Max Nettlau, “El buen acuerdo anarquista” (1928)

EL BUEN ACUERDO ANARQUISTA

Max Nettlau

Desde hace largo tiempo el anarquismo militante no ha producido un documento más razonable y bienvenido que La Síntesis anarquista de Sebastián Faure (20 de febrero de 1929; suplemento del “Trait d’Union”, boletín mensual, Paris, 55, rue Pixerecourt, XX). La copa del aislamiento y del fanatismo estaba llena y se ha desbordado por fin; después de la “Plataforma” y el congreso de octubre de 1927 ha venido la repulsión, la vuelta al buen sentido, la necesidad de ver vivir las diversas corrientes anarquistas, principalmente el anarco-sindicalismo, el comunismo libertario y el individualismo anarquista, en buena inteligencia, en buen acuerdo, “pasando la esponja sobre nuestros errores recíprocos y adquiriendo el compromiso de no remover esas tristezas”. Si esta iniciativa tomada por Sebastián Faure es seguida de ejecución sobre una gran escala y en todos los países, el anarquismo habrá adquirido en fin una de las condiciones esenciales a todo movimiento viviente y progresivo, saldría de la inmovilización doctrinaria de la restricción en limites, por no decir fronteras, estrechos, del acogotamiento brutalizante y fanatizante, en una palabra del sectarismo miope que limita toda su fuerza de atracción.

Porque a los ojos de todo investigador reflexivo ha debido presentarse el gran contraste la amplitud de las concepciones anarquistas generales y la estreches de las proposiciones prácticas, sobre todo de las concepciones económicas preconizadas al mismo tiempo—con une mano parece que se ofreciera la más gloriosa manifestación de la libertad sin limites, y con la otra mano se quita una gran parte de esa libertad a favor de alguna solución-panacea económica, única y superior a todas las demás posibilidades. Ese no varietur de las doctrinas económicas daba a la concepción tan amplia de la humanidad libre y solidaria, ese sello pequeño y restringido que enfurece a los buscadores de libertad y n atrae más que a un numero restringido de creyentes. Sin duda la elaboración de proposiciones económicas y de semejantes especializaciones es inevitable y necesaria para ejercita nuestra inteligencia, completar la imagen de la vida porvenir que cada cual se crea en espíritu, pero se habría debido decir siempre altamente que esas no son más que hipótesis, posibilidades de la expresiones de nuestros deseos y predilecciones personales, algo que nosotros, disfrutando de libertad y de riqueza sociales, trataríamos de realizar, mientras que otros ensayarían otras realizaciones,—y que no son soluciones, necesidades, caminos únicos, fuera de lo cual no hay más que lo absurdo y lo reaccionario.

En un pasado ya lejano los primeros socialistas, casi todos como hijos de su época autoritaria, llenos de fe en la potencia de una autoridad bienhechora ellos mismos, y completamente privados de todo medio de acción practica y directa, han propuesto sus ideas de una sociedad libre, igualitaria y feliz, bajo forma de utopías, de sociedades imaginarias, en las cuales fuerzas autoritarias benevolentes e incorruptibles regularían la producción y la distribución y toda otra actividad de la vida social. Más adelante otros autores han hecho lo mismo en los sistemas socialistas que no fueron más que utopías teoréticas, sin cuadro romántico ficticio. El Code de la Nature de Morelly (1755) es uno de los primeros. Esta forma, tomada tal vez a los sistemas religiosos con sus cosmogonías, origen de todas los cosas, y sus escatologías, las cosas futuras y ultimas, era magnifica para atraer a los creyentes fervientes, pero repulsiva para los espíritus críticos que se veían siempre ante un conjunto del cual se les decía más o menos: hay que tomar o que dejar, pero no hay que tocar ahí.

