Estudios sobre el Anarquismo — Obras de R. Mella — III

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La anarquía

Su Pasado. Concepto general de la evolución. Desenvolvimiento de la libertad. Origen del principio anarquista.

Asistimos a una revolución universal de las ideas. El libre examen y la crítica son las características de nuestros tiempos. Las revelaciones de los dioses, las dogmáticas sentencias de sus profetas, las místicas concepciones y las apocalípticas catilinarias de los intérpretes de la divinidad, las metafísicas lucubraciones de los sabios, las abstrusas ideas de la teología, de la moral y de la política imperante hasta nuestros días, allá van en confuso tropel, en informe aquelarre al montón de los vetustos errores, de los anacronismos fatales, producto de la ignorancia y de la maldad en torpe consorcio. La palabra de dios, el signo del profeta, el axioma del sabio -teólogo, filósofo, moralista o político- que servían indistintamente para levantar pomposos sistemas, han sido abandonados por los hombres y por las ciencias, y hoy la investigación toma rumbos opuestos, más en armonía con la Naturaleza y la realidad.

El principio generador de la evolución se enseñorea de todas las ciencias. Naturalistas, físicos, químicos, matemáticos, filósofos, sociólogos y moralistas van a buscar en ese gran principio el origen, el fundamento y desarrollo de la universalidad de las cosas, de los hechos y de las ideas. Lamarck primero y Darwin después, más completamente, establecen el origen de las especies, las sucesivas transformaciones de los seres y las leyes generales de la vida y del proceso animal. Lubbock, continuador de Darwin, nos da a conocer las maravillas de algunas comunidades animales y patentiza la realidad de una inteligencia, frecuentemente asombrosa, en los seres de la escala zoológica inferiores al hombre, hasta el punto de echar las bases de una psicología animal, según las que el orden de las especies habría se ser casi por completo invertido. En las ciencias físico-químicas, Rumdorf, Melloni y Tyndall son la admiración del mundo en sus portentosos trabajos acerca de la luz, del sonido, del calor y de la electricidad como modos diversos del movimiento que anima al Universo. Se producen novísimas teorías que dan en tierra con viejos errores, se reproduce en el gabinete la atmósfera y los brillantes colores que llenan el espacio, se estudia la materia en todas sus formas, y sólo resta ya penetrar decididamente en el secreto de la constitución etérea, sutil, impalpable, a través de la cual la vida, en sus infinitas variaciones, circula sin cesar. Y, finalmente, Spencer, Morgan y otros hombres, de verdadera ciencia, aplican a la filosofía, a la ética, a la historia, a la sociología, a la teoría del positivismo moderno, el principio de la evolución, y dan el golpe de gracia a las añejas opiniones de la teología, de la metafísica y de la filosofía trascendentales.

Primeramente nuestro sistema cosmogónico se reduce a los falsos principios bíblicos. La Tierra está inmóvil en el centro del Universo y es completamente plana. El Sol y las estrellas giran a nuestro alrededor sin más objeto que alumbrarnos y embellecer el trono de Dios. Más adelante la ciencia niega las conclusiones de la biblia. La forma de la Tierra es elíptica. Se rechaza también su quietismo. Nuestro planeta está animado de dos movimientos, el de rotación y el de traslación. El Sol es el centro de todo el sistema planetario. Últimamente se agrega un tercer movimiento a los de la Tierra, el de cabeceo, y el mismo Sol se mueve a su vez, y quizá, con todo su sistema planetario, gira alrededor de otros sistemas y de otros planetas.

Así la Astronomía, apartándose de la rutina creadora, escudriña los espacios inconmensurables donde millones y millones de astros se mueven con rapidez vertiginosa formando sistemas y sistemas de sistemas; donde las distancias son tan enormes que, para medir lo que nos separa de nuestros vecinos más próximos, son insignificantes el kilómetro y el miriámetro, y se hace necesario apelar al año lumínico, que es el recorrido de las ondas luminosas en uno de nuestros años comunes, a razón de 308.000 kilómetros por segundo; donde se verifica que, a pesar de esta portentosa velocidad de la luz, si en este momento preciso desaparece del firmamento la estrella Polar, guía de nuestros navegantes, continuaría alumbrándonos durante un período de tiempo de 31 años; así, digo, esa ciencia de las maravillas escudriña los espacios y nos muestra cómo las masas ígneas, rodando por cantidades inconcebibles de tiempo, se modifican y se transforman en virtud de la evolución de la materia; cómo las leyes de la mecánica del cosmos se armonizan y se resuelven en las etéreas amplitudes de una sustancia única, universal y constante. Y siguiendo a la astronomía, la geología toma a nuestro planeta desde el momento que se desprendió de la nebulosa solar, entra luego en el estudio de la evolución, de sus transformaciones sucesivas y señala el tránsito del estado gaseoso al líquido y de éste al sólido, determinando los diversos períodos de la formación de la corteza terrestre, el levantamiento de las masas sólidas, islas y continentes, las direcciones costeras de los terrenos primitivos, las cristalizaciones de rocas, la formación de las montañas con la orogenia y la constitución y origen de las aguas esparcidas en nuestro planeta con la hidrogenia, hasta el punto que puede hoy seguirse atentamente, a través del tiempo y del espacio, el desarrollo total de este átomo insignificante en la inmensidad del Universo, de este grano de arena que llamamos Tierra. A su vez la antropología, burlándose de la hipótesis del hombre de barro animado por el soplo divino, como origen común de la especie humana, halla en los datos suministrados por la geología la prueba irrecusable de nuestra presentación en el mundo animal, no ya en la época cuaternaria, sino también en la terciaria, separada de aquella por una inmensidad de siglos, llega al conocimiento de las primeras razas y determina la simultaneidad de la aparición del hombre sobre la Tierra y la pluralidad de idiomas primitivos como prueba eficiente de sus conclusiones. La física, la química y la mecánica siguen asimismo el moderno impulso, destruyen la falsa hipótesis de los fluidos imponderables, mantenidas por titanes como Newton, demuestran la identidad sustancial de los mundos orgánico e inorgánico, puesto que en los tejidos de los animales no hay sustancia que no derive primitivamente de las piedras, del agua y del aire; explican la naturaleza y la combinación molecular hasta sus últimos límites, establecen nuevas leyes en relación con el equilibrio y los movimientos de los cuerpos, y, finalmente, avanzan ya resueltas en el secreto de la Creación, exponiendo clara y sencillamente las evoluciones infinitas de la materia cósmica, como variantes de una cantidad constante de la energía de la Naturaleza, resolviéndose en una prodigiosa armonía universal y eterna.

