Pierre Quiroule, “Sobre la Ruta de la Anarquía” (1912)

  • Sobre la ruta de la anarquía, Buenos Aires, Fueyo, 1912
  • Pierre Quiroule, “Sobre la Ruta de la Anarquía,” Regeneración no. 99 (July 20, 1912): 3; no. 100 (July 27, 1912): 3; no. 101 (August 3, 1912): 3; no. 102 (August 10, 1912): 3; no. 103 (August 17, 1912): 3; no. 104 (August 24, 1912): 3; no. 113 (October 26, 1912): 3; no. 121 (December 21, 1912): 3, 4; no. 129 (February 22, 1913): 3; no. 130 (March 1, 1912): 3; no. 130 (March 13, 1912): 3.

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Sobre la Ruta de la Anarquía

(NOVELA LIBERTARIA)

por

PIERRE QUIROULE

* * *

I.

LA VÍSPERA DE LOS ACONTECIMIENTOS.

La ambiciosa política de supremacía comercial, naval y militar seguida por las potencias europeas en su empeñoso afán de eclipsarse las unas á las otros acababa de dar los frutos que fatalmente debía producir.

La soberbia y orgullosa Inglaterra, celosa de la rápida extraordinaria expansión comercial de su rival la poderosa Alemania, buscaba la ocasión favorable que permitiera aniquilar de un solo golpe el inquietante desarrollo industrial germánico, á fin de quedar ella sola dueña del mercado mundial.

En las últimos años la diplomacia británica había logrado aislar de une manera casi completa á esta ultima potencia.

Francia, España y Rusia, según el plan trabado, por los hombres de Estado ingleses, entraron sucesivamente á formar parte de una formidable alianza ofensiva y defensiva con el imperio británico con el pretexto declarado de fortalecer las paz internacional, pero con la mal disimulada intención de fraguar la ruina de Alemania.

En cuanto á Italia, los propósitos de la astuta diplomacia majeza de obtener su neutralización en caso de guerra contra su aliada, habían tenido pleno éxito.

Alemania quedaba pues sola con Austria frente á la invulnerable coalición de todas las demás potencias.

Por su parte la prensa chauvinista europea, intervenía activamente en los asuntos internacionales sosteniendo á este respecto hirvientes polémicas, hostilizándose rabiosamente por los motivos más fútiles, tergiversando los hechos ó las palabras de los políticos directores de los destinos de las naciones, creando tórnenles de odio entre los pueblos, y preparando el terreno para que estos, dejándose, arrastrar al fin por aquella venenosa campaña de insultos y amenazas, aceptasen sin murmurar las más terribles calamidades que ella pudiera suscitar.

Así las cosas, mi hecho inesperado vino á romper bruscamente la famosa armonía del concierto europeo, introduciendo en el la nota fatal que debía hacerlo degenerar en la mas horrenda e infernal tragedia.

II.

LA CATÁSTROFE MARÍTIMA.

Sucedió que cierto día, ó mejor durante cierta noche muy obscura, un gran transatlántico alemán de la línea Hamburgo–Nueva York fue abordado por un buque de guerra de una división naval inglesa que evolucionaba con luces apagadas en el Canal de la Mancha según un plan de operaciones secretas relativas a la defensa de las costas británicas amenazadas por una supuesta flota enemiga.

El choque fue tremendo. El transatlántico, cortado literalmente en dos por el pesado acorazado, se hundió en pocos minutos, no permitiendo á su desgraciada tripulación intentar nada para su salvación, y la de los numerosos pasajeros embarcados con ella.

Aunque los buques de guerra iluminaron rápidamente la superficie del mar con sus poderosos reflectores eléctricos, y enviaron sobre el lugar del siniestro, todos los botes salvavidas de que disponían, sólo se pudo recoger en ellos ó tres cuantos pasajeros y a dos b tres hombres de la tripulación. El capitán, los oficiales, la marinería y cerca de ochocientos pasajeros perecieron en el espantoso desastre.

Cuando la escuadra de evoluciones volvió a su fondeadero y se divulgo por el mundo la tremenda noticia, un grito unánime de indignación salio de todos los pechos alemanes. Nadie quiso ver en este lamentable suceso un hecho puramente casual é independiente de la voluntad de sus autores.

Los diarios berlinenses, con el propósito de sobre excitar la opinión publica del país contra los ingleses denunciaron cu términos violentos la incalificable conducta del Almirantazgo británico que ordenaba a numerosos buques de guerra efectuar de noche y sin luces maniobras peligrosísimas para el trafico internacional, sin antes tener la precaución de señalar a las marinas mercantes de las otras naciones el sitio y la fecha en que se efectuarían las tales maniobras para resguardo de las vidas de los viajeros y de los intereses de las compañías de navegación.

El Almirantazgo, al deplorar lo sucedido, alego para, su descargo que las operaciones ordenadas se efectuaban cerca de las costas, en aguas inglesas, que por tal motivo no había creído necesario comunicarlas á nadie, y que si be produjo la catástrofe en cuestión, esta fué indudablemente debida, según el parte pasado por el jefe de la escuadra, a una fatal desviación de ruta sufrida por el transatlántico alemán, desviación que debía atribuirse, sea á la densa neblina que no permitía en aquellas momentos ver las luces de las costas, sea á la acción traidora de las corrientes submarinas que la habían arrastrado fuera de su camino sin que su oficialidad, hubiera podido sospecharlo siquiera.