Los primeros anarquistas tocaron, como hicieron, por ejemplo, Godwin y Max Stirner, Proudhon y Bakunin, demoliendo tanto el sistema estatista y capitalista como el socialismo erigido en sistema autoritario. Sin embargo, con mucha frecuencia, sea por las disposiciones personales (como quizás para Josiah Warren, que tenía el temperamento del inventor que trata de abrirse un camino y acaba por volverse egocéntrico), sea porque los adeptos les piden consejos prácticos o los adversarios les desafían a probar su caso mediante proposiciones detalladas, etcétera, sea porque ellos mismos están completamente penetrados de sus ideas y no salen de ese circulo—en tales condiciones también los anarquistas han elaborado sistemas demasiado completos, demasiado detallados para no volverse así demasiado estrechos, demasiado su propio producto personal, su utopia individual. Yo pienso que entre los anarquistas mas conocidos como autores y pensadores, al lado de Warren, sobre todo Proudhon y Kropotkin pertenecen a ese número. Uno y otro han hecho lo mejor de lo que había en su tiempo, en critica social y en concepciones generales de las tendencias que conducen a la anarquía—no tengo nado que hacer aquí con esa parte durable de su obra,—pero precisamente Proudhon y Kropotkin han elaborado también el detalle del mutualismo y del comunismo con talento y ardor, para hacer de ellos algo que es muy bello cuando se le considera como se contemplan los cuadros, como se goza ante una obra de arte o de ingenio, pero cuando se toma por camino definitivamente trazado, por programa inalterable—entonces se engaña uno: no es otra cosa que el porvenir entrevisto por los anteojos de dos hombres muy inteligentes y muy abnegados, pero eso no es ningún descubrimiento definitivo, ninguna guía, por decirlo así, del viajero anarquista hacia el bello país de la anarquía. Casi todos reconocen hoy que tal es la verdad respecto de las concepciones de Proudhon, hemos visto rodar una tras otra las previsiones de Marx sobre el provenir, y seriamos lógicos no atribuyendo una superioridad excepcional a las concepciones, en tanto que especializadas en una parte de sus escritos constructivos, de Kropotkin o de otro cualquiera.

Hay anarquistas que se han guardado bien de caer así en el detalle, como se podría decir. Bakunin se ha limitado estrictamente a mostrar lo que era preciso demoler y cuáles eran los primeros fundamentos de una sociedad nueva libre y de qué garantías debía estar rodeada en su comienzo contra la reacción y las desviaciones autoritarias; todo lo demás, según él, se refiere al porvenir y a los hombres futuros. No se encontrará Tampico en la obra de Eliseo Reclus una inclinación a levantar ese gran velo que cubre el provenir; entrevé las bellezas de una sociedad tan perfecta como posible, de la identidad de la libertad y la solidaridad en la fraternidad universal, el amor, pero se guarda bien de precisar el detalle, aun teniendo, con buen derecho, predilecciones, tolerancias y aversiones personales. Me parece probable que si Kropotkin hubiera podido decir más ampliamente sus últimos pensamientos—su prefacio a la Palabras de un Rebelde rusas de diciembre de 1919 me lo hace presumir—habría tratado de coordinar sus ideas personales con otras ideas que él veía abrirse camino también. Y creo que Malatesta haría lo mismo si pudiese hablarnos.