Y si en las ciencias exactas y naturales las nuevas investigaciones han promovido una revolución grandiosa, no ha sido en vano, puesto que su influjo se deja sentir poderosamente en las mismas ciencias especulativas. Estas entran a su vez en el movimiento renovador, y los métodos del positivismo se hacen plaza y arraigan simultáneamente en la historia y en la filosofía. No es ya un axioma afirmado a priori, un dogma proclamado enfáticamente, el fundamento de la especulación. La filosofía y la historia, y aun la política, toman como punto de partida las verdades del positivismo científico, estudian la evolución en todas sus variantes, y concluyen afirmando las ideas revolucionarias que en nuestros días se propagan por todos los ámbitos de la Tierra.

Así el principio de la evolución, apoyado en leyes fundamentales e indestructibles, se apodera de las ciencias produciendo un progreso decisivo en los conocimientos humanos. Cuando se ve que por la evolución de las especies se explica racionalmente el origen del hombre; que por la evolución de la materia se deducen del mismo modo los fenómenos moleculares y planetarios, generalización de los minerales, los vegetales y los animales; cuando por el concepto evolutivo se observa como ley constante en los diversos órdenes de la Naturaleza, material, moral e intelectual, un movimiento único de composición y descomposición que tiende al mejoramiento, a la heterogeneidad orgánica, como signo indudable de más perfectos mecanismos vivientes, es necesaria afirmar que el principio de la evolución, que la evolución general de la Naturaleza es la ley universal que preside la armonía de todos los movimientos, a la combinación de las fuerzas y de los cuerpos, al desenvolvimiento y progreso de órganos, funciones, ideas y sentimientos.

Generalizándose, pues, este principio tan ampliamente, se impone a nuestra razón y nos arrastra con fuerza irresistible a sus dominios, como si el concepto de la verdad absoluta estuviera al término del afanoso e incasable movimiento que lo supone.

En el terreno verdaderamente científico es irreprochable. Si algún defecto puede imputarse es a los hombres que siguen en sus estudios aquella teoría. Precisamente necesita el principio de la evolución salir de la esfera contemplativa a que la han llevado los hombres de ciencia. Domina en ellos un resto de preocupación y son ajenos a los sacudimientos pasionales de los hombres activos. Por esto se limitan a señalar el desenvolvimiento evolutivo sin entrar para nada, como dice muy oportunamente Kropotkin, en la determinación científica de la curva de la evolución, y mucho menos en el estudio de las violentas sacudidas revolucionarias que no son más que una fase, un accidente del progreso evolutivo. La evolución surge siempre en un medio que le es contrario; en él se desarrolla y en él perece si las agitaciones bruscas no modifican aquel medio. Pero la evolución no puede detenerse, y mucho menos perecer. Ella misma produce esas sacudidas, esos cataclismos, esas rupturas necesarias. Así la tormenta atmosférica modifica las condiciones del ambiente; el cataclismo geológico cambia y trastorna la situación del suelo y sus cualidades; las masas meteóricas promueven terribles revueltas en el espacio. La revolución, ya se le considere en el orden natural, ya en el humano, es el elemento indispensable para que la evolución pueda llegar a la plenitud de su desarrollo.

La evolución es un absolutismo inevitable, un absolutismo de las leyes naturales, sin el cual el progreso sería un concepto vacío de sentido. En medio del mar surge de pronto una montaña, una erupción volcánica por un absolutismo de la Naturaleza, por una revolución de la materia. Por revoluciones semejantes cambia también la sociedad sin que pueda evitarlo fuerza ni obstáculo alguno. En la vida humana se justifica, pues, plenamente la verdad de que las renovaciones son una necesidad de la ley general de la evolución, son fases accidentes de la evolución misma que al hacerse consciente rompe todas las trabas, todos los impedimentos que se le oponen y completa el desenvolvimiento libre de las sociedades.

Puede decirse asimismo que las revoluciones son los puntos culminantes que determinan la curva de la evolución, las diversas altitudes que marcan el paso de dicha curva rompiendo la monotonía del plano. A todo sacudimiento brusco precede un rápido período de iniciación que es como el término de la curva evolutiva, como el final de la trayectoria recorrida en ondulaciones múltiples. La revolución determina el máximo de altura de perfeccionamiento, de progreso, de desarrollo. Ella rompe las últimas capas resistentes a la evolución, ella aniquila todas las fuerzas opuestas al progreso, ella, en fin, hace posible y variable el adelantamiento humano.

Así, lo que no realizan los hombres de ciencia, lo hacen los hombres de partido, los que se apasionan por el ideal, los que no sólo ponen su inteligencia, sino también su fuerza al servicio de las aspiraciones modernas, lo cual constituye un nuevo aspecto de la evolución, el más importante seguramente, pues que por tal medio se torna ésta consciente y revolucionaria, probando una vez más nuestro aserto de que las revoluciones son accidentes necesarios de la evolución.

Tal, por lo menos, se deduce del estudio de la misma ley en su concepto más amplio.

Afirmado, pues, en toda su universalidad aquel principio, no podemos sustraernos a someter a él todas nuestras investigaciones. Siguiendo paso a paso los desenvolvimientos parciales de la Naturaleza o de la Humanidad, se halla siempre en cada uno de ellos una confirmación tal de la excelencia de procedimiento, que obliga a la razón a reconocer la semejanza, la completa paridad de todos los modos de desarrollo y perfeccionamiento. Sea cualquiera el orden de examen, siempre se encuentra que el proceso marcha de lo simple a lo complejo, de lo homogéneo a lo heterogéneo, de lo particular a la general.