Pero el directorio de la compañía a que pertenecía el buque hundido, no conformándose con tales explicaciones, manifestó su intención bien decidida de entablar acción contra el gobierno británico en demanda de daños y perjuicios, alegando que nadie podía tomar en serio el sistema de defensa del Almirantazgo; la reputación de marinos expertos y prudentes de que gozaban justamente todos los oficiales de, la flota de dicha compañía no permitía semejantes insinuaciones, las cuales negaba en absoluto.

Por su lado, el gobierno del kaiser, por intermedio de su embajador en Londres, paso una nota enérgica al gobierno ingles, en la cual exigía como satisfacción necesaria para calmar la irritación del pueblo alemán: 1°, la dimisión inmediata de los altos jefes del Almirantazgo, únicos responsables del desastre por las ordenes increíbles dadas á la escuadra de evoluciones que operaban en el Canal; 2°, una indemnización á la compañía damnificada equivalente al doble del valor del buque y de su cargamento 3°, otra crecida indemnización para las victimas sobre victimes sobrevivientes, y 4°, una fuerte suma destinada á socorrer las familias cuyos miembros perecieron en la catástrofe.

En este estado las cosas, llegaron á Berlín los marinos y pasajeros salvados Se les hizo una recepción triunfal. La población entera salió a su encuentro, prodigándoles mil muestras de simpatía acompañándoles luego en medio de gritos hostiles á los ingleses desde la estación hasta el alojamiento provisional preparado por las autoridades.

Los reporteros, apoderándose de los náufragos, publicaron inmediatamente en hojas especiales largas y emocionantes interviews encabezadas con títulos enormes y sensacionales.

Todas las declaraciones de los sobrevivientes coincidían en culpar a la escuadra inglesa, la que, como se había dicho, navegaba de noche, sin, luces encendidas, en el medio mismo del Canal de la Mancha, y los periodistas pedían en consecuencia que se hiciera responsable categóricamente al gobierno ingles, llegando algunos, hasta á afirmar, en un loca acometida de agudo chauvinismo, que la catástrofe había sido premeditada fríamente por el Almirantazgo para satisfacer su odio insensato y criminal contra la marina alemana.

Un hondo malestar, relacionado con este trágico acontecimiento, se hizo repentinamente sentir en todas partes. Se presentían graves complicaciones, peligros latentes difíciles de conjurar.

Los diarios franceses, italianos, españoles y rusos, se abstenían en general de emitir juicios imprudentes que hubieran podido empeorar la situación, ha bastante vidriosa, y se atenían puramente á la información sin comentarios de ninguna clase.

En cuanto á la opinión publica de estos países, elle se mantenía igualmente reservada, aunque nadie disimulara sus simpatías hacia las victimas habidas en la catástrofe.

Lo mismo sucedía en Inglaterra, cuya prensa, acobardada ante la responsabilidad moral que le tocaría en caso de complicaciones funestas, y dándose cuenta del efecto desastroso producido en Europa entera por tan infausto suceso, y deseosa de apaciguar los ánimos irritados, repetía que en realidad solo la fatalidad era la gran culpable del espantoso siniestro; pero, puesto que el mal estaba hecho, esperaban y pedían que el gobierno de Su Majestad repararía generosamente el daño involuntario causado por sus marinos

Se esperaba pues con una ansiedad indescriptible la contestación inglesa a la nota alemana, la que se dio a conocer inmediatamente.

Ella decía, en substancia, que si bien el gobierno británico, en su firme intención de arreglar amistosamente el deplorable asunto, admitía la reparación pecuniaria pedida aunque esta le parecía un tanto exagerada, le era imposible considerar de la misma manera la otra exigencia alemana, puesto que ella se relacionaba con la marcha del más importante de los servicios relativos a la defensa y seguridad nacionales de Inglaterra, exigencia cuya gravedad no había seguramente medido con exactitud el gobierno alemán al formularla, y que esperaba que dicho gobierno desistiría de su injusta pretensión en homenaje á la buena concordia de los dos pueblos, por cuanto esta humillante condición nunca seria suscripta por el pueblo ingles, cuya dignidad no transigiría jamás acerca de este punto.

El gobierno alemán contesto entonces que ya que Inglaterra rehusaba dar la principal satisfacción pedida y que las rutas marítimas no estaban ni libres ni seguras, haría acompañar en adelante su flota mercante. por buques de guerra que velarían por su seguridad.

Y en medio de ruidosas demostraciones populares y de las incitaciones guerreras de la prensa chauvinista, se efectuó la salida del territorio alemán del embajador ingles, á quien el gobierno del kaiser había indicado la conveniencia de hacerlo así.

Ante la afrenta hecha á su colega británico, los representantes de Francia, Rusia y España se retiraron también á su país respectivo, mientras los ministros alemanes acreditados en Londres, París y Madrid recibían la orden del emperador de volver en seguida á Berlín.

Rotas las relaciones diplomáticas de manera tan brutalmente anormal, nada ni nadie podía ya impedir la funesta conflagración de los odios internacionales, y la guerra, la horrible guerra quizás sólo era cuestión de pocas horas, de breves momentos, al cabo de los cuales cinco ó seis millones de hombres metódicamente preparados para la vergonzosa obra de muerte, se arrojarían furiosamente los unos contra los otros como fieras sanguinarias sedientas do matanza, convirtiendo en lugares de espantosa carnicería y de desolación los soberbios panoramas y paisajes espléndidos, gloria de la siempre admirable naturaleza bestialmente profanada por sus indignos hijos….

III

LA AGRESIÓN ALEMANA.