He mostrada en otros artículos y escritos cómo ya en las concepciones sociales de James Guillaume (1874-76) el detalle económico (colectivismo, comunismo) dependía de la que seria la situación del grupo en la hora dad (de si hubiese abundancia o no, etcétera). Lo mismo en España, hace cuarenta años, Tarrida del Mármol, Mella y otros han propuesto el anarquismo sin epíteto económico, admitiendo a la vez los arreglos comunistas y los colectivistas. Igualmente Voltairine de Cleyre, en 1901, que ponía al mismo nivel los cuatro matices de anarquismo que establece, y explico su diferenciación por causas locales y otras, y no por errores, extravíos, descubrimientos, progresos victoriosos de la nuevo sobre lo viejo, como se ha hecho tan a menudo y se hace todavía. Yo mismo he sido en otro tiempo convencido de la superioridad absoluta del comunismo anarquista y de la falta de valor y de las cualidades de superado y de anticuado de los matices colectivista e individualista. Pero desde 1897 aproximadamente vi las cosas de otra manera, reconozco a cada matiz su derecho a la existencia, no pretendo prever el porvenir, no temo la diversidad, sino que la quiero, comprendo que no se subordinará nunca la humanidad a algún sistema único, aunque fuese el mejor, y me complace ver a los hombres por el mayor numero posible de caminos y de métodos encaminarse hacia una vida de espíritu libre y buen sentido social, de que seria verdaderamente presuntuoso querer canalizar la expansión y conducir el océano personal, individualista, colectivista o comunista. Sin embargo, se sabe por la carta de Kropotkin a mi en marzo de 1902, publicada en esta revista en 1926, que entonces me defensa de la ideas semejantes fue vana, como fue lo que escribí al respecto entonces y hasta 1914 en Freedom, Mother Earth y Temps Nouveaux. En 1929 se reimprimió en New York en ingles un articulo de ese genero mío, tomado de Freedom de febrero de 1914, y ese articulo fue luego traducido y discutido por anarquistas italianos en sus periódicos, un 1926, esta vez no ya con la intransigencia negativa absoluta o la indiferencia que encontró en los años hasta 1914 casi en todas partes.

Hay, pues, en fin, un poco de progreso en la apreciación de esta idea de la tolerancia mutua y de la buena inteligencia entre todos los anarquistas, cualesquiera que sean las hipótesis económicas que a cada uno le parecen más probables o le son más simpáticas y que cada cual realizará en una sociedad libre, lo que estará en su derecho incontestable.

Por eso deseo buena suerte a Sebastián Faure que levanta su voz, en fin, a favor de esta misma idea de la cual dice: “Yo no he descubierto nada y no propongo nada de nuevo”, mencionando al respecto precedentes en la organización Nabat de Ukrania y en la Unione Anarchica Italiana. Habria podido buscar esos precedentes más atrás, como acabo de hacerlo yo, y habría podido insistir sobre las grandísimas resistencias que esa idea encontró siempre—¡ojalá esas resistencias queden ahorradas a su iniciativa de 1928!

Si puedo aventurar una critica, el nombre de síntesis anarquista no me parece bien elegido. Si los tres matices del anarquismo de que Faure habla no son elementos estrictamente aislados que se repudian uno a otro, como productos hostiles de la especie del agua y del fuego, por ejemplo, el nombre seria excelente. Serán, pues, ante todo elementos tan autónomos como hasta aquí, pero que no se combaten más y viven en “buena inteligencia, incluso concertándose en vista de una propaganda y de una acción comunes”—allí donde les conviene. Muy bien, pero de ahí a una síntesis, a una “combinación de varios elementos” hay gran trecho. Tal combinación podrá resultar de la verdadera experiencia en una vida social libre, y aun entonces no será un resultado permanente, no será más que una grada de la escala de donde subirá luego a una grada más elevada. No se comienza, pues, por un síntesis; es un esfuerzo preconcebido, premeditado, ¿y quién impondrá ese esfuerzo? ¿Alguna inteligencia superior al margen? Nosotros no queremos jefes inspiradores. ¿O los componentes del grupo? Entonces la síntesis variará de grupo de grupo y en los grupos según la entrada o la salida de miembros. Se estaría ante una especie de representación proporcional, mecanismo que para las idas no vale nada: una idea no cambia de buena en mala, o al revés, según la cifra de sus adherentes. Así yo no veo qué se podría “poner junto”, sin-tetizar, com-poner ahora, sino cosas del todo exteriores y formales.