La historia humana lo comprueba por modo harto terminante. En un principio las sociedades son sumamente rudimentarias. Poco a poco se complican en su mecanismo, al propio tiempo que sus necesidades se hacen cada vez más complejas. El desarrollo biológico comprende en un mismo conjunto las formas orgánicas, las necesidades individuales y la calidad de las actividades puestas en acción. Los mismos propósitos que determinan las acciones son en un principio muy limitados e incoherentes. Paulatinamente se hacen más amplios y extensos. En la escala de los animales sucede otra tanto. Los seres más rudimentarios se distinguen por la incoherencia de sus propósitos y de sus actos. Los más desenvueltos, por la coherencia y la distinta finalidad de sus ya más generales propósitos y acciones.

Veamos, pues, de seguir a través de la historia el desenvolvimiento de la libertad humana.

El hombre primitivo vive en sociedades muy reducidas y deficientes. De pocas necesidades, le basta con la caza y las frutas silvestres. Las agrupaciones tienden más bien a dividirse que a extenderse. La vida nómada es preferida con apasionamiento. Más tarde, sin embargo, las necesidades se multiplican, las actividades individuales se desarrollan inesperadamente y las pequeñas comunidades empiezan a engrandecerse. La Libertad individual es sacrificada en parte a las necesidades de una más fuerte cooperación para el trabajo y para la guerra. El estado de lucha permanente en que viven las agrupaciones provoca la tendencia a la sumisión. Surge naturalmente el principio de autoridad, y a medida que las comunidades o sociedades se hacen más poderosas, más y más se impone y se acrecienta el régimen del despotismo persona. En el tránsito de la libertad nómada a la cooperación societaria, la soberanía del hombre pierde terreno. Su sacrificio proviene directamente del carácter guerrero de las colectividades constituidas. Sin embargo, estas ya más complejas comunidades no son jamás ajenas a las revueltas. Con frecuencia la naciente autoridad tiene que luchar con los rebeldes y suprimirlos para no perecer. Y entre las dos fuerzas opuestas, en permanente vaivén, van desenvolviéndose estas primitivas sociedades. La autoridad y la rebelión surgen a un mismo tiempo en lucha abierta.

Las necesidades sociales continúan en aumento, al par que el estado de guerra echa más hondas raíces. Merced a la tendencia de absorción individual llegan a formarse grandes grupos, y la autoridad se encarna en el rey dios. Las supersticiones religiosas y guerras se unen a un solo fin, y así llega la Humanidad a postrarse ante el rey de origen divino. A pesar de la mayor fuerza y preponderancia del poder, las rebeliones se suceden uno y otro día, y da comienzo la era de las guerras religiosas. Las naciones ya constituidas quieren imponer a todo el orbe sus leyes, sus ideas, sus cultos.

Durante este largo período de guerra se arraigan poco a poco en los hombres las ideas de sumisión y obediencia, tanto por adaptación necesaria al medio social como por herencia fisiológica. Pero al mismo tiempo la evolución, consciente de las ideas, hace su camino, y en el mismo seno de las religiones se levantan los espíritus reformadores a corregir los viejos sistemas. Buda, Confucio, Cristo, dan nuevos ideales que otra vez encienden la guerra entre los pueblos. Sociedades y civilizaciones que se habían engrandecido a la sombra del politeísmo, se derrumban, apenas en el horizonte se dibujan nuevos y más humanos ideales. Los grandes pueblos, los imperios soberbios, la antigua Grecia y la conquistadora Roma, juntamente con las invasiones de la gente del Norte, preparan el advenimiento de una nueva era. Los chispazos revolucionarios, principalmente religiosos, revisten, por momentos, más pronunciados caracteres políticos y económicos.

Hace su propaganda el Cristianismo, desmoronándose los antiguos poderes y se inicia lentamente el elemento negativo de la autoridad absoluta. El rey y el dios, antes unidos, se hacen antagónicos. En religión surgen numerosas sectas disidentes. En política pretende también emanciparse el hombre. En las últimas evoluciones de la idea religiosa, se inicia el comienzo de la evolución política. El movimiento de la reforma trae consigo el libre examen, y la filosofía ocupa su puesto en las entonces modernas contiendas. Proclamada la libertad individual, la soberanía de la razón en materia religiosa no podía hacerse esperar un hecho semejante en el orden político. Ya no se acata ni a Dios ni al rey, sino a la soberanía popular, y una formidable explosión revolucionaria estalla impotente.

En el pasado, mares de sangre riegan los campos y las ciudades. Millares y millares de hombres son sacrificados por tal o cual idea, por tal o cual capricho, por tal o cual rencor. Superstición, fanatismo, tiranía, esclavitud, son otros tantos factores de la guerra permanente en que viven los pueblos. Un torrente, un océano de fuego pone término a la evolución de la libertad en los transcurridos siglos. Parece que la Humanidad se emancipa definitivamente, que rompe las cadenas que la aprisionan, que recobra la libertad de la conciencia, la libertad del pensamiento, la libertad de acción.

No es ajeno tampoco este movimiento grandioso a la evolución económica. El desarrollo inmenso del trabajo hace que los hombres comiencen a rechazar el estado de lucha en que viven… «Mientras el estado de guerra prevalece, la obediencia se hace indispensable y se tienen como virtudes la fidelidad y la sumisión de esclavos. A medida que la guerra va desapareciendo de nuestras costumbres y la vida del trabajo y de la cooperación se desenvuelven, los hombres se habitúan más y más a defender los derechos propios, respetando a la vez los ajenos, la fidelidad al jefe se debilita y se acaba por negar la autoridad. Entonces llegan a desafiarse las leyes del Estado, y no tarda en mirarse la libertad de los ciudadanos como un derecho que es virtuoso defender y vergonzoso abandonar».

Los primeros tiempos pertenecen, en el orden económico, a la esclavitud; en el político, al poder absoluto y religioso. Los tiempos medios corresponden al feudalismo y al poder personal, respectivamente.