Mientras se iban activando prudentemente en las diversas naciones interesadas las operaciones do movilización de fuerzas, poniéndolas en riguroso pie de guerra y los arsenales trabajaban de día y de noche para poder, suministrar á las tropas, todas las provisiones mortíferas de que iban á necesitar para entrar en campaña, Alemania, tomando rápidamente la ofensiva con la idea de renovar por su cuenta el golpe audaz que tatito éxito valió á los japoneses en su contienda con los rusos, en Port-Arthur, había despachado sigilosamente de noche una flotilla de rápidos cruceros para intentar de sorpresa un ataque á la capital inglesa antes de la formal declaración de guerra, por si acaso el Almirantazgo británico no había adoptado todavía las medidas de precaución usuales contra posibles agresiones, cerrando el Támosis por medio de torpedos y minas submarinas.

La primera parte de la empresa se verificó tal como lo habían previsto sus iniciadores.

Llegando al desprovisto después de efectuar un gran rodeo por el mar del Norte para despistar á los buques de guerra ingleses por si hubieran estado sobre aviso, la flotilla alemana remontó el famoso río hasta cerca de la gran ciudad sin ser vista ni molestada por la escuadra del Canal, destruyendo y hundiendo á cuanta embarcación encontraba á su paso; y ya llegada á buena distancia empezó fríamente su bestial ó inexorable obra de destrucción y de muerte.

Después de media hora de furioso y continuo cañoneo la gran capital, arrasada, convertida en un montón de ruinas, ardía presa de incendios a colosales, mientras que la flotilla atacante, cumplida su terrible y espantosa misión, se retiraba con todo sigilo y rapidez esperando volver á su fondeadero con la misma insolente suerte que la había favorecido hasta ahora, cuando de pronto se encontró frente á frente con la escuadra inglesa llamada urgentemente por el telégrafo sin hilos y atraída por el ruido del bombardeo y el color rojizo del cielo iluminado por el fulgor do la inmensa hoguera que reducía á cenizas la mayor ciudad del mundo.

Instantáneamente, una avalancha de hierro vomitada por los poderosos y rápidos cañones de los acorazados británicos cayó sobre los cruceros alemanes, los cuales contestaron en seguida con los que tenían á su bordo.

Pero, encerrado en un círculo infranqueable, el almirante ciernan, juzgando la situación sin salida para el imposible toda resistencia á un adversario tan formidable y viéndose irremisiblemente perdido, comunicó rápidamente á los comandantes de los cruceros bajo su mando la orden trágica de las resoluciones supremas. ¡No había que pensar en rendirse!…….

Un instante después y simultáneamente seis terribles explosiones sacudían el ambiente, mientras surgían del mar seis enormes columnas de fuego y humo semejantes á gigantescas erupciones volcánicas que durante breves segundos incendiaron la agitada superficie del mar, que pareció súbitamente convulsionado por fantásticas olas de rojo metal en fusión, mientras repercutían siniestramente y se perdía á lo lejos el eco derruido ensordecedor de las horribles detonaciones….

Seis grandes buques de guerra modernos de un valor de 30 millones de francos cada uno, con una tripulación total de 3,500 hombres acababan de saltar y de hundirse para siempre en esta primera acción de guerra que iniciaba tan brusca y horrorosamente las hostilidades entre las dos, poderosas naciones rivales.

Poco después, sobre la superficie del mar, vuelto á su estado de tranquilidad silenciosa, destacándose confusamente sobre la línea del horizonte aclarado por las primeras claridades del alba naciente, sólo se velan las enormes siluetas de los acorazados ingleses deslizándose suavemente en marcha hacia el imponente resplandor que proyectaba la gran capital en cuyo socorro no habían podido llegar á tiempo.

IV

EN LA FRONTERA FRANCO-ALEMANA

Con la misma rapidez asombrosa con la cual atacó por mar á uno de sus enemigos, Alemania había desarrollado por tierra otro plan ofensivo contra Francia,, aliada de Inglaterra y odiada vecina.

Dos cuerpos de ejército de 300,000 hombres cada uno hicieron imprevista irrupción en territorio francés á lo largo de su frontera Este, sorprendiendo tan completamente á los comandantes de las fuerzas allí estacionadas, que el general en jefe francés, un perfecto monárquico y ferviente defensor de la fe y ele la Iglesia, no supo ó no guiso organizar la resistencia contra los invasores, é iba, ciertamente á desempeñarse de la misma gloriosa manera que tanta celebridad al célebre mariscal Bazaine la ultima guerra franco-alemana, cuando un oficial de su Estado Mayor, en el paroxismo del furor y de la vergüenza patriótica, empuñando nerviosamente su revólver apuntó rápidamente en dirección á su cobarde superior, destrozándole el cráneo de un balazo en el preciso momento en que iba á dar la orden de alzar la bandera blanca.

Este trágico suceso fué la señal de una confusión indescriptible en la. que los diferentes Comandantes, negándose enérgicamente á reconocer y acatar las órdenes de aquellos jefes del Estado Mayor que, queriendo imponerse, pretendían asumir el mando supremo de las fuerzas en reemplazo del general ajusticiado, y obrando por impulso propio é irresistible se lanzaron locamente sobre los alemanes, con ímpetus de toros acorralados que todo lo derriban y destruyen en su ciego furor.

Aquello fué una carnicería espantosa. Mucho más numerosos que los franceses, los alemanes, apoyados por gruesos contingentes austríacos que acababan da llegar al campo de batalla y ocupando excelentes posiciones estratégicas, sostuvieron de pie firme esta carga desesperada y terrible.

Todo el día duró la lucha atroz y sin cuartel, en la que 125,000 franceses y 85,000 aliados quedaron tendidos sobre el terreno, segados por la metralla de las mortíferas baterías enemigas.

