Ideario — Obras de R. Mella — I

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Error central del poderío de las naciones

Está sobre el tapete el ponderado tema del poderío de las naciones. Escritores de fuste y periodistas de enjundia disertan a porfía, en sendos artículos, sobre la trascendencia de los valores creados por los países en auge y la depreciación de aquéllos otros que corresponden a los pueblos rezagados.

Como tranquila corriente por cauces suaves, se va deslizando en la opinión lo que nosotros llamaremos error central del poderío de las naciones, aceptando y adoptando el lenguaje caro a los cultivadores de la galiparla moderna.

Se mide actualmente la grandeza de las naciones por el número y la magnitud de los acorazados, por el número y la potencia de los cañones, por el número y la disciplina de los ejércitos. Esto de una parte. De otra, se mide por la cuantía de las empresas bancarias, de los trusts, de los monopolios, de las sociedades anónimas y de los grandes feudos industriales. En la medida, se pone exageración; en el juicio, ligereza excesiva. La fuerza armada implica sacrificio de la producción, grandeza improductiva. La fuerza financiera, acaparamiento de riqueza, aumento de miseria. Ante los atónitos de la multitud se tiende un velo de relampagueante pedrería. Tras el velo, el pauperismo va arañando las entrañas de la civilización. Hambre, ignorancia y vicio: la carcoma hace su obra de destrucción y un día, próximo o remoto, coronará su empresa. Los cataclismos sociales son siempre el producto de esos dos factores, de riqueza uno, de miseria otro. El signo que los liga se llama cerebración revolucionaria.

El error central del poderío de las naciones radica en la preferencia dada a la fuerza exterior, que se traduce en ejércitos enormes, escuadras mastodónticas, absorbentes monopolios y titánicas factorías. El impulso inicial nos lanza en el torbellino de una educación funesta. Así los factores intelectuales como los morales son puestos al servicio de este error fundamental. Y los voceros del éxito, publicistas de fama, escritores de nota, periodistas de renombre, entonan entusiásticos himnos de alabanza a la deslumbrante civilización, que en Europa y América produce tan maravillosos frutos. La corriente, la suave corriente hace todo lo demás.

Ahora mismo se propala en los países rezagados la necesidad de hacer soldados para guerrear, soldados para el trabajo, soldados para la industria y para el comercio. La educación debe tener por eje la disciplina militar. Hay que hacer especialistas obedientes, sumisos, automáticos; que, una vez puestos en el carril, cumplan su misión ciegamente, sin saber y sin querer saber más. Hasta se pretende que pasen por agrupaciones de cultura sociedades cuya finalidad está denunciada por la preponderancia que en ellas se da al elemento bruto.

Se toma como ejemplo a Inglaterra, Norteamérica y Alemania, más comúnmente a Alemania. El imperio germánico está de moda. Se quiere introducir aquí el practicismo británico, que tiene por recomendable en un hombre sabio la cualidad de ser también atletic. Se trata de que imitemos -¡pobres de nosotros!-, los estupendos, temerarios arrestos yanquis, que así labran como diluyen en un segundo de tiempo las más fantásticas cosas. Se pretende que adoptemos la rutina germánica -¡perdón, preclaros ingenios!-, que convierte a cada ciudadano en un mecanismo capaz de repetir hasta el infinito el mismo ritmo, en vista de la misma finalidad de engrandecimiento nacional, de hegemonía europea, de conquista por el comercio y las armas. Y de paso se declama contra el teoricismo latino, la verborrea latina, la decadencia latina. El genio de la raza se declara en quiebra.

Todo ello proviene del error central que sirve de medida común para las naciones poderosas. Por este error central, se sustituye al conocimiento profundo de las ciencias matemáticas, el de procedimientos expeditivos que permiten a las medianías comportarse como sabios.   Una vida entera consagrada a la aplicación repetida y continua de unos cuantos métodos empíricos, puede dar y da, realmente, óptimos frutos en todas las ramas del trabajo. Un conocimiento somero de algunas generalidades científicas y el dominio, fácil de adquirir por el hábito, de los procedimientos de la grafostática y el hábito manejo de la regla de cálculo de la resolución de arduos problemas, puede dar y da, en realidad, rendimientos muy estimables en todos los órdenes de la producción. El análisis matemático fatiga; la investigación que filosofa cansa. Hay que buscar mecánicamente. Un hombre instruido a la moderna es como una pieza cualquiera de un artificio sin alma.

Esa y por el estilo de esa, es, en los grandes conglomerados, la educación que se da y que reciben las clases directoras. Porque el objetivo primordial es fabricar hombres aptos para entrar rápidamente en batalla y sostener la competencia; hombres cuya energía entera concurra a un solo fin y hacia él propenda automática, ciega y apasionadamente. El teoricismo, el idealismo latinos, serían un pesado bagaje en semejante empresa.

Hagamos gracia de nuestro cacareado verbalismo, porque en eso de hablar y escribir por los codos, en todas partes cuecen habas.

Pero, señores panegiristas de las naciones poderosas, ¿no hay algo más que hacer, moral e intelectualmente? ¿No hay algo más de qué ocuparse y preocuparse que del esplendor de los ejércitos, de las armadas, de las bancas, de los trusts y de los feudos industriales? ¿No hay algo más que la lucha a mordiscos de lobo por una putrefacta tajada?

Error central de la civilización moderna es el culto y es el fomento de esos factores de aparatosa grandeza que agostan en el alma de las gentes el sentimiento de lo bello, de lo bueno y de lo justo. Error central de los voceros del moderno industrialismo, también culteranos de la fuerza, es olvidar en absoluto que la vida de las naciones brota de abajo, de las capas inferiores, sobre cuya fatigosa labor descansa todo el andamiaje social que sostiene los ejércitos, los monopolios y las grandes y pequeñas factorías. Error central de nuestros tiempos es la preferencia concebida al hombre-mecanismo sobre el hombre-inteligencia, como si toda la evolución humana culminara en un retorno a la bárbara, insolidaria lucha por el pan, de los hombres prehistóricos, recubierta con los oropeles de la civilización.

Este error central, que prescinde de la fuerza interior, dará pronto cuenta del insostenible poderío de las grandes naciones, porque tras su apariencia deslumbrante, el pauperismo mina, y la cerebración revolucionaria, que es bien y es justicia, labora.

Unas armas vencen a otras armas; unos monopolios acaban con otros monopolios; unas grandezas sucumben a otras grandezas; pero la obra moral e intelectual, la fuerza interior de la humanidad es imperecedera.

  • Acción Libertaria, núm. 3, Madrid 6 de Junio de 1913.

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