Ensayos y Conferencias — Obras de R. Mella — II

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La coacción moral

I. Qué entendemos por coacción moral

Cuando afirmamos que en una sociedad libre, basada en la igualdad de condiciones, bastará la coacción moral para mantener la armonía y la paz entre los hombres, decimos una cosa que demanda clara y precisa demostración.

Acostumbradas las gentes a la creencia de que todo ocurre en el mundo por obra y gracia de los gobiernos, convencidas de su propia insignificancia en la vida social, al punto de considerarse simples engranajes de la mecánica gubernativa, difícilmente se explicarán como podrá funcionar la sociedad humana sin otra coacción que la naturalmente ejercida, con caracteres de reciprocidad, por sus mismos componentes. De aquí que, a pesar de ser hoy mismo un hecho evidente el influjo de la coacción moral, necesitamos demostrar que el mundo marcha a impulsos de esa fuerza de sugestión recíproca y que ella sola basta para que las agrupaciones humanas bien fundamentadas puedan desenvolverse y subsistir.

Empezaremos consignando qué entendemos por coacción moral.

Lo que se denomina sentimientos colectivos, pretendiendo darle un órgano y una tal supremacía que pueda traducirse en leyes fijas y constantes; lo que suele llamarse espíritu político porque resume las costumbres, sentimientos o ideas aceptadas universalmente en un momento dado, no es para nosotros otra cosa que la coacción moral de que tratamos. Solamente que así como muchos entienden que el sentimiento colectivo o espíritu público obra indirectamente sobre los hombres por mediación de un mecanismo social cualquiera o es la imposición necesaria de la voluntad del mayor número sobre las voluntades individuales, tendiendo a darle cierto sentido de permanencia e inmutabilidad contradictoria, muchos otros entendemos que la expresión real de los sentimientos colectivos o del espíritu público se reduce al simple cambio no reglamentado, de influencias personales y colectivas entre todos los elementos que componen la sociedad. Entendemos asimismo que este cambio no se confina en nadie ni se ejerce por ministerio de órgano alguno directivo, sino que, al contrario, su poder de difusión y multiplicación proviene de que se ejerce indistintamente por todo el mundo, hombres o mujeres, jóvenes o ancianos, ignorantes o sabios, ociosos o trabajadores. Es indudable que en cada uno de nosotros ejercen presión las opiniones y los sentimientos de los demás, y lo es también, que a la vez, cada uno de nosotros influye en los sentimientos y opiniones generales. Estas recíprocas influencias son unas veces de sentido afirmativo, de modificativo otras; y así, lenta o rápidamente, se establecen o modifican los sentimientos individuales o los colectivos, el espíritu particular, el espíritu público. Entendemos, pues, por coacción moral la influencia, o si se quiere, la presión que en nuestro ánimo ejercen los sentimientos de nuestros semejantes, presión que, como ya hemos dicho, tiene carácter de reciprocidad y de ningún modo obedece a cálculos determinados y descansa únicamente en el voluntario acatamiento que los individuos prestan a todo aquello que juzgan equitativamente y que saben es reconocido como tal por sus conciudadanos.

Podrá argüirse que lo que denominamos coacción moral es propiamente coacción social, mas como con este último término se quiere designar la hegemonía o la preeminencia de un todo orgánico sobre sus partes componentes, completamente ilusoria, según tendremos ocasión de demostrar, preferimos la primera expresión en su sentido genuino de libre cambio de recíprocas influencias.

Es cierto que la coacción social se traduce en temor a la opinión pública, y que muchas veces no se ejecutan determinados actos que se juzgan buenos, por la simple razón de que la opinión pública los rechaza. Es cierto en un sentido más amplio, según lo demuestra Spencer, que en el curso de la evolución moral de los hombres se guían principalmente por temor al jefe, a la divinidad, al poder del Estado o de la ley, y finalmente a la opinión pública.

Pero es de observar como la coacción social, identificándose poco a poco con la conciencia del individuo y con la Naturaleza, se torna a la postre en coacción moral interna, de tal manera, que el hombre llega a guiarse únicamente por sus juicios, sobreponiéndose a todo motivo de temor y al temor mismo.

Si no se pierde de vista el fin último de la coacción moral, se verá fácilmente que aquello que comienza por ser elemento de temor es más tarde materia de cambio que implica un cierto grado de subordinación voluntaria, pero subordinación al cabo, y últimamente se convierte en autocoacción, es decir, que el individuo, identificándose consciente e inconscientemente con las influencias ambientes y con sus propios juicios, acaba por obrar de acuerdo consigo mismo, sin otro guía que el elemento simple del deber.

Darwin y Spencer han desarrollado completamente con su gran talento y sus inmensos conocimientos científicos la evolución de la conducta, deduciendo conclusiones definitivas acerca del automatismo de las acciones y estableciendo las transformaciones de la conducta moral en lo futuro. Según Darwin, «los sentimientos de amistad y de simpatía, lo propio que la facultad de ejercer imperio sobre sí mismo, se fortalecen a pesar de todo por el hábito y como la fuerza de raciocinio progresa en lucidez y permite al hombre aquilatar la justicia de la opinión de los demás, llegará un día en que se verá obligado a seguir ciertas líneas de conducta, prescindiendo del placer o de la pena que sienta al hacerlo». Entonces —agrega— podrá decir: «Yo soy el juez supremo de mi propia conducta», y repetir las palabras de Kant: «No quiero violar en mi persona la dignidad Humana». Y Spencer llega por otra parte a la conclusión de que «el sentimiento del deber o de la obligación moral es transitorio y debe disminuir a medida que la moralidad aumente». Está bien probado que el cambio sucesivo de las condiciones modifica las costumbres, las ideas y los sentimientos de tal modo que, a medida que desaparecen las condiciones que hacían desagradables ciertos actos, se desenvuelven otras que los tornan agradables, y recíprocamente. Así, «las cosas hoy ejecutadas con disgusto —Spencer— y sólo mediante la idea del deber, se ejecutarán con placer inmediato, y aquellas de que hoy nos abstenemos por deber, serán abandonadas porque repugnarán».

Conforme a esta teoría, se borra al fin todo elemento coercitivo, toda idea de obligación, y los actos se ejecutan «sin tener conciencia de hallarse obligado a su cumplimiento». De este modo, es evidente que el grado de dolor que supone la noción del deber es sustituido por cierto grado de placer que contiene implícitamente la ejecución espontánea de los actos, sin subordinarse a ningún motivo coercitivo.

Nos parece no obstante, a pesar de la gran autoridad de estos dos sabios, que tales conclusiones no son aceptables sino con ciertas reservas. El fin último, la idealidad moral, como toda idealidad, es irrealizable en sus caracteres absolutos. Y si bien el pensamiento llega a la concepción abstracta y pura de lo que debiera ser, la realidad se queda siempre constreñida a caminar incesantemente hacia la meta, sin alcanzarla jamás.

La aproximación continua a la concepción abstracta, es precisamente el hecho real de la evolución y del progreso humano. Y «como en necesario, según las mismas palabras de Spencer, que exista cierta armonía entre la conducta de cada uno de los miembros de la sociedad y la conducta de los otros», podemos establecer, sin abandonarnos a las lisonjas y bellezas de la teoría, que en la identificación moral externa (coacción social) y la coacción moral interna (autocoacción), se resuelve el problema de la acción libre de los individuos, sin mezcla ni intervención de elementos coercitivos. Volvemos, pues, a la afirmación de que la coacción moral no es más que un cambio de influencias recíprocas, mediante el cual la sociedad se desenvuelve actualmente, y se desenvolverá en lo futuro, siguiendo la tendencia de obrar el bien por el bien, sin tener presentes motivos de temor o egoísmo.

Obligados, pues, por razones de tiempo y de método, comenzaremos nuestra labor examinando, conforme a lo expuesto, los efectos de la coacción moral tal como en la realidad presente se non ofrecen, y veremos luego cuales otros efectos se derivarían en una sociedad libre e igualitariamente organizada.

Los hechos que habremos de citar son de experiencia común y cada uno podrá aquilatarlos en la práctica ordinaria de la vida.

* * *

El juicio que puedan formar nuestros deudos y amigos de cualquier acto propio, las censuras o elogios que nuestra conducta pueda provocar, la consideración que hayamos de merecer a los que con nosotros viven y aún a los que nos sobrevivan, todo ello constituye cierta saludable coacción que obra moralmente sobre nosotros y determina, con cl contraste de nuestros particulares sentimientos e ideas, nuestra conducta en todos los momentos de la existencia, salvo, naturalmente, todo desequilibrio físico o mental que nos sustraiga a aquella influencia.

Y téngase en cuenta de una vez para siempre, aunque nunca huelgue repetirlo, que hablamos pura y simplemente de una coacción real y efectiva, de la que empieza en el círculo de la familia, penetra en el de los amigos y se extiende gradualmente al resto de los hombres con mayor o menor intensidad, no de cierta coacción nebulosa derivada de un ente metafísico y ejercida casi misteriosamente, según pretenden todos los que, hablando de derecho social, de sentimiento colectivo, de salud pública, etc., colocan en el pináculo de su rara teología una sociedad sui-generis, distinta de sus componentes, superior a ellos, y más santa y venerada que ellos mismos; una entidad todopoderosa que habla, no por las bocas de los que la constituyen, sino por medios providenciales, y piensa y siente y actúa por propios y particulares impulsos, como si tuviera cuerpo real y órganos adecuados de expresión, a semejanza de lo que hacen los creyentes con su dios antropomórfico. La coacción de que tratamos nada tiene que ver con esas divagaciones especulativas de una mentalidad enferma mandada recoger en los dominios de la verdadera ciencia.

La sociedad —y permítasenos la digresión— no es una suma o agregado, términos que, a nuestro parecer, se le aplican muy impropiamente. No es tampoco un organismo preestablecido como lo es el hombre.

En efecto, si consideramos lo que sucede en cualquier adición aritmética, se ve en seguida que en la suma desaparece todo rastro de los sumandos, a los que no se puede volver por falta total de indicios. Así, el resultado se nos ofrece mudo; diferenciado, por la magnitud, de los elementos que la produjeron indiferenciado por la naturaleza de cantidad común a la suma y a los sumandos. Cuando la suma se obtiene, sus componentes se borran. ¿Se asemejan a esto las sociedades humanas?

Puede decirse que constituye la sociedad el hecho sencillo de que todos los individuos se hallan más o menos los unos en presencia de los otros. Por esto se asemeja más propiamente a una operación indicada, o a una expresión algebraica en la que, como es sabido, los términos jamás se borran, pudiendo ser reconocidos constantemente a través de todas las operaciones a que se los someta. Si representamos por las letras a, b, c y d, cualesquiera cantidades, su suma a + b + c + d = s, será la expresión más aproximada del hecho social. En esa expresión las letras, como los individuos en sociedad, están unas en presencia de otras sin refundirse en cualquier resultado que las destruya.

Ahora, si a esa representación de cantidades, que podremos considerar como las cantidades mismas, sustituimos los números que miden sus magnitudes, todavía, mientras la operación quede indicada, podremos ver en ellas y su relación el esquema de una sociedad cualquiera. Mas si verificamos la suma, desaparecen inmediatamente los sumandos y no queda ya sino un todo homogéneo que no se puede descomponer en sus partes originarias.

Toda analogía con las sociedades humanas es en este momento ilegítima. Llevemos más adelante el análisis. Cuando se dice que la sociedad es una suma o agregado, se establece la hipótesis de que las unidades sociales, los hombres, o las medidas de su actividad física e intelectual, se suman constantemente. Y es bien cierto que las actividades juegan en el mundo un papel mucho más complicado. Se suman unas veces, se destruyen otras, se contrabalancean no pocas, permaneciendo expectantes, sin llegar a una acción definitiva de suma o resta. Pueden sumarse por multiplicación, destruirse por división. Todas las operaciones posibles de la matemática no darán exacta idea de la complicidad extrema del juego de las actividades humanas. Acaso pudiera decirse (puesto que es innegable una resultante), con alguna aproximación, que las actividades se suman algebraicamente, nunca aritméticamente. Y decimos algebraicamente porque en esta rama de las matemáticas la suma de una relación compleja de cantidades que, se agregan o se destruyen según sus signos, es decir, según que las cantidades son o todas positivas, o todas negativas, o bien unas negativas y positivas otras.

De modo análogo, en el juego de las actividades humanas no siempre o casi nunca, más propiamente dicho, la resultante (sociedad) será la suma total, positiva de los componentes. Tales actividades obran en sentido positivo, tales otras en sentido negativo, mientras algunas permanecen neutrales en expectativa de entrar oportunamente en acción.