Seria mejor decir buen acuerdo anarquista, convivencia anarquista, respeto mutuo anarquista, lo que garantiza las autonomías y deja a un lado las síntesis prematuras que pueden ser tan molestas como los aislamientos. La verdadera síntesis llegará o no llegará, es decir que, cuando se sea verdaderamente libre y se esté en posesión de las riquezas sociales, no habrá más que la vida libre con sus combinaciones y constelaciones incalculables e innumerables que no se tomará uno ya el trabajo de llamar síntesis; no habrá más que una fase cualquiera de nuestras actividades e inter-relaciones continuas, del movimiento permanente del cual formamos algunos granos de polvo.

* * *

¿Será posible ver pronto esta idea de la buena amistad entre los anarquistas de todos los matices generalmente aceptada? Ella implica, come Faure insiste muy justamente, el paso de la esponja sobre el pasado, la cesación de las guerras, polémicas y recriminaciones mutuas. Allí apela a las disposiciones sociales, a las cualidades personales, al valor moral que se posee o que no se posee.

Es imposible conciliar cualidades antagónicas, pero por eso no hay ninguna necesidad de devorarse o de estrangularse unos a otros. El mundo no está de tal modo poblado de anarquistas que cada cual no pueda ir por donde quiera y volver las espaldas a un ambiente que no le agrada, y no hay necesidad de entablar una lucha por eso, sobre todo cuando se tiene leal—y sobre todo es lastimoso hacer eso—pero que no se acaba nunca con un adversario desleal que renueva siempre la querella y no quiere la paz.

¿No estamos demasiado, aunque sea inconscientemente, bajo la influencia de procedimientos autoritarios que vemos a nuestro alrededor toda la vida?

Así en organización todo el mundo desciende de las organizaciones democráticas autoritarias que el siglo XVIII ha creado, se tiene aun el ejemplo de las organizaciones secretas, el de las organizaciones obreras de defensa práctica e inmediata (trade unions) y el de las corporaciones antiguas de visiones más estrechas, y el de los gobiernos y administraciones de todos los días. De todo eso se deriva una rutina y a menudo una mentalidad más o menos autoritaria, y lo que la anarquía ha tratado de crear en su propio espíritu, el grupo y la federación, o bien el grupo autónomo sufre sin embargo por las infiltraciones autoritarias que sus miembros, educados, come lo estamos todos, en el ambiente autoritario, aportan a él sin saberlo y sin quererlo. Entonces o bien nuestras organizaciones adquieren un sello autoritario, o salvándose de ese peligro, se cae en una indiferencia, en una negligencia, en una falta de puntualidad, etc. Que disminuye mucho su eficacia, o se erige en principio un antiorganizacionismo, lo que es fácil de decir en principio, pero que carece de contenido real, activo, creador, como toda negación pura.

Y el espectáculo de las guerras, de las violencias, del militarismo, ese verdugo colectivo permanente de los pueblos, de las querellas y litigios envenenados por los tribunales, todo ese salvajismo que fomenta la crueldad y la intratabilidad, todo eso aceptado como la cosa más natural por el patriotismo y la mentalidad del Señor-Todo-el-Mundo—¿no hay en todo eso un estimulante perpetuo para nuestras guerras intestinas, para nuestras polémicas envenenadas y incurables, para nuestros odios y querellas que, ahora, llenan y manchan los periódicos, pero que, como se ve en Rusia desde hace diez años, los de los socialistas que tienen el poder material se siguen e intensifican por la muerte, la prisión dura y la deportación de sus adversarios en ideas, suprimiendo al mismo tiempo toda expresión de un soplo de oposición y de disidencia?

Y como los hombres están recluidos en Estados, separados por lenguas y nacionalidades, organismos de inter-hostilidad permanente que no buscan más que la oportunidad de erigir su superioridad uno sobre otro, si no de destruir y englobar enteramente a los más débiles, y como raramente alguna cuestión común a todos puede ser resuelta equitativamente, salvo al fin de las transacciones meas complicadas (pensad en el “desarme” discutido en Ginebra desde hae tantos añas, en la libertad de comercio cada vez más reducida, etc.) ¿se cree que eso no tiene un efecto deletéreo sobre la mentalidad de los hombres avanzados también?