Al fin, totalmente deshechos, los franceses tuvieron que dejar libre camino á los invasores victoriosos, dispersándose precipitadamente para no caer prisioneros de sus vencedores.

V

EL ESTADO DE LA OPINIÓN

La noticia estupenda de la destrucción de Londres, la no menos sensacional del hundimiento de la flotilla agresora y la increíble sorpresa de la frontera francesa por los ejércitos austriaco-alemanes cayendo una tras otra en medio de la enorme expectativa y ansiedad reinantes, provocaron un grito inmenso ele indignación en todos los países contra aquellos actos de sangriento salvajismo, porque, preciso es consignarlo y decirlo bien alto en honor de la verdad: aunque las miserables y criminales polémicas periodistas internacionales habían llegado á un punto extremo de animosidad rencorosa, ellas no habían logrado todavía contagiar á las masas populares ni destruir el hermoso espíritu de concordia y de confraternidad quo reinaba en el sonó del proletariado europeo.

Pasado el primer momento do violento estupor causado cu Europa por tan execrables crímenes do lesa humanidad, grandes aglomeraciones de pueblo invadieron las calles, los paseos públicos y las plazas, comentando acaloradamente la angustiosa situación creada de repente en todo el viejo continente.

Y, naturalmente, fué en Francia donde se manifestaron con más fuerza y energía las protestas indignadas contra la funesta é insensata declaración de guerra.

Acada paso se tropezaba con compactos grupos de gentes qué se formaban alrededor de fogosos oradores que trataban de arrastrar al pueblo á la insurrección.

En medio de los gritos y aplausos de los oyentes se hacían entusiastas declaraciones de amistad hacia los trabajadores alemanes, austríacos, italianos, rusos, españolea é ingleses: se incitaba á los soldados franceses y á los do las demás naciones á sublevarse contra lo gobiernos asesinos y á unirse á sus hermanos los proletarios para derrocar y barrer á todos los tiranos, explotadores y mistificadores de pueblos, reyes, emperadores y presidentes, y cooperar a la gran obra de regeneración social.

Vociferaciones de indignación, gritos enérgicos do “¡Abajo la gyerra!”; de “¡Mueran los asesinos!” mezclados de entusiastas vivas á la Revolución Social acogían estas vibrantes exhortaciones á la lucha y la revuelta, y el público, disolviéndose do repente á las últimas palabras de un orador, iba á reunirse un poco más lejos á otros grupos donde nuevos tribunos anatematizaban los sangrientos acontecimientos internacionales, sin que los guardianes del orden, impresionados ellos también por el universal sentimiento de inquietud que acercaba inconscientemente en aquellas críticos instantes á todos los individuos, intentasen cualquier esfuerzo para disolver ó impedir los grupos, escuchando ellos también la prédica violenta de los oradores con un interés no disimulado, pareciendo simpatizar más de lo que era dado esperar de estos servidores de todas las manías, por las ideas subversivas expuestas por los agitadores.

Así pasó el día en medio de la excitación siempre creciente del público que llenaba cafés y bulevares arrebatándose las ediciones extraordinarias de los diarios que con gritos ensordecedores pregonaban los vendedores, del ruido impresionante de la pesada artillería que pasaba á galope por las anchas avenidas, y del incesante desfile de la tropa de línea que llegaba por todos lados cruzando apresuradamente la ciudad entre espesas hileras de curiosos que acogían á los soldados con las exclamaciones más diversas, ruidosos aplausos y vivas á la patria, unidos á vibrantes gritos de protesta contra su envío á la frontera y no menos violentas incitaciones á la deserción y rebelión, mientras que gruesas columnas de pueblo se iban formando tras de los regimientos, siguiéndolos por. las calles cantando la Internacional y lanzando atronadores vivas á la fraternidad universal y mueras a los tiranos.

VI

MANIFIESTOS, Y PROCLAMAS

Al día siguiente la capital francesa amaneció con sus paredes totalmente empapeladas por una profusión de carteles de todos tamaños y colores. Los había socialistas, sindicalistas y anarquistas, y también monarquistas y del gobierno.

Los tres primeros, de contenido algo, parecido, hacían un enérgico llamamiento á todos los explotados y oprimidos, á todos los proletarios de Francia, para que exteriorizaran sus sentimientos de solidaridad universal frente á la monstruosa, política de odios sustentada por los gobiernos, negándose á tomar las armas contra pueblos hermanos, y que opusieran á la criminal declaración de guerra la viril proclamación de su derecho á la vida, odiosamente pisoteado por los capitalistas y los mandones con ó sin corona.

“La bandera de la reivindicaciones populares está levantada, agregaban. ¡Trabajadores! el momento tan ardientemente anhelado por todos los hombres dé corazón, por todos los que tienen sed de justicia ha llegado…. La Revolución Social, que ha de concluir para siempre con esta sociedad egoísta, corrompida y criminal, se impone inmediatamente; por esto declaramos la guerra á la guerra; al capitalismo fomentador de discordias y creador de esclavitud; á todos los explotadores y opresores; á los reyes, á todos los tíranos, en fin, para arrebatarles lo que tan injustamente nos han despojado.

“A la lucha, pues, los oprimidos y explotados, los parias de éste inicuo estado de cosas; á la lucha para el triunfo de la justicia y de la libertad; á la lucha para nuestra emancipación total que sólo podremos alcanzar por medio de la acción revolucionaría!”

Las proclamas de los sindicalistas terminaban por un “¡Abajo la burguesía! ¡muera el capital!”; las de los socialistas por un “¡Viva le República Social!” y las de los anarquistas por mi “¡Viva la libertad! ¡Viva la Anarquía!”