De un modo simultáneo, la evolución de la libertad se verifica en la religión, en la política y en la economía. La revolución que nos da el libre examen y la libertad política produce asimismo el proletariado.

A partir de la Revolución Francesa, el constitucionalismo se apodera del mundo llamado civilizado y el régimen industrial viene a dar nuevas formas de la esclavitud. Ni aun en sus comienzos vive en paz el nuevo orden de cosas. Las ideas federativas, por un lado, y las aspiraciones comunistas, por otro, ponen de manifiesto que los pueblos se aprestan a luchar por su emancipación, no sólo política, sino también económica. En el mismo seno de la revolución surge el nuevo concepto de la libertad en su forma rudimentaria, y la negación de la propiedad individual, rotunda y amenazadora.

La revolución se reduce, al principio, a la emancipación de la conciencia. Más tarde que trata de emancipar la conducta, y llega en conclusión a la libertad y a la igualdad total ante la ley. Todo eso no basta. A medida que el feudalismo industrial y parlamentario adquiere poderío, las ideas socialistas van propagándose rápidamente, y las reivindicaciones del pueblo se renuevan a cada momento. El aspecto económico de la evolución, oscurecido al principio, empieza a revelarse prepotente. Al fin se llega a comprender que la libertad es nula sin la igualdad social y económica. Nuestro siglo es el siglo del socialismo.

Todas las formas imaginables de organización han sido vanamente propagadas y aún ensayadas. Se hizo una revolución en la misma Francia, ensayo y descrédito del socialismo de Estado, y después de tantos y de tan fatigosos cambios, la idea de libertad se determina en toda su magnífica amplitud.

Formas de gobierno, principios de legislación, poderes constituidos, todo es negado. La libertad total, la libertad religiosa, política, económica y social, es el grito de guerra de nuestros tiempos, es la esencia de la evolución en nuestros días.

Así nace y se produce el principio anarquista.

Cuando los pueblos llegan a comprender claramente que bajo las formas de constitucionalismo, monárquico o republicano, son tan esclavos como en el régimen absoluto o en cualquier otro fundado en el principio de autoridad y en la desigualdad económica, la negación terminante de todo lo existente la ANARQUÍA, se les impone como principio revolucionario y garantía de sus derechos.

Se engañan un momento, y buscan en el Estado y en el socialismo de cátedra o en las aspiraciones democráticas la garantía económica de su existencia. Mas pronto reconocen que en la negación del gobierno y de la autoridad se comprende también la negación de la propiedad individual.

Por eso dice muy bien Kropotkin cuando afirma que la ANARQUÍA tiene un doble origen. Es la síntesis de la evolución política y de la convicción económica.

En todos los tiempos se ha mezclado a las revoluciones políticas una cuestión de pan. En nuestros días, todos los partidos se han desgajado ante el incremento del socialismo, y aún los más reaccionarios se ven obligados a hacer algo por acallar a las muchedumbres. El [18]48, en Francia, fue una revolución socialista más bien que política. La revolución del [1793], se vio amenazada por la conspiración de los iguales, preparada por Babeuf y sus amigos. En la misma Roma hubo guerras esencialmente sociales, sobre todo en los tiempos de los Gracos. Grecia dio también su contingente a las luchas económicas. El cristianismo es comunista por excelencia, y algunas sectas como la de los anabaptistas y los moravos, lo defendieron y establecieron.

¿Cómo negar, pues, que todas nuestras luchas por la libertad lo son también por la igualdad?

Simultáneamente afirma la ANARQUÍA una y otra vez.

El principio de que los términos correlativos se implican mutuamente, viene en nuestro apoyo. Así como no puede pensarse en un superior sin pensar al mismo tiempo en un inferior, en el soberano sin el súbdito, en el todo sin la parte, así también no se puede pensar en la libertad sin pensar inmediatamente en la igualdad. No puede existir aquélla donde falte ésta.

La ANARQUÍA, expresión acabada de la libertad, afirmando necesariamente la igualdad económica y social de los hombres, es, pues, el resumen y compendio de todas las aspiraciones humanas.

La historia, la filosofía y las ciencias mismas lo comprueban.

Su Presente. Generalización del principio anarquista. Sus modificaciones progresivas en la evolución socialista. Su importancia actual. Definiciones.

Hemos seguido paso a paso la evolución de la libertad en la historia y en la revolución de las ideas, llegando hasta el origen de la ANARQUÍA.

En el orden cronológico apenas se remonta a la época de la segunda Revolución Francesa, allá por el año 1848. Dos grandes genios la han preconizado por entonces: Proudhon y Bakunin. Uno y otro, por caminos distintos a los seguidos por los filósofos evolucionistas, llegaron antes y mejor que ellos a la afirmación de nuestro modernísimo ideal revolucionario. El gran movimiento de la filosofía alemana produce al uno, genio eminentemente crítico; el tremendo huracán del socialismo naciente, produce al otro, genio de la acción revolucionaria.

A partir de la inmortal Asociación Internacional de los Trabajadores, la idea anarquista toma carta de naturaleza entre los proletarios de todos los países, y su popularización se debe en gran parte a Bakunin, que por medio de la Alianza de la Democracia Socialista dio al traste con los planes autoritarios de Marx y con todos los que pululan por los partidos obreros tras la ambiciosa pretensión de sentarse entre la burguesía legisladora.

Hoy el Principio Anarquista ha triunfado definitivamente en el campo socialista, y su generalización toca los límites del más puro ideal.

Veamos cómo se verifica esta generalización.

Del mismo modo que hemos llegado a establecer en el orden físico la verdad de que «las moléculas tienen movimientos que les son propios, en tanto que forman un todo, y sus átomos constituyentes poseen también movimientos igualmente propios y que son ejecutados con independencia de las moléculas, absolutamente lo mismo que los diferentes movimientos en la superficie de la Tierra, que son ajenos a la revolución de nuestro planeta, dentro de su órbita», así también en el orden sociológico hemos llegado a concebir que las agrupaciones humanas tienen sus fines y sus actividades propias, en cuanto forman una personalidad o todo social, a par que sus átomos constituyentes, los individuos, tienen también sus fines y actividades propias que se cumplen independientemente de aquellas otras. Llegamos así a la concepción de la soberanía colectiva coexistiendo con la soberanía individual, y pronto surge en las ciencias político-sociales la indispensable consagración de todas las autonomías.