La diplomacia de los Estados, lenta y pesada, malvada y dilatoria, ineficaz en suma para hacer otra cosa que llenar de intrigas y de banalidades los intervalos entre las guerra, tiene su contraparte en la diplomacia obrera y socialista, sindicalista y anarquista. También aquí la organización es un organismo que posee las cualidades de un Estado, que ante todo mantiene su potencia, sus intereses, su prestigio. Los Estados no pueden y no quieren llegar a ninguna solución relativamente equitativa y razonable sobre el desarme, las obstrucciones aduaneras y sobre cualquier otra cuestión importante, como no pueden ni quieren llegar a un poco de verdadera solidaridad, de internacionalismo no nominal y de frase, sino practico y de hecho, las organizaciones de los movimientos que acabo de nombrar. He dicho ya en otra parte que desde el congreso de Basilea de la Internacional en 1869, hace casi sesenta años, nunca han deliberado juntos sobre un terreno igual, entre cantidades de delegados espontáneamente constituidos, en una atmosfera mutuamente amistosa. (Es inútil recordar aquí algunas raras ocasiones posteriores que yo podría fácilmente enumerar: examinándolas de cerca se vería que las condiciones de igualdad fraternal y de representación amplia y espontánea de 1869 no han existido en los congresos o reuniones posteriores que, por lo demás, han cesado enteramente desde hace ya mucho tiempo). Desde 1870 la situación política en Europa fue la de hostilidad permanente que se manifestaba en guerras y preparaciones de guerra—fue lo mismo desde 1871 (conferencia de Londres), 1872 (congreso de La Haya), en la Internacional, escidida desde entonces, y ni los Estados ni los obreros socialistas después. A la situación particular creada desde 1917-19 por la revolución rusa y los tratados de “paz” en Europa, corresponde el seccionamiento de los obreros sindicados en las tres Internacionales, la de los países de la Entente en primer lugar, la de Rusia y de sus vanguardias comunistas por otra parte y la que corresponde más o menos al sentimiento de los países neutrales. Y parece que esas escisiones y grupos de los Estados y de las organizaciones obreras tienen verdaderamente un denominador común que es la mentalidad general presente en cada país, de la cual los partidos avanzados, incluidos los anarquistas, no saben emanciparse. Esto es quizás inevitable, puesto que una atmosfera asfixiante ataca a todos; en fin, si es así, es preciso darse cuenta de ello bien pronto y abrir las ventanas de par en par o, de lo contrario, sucumbiremos todos.

En fin, si se es de esta lentitud y de esta falta de buena voluntad desesperantes para entenderse relativamente, para llegar a un modus vivendi un poco más social y solidario que perro y gato, agua y fuego, ¿cuál será entonces la situación en tiempo de una revolución social? Todo el mundo con el cuchillo fuera, como hoy las arengas y las plumas son infatigables en el estredesgarramiento. ¿Y cómo organizar con tales hábitos inveterados una producción y una distribución solidarista, sea mutualista, colectivista o comunista? Localmente se estará bajo el imperio de los odios y aversiones acumuladas de los unos contra los otros, y en los territorios e internacionalmente se tendrán los hábitos del prestigio local, de las compensaciones, de las transacciones dilatorias, y si se tratase de transportar producios locales a una distancia alejada donde se les necesita, eso se podrá hacer aquí y allí rápidamente, con ímpetu, sin calculo, será ciertamente en la mayor parte de los casos objeto de negociaciones, compensaciones exigidas, tentativas de prevalerse de alguna superioridad local, en una palabra, no marcharía más pronto que los trabajos de la Liga de las Naciones de Ginebra y no habría que asombrase si, a consecuencia de las postergaciones, de las dilaciones la impaciencia se hace sentir y si algunos creen necesarias decisiones violentas, el régimen personal, la dictadura.