Los papeles monárquicos fulminaban contra la obra desastrosa de los republicanos que, por su política imprudente, antipatriótica y traidora á los intereses -nacionales, habían creado á Francia una situación terrible y sin precedente. “La República, decían, completaba así dignamente su obra odiosa de persecución contra los servidores, de la Iglesia por una guerra exterior insensata á la cual el país no estaba preparado, guerra que nunca se hubiese producido sí Su Alteza Real, desterrada lejos dé su desgraciada patria, hubiera ocupado el trono de sus ilustres antepasados del cual había sido arbitrariamente desposeído por los enemigos de la Religión.”

Se anunciaba la inminente llegada del pretendiente que venía para ponerse á la cabeza de sus amados y fíeles sujetos, á fin de restablecer en Francia el régimen de paz y de orden que todos los buenos franceses anhelaban ver prontamente reemplazar á la ignominiosa dominación republicana imperante.

Las proclamas del gobierno anunciaban al pueblo la declaración de guerra hecha por Alemania y sus aliadas contra Francia, la que había sido agredida á traición por el lado de su frontera Este y su territorio invadido por numerosas fuerzas enemigas á pesar de la heroica resistencia de las tropas francesas que, no sospechando tan brusco y cobarde ataque, se vieron obligadas á ceder ante el furioso empuje de los invasores, lo cuales se habían internado algo en el territorio, pero no podrían ir mucho más adelante, porque otros cuerpos del ejército francés habían salido inmediatamente á su encuentro, y si todos los franceses cooperaban con patriótica decisión á la salvación de la patria, tomando rápidamente las armas en defensa del suelo ultrajado por la presencia de los prusianos, como era deber imprescindible y sagrado de todos los buenos patriotas hacerlo, no pasaría mucho tiempo antes que los insolentes teutones recibiesen el justo castigo que merecían y fuesen vergonzosamente rechazados al otro lado del Rin.

El manifiesto agregaba que las fuerzas desbandadas en el primer choque habido se habían reorganizado, que un nuevo jefe supremo había caído al principiar la acción y que si bien era incontestable que se había sufrido un sensible revés en el comienzo mismo de la campaña esto no quería significar de ningún modo que la situación fuese desesperada, y que, bien al contrario, con la ayuda de Rusia y de Inglaterra, pronto Francia daría razón de Alemania y podría imponerle condiciones gratas al corazón de todos los franceses, entre las cuales la devolución de la Alsacia y de la Lorena sería la primera que se exigiría. La proclama terminaba con un “¡Viva la patria! ¡Viva la República! ¡Viva Francia!”

Un gentío enorme, en incesante movimiento^ recorría desde temprano las calles, yendo de uno á otro cartel, leyéndolos y comentándolos cu pequeños grupos que se iban formando espontáneamente tan pronto como se oía algún transeúnte hacer reflexiones en voz alta sobre los acontecimientos del día. Caras serias y preocupadas por la gravedad de la situación se veían por todos lados, pero al mismo tiempo se notaba una indecisión general muy explicable por lo imprevisto de lo que estaba pasando; se presentía que se avecinaban trascendentales sucesos; se ignoraba cuáles, pero no había duda para nadie que algo extraordinario estaba en gestación, y todos, presa de la más viva inquietud, hacían los más sombríos pronósticos sobre lo que sería el día de mañana, de prueba seguramente pura la población parisiense y para Francia entera.

VII

ESCENAS CALLEJERAS.

La primera consecuencia de la declaración de guerra fué la paralización casi general del trabajo.

Los obreros estaban demasiado preocupados para pensar en el taller y en la fábrica; así, estas fábricas y estos talleres tuvieron que cerrar sus puertas debido á la falta de su personal habitual.

Todo el mundo estaba en la calle, y desde las terrazas de los cafés establecidos sobre los bulevares, punto estratégico donde era más fácil seguir y pulsar el verdadero estado de ánimo de la población, se veía la multitud ondular como mar agitado, cu incesante vaivén de impaciente espera poniéndose más nerviosa á medida que transcurrían las horas sin que se diese á conocer noticia alguna sobre lo que ocurría, no acertando nadie á encontrar la causa del irritante mutismo guardado por el gobierno ante la universal expectativa despertada en las masas por estos hechos extraordinarios.

En el barrio de los bancos otras escenas no menos interesantes se desarrollaban en el mismo momento entre el público de depositantes que se apresuraban en ir á retirar las sumas de dinero que tenían confiadas á estos establecimientos, formando ‘frente’ á las puertas largas hileras de personas impacientes por la interminable espera que tenían que sufrir.

Al principio todo fué bien, sin embargo, efectuándose normalmente, aunque con calculada lentitud, el pago de los pequeños depósitos; pero aquellos que no pudieron conseguirlo el primer día se vieron chasqueados al segundo, pues grandes letreros pegados sobre las puertas cerradas anunciaban al público que “en vista de las especiales circunstancias por que pasaba el país, y hasta nuevo aviso, quedaba suspendida la devolución de los depósitos entregados á su custodia.”

Este contratiempo inesperado fué acogido por el público con vivas muestras de descontento y una formidable grifería, acompañada de violentos golpes asestados sobre puertas y ventanas cerradas, dio la nota de protesta contra la prudentísima decisión de los astutos banqueros, por otra parte completamente indiferentes á la lluvia de calificativos insultantes tales como: “ladrones, canallas, estafadores, etc.,” míe sobre ellos caían sin cesar, proferidos por millares de bocas furiosas, hasta que finalmente, cansedo de gritar, el público burlado concluyó por disolverse poco á poco, apretando los puños de rabia, y los ojos echando chispas de furor impotente.