La sociedad, pues, será un resultante ideal como expresión variable de las acciones y reacciones de sus componentes. Jamás la suma absoluta de los mismos y mucho menos la suma totalmente idéntica a su agregación positiva ¿Qué se deduce de esto? Que no se puede considerar a la sociedad como un agregado, y menos aún como un todo orgánico permanente, permanentemente igual a sí mismo en el propio sentido que consideramos al ser viviente, todo organizado, individualizado, armónicamente uno, idéntico a sí mismo como relación fatal de sus elementos.

Mientras las relaciones de los órganos y de las funciones del animal, o del animal hombre, están ligadas por caracteres de necesidad; mientras esas relaciones son idealmente, abstractamente, las mismas para todos los seres, las relaciones de los elementos sociales y de .sus funciones carecen del dicho carácter, son alterables, variables hasta el infinito bajo la acción, variable también, de los hombres.

Realmente o idealmente dos sociedades pueden permanecer iguales a sí mismas en sus relaciones y en sus funciones, pero ningún carácter de fatalidad determina el hecho, puesto que, bajo la acción de causas diversas puede dicha igualdad ser destruida, modificándose una de las dos sociedades, modificándose ambas en sentido contrario o en el mismo sentido, con diferencia de grado una de otra.

Por eso no se estudian los modos de que funcionen nuestros órganos adecuadamente a tal o a cual propósito, sino la manera como funcionan adecuadamente a los fines que implican y están dados de antemano por la naturaleza, mientras que estudiamos los mejores métodos de convivencia social, las formas más completas de bienestar público y privado en función de órganos y relaciones que no están dados por la Naturaleza, sino por la actividad en acción de los hombres, tan variable en sus direcciones, tan múltiple en sus fines.

En el primer caso se estudia lo que es. Nos reducimos a un simple, pero trabajoso reconocimiento del modo como los músculos trabajan, circula la sangre, etc. En el segundo se estudia cual será el mejor método de trabajo, el procedimiento más expedito de circulación, de cambio, etc. Nos contraemos a la penosísima investigación de lo que debería ser en vista de las necesidades que sentimos.

He ahí la razón por qué se discute poco o nada en fisiología, mucho en sociología.

Los que quieren establecer esta última ciencia por relaciones de analogía con aquella y sus semejantes, olvidan esta verdad: que la sociedad no es un organismo predeterminado por la Naturaleza.

La sociedad es simplemente —lo repetimos— el hecho sencillo de que todos los individuos se hallan más o menos los unos en presencia de los otros, y agregamos que sus relaciones y funciones son mera materia de contrato y cambio, mientras que en el individuo organizado o ser viviente los órganos no se limitan a estar los unos en presencia de los otros y sus relaciones y funciones tienen absoluto carácter de fatalidad.

Fieles nosotros a esta verdad y dando de mano a las elucubraciones trascendentales de los metafísicos, hablaremos de la coacción moral en el sentido expuesto, y emplearemos siempre que sea preciso, los términos sentimiento colectivo, espíritu público y otros análogos, para expresar pura y sencillamente la generalidad de un sentimiento, de un modo cualquiera de recíproca influencia, que en cualquier momento domine a una o más agrupaciones de hombres o a la sociedad en general.

II. Examinemos los hechos

A pesar de la intervención que en todos los actos individuales o sociales tienen las instituciones políticas o religiosas, no es difícil distinguir los hechos que se deben a la influencia legislativa y gubernamental y al poder religioso de los que proceden del cambio mutuo de influencias personales y de grupo, fuera de todo elemento coercitivo organizado. Además, se ve claramente que en muchos casos la segunda de estas influencias es más poderosa que la primera y que la una halla en las otras obstáculos que destruyen las más sabias previsiones de los hombres de gobierno.

Las leyes se hacen o para reglamentar sentimientos, costumbres, intereses, etc. ya existentes, o para crearlos nuevos. En el primer caso la ley, al confirmar los hechos, no hace sino cerrar el paso a modificaciones que necesariamente surgirán pronto o tarde en el espíritu público; en el segundo será nula y obstaculizará el desenvolvimiento normal del país, si en él no halla algún elemento favorable, si no concuerda o con necesidades sentidas, o con sentimientos embrionarios que traten de desenvolver, o en fin, con ideas y costumbres que se hallan ya iniciadas en la colectividad De todos modos, si la ley no viene revestida de cierto espíritu de necesidad y de justicia, si no entra en los elementos de raciocinio o de efectividad del público, pugnará en vano largo tiempo por crear aquello que no tiene condiciones de fertilidad en el inmenso campo social. Y si además contradice, como ocurre casi siempre, los sentimientos públicos, vulnera los intereses comunes o particulares, modifica violentamente las ideas, entonces la ley nace muerta. Así la coacción moral es indudablemente mucho más poderosa hoy mismo, que todas las instituciones coercitivas existentes, pese a la perseverancia del espíritu público, saturado de preocupaciones y de errores que la herencia transmite en condiciones favorables, precisamente a causa de la influencia funesta gubernamental.

Algunos casos particulares lo confirmarán.

Si examinamos, por ejemplo, los efectos de la coacción moral sobre los individuos en lo que se refiere al juego, veremos que mientras la ley y la autoridad nada pueden contra los que se dedican a los llamados prohibidos, aquella es fuerte valladar que detiene saludablemente los progresos del vicio. Muchos hombres no juegan, no porque teman a las leyes, sino porque no quieren incurrir en las justas censuras de sus amigos y convecinos, censuras que se convierten frecuentemente en reproches de su propia conciencia. Los mismos jugadores incorregibles no se ocultan tanto por temor a las persecuciones de la policía como por escapar a la crítica general de que son objeto. No hay un solo jugador, como no esté totalmente degradado, que interiormente deje de reconocer lo funesto de su vicio y la justicia de las censuras que se le dirigen. Así es que, no pudiendo dominarse, impotentes para doblarse a los dictados de su propia conciencia, que no hacen sino sumarse a los del sentimiento público, se entregan sigilosamente al vicio y lo ocultan con cuidado a sus conciudadanos y se avergüenzan ante ellos si por acaso descubren su defecto. Las gentes señalan a los jugadores de oficio como individuos depravados e indignos, y por esto no osan los tales levantar la frente muy alta en la sociedad en que viven. El efecto inmediato de la coacción moral es que sólo se dediquen al juego aquellos hombres que, o son bastante poderosos para burlar y despreciar a sus semejantes o bastante degradados para no ocuparse de sus juicios. El común de las gentes se abstiene, sin violencia y sin acordarse para nada de las leyes ni de las prescripciones religiosas, de incurrir en el desagrado social y en su propio desagrado.

La prostitución suministra datos análogos. Muchas mujeres no se prostituyen porque no se atreven a afrontar el desprecio público. En mil casos, aún a pesar de temperamentos adecuados a la lujuria, la simple consideración de su honra perdida, tal y como se entiende en el momento, basta a contener los desórdenes a que se sienten inclinadas. Las mismas mujeres públicas, dígase lo que se quiera esquivan, en general, siempre que lo pueden, toda participación en la vida social, porque tienen conciencia de que su conducta es desaprobada, no porque se preocupen mucho de los reglamentos y órdenes de la policía.

Es necesario que se alejen de los lugares donde son conocidas, que se aturdan con el ruido de las grandes ciudades, que un largo hábito de la vida en las casas de lenocinio concluya la obra de disolución, para que resueltamente afronten al desprecio público.

La embriaguez es también claro ejemplo de lo que decimos. Muchas personas reprimen, o por lo menos disimulan, sus deseos de beber sin tino, ante la simple consideración del desmerecimiento en que caerían si no lo hicieran. El que se embriaga lamenta comúnmente el ridículo en que incurre, las censuras de que es objeto y se afea sus propias acciones. Es frecuente que no pocos se curen así del vicio de la embriaguez, sobre todo si están en sus comienzos. Y en este ejemplo hay que tener en cuenta que la influencia gubernamental es totalmente nula. Nadie puede sufrir castigo por embriagarse. Obsérvese así mismo que el número de borrachos no aumenta en mayor proporción que el de jugadores y prostitutas aunque jugadores y prostitutas están expuestos a incurrir en las iras autoritarias. Hay, sí, más borrachos que jugadores, sin duda porque el público juzga la embriaguez con más lenidad que el juego, y quizás también porque el juego y la prostitución favorecen el aumento de aquellos, ya que traen aparejados todos los desordenes físicos y morales.

Cualquiera que sea el sentimiento general respecto al juego, a la prostitución, a la embriaguez, no tratamos de analizarlo ni discutirlo ahora. Sólo queremos hacer constar los efectos de aquel sentimiento; y son tan evidentes, que no nos esforzaremos mucho en probarlos.

En ciertos países en que la embriaguez tiene inmensas proporciones, han tratado los gobiernos de reprimirla inútilmente. Por la misma universalidad del vicio, no existe coacción moral alguna, o si existe, es muy débil; y así se desarrolla aquél a sus anchas con la complacencia de todo el mundo. Esto prueba precisamente que cuando la acción gubernativa se halla aislada, es del todo impotente para remediar un mal. Otra cosa sucedería si los individuos sanos concertasen una acción cualquiera para contrarrestar la propagación de la embriaguez. El efecto de esta acción sería de seguro bastante lento, pero habría que esperar de él resultados indiscutibles.

Nadie ignora que en algunas naciones se han constituido recientemente sociedades de temperancia, agrupaciones para combatir la embriaguez, de sus trabajos se han obtenido ya efectos plausibles. Bajo su influencia se han acordado impuestos sobre los alcoholes, a fin de dificultar la adquisición de bebidas. Pero este medio no da ciertamente los frutos que de él sin duda se esperaban. Si acaso, con la falsificación de los alcoholes y la carestía de las bebidas, los aficionados se degradan más de prisa, caen más pronto en el abismo de los mayores desórdenes. A otros medios más seguros han acudido aquellas sociedades poniendo la ciencia al servicio de sus loables propósitos. Y si al cabo logran, que lo lograrán, dominar un tanto la funesta inclinación, pronto bastará la nueva corriente de acción moral para reprimir, en tiempo y medida apropiada, la general perversión del espíritu público. Pero mientras las gentes consideran la embriaguez como cosa sin importancia, cualquiera acción coercitiva será nula. Se trata aquí de un proceso de modificación y necesariamente los resultados son más lejanos. Es menester, primeramente formar nuevos sentimientos, crear espíritu público opuesto a la embriaguez, y a medida que esto se vaya realizando, más y más poderosa será la coacción moral y más se difundirán sus efectos benéficos.

En resumen: si el pueblo admirase al jugador, aplaudiese a la prostituta y al borracho, bien pronto la sociedad se convertiría en un montón de tahúres, de mujeres públicas y de alcoholizados, aun cuando los poderes se esforzasen en contrarrestar los hechos. Por el contrario hagan lo que quieran los gobiernos, basta que el pueblo censure una cosa y la repute inmoral y perniciosa, para que la mayoría de los hombres se abstengan de realizarla. Cierto que la coacción moral no surte los mismos efectos sobre todos los individuos, y que a pesar de ella hay gentes viciosas y desordenadas. Pero es cierto también que otra acción coercitiva cualquiera, ya pronunciada o proveniente del gobierno, ya del pueblo, se encuentra en el mismo caso y aún peor, porque su carácter de violenta prohibición es contraproducente.

En efecto, nada hay que repugne más que aquello que nos viene impuesto. Todo el mundo cumple o está dispuesto a cumplir determinados actos que se tiene por equitativos, pero apenas se nos quiere imponer violentamente tal cumplimiento, surge poderoso el espíritu de oposición y de rebeldía, y no es ya, sino a cambio de luchas continuas, realizable lo que voluntariamente se ejecutaba como expresión de justicia. A cada momento mil hechos distintos ponen de manifiesto este fenómeno de la personalidad. Un niño, un hombre, prestarán voluntaria atención a los consejos y enseñanzas del amigo, del padre, del maestro.

Obligadles a que de grado o por fuerza escuchen, y al punto cesará de fijarse su atención. Se volverán díscolos, rebeldes, desatentos y si extremáis las cosas no repararán en la grosería y en la violencia. Lo que voluntariamente no se presta, por la fuerza no se obtiene.

Es un hecho notable el citado por el doctor Luntand, médico de San Lázaro, de París, en su «Memoria a las Conferencias de Bruselas, julio 1897», y que recogemos de «El amor libre», de Carlos Albert. «El hospital de Lourcine —dice aquel doctor— para mujeres venéreas, está siempre lleno, porque de él se sale y se entra libremente. El de San Lázaro no se llena nunca, porque las mujeres son llevadas a él con violencia».

