosa selección.

En cuanto al proletariado catalán, en general, habrá de reponerse volviendo a la perseverancia de mejores tiempos, procediendo con mesura y tino, poniendo la vista más en lo remoto que en lo próximo, pagándose más de la labor continua de cada día que de los fuegos artificiales de un momento de exaltación. No hablo a nombre de un espíritu de moderación meticulosa, de una tendencia posibilista, de un deseo de legalismo y de orden. Hablo a nombre del buen sentido. El revolucionarismo no es charlatanismo.

¿Qué duda cabe que hay en Cataluña elementos capaces de esta resurrección? ¿Qué duda cabe que puede recobrar su hegemonía societaria?

Querer es poder. Pero si no hay quien quiera, el movimiento social de Cataluña perecerá a manos de los ambiciosos políticos y los truchimanes socialistas. Los dos elementos se dan la mano.

En estos instantes de descomposición de los partidos en Cataluña; en estos momentos en que parece agotarse el espíritu particularista de la región, sería oportuno y cuerdo poner manos a la obra y emprender la campaña de renovación que preconizo.

Piensen en ello los camaradas catalanes.

EL NORTE Y NOROESTE

Después de Cataluña y Andalucía, apenas se puede hablar especialmente de cualquiera de las otras regiones de España. Un tiempo fue en que Valencia daba al societarismo numerosas fuerzas. Pero lentamente la política, y lo que es peor, la política personalista, se fue apoderando de aquella comarca y actualmente puede considerársela en el terreno social a igual rasero que las demás.

Casi todas las restantes regiones de España han tenido o tienen actualmente momentos de pujanza societaria; pero, como tales, pasajeros y sin mayor trascendencia.

Al ocuparse hoy del Norte y Noroeste de la península, comprenderé en este ligero examen a Vizcaya, Asturias y Galicia.

Puede decirse que todo el movimiento obrero se reduce a La Coruña, Gijón y Vizcaya, y a pesar de las repetidas huelgas de Vizcaya minera, el societarismo es de cortos alcances, fuera de las tres ciudades mencionadas, en las tres regiones.

Por lo que se refiere a Vizcaya, monopolizada por el socialismo autoritario, es de notar que la acción obrera es mucha más intensa que la organización. Un poco por lo movedizo de la población forastera y otro poco por lo rutinario de la táctica socialista, las asociaciones son poco numerosas y no muy fuertes. Por esto mismo, las últimas formidables huelgas tienen una gran importancia y demuestran cuán excelente campo de propaganda deberían hallas allí las ideas sociales si se las condujera y acomodara a los particularismos de la región.

Luego veremos que algo análogo ocurre y debería hacerse en Galicia y Asturias.

Al contrario de Vizcaya, es la población minera de Asturias totalmente indígena, formada en su mayor parte por aldeanos que han abandonado la azada. El minero asturiano es siempre el campesino sin anhelos, el labrador que rumia sus desgracias lo mismo que sus alegrías al compás monótono de su monótona existencia. Si sufre alguna modificación, es al contacto del obrerismo industrial, y así los focos principales de organización están en las proximidades de La Felguera, Mieres, etc. En general, el movimiento obrero es considerable en Asturias, habida cuenta de su pequeña extensión territorial. Los obreros industriales y los ferroviarios, gran parte de los mineros, viven vida societaria intensa y aun militan, en gran número, ya en las filas socialistas, ya en las libertarias. Tiene el socialismo su cabeza visible en Oviedo; tiene su mayor fuerza el liberalismo en Gijón. La lucha de las dos tendencias es en esta comarca más cruda que en el resto de España. Tal vez consista en ello la pérdida de tremendas batallas dadas por los obreros a los patronos. El sindicalismo asturiano, sobre todo en Gijón y La Felguera, es francamente revolucionario; el societarismo adormidera, más adormidera que en parte alguna. Además, por lo que pude observar hace ya años, es el pueblo asturiano gran reverenciador de personalidades, a pocos méritos que éstas reúnan, y naturalmente lo uno y lo otro concurre al mismo fin de neutralizar la acción obrera. Pugnan tenazmente contra estos males, libertarios y sindicalistas, y mientras las fuerzas obreras se emplean en tales menesteres no pueden ocuparse en otros. Sería preferible el franco predominio de una de las dos tendencias.

Difiere Galicia grandemente de Vizcaya y Asturias. Ni hay minería ni hay gran industria. Puede considerarse el movimiento obrero reducido a La Coruña y Vigo, eventualmente en la actualidad a El Ferrol. Predominan en La Coruña los libertarios; en Vigo casi en absoluto, los socialistas. No cuenta, hasta ahora, la historia grandes cosas del obrerismo vigués. El de La Coruña ha dado pujantes muestras de su vigor revolucionario y parece hallarse ahora algo amortiguado.

Por los campos gallegos se multiplican las sociedades de agricultores, mas no tienen carácter societario. Formadas por pequeños propietarios tienen por objeto más bien la redención de rentas, la lucha contra el caciquismo, etc. No pocas de esas sociedades están dirigidas por ambiciosillos, abogados sin pleitos, políticos fracasados, pretendientes a oradores. Más que en ninguna de las tres regiones, falta en Galicia el proletariado agrícola y no hay ambiente para el socialismo, genéricamente hablando.

Vuelvo, pues, a lo que antes insinué. Una literatura obrera para los trabajadores industriales, una propaganda para ellos hecha, unas doctrinas circunscriptas al problema proletario, entre patronos y jornaleros, que se reduce a proclamar la comunidad de la tierra, es letra muerta en comarcas donde no hay campesino que no tenga un pedacito de tierra y donde muchos de ellos hasta ignoran los estruendos mundiales del obrerismo.

Si el societarismo va ganando Asturias y Vizcaya, no es tanto por las propagandas como por la continua conversión del labrador en obrero industrial. Como en Galicia el aldeano permanece aldeano, la región entera sigue indiferente a las agitaciones de nuestros días.

No se me escapa lo difícil que es acomodar la propaganda a las condiciones peculiares de estas regiones, pero es bien cierto que sería necesario hacer algo para ganar la voluntad popular, a merced de hoy, más que de ideas, de personas.

La difusión del libro, donde se abarcan todos los aspectos del problema social, sería probablemente de buen efecto. El periódico, obligado a mantener la batalla, hasta siempre para los obreros de los grandes centros y resulta ininteligible en las pequeñas aglomeraciones campesinas.

Y en cuanto a la organización, sería indispensable darle nuevos medios y muy concretas orientaciones, porque mientras el obrero industrial, además de los ideales, si los profesa, tiene el objetivo del mejor salario, de la reducción de horas, etc., el obrero campesino, sobre todo si no es proletariado, ha de quedarse sencillamente con lejanas aspiraciones y esto no puede satisfacerle.

Queramos que no, hay que luchar por algo actual aun cuando sea transitoriamente.

  • El Libertario, núms. 13, 15, 16 y 23 de Noviembre y 14 de Diciembre de 1912.

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