VIII

PREVISIÓN POPULAR

Conjuntamente con esta corrida á los establecimientos bancarios se efectuaban otros asaltos no menos serios en los diversos barrios de la ciudad á casas de comercio muy diferente al de los precedentes, pero no menos útil por cierto, y si más indispensable que el otro.

Efectivamente, personas de todos las condiciones sociales sitiaban é invadían los almacenes y otros depósitos de comestibles en busca de provisiones de todas clases destinadas á hacer frente por anticipación á la negra incógnita del porvenir.

El recuerdo del último sitio de París por los prusianos estaba presente en todas las memorias y sus resultados desastrosos sobre la economía general de la gran ciudad eran recordados con temores y aprensiones por, la población, que tomaba, esta vez precipitadamente sus medidas paca; evitar en lo posible la repetición de aquellas escenas angustiosas, como si ya el enemigo temible hubiese estado en las mismas puertas de la ciudad….

IX

LOS PRIMEROS ACTOS DE LA REVOLUCIÓN

Por la tarde una noticia sensacional publicada en boletines especiales circuló rápidamente por todas partes llevando á su colmo el estupor y la ansiedad reinantes.

Decían que por la mañana debía celebrarse en el Eliseo una urgente reunión del concejo supremo de la Defensa Nacional, motivada, por el estado de guerra, pero que llegada la hora á la cual debían Haber concurrido el presidente de la República y sus ministros, así como varios altos jefes del ejército y de la armada, ninguno de los nombrados se había presentado á la cita.

Este hecho extraño sorprendió grandemente, como es natural, á los funcionarios de servicio en la casa de gobierno, los cuales, después de un momento de inútil espera, telefonearon á los domicilios de aquellos hombres de Estado.

Pero no se pudo establecer comunicación, porque las líneas no funcionaban.

Entonces el cuerpo de ciclistas del Elíseo fué enviado en averiguación para conocer la causa de tan singular acontecimiento.

Poco después dichos ciclistas volvían en vertiginosa y fantástica carrera, denotando la violenta agitación que los dominaba y la palidez de su semblante descompuesto por intensa emoción que algo de muy gravo acababa de pasar.

Efectivamente, ellos contaron que después de haber vencido grandes dificultades para poder llegar donde los llevaba su misión debido á las densas aglomeraciones de gentes que obstruían el libre tránsito de los caminos, experimentaron allí viva sorpresa al notar la presencia de compacta multitud estacionada frente á las casas del jefe del Estado y de sus ministros.

Entonces supieron que el presidente de la República había sido mortalmente herido de varios tiros de fusil en el momento en que, escoltado por su guardia, se dirigía en coche el Elíseo, acompañado del ministro de la Guerra y del presidente del Consejo.

Estos dos últimos, alcanzados igualmente por las balas, estaban moribundos y habían sido llevados á sus domicilios respectivos.

En cuanto á los demás ministros y generales y almirantes que debían tomar parte también en la deliberación anunciada, todos ellos habían sido agredidos de la misma manera que el presidente de la República al dirigirse á la casa de gobierno. Varios habían sucumbido y los demás estaban malamente heridos.

Estos atentadas habían sido llevados á cabo con toda felicidad, por pequemos grupos de diestros tiradores, los que desaparecieron en seguida aprovechando la confusión general originada por estas sangrientas ejecuciones.

Esto era lo que decían los boletines, y el público aterrado comentaba estos trágicos y misteriosos sucesos atribuyéndolos, quiénes á emisarios del pretendiente á la corona de Francia, quiénes á agentes ó espías alemanes, ó á mil causas más fantásticas ó inverosímiles unas que otras, cuando, de repente,, negras, y espesas columnas de humo de las cuales, salían por instantes rojizos e inquietantes resplandores, se elevaron simultáneamente sobre el vasto panorama de París.

Parecía que la soberbia ciudad, convertida súbitamente en colosal hoguera, ardía por los cuatro costados á la vez.

Entonces, un formidable grito dé espanto se escapo de todos los pechos oprimidos por la terrible visión: “!El fuego! ¡el fuego! ¡París arde!;” y, tras breve vacilación impelida por irreflexivo instinto, la multitud inició una rápida retirada que pronto se transformó en una especie de loco pánico, cuando bruscamente aparecieron, entre violentos remolinos de gentes acustadas, numerosos grupos de hombres armados que con fuertes vivas á la Revolución Social y á la Anarquía y de mueras enérgicos 4 Ja burguesía, hendían la multitud, con paso rápido y ademán resuelto, yendo con entusiasmo valeroso hacia donde la voz de la justicia les llamaba, i luchar y sacrificar la vida por el, triunfo de la causa de los oprimidos.

La Revolución Social, fantasma de dominadores ambiciosos y de poderosos insolentes, pero suprema esperanza de los desposeídos, acababa de surgir formidable y tal huracán impetuoso que todo lo arrasa á su paso iba á barrer y aniquilar para siempre este mundo de iniquidades bajo el cual agonizaban los parías víctimas de das más inhumanas y bárbaras imposiciones de una ínfima minoría de egoístas y criminales usurpadores.

X

EL COMPLOT ANARQUISTA.—LOS PRESOS LIBERTADOS

No bien se tuvo conocimiento en París de la declaración de guerra con Alemania, unos veinticinco ó treinta revolucionarios, anarquistas y sindicalistas de acción, celebraban una reunión secreta en la cual decidían lanzarse inmediatamente á la lucha contra la burguesía y sus instituciones, aprovechando las circunstancias especialmente favorables creadas por el actual, estado de cosas.