Nosotros podemos citar, por experiencia propia, otro hecho asimismo singular.

Dedicados accidentalmente a la enseñanza, la novedad trajo a la escuela la mayor parte de los pilluelos de la ciudad. Los padres, cansados de los desmanes de los muchachos, algunos de los cuales no echaban raíces en ningún colegio, venían a nosotros como quien acude al médico in-extremis. Huelga decir que tanto en el seno de la familia como en los colegios se castigaba fuertemente, tal vez cruelmente, a los niños. Nosotros seguimos el método contrario, y los resultados fueron sorprendentes. Muchachos que huían hasta de sus casas y se pasaban todo el día con un pedazo de pan por todo alimento no dejaban de asistir a nuestras clases. El asombro de los padres era grande cuando se convencían de que sus hijos en vez de vagar por las calles y plazuelas, estaban tranquilos y contentos en los colegios, ocupados en hacer sencillos dibujos, cálculos elementales o escuchar las explicaciones del profesor, porque en esta escuela se habían suprimido asimismo la tortura de las lecciones de memoria.

Entrando en otro orden de consideraciones, puede decirse que todos los adelantos realizados se deben exclusivamente a la coacción moral.

El duelo, por ejemplo, mientras fue considerado como medio superior de justicia, ha burlado todas las leyes, y hoy mismo no las tienen para nada en cuenta los duelistas. Pero cuando las gentes van adquiriendo una noción más filosófica de las relaciones sociales y empiezan a mirar el duelo con repugnancia, cae este inmediatamente en desuso. De aquellos combates entre hombres que hacían de su honor una religión y de su amor una deidad; de aquellos duelos en que la pasión idealizaba al vencedor, cuando todo el mundo medía la razón por la fuerza y la destreza, no quedan más que escasísimas y ridículas intentonas, en las que nadie deja de ver un convencionalismo hipócrita de una clase depravada. En nuestros días, los hombres reconocen que la fuerza así empleada, es un instrumento de brutalidad, de venganza, de tiranía, y si asisten a una de esas representaciones cómicas que nuestros aristócratas o nuestros flamantes burgueses ejecutan de vez en cuando, es sólo por mera curiosidad, como quien asiste a un espectáculo raro e inesperado.

¿Ha influido la ley en estos resultados? Nadie ignora que sus efectos son totalmente nulos.

En otros tiempos se miraba con cierto respeto a los bandidos legendarios, a aquellos hombres que por la violencia vivían y merecían, no obstante, la amistad de muchas gentes, sobre todo de los grandes señores. Este fenómeno era debido al culto a la fuerza, entonces dominante.

Hoy, que todo ha cambiado; hoy que el culto a los merecimientos del trabajo, de la honestidad, del saber, empieza a abrirse paso, nadie idealiza como entonces se idealizaba al que roba, acecha y mata al caminante. El bandido de antaño podría creerse un gran personaje. El de nuestros días apenas puede considerarse un desdichado que el infierno de la miseria arroja a la más brutal de las luchas. La coacción moral, derivada de las ideas nuevas, ha modificado esencialmente los sentimientos y las costumbres.

De modo semejante desaparece o se borra el espíritu de venganza que domina nuestros juicios si del crimen se trata. Aunque en el primer momento todo castigo parece poco, cuando la calma se restablece surgen sentimientos de clemencia cada vez más profundos y más razonados. Al mismo tiempo, muchos hombres de ciencia se esfuerzan en demostrar que todo delincuente es un enfermo o un producto inconsciente del medio, como si respondieran a la necesidad de extender aquellos sentimientos de clemencia o de acelerar la corriente de humanización que todo lo invade. Y así no está lejos el día en que, a pesar de la ley, empiece la mayoría de los hombres a poner en duda el bárbaro derecho de castigar.

Es de advertir respecto a este extremo, la influencia de las ideas. Ciertas investigaciones científicas, han cambiado radicalmente las opiniones sobre la delincuencia, dotándolas de un espíritu de humanidad bien notorio, y entonces los sentimientos sociales, que antes se informaban en un sentido de vendetta sangrienta y brutal, cambian también y se desenvuelven según un sentido de previsión saludable inclinando las pasiones del lado de la reflexión y de la serenidad de juicio.

La mayor parte de nuestras ideas y preocupaciones tienen su origen en las crueles luchas de religión en tiempos no remotos. Cuando eran cosa corriente los delitos de pensamiento y conciencia, todos a porfía empleaban los procedimientos más inhumanos para castigar a los heréticos y extirparlos. Los católicos y los mismos protestantes, en sus comienzos, aplicaban el tormento y la hoguera. Hoy, que el espíritu religioso decae rápidamente, nadie deja de mirar con horror aquellos suplicios. Si alguna vez los poderes públicos se atreven a aplicar el tormento, como suele hacerse ostensiblemente, pues seria peligroso para ellos desafiar con franqueza el espíritu público, que tan contrario se muestra a tales salvajismos. En nuestros días se ha podido ver la opinión clamar unánimemente contra las iniquidades de Jerez, Alcalá del Valle y Barcelona. Recientemente, la cruel represión por los sucesos de la semana trágica ha levantado en airada protesta, no sólo al país entero, sino también a todos los pueblos de Europa y América. Y a cada momento las gentes se pronunciaban contra la injusticia y los atropellos de la fuerza armada. En Francia el asunto Dreyfus fue un buen ejemplo del poder grandioso de la corriente de humanidad que nos lleva derechamente a una nueva vida de amor fraternal.

Y en fin, se tiene una prueba concluyente de que la coacción moral ha prevalecido siempre y es hoy más fuerte que todos los poderes coercitivos, en los dos procedimientos empleados por los cristianos para dominar la sociedad civil. Mientras los católicos organizan su imperio por medio de un verdadero poder central y tratan a todo trance de hacerse dueños del mundo, los protestantes se contentan con su acción difusa, repartida aquí y allá, que de modo indirecto sugestiona y gana las voluntades. Según Draper, el modo de proceder de los protestantes era al principio excitar el odio teológico contra el culpable, colocarlo en entredicho social, medio no menos eficaz que el inquisitorial y violentísimo de los católicos ¿Y cuál es el resultado? Que el catolicismo despierte grandes rencores y viva nada más que por la tolerancia de los hipócritas y por el interés de los privilegiados, en tanto que el protestantismo ha conseguido que el público le juzgue como algo más humano, menos violento que la Iglesia romana. En el derrumbamiento del cristianismo, los odios se acumulan sobre el catolicismo, y se mira a los protestantes con cierta indiferencia, a pesar de que en el fondo nada los distingue. Los procedimientos seguidos por unos y por otros son la clave de la cuestión. Otra vez el mismo resultado. Se rechaza instintivamente todo lo que se impone por la fuerza; se tolera aquello a que se nos induce por la presión moral. Por tiránica que ésta llegue a ser, debido a las preocupaciones del tiempo, es siempre más llevadera que aquélla.

Aunque hoy se resuelven la mayor parte de las cuestiones por la violencia, hemos entrado ya en la corriente innovadora que la rechaza y comenzamos a practicar la libertad en las acciones, gustando de reconocer buenamente aquello a que venimos obligados y de realizarlo sin que nadie nos lo imponga. Todo el mundo comprende ya que la fuerza no debe ser empleada en ningún caso, y para que este sentido de la realidad se oscurezca es necesario o que se reaviven los fanatismos atávicos o que la pasión se desate.

¿Podrá, pues, negarse razonablemente la influencia de la coacción moral? ¿No es a la vez la fuerza impulsora y reguladora de la vida? ¿No es la sugestión permanente de las acciones, ideas y sentimientos personales?

Si no recibiéramos completamente hechas y admitiéramos sin examen muchas ideas, aparecería claramente a todas las inteligencias la verdad de que no hay poder alguno que supere a la razón, al de la razón individual en primer término, al de la razón común en segundo término.

En general se le rinde culto más verbal que real y se le considera, cuando se le reconoce, como una entidad superior indiscutible, lo que equivale a una simple sustitución de idolatrías sin perjuicio de continuar obedientes a la rutina de la imposición recíproca. Aún en nombre del racionalismo se pretende subordinar la conducta de cada uno a los prejuicios de la generalidad, porque el hábito adquirido nos hace ver en la razón un poder y no una simple materia de cambio entre razones individuales.

En el juego ordinario de la vida tiene mayor imperio la razón común, porque en cierto modo representa la experiencia acumulada de muchos hombres y de muchas razones. Por esto es por lo que el poder de la opinión pública sobre cada uno excede al de cualquier organismo coercitivo .No es tanto el tricornio de la guardia civil ni la expectativa de la cárcel o del patíbulo como influencia del conjunto social lo que reprime los impulsos violentos, los delitos, las faltas. Lo que se llama estimación propia, el sentido del honor, de la honra, no está despierto desgraciadamente del todo nada más que en un corto número de hombres. El resto es simple reflejo de la coacción social.

Las aberraciones que se nos inculcan como ideas sanas y necesarias concurren poderosamente a la formación de nuestros juicios. Y así es que aceptamos buenamente la opinión corriente de que todo lo que es honradez, virtud, templanza, proviene de la fuerza coercitiva de la autoridad. En este punto nuestras ideas no han salido del famoso «la letra con sangre entra». Nuestro juicio se forma de supuestos erróneos. Pensamos que sin la fuerza pública, sin magistratura, sin gobierno, sin la amenaza, en fin, organizada y sin el castigo condigno, la vida social seria un caos. Pensamos que sin la palmeta, sin la represión bárbara de las más ligeras faltas, el niño no pasaría de ser un idiota en dos pies. Es porque hemos aprendido que el animal perdura siempre y el hombre no surge si no es a fuerza de palos. Se nos hace considerarnos como bestias para que nos gobiernen las bestias.

Y no obstante, la experiencia ha probado que nada es tan fuerte como la persuasión, el razonamiento; nada tan eficaz como el cariño, la benevolencia, la solicitud en demostrar por qué un camino es bueno y otro malo, por qué esta cosa debe hacerse y aquella no. El castigo está definitivamente condenado como método de educación y de enseñanza.

¿Por qué, pues, tratándose de hombres ya formados, de hombres en que la razón se ha desenvuelto, volvemos a la rancia teoría que se aplicaba para la educación de nuestros antecesores en su infancia?

Si acaso, el método de represión tendría alguna apariencia de lógica con referencia a los niños, ya que hasta que no han llegado a la madurez de la razón hay quien pretende que debe considerárselos y tratárselos como a pequeñas bestias. Pero el niño hecho hombre, del ser racional ¿cómo justificar el principio de gobierno?

Vamos dirigidos a los senderos de la vida por un puñado insignificante de hombres privilegiados que no tienen cualidades mejores que las nuestras, que no pueden reunir ni la millonésima parte de las que la masa representa. ¡Y se pretende que es esta singular minoría la que impulsa la vida, la regula, la ordena, la mantiene en los limites de la prudencia y de la honestidad!

Tanto valiera afirmar que de la palmeta, del oscuro y sucio calabozo, del zurriago escolar provienen todos nuestros conocimientos y experiencias. De la coacción ejercida brutalmente en la infancia como de la ejercida en la adolescencia y en la edad madura, no se derivan más que el miedo, la hipocresía y la doblez. Se obtiene por el castigo una apariencia de sumisión, el aspecto de la bondad, el fingimiento del bien; el mal crece y se agranda, sugerido por la represión misma. Los hijos de la palmeta y del calabozo son los granujas de continente inofensivo, son los marrulleros e hipócritas cargados de diabluras y buenas palabras; son los holgazanes, los embusteros, los trotacalles que miran humildemente al suelo en presencia del domine. Hijos del autoritarismo, del método gubernamental, son los tunantes de buena presencia, los ladrones hábiles, los que se escurren entre las mallas de la ley o se amparan en la ley; los bribones cargados con todas las culpas, que saben muy bien aparecer honrados; los vagos, los embaucadores, los enreda pleitos, que hacen de la vida social un laberinto sin salida para el pobre mortal que osa ser sencillo, bueno y honesto. El encanallamiento de nuestros días no es sino el fruto último de esta plaga que se llama gubernamentalismo.

Sostener que sin esta dirección de unos cuantos iríamos al desorden, al desbarajuste, es desconocer que vivimos en el torbellino de todas las pasiones desatadas, de todas las ruindades triunfantes, de todos los vilipendios bochornosos que hacen a veces dudar de la superioridad de lo que llamamos animal racional.

