Ideario — Obras de R. Mella — I

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Ni pesimistas ni optimistas

El Cándido, de Voltaire; el Tristán, de Palacio Valdés; todas las creaciones literarias o artísticas arrancadas al optimismo y al pesimismo son, más bien que trasunto de estados de alma y de pensamiento, casos de patología, tristes o risueños ejemplares de nervios en desorden, de mecanismos descorregidos o caducos. A menudo, el escritor genial nos brinda un tipo singular de trágica misantropía o un modelo acabado de alegría desbordante y triunfadora. La ilusión es perfecta y el lector queda convencido de que aquellos pobres diablos, juguetes de su neurosis, instrumentos de su hiperestesia, con el hígado envenenado o con la sangre pujante y arrebatadora, son grandes y acabadas creaciones artísticas que reflejan, idealizada, la realidad humana partida por gala en dos grandes corrientes de alegrías insuperables y de irreductibles tristezas.

Por debajo de las cumbres creadoras, la vulgaridad hace su camino y a poco las gentes quedan clasificadas y encasilladas, mal de su grado, como se clasifican y encasillan las especies en la estantería de una tienda de ultramarinos.

La operación no sería del todo desacertada si no se pusiera en olvido que en la realidad y en la Naturaleza no existen divisiones rígidas, secas, escuetas, y que en todas las cosas la tonalidad varía insensiblemente al infinito y evoluciona en serie continua e inacabable.

No todo en vida es patología optimista o pesimista. Frecuentemente no se da en el espíritu humano, de modo definido, cualquiera de esas dos modalidades y se dan, sin embargo, en los hechos, en las circunstancias y en las condiciones de la vida misma.

Por muy optimista que se sea, ¿cómo negar las tristezas ambientes, los dolores que atormentan a la humanidad? No hay alegría capaz de resistir el examen honrado de las pesadumbres que nos agobian.

Una mente bien equilibrada, un espíritu bien ponderado fluctuará entre la ideal alegría del vivir y la real penuria de la vida. Porque es lo cierto que en los hechos hay poco, muy poco, de que alegrarse; mucho por qué entenebrecerse. No trazaremos el cuadro de las miserias incontables y de los dolores sin número que la humanidad soporta resignada. No somos artistas. Tráceselo cada uno según la realidad se lo ofrece. ¿No sería el optimismo burla sangrienta o carcajada imbécil?

Fuera del caso patológico, del hígado enfermo, hay el pesimismo intelectual, pesimismo de las cosas en sí mismas. Es el pesimismo objetivo; no está en el individuo; está en el medio que al individuo circunda.

Pero, ¿es qué todo es dolor sin esperanza, mal sin remedio? No hay pesimismo que no retroceda ante la contemplación del abismo que separa al hoy del ayer. No hay pesimismo que no se rinda a la certidumbre de un mañana más venturoso de la especie humana.

Un corazón sano, una inteligencia despejada tendrá por simultáneos el mal presente y el bien futuro, el dolor y el placer. En presencia de un continuo progreso, jaloneado por victorias cruentas, por conquistas gloriosas de la ciencia, por imperecederos éxitos del genio creador, un sano optimismo le impulsará a la esperanza.

Fuera del infantilismo que quiere verlo todo de color de rosa, de la simplicidad lindante con la idiotez que ríe bobamente, de la hiperestesia que pondera y exalta y desvaría, hay un optimismo de la razón, un optimismo de las cosas en sí. Es el optimismo objetivo; no está en el sujeto; está en el medio que al sujeto rodea.

La vida real suministra todos los elementos para que el entendimiento se dé cuenta de los males que es necesario vencer y de los bienes que es preciso conquistar. Clasificarse en pesimistas y optimistas es declararse enfermos. Y si los enfermos abundan, no es menos cierto que es inaplicable al común de los mortales la arbitraria división patológica.

Mentalmente, el pesimismo es fruto de la realidad pretérica y presente; el optimismo resultado razonable de la realidad pretérica, presente y futura.

No se es ni pesimista ni optimista por idealidad, por sistema de doctrina, por inclinación filosófica. En el sentido riguroso de las palabras, se es lo uno o lo otro por defecto o por exceso de salud. Y nada más.

Indigno del hombre es entregarse a la misantropía filosófica ante las negruras de la vida. Indigno dejarse arrebatar por filosóficos delirios, por engañadoras ilusiones en presencia de sueños realizados y en expectativa de otros por realizar.

Serenamente ha de afrontarse la realidad con sus alegrías y sus dolores, con sus éxitos y sus derrotas, con sus males y sus bienes.

Ni optimistas ni pesimistas. Es desenvolvimiento de la humanidad es una serie ininterrumpida de caídas y exaltaciones. A lo lejos está lo menos malo, lo mejor. Aunque lo bueno absoluto haya de huir siempre delante de nosotros, no hemos de retroceder ni detenernos. No hay razón ni para rendirse a la misantropía ni para arrebatarse por falaces imaginaciones. Hay razón para caminar siempre adelante. El que así no camina es arrollado, y la vida sin objetivo en el mañana, no vale la pena de ser vivida.

  • El Libertario, núm. 3, Gijón 24 de Agosto de 1912.

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