Para adquirir el dominio de estas conclusiones han debido pasar los pueblos por una penosa y lenta evolución, matizada de bruscas sacudidas revolucionarias. Durante mucho tiempo no se resuelven los problemas de la libertad y de la igualdad si no es a expensas una de otra. No se da un paso en dirección de la libertad que no provoque una nueva forma de tiranía económica. No se verifica una aproximación a la igualdad, sin sacrificar y vulnerar las libertades públicas.

Pero las ideas de cierta parte de la filosofía alemana, y los principios proclamados por la Revolución Francesa, depurándose y perfeccionándose, en el laboratorio de la crítica, al par que los progresos de las ciencias sociales determinan al fin la solución más acabada de aquellos dos problemas ya mencionados.

Desde el momento que las ideas federalistas se desarrollaron en oposición al cesarismo centralizador y absorbente, el Principio Anarquista germinaba en el fondo de todas las conciencias, y la misma filosofía le abrió sus puertas de par en par. Ensayadas todas las formas de gobierno, aquilatado el error de todos los sistemas políticos y aun sociales, se llega necesariamente a la negación de unos y otros. Las mismas ideas federalistas caen por su base a la sola observación de que no puede existir el pacto verdaderamente libre allí donde la igualdad total de condiciones no es un hecho.

Así pues, en cuanto la filosofía ha demostrado, y la razón humana comprendido que como seres racionales no se puede suponer más capacidad para la justicia en unos que en otros hombres, no se puede atribuir mejor derecho a éstos que a aquéllos, pues la Naturaleza no hace esencialmente distintos a los humanos, siquiera los haga accidentalmente; en cuanto se evidencia, asimismo, que en la razón individual radica todo principio de ciencia y de certidumbre, y la raíz de toda moral y de todo derecho, lo cual la supone autónoma[1], desde este momento, digo, la base de la autoridad y del principio de gobierno, en consecuencia, queda anulada y destruida. En calidad de potencialidad física la relación es, si no igual, equivalente, aunque el ejercicio de las especialidades produzca manifestaciones y aptitudes diversas. A la razón y la justicia, como elemento de lógica aquélla, y como elemento de conciencia ésta, les basta lo primero para apreciar en todos los hombres la misma capacidad para gobernarse a sí propios, la misma conciencia para obrar moralmente, la misma inteligencia para dirigir sus actos y pensar con rectitud, la equivalencia de su fuerza física para producir por sí o colectivamente en reciprocidad de utilidades. Así pues, afirmada la igualdad entre los hombres y la autonomía de la razón individual, cada uno de nosotros ha de ser necesariamente su dios, su rey, su todo.

Los fundamentos de la ANARQUÍA tienen, además, firme apoyo en la evolución social. Hecha abstracción de la legalidad dominante, observamos que en el hogar o en la calle, en el trabajo o en las relaciones sociales, cada vez es mayor el círculo en que nos conducimos con arreglo a nuestros designios, sin tener para nada en cuenta ni la autoridad ni las leyes. Vamos y venimos, nos movemos, contratamos a cada momento con el comerciante, con el industrial; con el amigo, sin el menor inconveniente, sin echar de menos una intervención; obramos, en fin, y en cierto modo, libremente. ¡Cuán dolorosos son los molestos trámites a que a veces las leyes y las costumbres nos obligan apenas abandonamos aquella esfera de acción! Por otra parte, aumenta de día en día el número de las asociaciones consagradas a tal o cual independiente de la influencia de los gobiernos, y no son pocas las que se organizan sin fórmulas autoritarias ni legislativas. En el comercio, en las relaciones internacionales, en el mundo científico, el gobierno, si interviene directamente, es para lastimar siempre intereses, para hollar derechos. No es menos cierto que la tendencia social ha sido constantemente la misma: mermar la autoridad, discutirla, limitarla y, en conclusión, suprimirla. Todo lo que se limita, se niega, ha dicho no sé quién, y la autoridad viene negada desde que el primer hombre se rebeló contra ella, arrancándole en sus esfuerzos sucesivos, hoy un atributo, mañana un elemento, al día siguiente una función. Luzbel, el sublime rebelde, llega a encarnarse en todos los hombres, y a triunfar.

Generalizar lo que en la evolución social se verifica, romper las trabas que impiden a la generalización verificarse, anular la presión que en todo sentido se ejerce sobre el hombre, ya se llame coacción religiosa, ya social, moral o política, devolverle a la libertad y reintegrarle en sus derechos, tal es el moderno ideal que sintetiza la ANARQUÍA como negación terminante del pasado y del presente, y afirmación categórica del provenir.

¿Qué es, pues la ANARQUÍA, en toda generalidad? La ANARQUÍA es sencillamente la libertad total: libertad de pensamiento, libertad de acción, libertad de movimientos, libertad de contratación, basada en la más completa igualdad de condiciones humanas, tanto económicas como jurídicas, políticas y sociales. La libertad y la igualdad son dos afirmaciones fundamentales. Se obtiene la primera por la supresión de todo gobierno. Se alcanza la segunda por la posesión en común de toda la riqueza social. Se consagran una y otra por el espontáneo funcionamiento de todos los individuos y los organismos mediante el pacto.

Le falta todavía firmeza en el terreno de las afirmaciones orgánicas, pero no tarda en abarcar en una sola idea el problema político y el problema económico. Vacila, no obstante, sigue las corrientes que la impulsan hacia una u otra idea, y suprimiendo en definitiva cuantas aberraciones contienen las fórmulas económicas, afirma resueltamente la esencialidad del principio igualitario de las condiciones humanas, y la libertad general e ilegislable para todos los individuos y agrupaciones.