Contra esa dirección progresa el individuo y progresa la colectividad; contra esa dirección el espíritu público orienta las ideas y los sentimientos, lucha y persevera la personalidad, constantemente desconocida y pisoteada. No es, no, de esa minoría desatentada de la que procede el bien, la paz, la solidaridad humana. Estos sentimientos e ideas surgen de la razón individual, se extienden a la razón común, al cabo constituyen el espíritu general de los pueblos que empujan al presente hacia el abismo y van en pos del porvenir.

¡Dejad, que esta hermosa coacción por una vida nueva llegue hasta los linderos del ideal! ¡Dejad que destruya todas las perversiones actuales! ¡Dejad que aniquile los últimos restos de la barbarie en que vivimos!

III. Efectos de la coacción moral sobre las actuales costumbres y relaciones humanas

Se nos dirá que el espíritu público induce también a grandes aberraciones, a crímenes terribles, y que los sentimientos de la masa provocan a veces tremendos conflictos y luchas apasionadas. No lo negamos. Ello servirá para reafirmar nuestra tesis.

Hoy se juzga cobarde al que no sabe vengar una ofensa.

Si un hombre insulta a otro y este otro por prudencia o por otro motivo no abofetea al insultador, el insultado es objeto de las burlas y las censuras de sus amigos. Ocurre, naturalmente, que el ofendido se envenena con la chacota de que es blanco, y probablemente busca al que le ofendió, y lo golpea, y lo hiere o tal vez lo mata. En realidad, este hombre no delinquió. La culpa es de aquellos que le sugirieron la idea de la venganza. He ahí ciertamente un efecto pernicioso de la coacción moral.

Una mujer engaña a su esposo. Este, antes que pasar por el escarnio que la sociedad hará en su persona, querrá vengar la ofensa y desafiará y matará al amante. Cierto: otro ejemplo, sin duda alguna, tan pernicioso como el anterior

Pero no es preciso seguir adelante. En el estado actual de la sociedad, el espíritu público está pervertido por una porción de preocupaciones y de falsas ideas de honor, de virtud, de lealtad, etc. todavía quedan grandes restos de un mundo de aberraciones sin cuento. Las manchas de la honra se disuelven en sangre. El crimen es el correctivo de una ofensa cualquiera. Esto es verdaderamente bárbaro ¿pero de dónde procede? Un poco, de la herencia que los poderes coercitivos mantienen.[1] Mucho, de las leyes que se inspiran en el espíritu de venganza y en él nos educan. Para castigar al delincuente que hiere a la sociedad en sus intereses o en su existencia se levanta el patíbulo. Para corregir el más pequeño desliz, se abren las cárceles y los presidios. Se mantienen ejércitos en pie de guerra y se gastan millones y millones en armamentos para combatir a una nación hermana o para ametrallar al pueblo. Todas las enseñanzas del Estado están calcadas en la violencia. El cuartel, la Iglesia, la Universidad, son escuelas donde se enseña la barbarie. Y el individuo así educado imita a sus maestros. No fía a la sociedad su propia defensa. Más que todas las nociones de equidad y de moral, vale una pistola o una navaja en su bolsillo.

El espíritu religioso de que se ha revestido el matrimonio nos ha legado, y los públicos poderes la mantienen, la indisolubilidad de la unión sexual.

Dos seres que no se aman han de vivir forzosamente juntos. El uno ha de engañar por necesidad, al otro o con más frecuencia se engañarán mutuamente. La sociedad tolera el engaño pero no el escándalo. El drama es inminente. El marido procura ante todo salvar su honra, y un asesinato es la consecuencia de la santidad matrimonial consagrada por las leyes.

Individualmente todos condenamos tales aberraciones. La opinión es contraria a esos actos de salvajismo.

Los argumentos surgen a montones en contra de lo que nuestra razón individual rechaza. ¿Por qué, pues, se oscurece nuestra razón y obedecemos al impulso de añejas preocupaciones? ¿Quién impide que la razón individual se abra paso?

Si fuera abolida toda sanción, así religiosa como civil, del matrimonio, las uniones sexuales se verificarían naturalmente y el engaño, en materia de amor, desaparecería. Cuando una mujer no amase a un hombre, como nada le impediría recobrar su independencia, no se vería obligada a engañarle. Otro tanto ocurriría en el caso inverso. El adulterio y sus crímenes pertenecerían a la historia. ¿Por qué hemos de preferir que sucedan las cosas hipócritamente y no con franqueza? Hoy las separaciones son innumerables, y aparentamos ignorancia para no vernos obligados a escandalizarnos. Seguramente si estas separaciones se hicieran a la luz del día, sin escándalo de nadie, disminuiría su número por lo mismo que las uniones serían verdaderas uniones por amor, y se vería en la separación un efecto natural de la ausencia de aquél. ¿No es verdad que las costumbres se modificarían profundamente con la supresión del matrimonio civil y religioso? ¿No es verdad que la unión libre afirmaría la constitución de la familia en las bases duraderas del amor? ¿No es verdad que paralelamente se modificarían las ideas y los sentimientos públicos respecto a este particular?

Y después de todo, la religión y el Estado no dan más firmeza a la familia, pues cuando la voluntad de los esposos es terminante, no hay poder alguno capaz de contrariarla. Si no pueden o no quieren vivir juntos, se separarán de uno u otro modo ¡Júzguese por esas monstruosas separaciones aristocráticas bajo un mismo techo y en la misma mesa!

Si de modo análogo desaparecieran las instituciones que fomentan la guerra; si desaparecieran las leyes y con ellas el espíritu de venganza que las informa; si el castigo no fuera la base de nuestras relaciones; si en fin, al desaparecer las instituciones coercitivas, entráramos en una nueva vida de libertad, de amor, de expansión, de mutuo apoyo, todos los fatales efectos de lo existente no se producirían y nuevos efectos derivados de causas nuevas vendrían a ser la característica obligada de la existencia.

Es un hecho evidente que de la lucha que vivimos resultan los rencores, los odios, las venganzas, los crímenes por todos reconocidos; de una vida armónica, fraternal, solidaria en los intereses, resultaría necesariamente el amor, la amistad, la abnegación. Entonces la coacción moral seguiría estos nuevos rumbos, y tanto como hoy, por la perversidad del espíritu público, produce para mal de la sociedad, lo produciría luego en bien indudable de todos los humanos.

No seria ciertamente esta labor obra de un día de revuelta, resultado inmediato de una rebelión triunfante ni mágico efecto de una idea cualquiera. Sería esta gran transformación la consecuencia más o menos lenta, más o menos rápida, pero segura, del natural y libre desenvolvimiento de los sentimientos públicos, de los nuevos hábitos adquiridos en el ejercicio de la libertad, de la igualdad y de la justicia, pues ya suceda, como dice Ribot, que «las ideas están siempre al servicio de las pasiones, pero se parecen a los amos, que obedecen creyendo mandar», ya como asegura Tiberghien, que «la vida del corazón está bajo el influjo de la vida de la inteligencia», finalmente, según Huxley que «a despecho de las aserciones de las gentes positivas, el mundo está gobernado, después de todo, absolutamente por las ideas, y con frecuencia por las ideas más extravagantes y más temerarias», no se puede negar que a la larga las ideas modifican tan radicalmente el sentido público, que acaban por sojuzgar las pasiones imprimiéndoles nuevos rumbos y por transformarlas completamente bajo la influencia de sus prácticas.

Una última objeción que pudiera hacérsenos, viene contestada de antemano por la ciencia. Se ha demostrado principalmente por Darwin, que el cambio de condiciones influye soberanamente en el organismo moral, que no es sino la expresión de aquel. Todas las condiciones cósmicas, climáticas o de localidad determinan en los seres vivientes modalidades características, reafirman o modifican su particular idiosincrasia. Física y moralmente, el hombre es tanto un resultado de sí mismo como del medio total en que se desarrolla y vive. ¿Se pretenderá que sólo escapa a las influencias del medio económico, político, religioso, social en fin? ¿Se pretenderá que las ideas y los sentimientos de los hombres son una excepción de la Naturaleza? Crecemos más o menos según múltiples condiciones atmosféricas, orográficas, etc.: somos más o menos fuertes según el clima, la situación topográfica, el alimento asimilado; tenemos ideas de moral y prácticas de vida según caminamos al Norte y corremos hacia el Mediodía; se desenvuelven nuestros sentidos según el mayor o menor uso que la necesidad nos impele a hacer de ellos, ¿y querríamos permanecer indiferentes en plena comunidad o en pleno individualismo, sometidos a las más diversas coacciones de la fuerza o libres en todos nuestros actos?

Las instituciones coercitivas no hacen sino contrarrestar los efectos de la coacción moral. Ellas nos inclinan a la perversión, ellas nos hacen tal y como somos. El castigo, la pena, eso es todo lo que nos ofrecen como paliativo, no han restado juntas ni una sola unidad a la suma total de venganzas, odios y crímenes que son el producto de un medio social deprimente.

Los hechos nos dan la razón contra las opiniones corrientes; los hechos han inspirado a Spencer estas palabras de una sinceridad indiscutible:

«¿No se tiene por evidente que en los casos de alienación mental el único remedio consiste en suplir una represión exterior enérgica a la coacción interior que llega a ser demasiado débil? El sistema de la libertad resulta, sin embargo, mucho mejor que el de la camisa de fuerza. El doctor Batty Tuke, médico alienista muy hábil, afirma que el instinto de evasión es muy pronunciado cuando se recurre a los cerrojos y a las llaves, pero que desaparece casi completamente desde el momento que se le suprime: el sistema de las puertas abiertas ha dado resultado en 95 casos sobre 100 (Journal of Mental Science, Enero 1872). Otra autoridad en materia análoga, el doctor Maudsley, nos ofrece una nueva prueba de los males que causan las medidas llamadas curativas en los convertidos en locos por el hospicio.

¿No parece asimismo de sentido común que la represión del crimen será tanto más eficaz, cuanto más severa sea la pena? La gran reforma del Código penal inglés comenzada bajo los auspicios de Romilly, no ha sido seguida, no obstante de una recrudescencia del crimen. Es lo contrario lo que ha ocurrido. Los testimonios de los hombres más competentes, Maconochie, en la isla Norfolk; Dickson, en la Australia occidental; Obermier, en Alemania; Montesinos, en España; todos están de acuerdo sobre este punto: cuanto más se reduce la penalidad impuesta al criminal a los límites necesarios para la seguridad social, mayor es el progreso, que excede realmente toda esperanza.

A los ojos de los profesores de las pensiones francesas, no se puede obtener buena conducta de los escolares más que por medio de una disciplina rigurosa, auxiliada por un sistema de espionaje; pero cuando vienen a Inglaterra se quedan estupefactos al ver que los escolares que se deja en cierta libertad, se conducen infinitamente mejor que los otros. Diré más según lo demostró Arnold, la conducta de nuestros colegiales se mejora en proporción de la confianza que se les dispensa. La naturaleza humana constituida en corporaciones, presenta las mismas anomalías. Se admite generalmente que las trabas de la ley impiden por sí solas que los hombres se entreguen a actos de violencia con sus semejantes; ciertos hechos deberán sin embargo conducirnos a modificar nuestra suposición. Las deudas llamadas de honor son más respetadas y se las considera más sagradas que las deudas reconocidas y sancionadas por la ley; en la Bolsa algunas notas escritas con lápiz en los carnés de dos agentes de cambio, bastan para hacer constar transacciones que ascienden a cantidades enormes, y esos contratos son más respetados que los convenios escritos en pergaminos sellados y rubricados» (Reproducido por Les Temps Nouveaux de la Introducción a la Ciencia Social).

Todo concurre, observaciones y hechos, experiencias y raciocinio, a la conclusión por virtud de la que la pena, las instituciones coercitivas, la ley, etc. sirvan simplemente para engendrar graves trastornos sociales, mientras los métodos de libertad, la obra espontánea del espíritu público nos conducen en derechura al establecimiento de la paz y del bien.

En las sociedades humanas la evolución de las costumbres, de las ideas, de los sentimientos, ha sido siempre impulsada por el espíritu público que, si al principio es reacio a admitir modificaciones y reformas, producto constante de individuales iniciativas, bien pronto se identifica con ellas y las realiza haciéndolas suyas. Los poderes religiosos y civiles han sido siempre elementos retardatrices de la evolución.

¿Qué debemos creer en vistas de estas pruebas? Que para vivir en sociedad no se necesita otro poder que el que resulta de la mutualidad de nuestras influencias, del cambio de nuestras opiniones y sentimientos, que en conjunto forman lo que llamamos coacción moral, el más universal y el más respetado de los poderes, por lo mismo que no se individualiza en nadie ni se encarna en ninguna entidad metafísica o real.

Para nosotros, que negamos todo poder constituido, toda institución autoritaria, es indudable el imperio indiscutible de la acción colectiva difundida en todos y cada uno de los hombres.