Para evitar eso es preciso el aprendizaje de la libertad y de la solidaridad y convivencia y tolerancia, y ese espíritu no caerá en nosotros en forma de paloma como el Espíritu Santo, sino que hay que formarlo por la practica de todos los días en el intervalo, grande o pequeño, que nos separa de las crisis sociales nuevas. Todos hemos fracasado en las grandes ocasiones de acción internacional presentadas por la revolución rusa y el fin de la guerra, en 1917-19, hemos fracasado en las ocasiones que se presentaron después, desde Italia en 1920 a China en 1927. Tratemos, pues, de obrar mejor por fin y de no presentar al capitalismo, desunido individualmente, pero, sin embargo, más unido que nunca en la defensa violenta de sus acaparamientos y privilegios, el espectáculo de desmenuzamiento y de entredesgarramiento individual, al cual no corresponde una voluntad revolucionaria colectiva desgraciadamente: si hay alguna cohesión en la defensa obrera, no hay ninguna en el ataque obrera y no la habrá después de una revolución social, en le tren que van las cosas y según lo que nos muestra el ejemplo de Rusia desde 1917…

Sin exagerar, sufrimos, pues, todos mucho la influencia de la atmosfera autoritaria que respiramos por cada soplo de aliento. Hay, sin embargo, ya en el mundo presente algunos ambientes en que le aire está un poco menos viciado. Así la ciencia y el arte han pasado ya a través de esos periodos tenebrosos y se han creado una vida libre. Lo mismo ocurre en la ciudad, de la aldea a la capital; se ha desarrollado en ella una convivencia local que permite la residencia sin interferencia de hombres de los oficios, de las nacionalidades, de las religiones, de las opiniones más diversidad, y este ejemplo, con todas sus imperfecciones que no desconozco, es más edificante que el ejemplo de las escisiones cada vez más envenenadas que ofrecen los movimientos avanzados. La convivencia es una forma social superior al aislamiento, puesto que el ambiente social agrega fuerzas al individuo que, aislado, o bien se empobrece y se atrofia o bien acapara las fuerzas de otro sin reciprocidad, se convierte o permanece un ser antisocial, que engorda a expensas de una colectividad a quien explota.

¿Cómo podremos reproducir en una sociedad futura libre, al menos la comodidad, la seguridad, los conforts que han sido creados por la convivencia apacible en las ciudades—en oposición a la vida antisocial de los jefes feudales con sus siervos sometidos, banditos y nómadas, que vivían a expensas de la comunidad y al margen de ella,—si estamos virtualmente en el estado de esos jefes feudales, bandidos y nómadas fuera de las ciudades que se oprimían, se robaban y se mataban unos a otros?

No; será preciso desembarazarnos de ese espíritu de intolerancia mutua, que nos llega ante todo de la religión que, como la patria, como el posesor y el privilegiado, no conoce más que a ella misma como fin único y que es hostil a todo lo que está fuera de ella. Si el católico detesta al protestante o al libre-pensador, y si el comunista detesta al individualista y viceversa, si la Internacional II detesta a la Internacional III, etc., es siempre exactamente el mismo espíritu; es el fanatismo ciego que ha conducido en otro tiempo a los autos de fe, como conduce ahora a la prisión o al muro en Rusia y como inspira las polémicas de la mayor parte de nuestros periódicos.