Después de corta discusión convinieron en. que la primera medida que se imponía para el éxito de los acontecimientos ulteriores era desorganizar el mando superior del país por la supresión del jefe del Estado y de sus inmediatos consejeros los ministros y altos, jefes del ejército, lo que equivaldría desde el principio á ser dueños de la’ situación.

Se decidió, pues, que los presentes se dividieran en pequeños grupos de cuatro ó cinco hombres armados de fusiles y revólveres, y que cada grupo esperaría cerca del domicilio de los que se debían atacar, á que éstos pasaran, debiendo obrar todos en el preciso momento en que el presidente y sus ministros se dirigieran á la reunión que debía verificarse en el Elíseo.

Las armas, con abundantes provisiones, estaban guardadas cu un local seguro, adonde cada uno iría á buscarlas al separarse. Pero como las calles estaban atestadas de pueblo y la vista de gente armada pudría ser un motivo de alarma para poder llevar á buen término la expedición concertada, se convino en que los hombres de los grupos simularían alistarse para ir á combatir á los prusianos y que harían en voz alta reflexiones apropiadas destinadas á ser oídas del público que se trataba de engañar.

Para evitar posibles represalias, lodos debían tratar de aprovechar la confusión del primer momento para alejarse en seguida rápidamente del sitio de los acontecimientos y reunirse otra vez cu un sitio dado, desde el cual, formando esta vez un solo grupo, se dirigían todos juntos á las diversas prisiones y cálceles do la ciudad para libertar á los presos detenidos.

La primera parte de este audaz plan revolucionario había sido ejecutada con toda suerte, como hemos visto. Entonces, sin pérdida de tiempo, los diversos grupos, volvieron á reunirse en uno solo según lo convenido, y con decisión magnífica, el valor centuplicado por el éxito ya conseguido, marcharon rápidamente á las cálceles más próximas.

Sorprendidas las pequeñas guardias de servicio por el inesperado y fogoso ataque de los revolucionarios, su resistencia duró poco. Maniatados los carecidos, los libertarios entraron con loco ímpetu en esos antros de crueldad y de tollinas, lanzando formidables gritos de triunfo.

Abiertas la célelas sus ocupadles se precipitaron afuera delirantes de alegría y echándose cu los brazos de sus salvadores, á los cuales besaban y prodigaban toda clase de demostraciones de gratitud. Sin embargo, los revolucionarios, comprendiendo que en aquel momento más que mima eran precisas las rápidas decisiones si no se quería exponerse á perder las ventajas ya conquistadas, pusieron brevemente al comente de la situación á los libertados, entre los cuales había gran número de obreros condenados por motivos de huelgas, actos de rebeldía contra el capital y la autoridad, ó simplemente por tener opiniones juzgadas peligrosas para la tranquilidad publica y el estado de cosas imperante.

Se les dijo que el gobierno acababa de un destruido por la supresión violenta de sus principales representantes, y que la Revolución Social minada, por este golpe maestro, y consecuente con sus principios de libertad, trata la liberación á todas las victimas, sin distinción, de un funesto estado social ya caduco.

Por eso las puertas de las caí celes se abrían y sus moradores se veían libres.

—“¡Compañeros! gritó entonces con voz viril un joven y entusiasta revolucionario; ¡compañeros! hemos venido aquí para sacaros de las garras de vuestros verdugos; ¡venid ahora á la Revolución Social que os ha libertado! ¡venid con nosotros a concluir con todas las tiranías!”

Estruendosos vivas á la Revolución Social y á la Anarquía acogieron estas enérgicas palabras, luciendo temblar los muros de aquellos obscuros y estrechos corredores, y en un instante libertados y libertadores, dominados por una misma intensa necesidad de destrucción y de venganza, se despaldillaron por todos los rincones del sombrío edificio, rompiendo y aniquilándolo todo, y haciendo luego un inmenso montón con todo lo que podía servir do activo combustible le prendieron luego, conviniendo la infame casa de torturas en una infernal hoguera, retirándose cu seguida el pequeño ejército revolucionado abandonando a su suelte los miserables, carceleros, que perecieron entre las llamas justicieras, teniendo así su justo incitado.

Idénticas escenas volvieron a repetirse en las demás prisiones; estos mismos hombres de acción que hemos visto aparecer de repente entre la multitud asustada, eran los que obraban aquí y allá con rapidez fulminante, y donde más urgente era preciso accionar; en los diversos ministerios y archivos de la ciudad á proceder á la destrucción de los papeles y documentos administrativos reveladores del poderío y de la fortuna de la burguesía capitalista, á fin de no dejar ni traza siquiera de aquellos cuentos malditos que sirvieron inconscientemente par la legalización de las mas grandes y odiosas injusticias sociales.

XI

EL ODIO EN MARCHA.

A partir de este momento la Revolución se extendió rápidamente por París entero, cual inmensa mancha de aceite que todo lo contagia, haciendo ya imposible el relato de los hechos revolucionarios en la forma que lo hemos venido haciendo al acompañar el movimiento paso á paso en sus primeras manifestaciones.

Poco á poco, alrededor de los cincuenta apóstoles de la Anarquía del primer momento, se fueron agrupando todo el París que sufre, todos los explotados y los oprimidos, toda la fantástica falange, el formidable ejército de los descamisados, de los harapientos, de los míseros y hambrientos sedientos de sangre burguesa, en esta hora trágica de inexorable rendición de cuentas….

Ellos son el odio en marcha, el odio mortal, implacable…. el odio, en fin, libre, sin freno odio acumulado por larga serie de años de injusticias, de crueldades y de opresión sufridas con rabia impotente.