Ya sabemos que los espíritus preocupados, las inteligencias atrofiadas por la contemplación de lo existente y por la rutina religiosa nos negaron la sal y el agua aún después de los hechos consignados y de las consecuencias que de ellos se derivan. Pero nosotros no escribimos para esas momias humanas, incapaces de toda sensación cerebral, ni ejercemos de sabios, que harto trabajo es para nosotros difundir las verdades por otros conquistadas. Escribimos para la masa común que carece de bastantes datos para afirmarse en lo que instintivamente presiente. Escribimos para los hombres sanos que anhelan la verdad para abrazarla. Escribimos, en fin, para los trabajadores asalariados y para los que sin serlo, están dispuestos, por la bondad de sus sentimientos, a ponerse al servicio de la humanidad.

IV. La coacción moral en una sociedad de libres e iguales

Hablemos ahora de los efectos de la coacción moral en una sociedad libre.

Entendemos por sociedad libre la asociación voluntaria de los hombres sobre la base de la posesión común o colectiva, como se quiera, de la riqueza, donde, por tanto, la igualdad quede establecida por la abolición de la propiedad individual y la libertad garantizada por la abolición de todos los poderes. Suponemos, asimismo, organizados la producción, el cambio y el consumo por medio de libres asociaciones, libremente federadas, según el lenguaje clásico del socialismo, fuera de toda reglamentación, de todo gobierno constituido y de toda forma centralizadora que pudiera sustituirlo. Este ideal de una nueva sociedad es del dominio de las gentes y no precisa justificación en estas páginas. La tiene en buen número de libros, folletos, revistas y periódicos en todas las lenguas de los países civilizados.

¿Puede esperarse que en una tal organización social, la mayor parte de los hombres se entregue a la embriaguez, a la depravación, al crimen, ya que no existe un poder que prevenga o reprima los desmanes individuales?

Si un poder cualquiera tuviera la facultad de impedirlos la tendría también para aminorar su número. En otros términos, si un gobierno puede hacer que muchos no delincan, reduciría asimismo continuamente el número de delincuentes.

Pero la experiencia nos enseña que el delito y los desórdenes morales no disminuyen, aunque no cesa de funcionar el patíbulo, ni las cárceles y presidios dejan de abrirse para encerrar a la oleada humana que mata, incendia y roba, y puesto que también la embriaguez, como otros muchos vicios, es hoy más general quizá que en tiempo alguno.

Las estadísticas judiciales espantan. De hecho un gobierno cualquiera ni previene ni reprime; lo que hace es vengarse y es bien sabido que la venganza es el acicate de todas las violencias. Luego si algún factor interviene para limitar la delincuencia y el vicio, no es ciertamente un poder coercitivo al que más bien pudiera considerarse como elemento de provocación. No hablemos del poder y de la influencia religiosa. Las crueldades, los asesinatos, los latrocinios con que las religiones todas han señalado su sangriento camino, nos excusan de toda prueba.

Pero conviene recordar que España, la llamada nación cristiana y católica por excelencia, desconoce, según un literato nada sospechoso de radicalismo, el quinto mandamiento, cuya afirmación abona con el hecho de que en el resto de Europa hay un verdugo para cada nación, y que en España hay catorce o quince; y es innecesario agregar que en ninguna parte se aplica con más frecuencia la pena capital.

Lo que prueba a un mismo tiempo la influencia negativa de la religión y la ineficacia de la pena.

¿Cuál es, pues, este factor?

Aparte del influjo de la propia conciencia, de la propia educación, de la nativa bondad humana, ese factor es el espíritu público, el sentimiento colectivo que, según expresión de Bakunin, no osan desafiar, afrontar abiertamente los hombres más propensos al crimen.

«No hay hombre, por poderoso que se crea —dice el célebre revolucionario— que tenga suficiente valor para afrontar el unánime desprecio de la sociedad; no hay quien pueda vivir sin sentirse apoyado por lo menos por el asentimiento y la estimación de una parte de la sociedad».

«Se necesita estar animado de una convicción grandísima y muy sincera para que un hombre tenga el valor de hablar y obrar contra la opinión de todos, y jamás un hombre depravado, mezquino, y cobarde tendrá semejante valor».

Y este singular efecto del espíritu público, de la coacción moral ¿habría de anularse en una sociedad libre? Tanto valdría afirmar que la coacción moral es un derivado del gobierno, y ya hemos visto como, muy al contrario, se manifiesta en oposición a todo poder coercitivo. Mañana, como hoy, cualesquiera que sean las condiciones de convivencia social, el sentimiento colectivo bastará a reprimir ciertas faltas que ahora mismo no castigan los códigos. Y si aquellas condiciones son tales, que aseguren, como presuponemos, la satisfacción de las necesidades morales y físicas y el ejercicio de todas las actividades, se hará más efectiva la influencia recíproca de los sentimientos nobles, de la rectitud en la conducta. Dondequiera que la palabra empeñada vale algo, no hay garantía legislativa que supere la virtud de esas promesas leales en cuyo cumplimiento se cifra la honra personal. Dondequiera que se aprecie la pública y privada estimación no hay ley ni amenaza y fuerza alguna que supere su virtud para reprimir el vicio, virtud innegable, como derivado de la coacción moral.

¿Pero el delito?, se nos dirá.

El gran acicate del delito es la propiedad, la propiedad de las cosas y de las personas. Su auxiliar más poderoso es la violencia en la coacción, es este sistema de espionaje y de fuerza que deprime terriblemente la personalidad buena ¿Por qué se habría de robar en una sociedad de iguales donde las necesidades de la existencia pudieran ser satisfechas libremente? ¿Por qué habrían de producirse esas sangrientas rebeldías que el poder engendra?

El robo es fiel trasunto del sentimiento de propiedad, con la diferencia de que aquél prescinde de la justificación de la ley. La teoría del robo es la misma del propietario; la una se ampara en su fuerza, la otra en el Código, pero ambas tienen un mismo objeto: la posesión. Y es evidente que en un medio contrario —la comunidad— al uno, no fructificará el otro.

El poder, la autoridad, no obran sino con ligaduras impuestas a nuestras facultades todas. Representan la violencia organizada a beneficio de una ficción y contra la naturaleza humana. Constriñen todo desenvolvimiento normal y pacífico y lanzan los pueblos a la revuelta y a la guerra. Donde cada uno tuviera la posibilidad de desenvolver sus facultades todas, la rebelión sería necesariamente una planta exótica.

Será preciso suponer, inventar nuevos crímenes, monstruosidades y aberraciones desconocidas para seguir afirmando la persistencia del delito.

No negamos que siempre habrá entre los hombres diferencias, contiendas. Mas ello no justifica de ningún modo la organización de un poder cualquiera; ni puede presentarse seriamente como obstáculo al desenvolvimiento de la sociedad que preconizamos ¡Cuántas cosas hoy mismo no escapan al código y se arreglan por la intervención de amigables componedores o no se arreglan de ningún modo! En un mundo de equidad y de justicia, de libertad y de igualdad para todos, los hombres tendrán un concepto de vida más elevado, más noble que el de hoy, y la influencia de este cambio se dejará sentir poderosamente. Se considerará la ajena estimación, se enaltecerán las virtudes esenciales, se aplaudirán las acciones de abnegación y sacrificio, al contrario de lo que hoy ocurre, que se llama espíritu fuerte, al que desprecia a los demás, tonto al que practica la virtud, listo y talentoso al que hábilmente engaña, y sólo provocan burlonas sonrisas los que son capaces de abnegación y sacrificio, porque el mundo en que vivimos está organizado para gloria y prez de la granujería andante. «Si por casualidad —ha dicho no sé quien— alguno funda su orgullo en no quebrar su amor propio, en no arrastrarse para subir, como hacen las orugas, a lo largo de un estaca, debe de resignarse anticipadamente a sufrir el desprecio de todos. En vano un hombre reflexivo y sensato querrá permanecer inmóvil en su condición, hacer construir su lujo en su independencia y gozar descanso y reposo; no se le dejará tranquilo. El desinterés, la vida simple y con severidad independiente, son artículos pasados ya de moda, objetos de un desdén general».

El vicio y el delito son el producto necesario, fatal del capitalismo y del gubernamentalismo en el mundo que se dice civilizado. La remoción de las causas, su supresión traerá aparejada sin duda la de los efectos.

Seguirán probablemente presentándose monstruos humanos capaces de los mayores crímenes. Pero esto implica un problema de medicina, de ningún modo social. No se organizan los pueblos para las anomalías, para las excepciones. Se trata de casos extraordinarios que tienen su origen en imperfecciones del organismo humano adquiridas por accidente o a causa de una vida desastrosa, o heredadas de quien las transmitió en un proceso de degeneración, y sería locura invocar el castigo en lugar de la terapéutica. A la sociedad sólo le asiste el derecho de defensa, y entonces, un porvenir mejor se defenderá también, pero se defenderá como el paciente se defiende de una dolencia. Esas naturalezas defectuosas, contrahechas, monstruosas, caen bajo el dominio de la ciencia hasta tal punto, que hoy mismo los más sabios criminalistas afirman resueltamente la irresponsabilidad.

De tal modo ha sido estudiada la cuestión, que apenas se abre un libro de fisiología, de antropología, de psicología, etc., se impone a las pocas páginas esta conclusión terminante: «No hay criminales». Son tantas y de tal naturaleza las deformaciones del organismo, principalmente del cerebro, «que es su representación suprema y que contiene en sí los restos de lo que hemos sido y la posibilidad de todo lo que seremos» (Th. Ribot, Las Enfermedades de la personalidad); son tan numerosos e intrincados los estados patológicos, tan insensible al tránsito de la normalidad al desequilibrio, a la locura, a la violencia, que es verdaderamente temerario afirmar la criminalidad consciente de un hombre cualquiera. Invitamos a los incrédulos, sean o no hombres de estudio, a que registren las dolorosas páginas que la ciencia ha llevado en nuestros días a los libros y revistas más notables. El convencimiento de que la maldad está lejos de ser voluntaria y consciente, se producirá sin duda en todas las inteligencias.

Tal vez la enorme masa de hechos citados, de casos estudiados a conciencia, de conclusiones científicas establecidas, podrá quedar oscurecida o vacilante a causa de los prejuicios de escuela o de la insana influencia de las ideas adquiridas por medio de la educación en las viejas rutinas; pero si el lector acierta a despojarse de todo juicio anticipado y de toda noción aprendida a modo de dogma necesario, sin vacilar proclamará, como de hecho lo proclaman las últimas investigaciones científicas, que no existe delincuencia propiamente dicha, sino simplemente anomalías, deformaciones, tendencias, enfermedades, en fin, que lo mismo pueden convertir a un hombre en un héroe que en un asesino.

El convencimiento se producirá más resueltamente si se tiene en cuenta que el término normalidad es una pura abstracción de nuestra mente. Entre cien, citaremos a Claudio Bernard, que dice: «Lo que se llama el estado normal es una pura concepción del espíritu, una forma típica ideal enteramente separada de las mil divergencias, entre las cuales flota incesantemente el organismo en medio de sus funciones alternantes e intermitentes. Griesinger, que afirma que el dilema: «Este hombre es loco o no lo es», no tiene sentido en muchos casos. Y a Ribot, que escribe: «La distinción de sano y morboso es a menudo muy difícil»; y en otro lado agrega: »Todo carácter es una hipertrofia o una atrofia», lo que puede generalizarse diciendo: todo organismo humano peca por defecto o por exceso, esta desviación por atrofia o por hipertrofia de la forma típica ideal, se reduce a una concepción pura del espíritu sin valor alguno en la realidad.

Pero la infusa ciencia de gobernar, de estrujar a los pueblos, resuelve ufana el problema de un solo coup de sabre en el preciso momento en que cada uno, después de una lectura medianamente asidua, examinándose a si mismo, no deja de reconocerse algo degenerado, algo de loco, algo de genio, algo de delincuente, porque en cada uno están dadas a un mismo tiempo todas «las tendencias buenas y malas, tendencias latentes que pueden dormir toda la vida, pero que también pueden ser despertadas por un accidente fortuito» y es, por consiguiente a obra de las circunstancias, del ambiente, de la educación, del desenvolvimiento total, eso que, según la terminología corriente se llama honradez y crimen.

En este punto aparece también la coacción moral dirigida según las ideas y los sentimientos predominantes.

Al que mata centenares de hombres en el campo de batalla se le levantan estatuas, mientras que al que en un arranque de la ira irreprimible mata a un solo semejante, se le envía al patíbulo. La coacción moral está aquí inspirada, de un lado, por la idea egoísta de la patria y por los instintos guerreros; y de otro lado, por el sentimiento y la educación de la represalia; diente por diente, ojo por ojo.