Por tanto, si la iniciativa de Sebastián Faure de crear un modus vivendi entre anarco-sindicalistas, comunistas libertarios anarquistas individualistas en Francia, triunfa, seria excelente, pero no seria más que el primero de los pasos de la superación que nos hace falta. Porque no estamos solo en el mundo, y si en otro tiempo, hace mucho, se ha podido esperar que, en algunos países al menos, las ideas anarquistas serian aceptadas por la gran mayoría y por todos los hombres activos y alertas del proletariado, seria preciso estar ciegos para no ver que tales situaciones no existen ya hoy o bien no existen más que de un modo por completo local. Entonces, además, se trataba de un número restringido de países; ahora esas cuestiones se agitan en los cinco continentes y sabemos bien que una inmensa mayoría del proletariado se contenta con un socialismo y un tradeunionismo muy anodinos, y que muchos elementos activos y militantes, están en todas partes fascinados por los oropeles de la dictadura. En esta situación hay, pues, el menos, res grandes tendencias—la libertaria, reformista y dictatorial—que están siempre a la obra para extenderse, que cada cual estará en su lugar el día de las grandes crisis sociales, que cada cual hará todo lo posible por dominar a la otra y ponerla contra el muro si puede (como en Rusia): ¿estaríamos así verdaderamente ante una fatalidad inevitable, contra la cual no hay absolutamente nada que hacer?

Si apresuramos el advenimiento de la revolución, las otras dos estarán allí para tomar el poder y caeríamos del estado de derecho relativo a vivir que nos garantiza incluso el sistema presente, en el estado, sea de lucha a muerte contra los socialistas, sea de derrota y de represión absoluta como en Rusia después de 1918. Es verdaderamente curioso que los países capitalistas de nuestros días son el único lugar en que podemos hacer una propaganda oratoria y literaria relativa no absolutamente obstaculizada, mientras que en el país socialista, Rusia, se ha vuelto tan imposible como en el país medioeval, la Italia del fascismo. ¿Hemos de aceptar todo eso con fatalismo y resignación o más bien debemos luchar contra ello?

Un anarquismo unido (no unificación, sino un franco conjunto de todos sus matices), lo mismo que un sindicalismo solidario, que deja juego libre a las diversas etiquetas de marcas rivalizantes, lo mismo que los movimientos progresivos voluntarios de toda especie (cooperación, libre pensamiento, educación libre, mujeres, paz, etc.), una tal colectividad de voluntades humanitarias y, en grados diversos, antiautoritarias, libertarias y sociales deberían tratar a su vez con los grandes bloques reformistas y dictatoriales, y llegar a hacer reconocer su derecho a la existencia, al respeto y, si por crisis de revolución el poder y el monopolio capitalista caen, su derecho a partes del patrimonio social común de todos, de la tierra, de las riquezas sociales y del libre ejercicio de su género de vida preferida, en proporción a sus dimensiones. Eso quiede decir que en estas condiciones podrá haber convivencia entre todas esas tendencias, estado de cosas que no es todavía la perfección (que no puede existir nunca al principio de una evolución nueva), pero que me parece infinitamente superior a lo que ha ocurrido en Rusia estos diez años y que se repetirá en todas partes si no se encara por fin una acción del buen sentido contra su advenimiento.

O se hace eso o se perderá aun lo que se tiene, los países caerán en el fascismo o en el bolchevismo y seremos puestos todos en la posición creada a los que están forzados a vegetar en Rusia y en Italia. Comencemos por nosotros mismos y sepultemos el tomahawk, sacrifiquemos el sencillismo personal al gran fin de una anarquía de buen acuerdo que asociara a todas las buenas voluntades vecinas y que acupará una posición distinta entonces tanto en el mundo presente como en los días de las grandes crisis y en el gran mañana. Desgarrada como está, ese encuentra próxima a convertirse en una cantidad descuidable, a perder aun lo poco que le queda. No síntesis, sino buen acuerdo mutuo y un buen sentimiento de las proporciones que no se detiene en las pequeñas cuestiones mezquinas de detalle y de personalidades, sino que marcha recta hacia el gran objetivo, cada cual por el camino y con el ritmo que mejor a un lado todas las excrecencias y de ponernos seriamente en marcha, cada cual como mejor pueda, sin rivalidades ni criticas incesantes.

28 de marzo de 1928.


[Suplemento Quincenal de La Protesta (Buenos Aires) 7 no. 284 (May 14, 1828): 278-282.]

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