Estos breves progresos se han realizado dentro de la evolución de las ideas socialistas en el corto espacio de medio siglo, y muy principalmente después de disuelta la famosa Internacional de los Trabajadores. Estas evoluciones son producto del proletariado militante, que en su espíritu revolucionario tiende siempre a purificar y concretar sus ideales.

Las masas, caminando más deprisa que la filosofía, aunque por ella empujada, han determinado con cierta precisión la solución del problema social tan tenazmente perseguido durante muchos siglos para la especie humana.

Este hecho es precisamente el que caracteriza la importancia que en los momentos actuales tiene el Principio Anarquista. Representa éste la revolución, no sólo dentro de la legalidad o legalidades constituidas, sino también dentro del campo socialista. El rompe con las rutinas de la vieja política, y rechaza las amalgamas del socialismo contemporizador y autoritario: niega todos los sistemas imperantes y repudia las disquisiciones de los que quieren modificar la sociedad con un triste plagio de su estado actual. Ha matado por completo a los partidos democráticos que no ha mucho seducían al pueblo, y emancipa diariamente a muchos trabajadores de las preocupaciones religiosas, políticas y proletarias. Las clases jornaleras, o no creen en nada o son anarquistas. En la misma organización de los llamados partidos obreros hay más de ficticio que de real. De hecho el Anarquismo ha ganado todas las conciencias, y determinadas circunstancias han de venir a poner de manifiesto de modo evidente que le pueblo es anarquista, sabiéndolo o sin saberlo. La mayor importancia de nuestro principio consiste en que, más o menos, lo profesan millares de hombres de todas clases, después de haberse desengañado de las farsas políticas.

Es indudable que al paso que la idea anarquista ha ido de día en día perfeccionándose y alcanzando importancia más decisiva, se ha definido también mejor cada vez.

ANARQUÍA, sin gobierno, tal es su expresión primitiva, a la cual nada puede oponerse, pues es el significado real de la palabra y de la idea. Los diccionarios han dado, después de algún tiempo, entrada en sus páginas a aquella palabra y la definen comúnmente y con cierta diferencia como estado o sistema social sin gobierno o jefe. Se supone, pues, y no sin razón, un organismo subsiguiente, un organismo producto de la libertad misma, o sea, la libre asociación de los trabajadores libres. La ANARQUÍA ha llegado a suponer, en su expresión más alta, el libre funcionamiento de los individuos y de las agrupaciones de los pueblos y de las razas, funcionamiento espontáneo ajeno a toda regla, a toda ley que no resida en ellos mismos como parte integrante de la naturaleza que por ella se rige.

Reduciendo, pues, estas ideas a términos breves y sencillos propios de una definición, debemos establecer que la ANARQUÍA es el funcionamiento armónico de todas las autonomías, resolviéndose en la igualdad de todas las condiciones humanas.

Quedan así comprendidos en una sola expresión los dos grandes principios que la ANARQUÍA implica: la Libertad y la Igualdad.

Su Porvenir. Realización del Principio Anarquista. Certidumbre de su posibilidad. Su importancia en la vida de la especie humana.

No es posible ya la duda respecto a un mejor estado de la vida social. La Humanidad, desenvolviéndose progresivamente, nos suministra la prueba de que caminamos hacia el mejoramiento de las condiciones de la existencia: apenas se atreven a negarlo los partidos más retrógrados. Lo que de más avanzados se precian pretenden contener nuestras legítimas aspiraciones a pretexto de que sólo serán posibles en una sociedad más instruida y mejor preparada para la libertad. Esto significa que carecen de fuerza y de lógica para combatirnos. La instrucción de que ciertamente carece, no sólo el pueblo, sino también gran parte de las clases llamadas directoras, no puede obtenerse sin romper antes todas las ligaduras con que oprimen al hombre las dominantes preocupaciones de la religión y de la política. Mientras el Estado tenga sometida la enseñanza, mientras la Iglesia se introduzca en las escuelas, mientras las condiciones de desigualdad social principalmente no sean destruidas, es imposible que la instrucción se generalice y llegue a todos por igual. Para que sea integral o enciclopédica, lo primero que se necesita es emancipar por completo la enseñanza y facilitar a todos los hombres iguales medios de adquirirla, colocarlos en identidad de condiciones económicas y sociales, lo cual sólo es hacedero después del triunfo definitivo de la ANARQUÍA. Por otra parte, los pueblos no pueden prepararse para la libertad si no es ejercitándola, y en tanto cuanto se les prive del más insignificante de sus derechos a pretexto de la incapacidad o de imaginarios peligros, podrá adaptarse a la tiranía más o menos poderosa que estos significa, pero no a la libertad que necesita. A menos de acudir a la rebelión no puede el hombre educarse en la libertad, y esto, prueba en último término que únicamente en la libertad completa halla aquél su más lata expresión como miembro social.

Soñar con que la evolución se complete en un medio que le es totalmente opuesto, es una locura. Para completarse aquélla, lo repetimos, es indispensable modificar antes el medio circundante, provocar la revolución, y entrando entonces en el uso de todos los derechos, consagrar por la práctica y la experiencia el imperio de la libertad.

Es indudable que en el tránsito de una a otra forma se producirán perturbaciones, pero ¿acaso faltan en ningún periódico de transición? Hoy mismo, después de un siglo de sistema constitucional, las perturbaciones son el pan de cada día. Pasarán, pues, las alternativas y vaivenes de los primeros tiempos, y la sociedad anarquista entrará en su desarrollo total, sin sacudimientos bruscos, sin cataclismos terribles, sin nada de lo que caracteriza a nuestros días, porque no estarán allí para provocarlos ni el principio de autoridad ni el privilegio de la apropiación individual.

¿Y cómo, se dirá, va a realizarse todo eso?

Después de la revolución, generalizada la propiedad y sometidos a libre uso la tierra y los instrumentos de trabajo, los productores se asociarán conforme a sus fines, sus aptitudes, sus necesidades, y mediante pactos libres, procederán organizadas la producción, el cambio, el consumo, la instrucción, la asistencia y cuanto requieran en el nuevo estado social en que se encuentren. La libertad, la más amplia libertad presidirá la formación de estos organismos, la distribución de los productores y la retribución del trabajo.