De modo análogo se tacha al que roba un panecillo como delincuente y se glorifica al que se apodera de una extensión territorial chica o grande, despojando de vida y hacienda a sus habitantes. Y aún en parte el desprecio público cae más fuertemente sobre el que roba que sobre el que mata, pues para este en muchos casos se hallan fáciles explicaciones; pero para aquél, el brutal egoísmo de la propiedad no tiene compasión ni excusa. Somos como algunas tribus salvajes que no consideran depresivo el derramamiento de sangre y aún lo enaltecen, al igual que nosotros, en los casos de adulterio y de ofensas personales, y castigan en cambio cruelmente las más nimias contradicciones a sus prejuicios bárbaros.

De estas aberraciones sociales pudiéramos citar muchas. Sabrá el lector lo que callamos en gracia a la brevedad. Afirmamos, en fin, que es una utopía la responsabilidad moral, porque los hombres delinquen por fatalismo orgánico o por fatalismo del medio, o por una desdichada conjunción de ambos.

Sin duda no fundamos nuestro juicio en las dogmáticas ejecutoras del materialismo a ultranza.

No importa a nuestra tesis saber si, en absoluto, el hombre goza o no del libre albedrío. A pesar de las innumerables pruebas científicas de que el cerebro, la vida efectiva, el organismo en su totalidad, y en sus diversas partes, obedecen a causas determinadas —conocidas o no— que tienen su asiento en la naturaleza ambiente; no obstante todas las pruebas a favor del determinismo de las acciones, dijérase que queda en el hombre un algo de libre elección que le permite a veces desviar sus inclinaciones, sus propósitos, sus juicios. La razón podrá ser conducida por un número considerable de experiencia al determinismo como teoría acomodable a la realidad de las cosas. Mas la conciencia individual no se percata de armazones teóricas y parece como si fuera reina y señora de sus actos. Tal vez esta reminiscencia de libre elección sea un efecto aparente. No discutamos. En este terreno la polémica no tendría término.

El hecho indudable es que el hombre manifiesta una tendencia a emanciparse del fatalismo orgánico y del fatalismo ambiente, lo que prueba que ambos existen ríndase o no la conciencia a su realidad. De hecho se obra el bien o se obra el mal, a pesar de uno mismo, de acuerdo o contra la razón, conforme o en pugna con la conciencia. Indudablemente hay lucha. No se ejecutan los hechos humanos con exacta analogía a la piedra que cae por la ley de la gravedad. Se delibera, se resiste o se impulsa: imposible negar la presencia de un elemento más.

Pero la intervención de este elemento no cambia los términos del problema. Ahondando un poco, apenas se puede decir que somos capaces de refrenar medianamente cualquiera de nuestros impulsos; pues tras ligera o prolongada lucha, a ella cedemos por poderosos que sean ¿Son voluntarios nuestros actos, son de libre elección? Nuestras continuas e internas deliberaciones no son sino frágiles vallas que se intentan poner a la impetuosa corriente de los impulsos.

La responsabilidad moral, en este supuesto, pertenecería no a la conciencia del individuo, sino a todas las fuerzas que pesan sobre él, fuerzas demasiado complejas, demasiado ignoradas para que intentemos clasificarlas en beneficio de una orientación muy deseable, pero que escapa actualmente a toda previsión y a toda ciencia humanas.

La posesión de la conciencia no nos da sino la triste certeza de que vamos arrastrados en el laberinto de la vida por todos los vientos que soplan en nosotros y alrededor de nosotros; no nos da sino la penosa percepción de nuestras impotentes resistencias, de nuestras inútiles discusiones.

Concebimos la libertad absoluta, y quisiéramos poseerla en toda su plenitud hasta para obrar el bien o para obrar el mal.

No tenemos, sin embargo, ni mérito si obramos bien, ni desmérito si obramos mal. Que la conciencia se goce en el uno, y sufra en el otro, no implica la responsabilidad de los actos; significa sólo que en aquella las leyes de la atracción y de la repulsión son tan ciertas como en el Universo entero.

No tratamos, como se deduce de lo expuesto, de la responsabilidad social en los asuntos comunes de la vida, responsabilidad que existirá siempre, de un modo o de otro, porque los hombres, desde el momento que se hallan en relación de mutua dependencia, deben de responder entre sí de sus actos. Se trata sencillamente de aquel principio de virtud del cual se erige en axioma el bárbaro hecho de castigar.

Descartado el problema de la criminalidad, o reducido si acaso a los términos de una anormalidad extraordinaria acerca de la que habrá de decir todavía mucho la ciencia. ¿Cabe dudar de los resultados inmediatos de un cambio fundamental en los medios de convivencia humana?

Todavía podrá disiparse la duda contra la indicación de algunos hechos históricos bien conocidos. Recuérdese el cambio profundo verificado por la Revolución Francesa. En los períodos revolucionarios, la exaltación de las pasiones nobles es tan grande, que imposibilita toda degradación moral. Hasta cuando se delinque, desaparece todo elemento ruin, y es tal el dominio que la opinión pública ejerce sobre los individuos, que son muy pocos los que osan delinquir. De hecho los crímenes personales, producto del egoísmo individual, disminuyen de manera notable.

Concretándose a la Revolución francesa, nadie habrá observado hasta que punto se elevó el civismo entre los ciudadanos y cuan grande fue la exaltación del sentimiento de la patria, entre otros. A porfía los hombres se disputaban el honor de ser considerados como los más heroicos, los más puros, los más generosos. No pocos subieron las gradas de la guillotina con orgullo, seguros de su pureza y de su noble conducta. Se iba a la muerte cantando el himno de los héroes.

En todos los grandes movimientos de la humanidad se registran hechos semejantes.[2]

¿Cómo olvidar la abnegación de los obreros que guardaban estoicos los caudales acumulados en los Bancos, durante los días de la revuelta, privados casi de lo más indispensable para vivir? ¿Cómo olvidar el grito de las barricadas «pena de muerte al ladrón»? ¿Cómo olvidar los rasgos de heroísmo de niños, ancianos y mujeres?

¡Levantad el espíritu público, sustraedlo a las miserias del positivismo mercantil, y haréis un pueblo honrado, un pueblo valiente, un pueblo noble! Según sean las ideas esparcidas en la multitud, así serán sus hechos. No tenéis que temer sino la exageración de las grandes virtudes.

En una sociedad que descansara en la generosidad personal, en la libertad de todos, en la igualdad de condiciones, en la solidaridad de los intereses y en el amor; en una sociedad en que se fíe a la libre iniciativa y a la espontánea asociación de los hombres la realización de los fines comunes y la satisfacción de todas las necesidades; en una sociedad tal, habría de despertarse forzosamente la repulsión a la tiranía, al privilegio, al egoísmo, y una nueva corriente se iniciaría en la que la exaltación a la generosidad, del sacrificio, del amor, hacia el gran mérito universalmente practicado y reconocido. Así como hoy se mata nuestros más nobles sentimientos por el egoísmo brutal que la propiedad engendra; así como hoy cada hombre considera a los demás como enemigos, porque le disputan el dominio de la parte de riqueza o de poder que pretende acaparar para sí; del mismo modo que hoy el rico y el poderoso desprecian al pobre desvalido y éste odia a aquéllos a causa de la irritante desigualdad que los separa, así en el porvenir previsto se enaltecerán nuestros mejores sentimientos a causa de la mancomunidad de medios y de intereses y así entonces cada hombre verá hermanos en los demás porque las aspiraciones serán solidarias, comunes la riqueza y también el poder, porque cada uno estará revestido del suficiente para gobernarse a sí mismo y contratar libremente con los otros; y así entonces no habrá ni desprecio ni odio entre los hombres, porque la igualdad posibilitará el amor y la fraternidad entre ellos.

Si en una sociedad de ese modo fundada pudiera caber el odio y el desprecio y la guerra de todos contra algunos, sería únicamente contra aquellos «que quisieran dominar, explotar, vivir, en fin a expensas y con perjuicio de sus semejantes, contra aquellos que quisieran volver al pasado».

Cuando el hombre se educa en la dependencia económica y política, es natural que todo lo espere del que posee el capital y dispone del poder, del mismo modo que educado en el espíritu religioso todo lo espera de Dios, hasta que engorde el cochino y crezca el trigo en el campo. Cuando se le eduque, por el contrario en la libertad económica y política, será asimismo natural que obre por su propia cuenta, sin esperar nada sino de sí mismo y de la voluntaria cooperación de los demás. En el primer caso llegará fatalmente el momento, pese a la educación recibida, en que se rebelará contra Dios, el capitalista, el gobernante, reaccionando de la sumisión respetuosa, al odio; de la obediencia, al desprecio. En el segundo, ¿cuál sería el estímulo al mal, sino se hallaría sino en el bien la paz del espíritu y la satisfacción de las necesidades?

No son éstas divagaciones de un bello ensueño. Son consecuencias indeclinables de los hechos. El hombre verdaderamente instruido no enciende luces a los santos para que la cosecha sea abundante, ni hace donaciones ni votos que tienen por objeto el soborno de la divinidad en beneficio de un interés personal. El hombre verdaderamente instruido cultiva su campo con cuidado, se previene contra las inclemencias del tiempo y contra cualquier inesperado acontecimiento que pueda trastornar sus propósitos; consulta el barómetro y el termómetro, estudia nuevos abonos, mejores métodos de cultivo, etc. Pone al servicio de sus fines todos los medios que posee y va derechamente a su objeto por la ciencia y la experiencia. De modo semejante al hombre, igual al hombre y con él asociado en comunidad de intereses, no encenderá los cirios del egoísmo en el altar de Santa Propiedad, que no existe y en la que no se cree; no buscará en el daño de los otros, que sería su propio daño, el acrecentamiento de sus personales comodidades; no fundará en la violencia ni en la mentira, ni en la baja ambición su gloria personal; «no fundará su orgullo en quebrantar su amor propio, en arrastrarse para subir, como las orugas, a lo largo de una estaca».

Aprendemos que nuestro bienestar ha de cimentarse en el mal de los demás; aprendemos que en la concurrencia brutal por la vida ha de pasarse por encima de todo y de todos para conquistar una posición que nos permita el mayor número de comodidades posibles, y es bien natural que obremos en consecuencia degradándonos en presencia de la ajena miseria cayendo en los abismos del delito sin más regla moral que el éxito, el éxito a todo precio. Si llegamos a adquirir la noción de que nuestro bienestar es el bienestar de todos, que para vivir bien y cómodamente hemos de asociarnos en lugar de combatirnos y luchar como fieras, obraremos asimismo en consecuencia y no causaremos el mal ajeno ni la degradación amenazará nuestra conciencia, porque odiaremos al delito que sólo nos servirá para convertirnos nuevamente en esclavos.

A la mezquina emulación por el poder y la riqueza, egoístamente personales, sucederá la noble emulación por aumentar el bienestar y el poder de todos, aumentado por el propio poder y el propio bienestar.

Es, en fin, de tal naturaleza la coacción moral, que constantemente empuja al hombre, como ya hemos dicho, a obrar el bien sin tener en cuenta para nada elementos coercitivos que la Naturaleza excluye. «Los placeres y dolores (Spencer) que tienen su origen en el sentimiento moral, llegarán a ser, como los placeres y dolores físicos, causas de acción o de abstención, tan bien adaptadas en su fuerza a las necesidades, que la conducta moral será la conducta natural».

Transformar en placer el cumplimiento de los deberes, llegar a esta identificación de la conducta moral y de la conducta natural, será la obra del desenvolvimiento futuro de una revolución que produzca la verdadera libertad, y la igualdad social: revolución a la que ciertamente aspiramos, porque en tanto persistan las causas de la lucha social, los motivos de divergencia y de guerra, la afirmación del sabio filósofo permanecerá en los linderos de la utopía.

¿Qué serie de consecuencias no pueden deducirse de estos principios rigurosamente exactos?

Toda la fuerza, toda la actividad, toda la inteligencia que actualmente se gasta en la lucha individual por la vida contra todos los demás hombres, ¿se perdería en el porvenir? No; porque nada se pierde en el Universo. Aquella fuerza, aquella actividad, aquella inteligencia, se gastarían en labrar el bien general, en la prosperidad y en la liberación, mayor cada vez de la especie humana.

¡Qué de energías, qué de talentos perdidos hoy en raquíticas empresas o en desesperante impotencia!

Cuantos anhelan el dominio de la ciencia o del arte y no pueden conseguirlo porque lo primero y más esencial es vivir, es conquistar el pedazo de pan, y en las condiciones del momento esta conquista llena toda la existencia, podrían entonces gozar de este dominio, desenvolver sus facultades naturales y aplicar sus progresos al mayor adelantamiento de la especie. Resuelto el problema de vivir materialmente bien, el acceso a las ciencias y a las artes no sería el suplicio de la juventud, ni la amargura de la vejez.

El número de los hombres instruidos aumentaría naturalmente y esto traería aparejado un gran adelanto estético y científico en la masa en general. Las costumbres bajo la influencia de este mejoramiento, mejorarían también, y el resultado sería necesariamente la preponderancia de la sinceridad, de la probidad, de la honradez, de la abnegación, de la virtud privada y social.

Si en cada individuo se daba mayor ilustración, mayor virtud, en todos juntos se darían también las mismas cualidades, lo cual quiere decir que si hoy por influencia de espíritu público, bastardeado en medio de una educación funesta, frecuentemente se desvían las inclinaciones bondadosas del hombre, mañana, bajo nuevas condiciones de mejor educación, se las desviaría menos, siempre en progresión descendente.

¿Queréis una sociedad sincera, honrada virtuosa? Pues haced que los individuos sean virtuosos, honrados, sinceros. ¿Queréis a los individuos con estas cualidades? Pues haced que las condiciones de la vida social sean para todos garantía de paz, de trabajo libre, de igualdad económica, de satisfacción de las necesidades. Cada hombre es el producto de su organismo si se le considera aisladamente: si se le juzga en sociedad es el producto artificial, pero necesario, del medio en que vive; es un mucho él mismo; otro mucho los demás. Cambiad el medio en que la maldad nos moldea a todos, y todo cambiará.

Cegad en su origen las fuentes del egoísmo, matad la causa de la guerra en que vivimos, suprimid el motivo de todas las perversiones humanas, y será como si suprimierais la causa de todas las enfermedades. Somos masa organizada con disposiciones para la acción: dirigida en un sentido actúa el mal; dirigida en el contrario, actúa el bien. De un niño podréis hacer un virtuoso o un malvado, un genio o un imbécil.

En un caso tendréis seres generosos, relaciones fraternales, hombres honrados y nobles; en otro ¿no estáis viendo lo que tenéis? Encanallamiento, villanía, deshonor, bajeza, crimen.

Transformadlo todo, y la influencia de todos sobre cada uno y recíprocamente, será influencia de amor, de virtud, de bienestar; influencia que nos reducirá a practicar la bondad sin violencia, alentando nuestros mejores impulsos. ¿No veis, pues, claramente, el inmenso poder de la coacción moral en una sociedad modificada?

Pues juzgad por el presente. Siglos y siglos van transcurridos en que el verdugo preside la vida de la humanidad. Todas las leyes lo designan como el ejecutor de la justicia social. Y ¿por qué nadie le considera como un ser respetable, como brazo ejecutor de la equidad entre los hombres? La humanidad no ha caído en esa terrible ficción. Él ha sido, es y será un ser repugnante, más odiado que el que mata violentamente. Con violencia y a mansalva mata. Odiamos y despreciamos en él el asesinato legal, la coronación de todas las barbaries. Y es que el amor al prójimo, la bondad natural en el hombre aparece, resurge de pronto frente al patíbulo y despierta el dormido rencor con el espanto de la muerte. El interés de unos pocos no ha logrado que la ficción legislativa encarne en la pública conciencia. Ha bastado un pequeñísimo progreso en la vida política, para que todo el mundo abomine de los horrores del feudalismo y de la inquisición, haciendo imposible la vuelta a un tal orden de cosas. Si perduran en la sombra es por malas artes del interés privado.

¿No bastará una revolución social que modifique esencialmente las condiciones de vida para que abominemos igualmente las condiciones de horrores modernos de la explotación, del espionaje policíaco, del crimen de la bestialidad general, que nos lleva a lo desconocido?

Mundo en que los hombres se modifican y a preocupaciones y errores añejos sustituyen nuevas y sanas ideas y costumbres ha de ser forzosamente empujado por el impulso de todos hacia el mayor bienestar general.

Y, pues que hemos demostrado que en una sociedad libre los hombres se modificarían grandemente, y a los errores y preocupaciones actuales reemplazarían ideas nobles y elevadas y sanas costumbres, es indudable que la coacción moral, resultado del concurso honesto de cada uno en la obra común, se modificaría también ennobleciéndose, elevándose y saneándose, por así decirlo. La obra social no es sino la consecuencia de las obras parciales de cada uno de sus miembros.

Nada hay tan incontrastable como una poderosa y apasionada corriente de ideas y sentimientos, y nosotros hemos hecho ver que el gran acicate de los humanos progresos en el porvenir será la exaltación pasional de las ideas y sentimientos más nobles y generosos. La acción colectiva, determinada en este sentido, será bastante fuerte no sólo para impedir toda clase de abusos y daños entre los individuos, sino también para contener todo indicio de decadencia social.

«Al pensar —afirma Darwin— en las generaciones futuras no hay ningún motivo para temer que en ellas se debiliten los instintos sociales, y podemos admitir que los hábitos de virtud adquirirán mayor fuerza fijándose por la herencia».

V. La actual forma de convivencia social invierte el sentido de la coacción moral

Una última objeción puede todavía hacérsenos. Y está tan bien formulada en unos párrafos de Bakunin, que no haremos más que reproducirlos.

«Pero si este poder social —dice— existe ¿por qué no ha sido suficiente hasta aquí para moralizar al mundo? Sencillamente porque hasta aquí ese poder no se ha humanizado; porque la vida social, de la que es siempre fiel expresión, está basada como sabemos, en el culto de la Divinidad, no en el respeto humano; en la autoridad, no en la libertad; en el privilegio, no en la igualdad; en la explotación, no en la fraternidad de los hombres; en la iniquidad y en la falsedad no en la verdad y en la justicia. Por consecuencia su acción real, siempre en oposición con las ideas humanitarias que profesa, ha ejercido constantemente una influencia depravada y desastrosa. No reprime el vicio y el crimen, los fomenta. Su autoridad es, por consiguiente, una autoridad divina y antihumana; su influencia, es, en general, dañosa y funesta. ¿Queréis hacer beneficiosa para la humanidad esa autoridad y esa influencia? Pues realizad la revolución social. Haced que todas las necesidades sean realmente solidarias, de tal manera que los intereses sociales y materiales de cada uno se conformen en un todo a sus deberes humanos. Para conseguirlo no hay más que un medio: destruir todas las instituciones basadas en la desigualdad; establecer la igualdad económica y social sobre cuyos fundamentos se levantará la libertad, la moralidad y la solidaridad humanas».

Este lenguaje vehemente de Bakunin está bien justificado por la experiencia. Encierra una negación terminante del pretendido proceso de adaptación, que tanto favor goza en los dominios de la filosofía positivista. Se nos predica que por la evolución de las costumbres se llegará al altruismo, a la bondad, al amor, a la justicia. El progreso no es más que una serie de acomodamientos, de adaptaciones a mejores sentimientos e ideas, a mejores costumbres, según las modernas tendencias de algunos sabios. Pero es posible realmente empezar por la modificación de las costumbres para obtener la modificación de las condiciones. ¿No existe más bien el radical antagonismo señalado por el filósofo ruso, que no deja espacio a otra solución que la del aniquilamiento de las instituciones actuales?

El proceso de adaptación se opera bajo el punto de vista ideal, no real. El progreso es una serie de adaptaciones en el dominio del pensamiento, no en el de los hechos. Por eso, no obstante todas las pruebas aducidas por Spencer, quiebran en la práctica ciertas afirmaciones del positivismo. Si bien «en las transacciones entre personas dignas y honradas es frecuente ver como procura cada una de las partes no lastimar los intereses de la otra»; si, en general, ciertas modificaciones de las costumbres permiten afirmar el embrión de un camino más o menos próximo, favorable a un estado social mejor, como hemos indicado repetidamente, nada nos lleva a la rotunda afirmación de que «nuevos progresos de la simpatía, desenvolviendo aquella manera de ser, le darán el carácter de general y natural», porque mientras subsistan las instituciones netamente egoístas, estarán aquellos procesos limitados, o al dominio de las ideas, o al de un corto número de personas colocadas en situación de relativa independencia.

Cierto que las costumbres pueden progresar y progresan de hecho actualmente, pero sin que de ningún modo salven la barrera del egoísmo, sostenido por la propiedad privada y por el privilegio del poder. Es un progreso potencial que se desenvolverá de golpe por la supresión o el arrollamiento de todas las barreras. En esto precisamente consiste la revolución que preconiza Bakunin como único medio. Es, pues, necesario empezar por la modificación de las condiciones, así económicas como sociales. Es necesario derribar los cercados de la heredad autoritaria para que el progreso se desenvuelva libremente, para que las costumbres, vencidos los obstáculos tradicionales, den carácter general y natural a las tendencias latentes de altruismo, de bondad, de amor, de justicia.

Entonces lo que hoy podemos apreciar como indicios de un cambio cercano, será toda una realidad.

El antagonismo entre las tendencias progresivas y la realidad ambiente no es siquiera discutible. La muerte en el afrentoso patíbulo, de un hombre, congrega a todo un pueblo en la plaza pública y ofrece el espectáculo más repugnante a los sentimientos de la humanidad. Por los hechos, dijérase que somos más cafres que los cafres, que la crueldad del hombre sedicente civilizado tiene refinamientos bestiales apenas concebibles. Pero si consultáis a ese mismo pueblo que se emborracha ante el cadalso y ríe y manotea como un mono en el colmo de la alegría, acerca de la pena de muerte, se alzará general clamoreo pidiendo su abolición. Se sostiene esta pena en los códigos por el legislador como legítima arma de defensa suya, pero no vive ni en el cerebro ni en el corazón de los pueblos. La guerra tiene para las multitudes atractivos tan poderosos, que van las gentes al matadero del campo de batalla impelidas por ciego entusiasmo que alimentan los más fútiles motivos. Si se analiza la causa de cualquier guerra, los elementos de persuasión y pasionales de un litigio cualquiera entre dos países, se ve enseguida que nada justifica ni explica el loco entusiasmo, el delirio guerrero de los pobres diablos que no tienen donde caerse muertos. Los hombres se hacen matar a porfía y tienen su mayor gloria en morir matando. Consultad, no obstante, a todos los pueblos en período de calma. Las abominaciones contra la guerra, las protestas contra las crueldades de la guerra, los anatemas contra la lucha entre los hombres, entre hermanos, serán como lluvia benéfica que fecunde el campo de la humana bondad. Un grito unánime brotará en favor de la paz.

¿Qué es, pues, lo que no permite que estas disposiciones benévolas prevalezcan, que estas ideas y estos sentimientos de humanidad, de una lógica cerrada, queden oscurecidos por la barbarie entronizada en pleno siglo XX?

Sencillamente, las condiciones de convivencia social; es a saber: el sistema de apropiación y el sistema de gobierno, con toda su cohorte de prescripciones religiosas, de reglamentos políticos, de martingalas económicas. Suprimir todas las instituciones que mantienen la barbarie será el objeto primero de una revolución próxima, seguro producto de la evolución verificada ya en los cerebros y en los corazones, único medio de que el progreso de las costumbres adquiera toda su expansión y pueda desenvolver la fuerza acumulada en la larga labor filosófica de los siglos.

Más allá de esta crisis natural de la sociedad organizada, después de esa ruptura fatal de los viejos moldes, está la obra fecunda y perseverante de la adaptación a nuevas costumbres derivadas de sentimientos mejores y de más nobles ideas; está la obra, la gran obra de coacción moral, libre de todas las impedimentas coercitivas, obra que —lo repetimos— no será labor de un día o de un puñado de días de revuelta, ni el mágico efecto de una idea cualquiera, verificando como por milagro, la renovación instantánea del mundo, sino la consecuencia más o menos lenta, más o menos rápida, del natural y libre desenvolvimiento de los sentimientos públicos, de los nuevos hábitos adquiridos en el ejercicio de la libertad, de la igualdad y de la justicia.

La propiedad y el poder son los ataderos de la espontaneidad humana. Se pretende que los hombres anden, teniendo las piernas fuertemente ligadas. Tal es lo que significa (aplicado a la sociedad actual como medio de progreso) el decantado proceso de adaptación, ese al aparato científico con que se trate de imponerlo.

Poco o nada afectos a los artificios teóricos, levantamos nuestra doctrina sobre los firmes cimientos de la realidad viviente descuidados de rigorismos intelectuales que suelen tener su raíz en juicios dogmáticos o necesidades del discurso.