Cuanto hoy se gasta en mantener ejércitos formidables, iglesias llenas de parásitos y oficinas atestadas de vagos; cuanto hoy se acumula en manos de señorones ociosos y consume el vicio, refluirá sobre la sociedad en general y circulará en beneficio común para mejor conllevar el mantenimiento de todas las necesidades y de todos los goces físicos, artísticos, morales y científicos.

No habrá un Estado que mande e inicie, pero habrá millones de iniciativas individuales y corporativas, y los hombres contratarán libremente, emancipados ya del mandato atentatorio a sus derechos.

¿Dudan de esto? ¡Pues qué! ¿Acaso no se debe lo mejor de nuestros adelantos a la iniciativa privada? ¡Pues qué! ¿Acaso hoy hace el Estado algo más que estorbar nuestros progresos? ¿Acaso el Estado es el factor de la industria y del comercio? ¿Acaso interviene en los progresos de la ciencia y del arte como no sea para torcerlos y anularlos? ¿Acaso hace algo que no sea perturbar la existencia de multitud de asociaciones que viven fuera de su esfera? El Estado no es médico, no es mecánico, ni es industrial, ni es comerciante, ni es productor; el Estado no es nada. ¿Para qué sirve, pues?

Se creerá, no obstante, que sin el nudo del Estado se desatarán todas nuestras pasiones y se romperá la unidad de la especie humana. No teman, no, espíritus preocupados, que tal suceda; no teman que se alcen los unos contra los otros. «Cual en la Naturaleza, -ha dicho Castelar-, existen leyes de diversificación que producen los individuos, existen leyes de unificación que producen las especies y las colectividades. Cual hay entre las moles del cielo fuerzas centrífugas que a cada cual en sí misma la contienen y las fuerzas centrípetas que las armonizan unas con otras, hay leyes de independencia que reconocen a cada pueblo -y a cada individuo, debiera añadir-, su autonomía y leyes de atracción que los juntan en una obra universal humana. Como el espectro solar prueba la unidad del Universo material, el sentimiento de solidaridad prueba la unidad del género humano».

Si no bastan las necesidades individuales y sociales a probar la posibilidad de la ANARQUÍA, si no bastan el gran desarrollo industrial que alcanzamos y el nivel superior que intelectualmente hemos conquistado, si no bastan la multitud de ejemplos de sociedades que hoy viven sin autoridad constituida, si no basta todo esto a probar nuestra afirmación, el sentimiento de Solidaridad pone fin a todas las observaciones y a todas las dudas.

Dejemos obrar a las leyes naturales. Los individuos y los pueblos son socialmente autónomos, y esta autonomía rechaza toda autoridad, pues lejos de perderse sin ella en el laberinto de sus pasiones, posibilita la vida armónica de todos los seres, ya que la soberanía de unos ha de ser equilibrada por la de otros, a la manera de las diminutas partículas libres en el espacio, encuentran en sus mutuos choques, limitaciones también mutuas, y forman, por relaciones de afinidad o de atracción, otros cuerpos llamados moléculas, en lugar de destruirse o aniquilarse, toda vez que la ley de la conservación excluye la aniquilación. La solidaridad, la atracción, la afinidad, el espíritu de conservación, hacen, por tanto, innegable la asociación voluntaria de todos los hombres.

El principio de autoridad no ha podido durante muchos siglos conseguir el cumplimiento de estas dos leyes. Ni ha consagrado jamás la autonomía individual ni puede consagrarla. Ni ha conseguido nunca unir en un solo haz a la Humanidad entera, ni lo conseguirá. Lo que no ha alcanzado la autoridad, lo obtendrá la libertad; lo que no la fuerza, lo conseguirá la voluntad, libre de todas las trabas. Dejen que la libertad y la solidaridad obren en consorcio admirable todos sus prodigios, y verán cómo sobre esa magnífica mecánica social, la ciencia, emancipada de las influencias perniciosas del presente, rutinario y preocupado, se desenvolverá ampliamente, alcanzando el grado más alto de su completa organización progresiva, para determinar con la estadística el movimiento económico de los pueblos; con la higiene, las prescripciones de la salud para el individuo y para el grupo; con la física, los diversos secretos de los elementos naturales para que el hombre los explote; con la química, diversas combinaciones de esos mismos elementos para producir lo útil y lo maravilloso; con la mecánica, los medios de suprimir en el hombre la última partícula de la animalidad primitiva, sustituyendo al esfuerzo muscular la fuerza motriz del agua, del aire y de la electricidad, que en la magnífica gradación de las verdades científicas puede y debe hallar el hombre cuento necesita para dirigirse y gobernase por sí mismo.

Al mandato estúpido de la autoridad, sustituirá así el consejo ilustrado de la ciencia.

Nuestros ideales redentores son de realización inmediata, y la certidumbre de su posibilidad, cosa por demás evidente.

Queremos vivir libres, trabajar los unos para los otros, ayudarnos, fraternizar en el esfuerzo común para el bien universal, luchar juntos para el goce de una vida tranquila donde todos comprendan que lo mejor para cada uno y para los demás es obrar el bien, practicar el bien y realizar el bien.

En la vida de la Humanidad tiene esta próxima evolución una importancia decisiva.

Suprimidos todos los privilegios y todas las autoridades, las pasiones humanas serán menos excitadas, pues que la ambición del poder, el afán de las riquezas, las necesidades de las rebeliones, todo esto habrá desaparecido naturalmente. Los progresos que hasta el día tienen que luchar con la oposición de los poderes y de los intereses creados a la sombra del privilegio se verán libres de toda traba, de todo obstáculo. Funcionando libremente todas las iniciativas, hallando todos los propósitos expeditos los caminos de su realización, nada habrá que perturbe la marcha general de las sociedades.

La ANARQUÍA habrá acabado con todas las hecatombes hoy tan comunes. Cada modificación, cada reforma se realizará expansivamente, y las luchas de nuestros días, crueles y sanguinarias, no volverán jamás a repetirse.