La afectividad, la intelectualidad, la acción, todo tiene su equivalente en las reacciones orgánicas, en las vísceras, en los músculos; todo es como eco de la química y de la dinámica de nuestro organismo entero. Cuidémonos, ante todo, de la vida vegetativa y de la vida animal; cuidémonos, ante todo, del hombre como animal que se nutre, que crece, que procrea, que se afirma como individualidad y se multiplica como especie, Estética, ciencia, sentimientos e inteligencia, hallarán así abonado campo al desarrollo indispensable, mediante el que se supera constantemente el hombre a sí mismo, aún cuando la perfección se aleje sin cesar a medida que avanzamos hacia el ideal.

¿ Ideal hemos dicho? Expliquémonos.

Acabamos de leer Los Héroes de Carlyle. Con toda nuestra fuerza de voluntad no hemos podido vencer la impresión de cansancio que cada página iba dejando en la mente y en el cuerpo. Cuantos adjetivos fuertes, sonoros! No basta, no, toda la elocuencia de Carlyle, su profundo y finísimo sentimiento; no bastan todas las imaginaciones bellas y seductoras del idealismo para arrastrarnos a prescindir de uno sólo de los elementos cerebrales que nos conducen a la admiración más viva, más fuertemente sentida, por la hermosa fórmula del binomio de Newton o por la maravillosa predicción de un eclipse del sol. Una palabra, la combinación de cuatro letras no puede tener el singular privilegio de dar la posesión de la verdad absoluta al cerebro más rudimentariamente educado en los conocimientos positivos de la ciencia y de la vida. La realidad, la verdad del idealismo, son puras ficciones de la loca de la casa, cabriolas brillantes de la mente, ciega por el entusiasmo, por el delirio de la fiebre. Empeño que toca a un mismo tiempo en las fronteras de lo sublime y en los linderos de lo ridículo!

Estos nuestros huesos y esta nuestra carne, estos infinitos fenómenos de la vida particular y de la vida cósmica, esta ciencia portentosa que calcula los sucesos por modo tan prodigioso y lleva como de la mano los inmensos mundos del espacio y los invisibles mundos de la atómica existencia, hasta el punto de sugerir que ella gobierna y dirige la vida universal, no obstante ser por ésta dirigida y gobernada, todo ello no es nada, quizás menos que nada para el idealismo trascendente. La realidad, como la verdad, están más allá de todo lo que es vil apariencia, exteriorización y formulismo vano. Está allá, muy lejos, muy hondo, en la esencia misma de las cosas.

Pues, bien, sí; la ciencia positiva no se cansa de repetirlo; la esencia de las cosas excede la humana inteligencia. El hombre está imposibilitado de penetrar el noúmeno, según la expresión de los filósofos. Confesemos nuestra impotencia, más allá del fenómeno hay barreras, al parecer infranqueables. ¿ Y qué? La fe no borraba jamás la limitación de nuestras facultades. La palabra «Dios», escrita en el frontispicio de nuestra incapacidad, no resolverá el problema. La ciencia, ¿quién sabe? Las imaginaciones febriles del idealismo, han llenado el mundo de locos, de fanáticos, de videntes, conforme a la expresión de Carlyle. Videntes ¿de qué?

No llevaremos nuestro entusiasmo por la ciencia moderna hasta comulgar con las exageraciones del especialismo que en cada hombre que no viva la vida del cerdo, ve un loco, un alucinado, un maniático, un delincuente. No confundiremos al héroe, poeta, reformador, literato o genio, juntamente con el criminal en el dictado de degenerados o dementes; no traduciremos las maravillas de las ciencias en punto tal de elitismo y pobreza que reduzcamos la grandiosidad del Universo a la simple analogía con una máquina de duro hierro provista de rodajes, poleas, émbolos, etc. porque el Universo es la mecánica de las mecánicas, inexplicable en sí misma en su totalidad sin límites; tan acabada, que por los siglos de los siglos permanecerá tal vez desconocida para los hombres fuera de sus externas e incontables manifestaciones. Pero ¿por qué arte de hechicería hemos de ser conducidos a la adivinación misteriosa de lo eternamente ignorado? ¿Por qué singularísima norma habremos de doblar la rodilla ante los monstruos de todos los idealismos?

Amontonad palabras, escoged los términos más vivos, de más fuerte color; llenad páginas y más páginas; inundad el mundo de discursos y de libros; rodad continuamente alrededor de la palabra misterio entre el torbellino de las más estupendas divagaciones, y tendréis la obra magna del idealismo, obra más que infecunda, de destrucción y de muerte; obra de odio, de maldición, en que las generaciones que fueron gestaron su existencia entera. Y al cabo de la lucha pertinaz por la fe, por la pretendida videncia de la fe, del batallar sin tregua por lo desconocido en el desvanecimiento de lo absoluto, nos hallaremos, como el primer día, sumidos en la admirativa contemplación muda. ¿De qué? Nadie sabría de qué, Misterio, Fe, Dios, todo el vocabulario trascendente no os dará sino simples combinaciones de letras sin sentido ni sustancia en sí mismas. Será menester para soñar que se comprende algo, anularse en la contemplación arrobadora de las más extrañas alucinaciones, divagando acerca de aquello mismo cuyas manifestaciones grandiosas, cuya única realidad para el hombre se menosprecia no queriendo ni aún conocerla. ¡Mundo de videntes a las puertas del manicomio!

Idealismo: ¿queréis saber como los que no comulgan en la trascendencia metafísica, teológica o teosófica, negándose al propio tiempo a toda fórmula de estrecho doctrinarismo materialista, positivista o lo que fuere, alcanzan la suprema idealidad de la vida?

Abrid el libro de la naturaleza; recorred sus páginas; admirad su obra portentosa, a la que ha levantado monumentos imperecederos la lección de físicos, astrónomos matemáticos, que sin cuidarse de quiméricos delirios ha revelado y revela una constante sencillez y modestia de verdaderos hombres, de héroes verdaderos, y con claridad meridiana en que se recrea el pensamiento y se baña y goza a sus anchas, construye el gran alcázar de los conocimientos; estudiad paso a paso los fenómenos de la existencia general y los fenómenos de la existencia particular. estudiad las relaciones sorprendentes que constituyen la trabazón admirable del cosmos; estudiadlo todo con amor, con entusiasmo y perseverancia y estaréis en el firme camino de ir comprendiendo la inenarrable grandiosidad del Universo. Y estaréis además en camino de cerrar el paso a todo vano orgullo, a todo ensueño místico, a todo delirio trascendente, que embutiéndose en el cuerpo partículas de la imaginaria debilidad os torne imbéciles para la realidad ambiente, realidad palpable, plenamente cognoscible, que vive en todo y se agranda majestuosamente hasta resumirse en la síntesis suprema de la armonía Universal.

Entonces, cuando en este sendero apacible os hallaréis, surgirá en vosotros la idealidad pura de la vida sencilla y honesta; la idealidad del amor humano, del bienestar para todos; la idealidad de la tolerancia y de la justicia, de la bondad y de la belleza; la idealidad de una armonía humana análoga a la armonía espléndida que reina en los espacios. Esta realidad, menospreciada y vilipendiada por todos los idealismos trascendentes, os conducirá a la paz y al amor y será como si treparais por una escalera sin fin en que cada peldaño es más cómodo, más bello que el precedente y el último, inasequible siempre, la expresión del supremo y jamás realizado ideal de los humanos.

Trepad, idealistas de la realidad, por esa escalera sin fin: ciencia, belleza, amor, vida; percepción, sobre percepción, progreso tras progreso; insaciables para el bien, deleitaos en todos los mejoramientos y en todos los adelantos; trepad, trepad sin descanso aunque la altura se aleje sin tregua. Allí donde llegaréis, el ideal habrá sido realizado y otras generaciones luego y otras después, tendrán por el primero de sus peldaños aquel postrer peldaño en que las generaciones anteriores hubieran consumado su obra.

Qué se habrá hecho entonces del místico falaz, del fanático trapacero, del beato hipócrita que, amparado en las divagaciones groseras de la calentura teológica, se refocila en todas las porquerías de la carne, en todas las vilezas del dinero, en todas las degradaciones del alma?

¿Qué se habrá hecho del tráfico político, del agio económico, de la mojigatería aristocrática y burguesa de todas las iniquidades de la explotación del hombre, de todas las abominables crueldades del que mata, del que administra, del que juzga, del que espía y del que ejecuta?

Levantémonos del bestial materialismo en que nos han arrojado los idealistas del misterio, de la fe y de Dios, derribemos los ídolos de barro y los ídolos de carne; sacudamos la pereza intelectual que nos mantiene en el embrutecimiento; elevémonos idealizando al hombre, degradado por todas las supercherías tradicionales. Y cuando la hora de la rehabilitación humana suene, no serán menester otras influencias para conducirnos a la felicidad que las de nuestras recíprocas bondades, que las de nuestros actos más nobles, más generosos.

Hemos sido y somos rebaño, manada, piara. Hemos sido y somos parias, esclavos, siervos. Reivindiquémonos el derecho de ser hombres. Seámoslo.

VI. Conclusión

Constantemente hemos puesto frente a frente dos efectos distintos que por igual se atribuyen a la coacción moral. De un lado la obra nefasta de la rutina, del prejuicio, del precepto legal; la obra destructora del dogma empujando a la humanidad por los derroteros de la guerra de la apropiación y del poder; la obra suicida del privilegio, que pretende convertir a unos en dioses y a otros en bestias. De otra parte la obra silenciosa, apenas perceptible, de la virtud, del saber, de la bondad, del espíritu grandemente humano que nos obliga a detenernos admirados ante la sencillez majestuosa con que de vez en cuando se yergue, entre la multitud de todas las depravaciones, abnegado, amoroso, sublime.

Aférrense a los hechos del primer grupo todos los mantenedores del mal. Para ellos la coacción no es más que eso, cuanto tiene de aparente y de ficticio, encarnado en la turbamulta de sus representantes legítimos: gobernantes, jueces, sacerdotes, soldados, etc.

Para nosotros, la coacción moral es aquella otra labor silenciosa, digna de todo hombre de corazón; aquella labor en que las virtudes esenciales, los mejores y más humanos sentimientos y las más espléndidas luces de la inteligencia se ponen al servicio del bien. Idealistas sin teologismos ni metafísicas, ofrecemos todas nuestras facultades y fuerzas en holocausto al triunfo definitivo de la bondad, en cuyos términos de justicia y de humanidad un mundo de amor y de bienestar para todos, pero de amor real y efectivo es la ofrenda hecha al porvenir.

No nos contentamos derribando los fantasmas de la imaginación, los fantasmas de la calentura religiosa, los fantasmas de riquezas y de poder, queremos el aniquilamiento total de la obra en la práctica, para que una vez la bondad del hombre, reprimida o desviada durante siglos por el egoísmo desbastador del privilegio y de la astucia, brille y espléndida pueda realizar su ideal supremo de solidaridad y de amor. De solidaridad y de amor, porque en el espíritu humano la vida del individuo y de la especie son una misma, porque en la Naturaleza nada permanece aislado y seco en el desierto del egoísmo, sino que todo propende a invadirse, a entrelazarse, confundiéndose sin destruirse, en la expresión armónica de la belleza y del bien Universal.

Del sentimiento de solidaridad afirmado a través de los siglos por la especie humana, acrecentado continuamente a pesar de todas las trabas circunstanciales, es traducción última el sentimiento moral. Y a nombre de este sentimiento moral, recabamos nosotros para los hombres, para todos los hombres, la prerrogativa de libar la copa de la existencia libremente, en comunidad de afectos, de necesidades y de pensamientos. A nombre de ese sentimiento proclamamos la urgencia de destruir todas las barreras actuales, todos los castigos y todas las leyes impuestas al hombre, para que la coacción moral y el cambio recíproco y espontáneo de todas las influencias individuales y sociales, pueda realizar su obra inacabable de perfeccionamiento continuo.

[1] Aún cuando la herencia fisiológica sea una ley todavía discutida y la transmisión social de aptitudes y tendencias no constituya un principio bien comprobado, nosotros empleamos la palabra herencia en el sentido de que ciertas ideas y sentimientos, ciertas inclinaciones o disposiciones, permanecen invariables en el desenvolvimiento de los pueblos, porque de todos modos los hechos persisten a pesar de que la teoría que los explica no se halle sólidamente establecida.

[2] «Parece, según la historia, que los períodos más propios para la aparición de los verdaderos caracteres son los tiempos de una nueva civilización, como los primeros siglos de la República romana y los de la Edad Media, o las épocas de perturbación como el Renacimiento italiano y en general, todos los tiempos de revolución». Ribot.

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