El imperio de la fuerza, las luchas de la fuerza, el triunfo de la fuerza, habrán sido eliminados, porque donde la libertad domine, nadie intentará sojuzgar a nadie, nadie tratará de sobreponerse a nadie por una mayor fuerza o poder físico. Luchas de inteligencia, emulaciones de trabajo, de saber y de bondad, serán las verdaderas agitaciones del porvenir; agitaciones grandiosas, nobles y pacíficas; agitaciones y luchas de hombres, no de fieras, no de bestias.

La ANARQUÍA, en fin, habrá cerrado el terrible período de las revoluciones violentas, la cual constituye la más grande apoteosis de aquel principio.

Multitud de asociaciones industriales, agrícolas, científicas, artísticas, etcétera, librarán la batalla de la vida en fraternal consorcio, en admirable competencia de solidaridad universal. Multitud de asociaciones atenderán a la enseñanza, a la asistencia, a la higiene y cuanto hay tuerce, por mezquindad de intereses, él rumbo de las ciencias, no cabrá en el seno de aquella sociedad emancipada, redimida.

¿Qué sucederá necesariamente? Que los productos abundarán por todas partes mediante un trabajo individual mucho menor que el presente; que las relaciones de los hombres se extenderán prodigiosamente; que la mayor parte de nuestros males físicos desaparecerán, y muchos otros serán vencidos por la medicina; que los entuertos de la ignorancia se reducirán a su mínima expresión; porque trabajando todos los hombres, con menos esfuerzo personal, podrán producir más que lo suficiente para la subsistencia general; porque eliminadas las artificiales fronteras políticas y suprimidos los inconvenientes de la distancia y el dispendio de los gastos de transporte, nada estorbará que todos los hombres se entiendan; porque emancipada la medicina del egoísmo individual acudirá a todas partes solícita, y a la postre la constancia de combatirlas desterrará muchas enfermedades; porque, en fin, llevada la instrucción a su grado máximo de desarrollo, la ignorancia será un verdadero fenómeno rarísimo y excepcional.

El progreso humano ha de verificarse, pues, mediante el planteamiento de la ANARQUÍA, de una manera armónica, espléndida, deslumbradora.

Tal es nuestra aspiración, confirmada por aquel dicho célebre que recordamos a nuestros impugnadores:

«El paraíso está adelante, no detrás de nosotros».[2]

Las asociaciones, libre y espontáneamente constituidas, suplirán con creces a todo el complicado mecanismo gubernativo y económico hoy imperante.

Mientras las grandes sociedades explotadoras van suprimiendo la pequeña industria para dar lugar a la socialización del trabajo, el socialismo se coloca a la cabeza del movimiento y reclama la inmediata posesión común o colectiva de la riqueza para toda la Humanidad.

Mientras las iniciativas individuales y corporativas van pasándose son el gobierno y aun haciéndolo innecesario, ese mismo socialismo moderno pide de una vez la cesación del ejercicio del principio de autoridad y de las funciones gubernamentales.

Por eso proclama, en resumen, la ANARQUÍA.

A los que todavía dudan, puede argüírseles que nuestras aspiraciones están legitimadas por la filosofía y por las ciencias. Aun partiendo de puntos distintos una y otras concuerdan en la afirmación de las modernas ideas. Mientras Proudhon afirma que todo problema se reduce a una antinomia cuya solución radica en el punto de equilibrio de los términos contrarios, y funda así la filosofía popular y la teoría anarquista de la libertad, viene la física a demostrar que el punto en el cual la fuerza de atracción y la de repulsión son iguales, es la posición de equilibrio de los átomos. Así como se verifica que los intereses individuales son en principio opuestos y contrarios y, sin embargo, se armonizan por el sentimiento de la solidaridad y la necesidad de la cooperación que los atrae y los junta, así también los átomos, como primer elemento de los cuerpos, se rechazan mutuamente y no se niegan, sin embargo, compañía mutua, porque en ellos obra, además, la fuerza de atracción. Asimismo, los filósofos evolucionistas llegan a idénticas conclusiones que Proudhon, pues mientras aquéllos procuran demostrar que en la sociedad todo se reduce a la idea de movimiento, de la misma manera que en la Naturaleza, éste prueba que el principio del progreso humano no es otra cosa sino esa misma idea del movimiento que para realizarse necesita libertad general, y rechaza, por tanto; toda coacción política, religiosa, o social y económica. Siguiendo estas ideas, Spencer deduce la consecuencia necesaria de la proximidad de un estado social, en el que la obligación, como elemento de la conciencia colectiva, desaparecerá, y en la que los individuos se guiarán únicamente por los sentimientos morales como hoy se guían por las sanciones. «Está demostrado -dice a este propósito- que los individuos son el resultado de adaptaciones al medio en que viven. El salvaje se caracteriza comúnmente por la crueldad como resultado de la lucha permanente en que se agita. Esta crueldad, si bien no desaparece, modifica sus formas a medida que el medio social cambia y las relaciones son más pacíficas. Hoy hay muchos hombres que practican el bien con verdadera ternura, y se comprende que, al paso de las cosas se modifiquen por el progreso y la civilización, la bondad reemplazará a los sentimientos rudos y crueles». La evolución continua de la Humanidad nos fortifica, pues, en la creencia de una sociedad despojada de todos los atributos legados por los tiempos primitivos. El hombre, adaptándose cada vez más a obrar libremente y a respetar por propia voluntad a sus semejantes, cosa hoy presente a la observación, asegura la generalización inmediata de nuestro principio, porque es indudable que la persistencia en cumplir cualquiera de nuestros deberes, acaba por convertirse en un placer, y por tanto, toda coacción, a más de irracional, se hace innecesaria.

La idea anarquista sufre también sus oscilaciones y va cada día concretándose y afirmándose mejor en un principio; surge como un simple grito de protesta, de guerra, y es la bandera aún no bien definida de la revolución. Lentamente verifica sus progresos y se manifiesta ya como negación terminante de toda forma de gobierno.

Ricardo Mella

[1] Pi y Margall.

[2] R. M. C. Iniciales de Ricardo Mella Cea.

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