Allá van… hagan lo que hagan, por más terrible y horrorosa que se manifieste la revancha del pueblo, sean cuales sean sus extravíos y sus crímenes, nunca jamás éstos podrán llegar á igualar las infamias y los crímenes cometidos fríamente por la sociedad burguesa contra los que despojó, torturó y, esclavizó brutalmente durante todo el tiempo cu que dominó aplastando á los productores….

Pronto diremos cómo se ejercitó la venganza popular. Tenemos, antes, que volver un poco atrás á relatar otros acontecimientos que son anteriores á estos hechos y que es necesario conocer.

XII.

LA PROCLAMA DEL COMITÉ ANARQUISTA PARISIENSE DE SALUD PUBLÍCA.

La muerte violenta del presidente y de sus consejeros originó un loco pánico entre todos aquellos individuos que de lejos ó de cerca estaban mezclados en la. política, ó cuya actuación preponderante en el régimen burgués designaba más particularmente á las iras de los revolucionarios, pánico que se tradujo por la fuga precipitada de los representantes del pueblo, senadores y diputados de todo plumaje, seguidos inmediatamente por la de todos los grandes industriales y gruesos capitalistas, banqueros, etcétera, jueces y clérigos de marca, sin contar la numerosa legión de buenos burgueses que creyeron prudente ausentarse de París sin pérdida de tiempo antes de que tuvieran cortada la retirada.

Todos habían emigrado rápidamente ante el peligro, yendo á esconderse lejos del alcance de sus Victimas.

Sin embargo, algunos menos cobardes ó que no habían medido toda la magnitud de los acontecimientos que se desarrollaban, habíanse quedado y trataban de instalar un gobierno provisional que hiciera, frente á la situación.

Pero en la imposibilidad de poder comunicar con el interior del país por la interrupción de las comunicaciones telegráficas y otras, corladas desde el primer momento, esta sombra de gobierno, aislado en París, sin apoyo y sin defensores, pues las fuerzas que no habían sido enviadas sobre el teatro de la guerra se habían sublevado y fraternizaban con el pueblo, acompañándolo en su obra demoledora, este gobierno, decimos, fue barrido como pluma por el flujo revolucionario tan pronto como quedó constituido.

Fué entonces cuando los iniciadores de esta tremenda convulsión social creyeron indispensable publicar un manifiesto, al país y á los pueblos extranjeros, especia I mente ú aquellos que debían tomar participación activa en los hechos de guerra que sus gobiernos proyectaban contra Francia, explicándoles lo que acababa de pasar en París, y dándoles los motivos que les había impulsado á levantar tan bruscamente el estandarte de la revuelta.

Este manifiesto decía así:

“Proletarios de Francia:

“Proletarios de Alemania, Inglaterra, Italia., Austria, España y Rusia:

“Explotados de ambos mundos:

“El pueblo de París, en un arranque de indignación provocado por la brutal declaración de guerra, acaba de barrer al gobierno republicano-capitalista de Francia, haciendo justicia expeditiva de los hombres criminales que estaban á su frente, los cuales, de complicidad con los odiosos tiranos que os oprimen, pretendían arrastrarnos á la más vergonzosa é insensata de las empresas.

“Bajo el soplo poderoso y purificador de la Revolución Social, pues, las instituciones aborrecidas de este funesto régimen se han derrumbado estrepitosamente en medio de las aclamaciones entusiastas de todos los parisienses.

“En esta solemne circunstancia proclamamos otra vez bien fuerte que los sentimientos de confraternidad que nos unen á todos vosotros los miembros de la gran familia proletaria universal, son indestructiblemente los mismos hoy como por el pasado y que rechazamos enérgicamente toda solidaridad con los siniestros fraguadores de ruinas y de masacres.

“Hoy, como ayer, pues, los proletarios de París tendemos por encima de las fronteras y de los cañones una mano amiga á todos los explotados que se pretende engañar miserablemente haciendo que se destrocen mutuamente por conveniencia y exclusivo beneficio de unos cuantos canallas, políticos, financistas y gobernantes ambiciosos y sin vergüenza, siempre dispuestos á recurrir á los medios más extremos y perjudiciales para los productores con tal de consolidar su funesta dominación y perpetuar así la más abominable de las situaciones sociales.

“Pero esto no será. Los oprimidos debemos contestar como es debido á estas locas y criminales provocaciones. Y por nuestra parte no hemos vacilado en recurrir á la violencia revolucionaria para contrarrestar la obra maléfica de estos enemigos de la humanidad.

“Proletarios de Francia:

“Proletarios de ambos mundos:

“Hemos entrado con paso firme y resuelto en la vía de las resoluciones supremas. Sólo el empleo de la violencia puede hacer triunfar nuestra causa, y nuestra emancipación la conquistaremos con el hierro y el fuego……

“La Revolución parisiense, profundamente justa y de benéficos alcances para todos, debe servir de ejemplo a todos los pueblos de la tierra, ser la señal luminosa de la Revolución Social universal, sin la cual nunca remanan la justicia y la fraternidad entre los hombres.

“Si. Hemos de recuperar, pese á quien pese, nuestra entera soberanía individual tan neciamente abdicada entre las manos de nuestros explotadores para ejercitarla libremente en provecho propio y para la felicidad de la colectividad.

“Convencidos de que todos los males sociales, los vicios y los crímenes que degradan la humanidad tienen su ungen cu la existencia de la propiedad privada, el Comité anarquista parisiense de salud pública, que hasta normalizarse la situación vigilara la marcha de los acontecimientos á fin de que no fracasen los esfuerzos de los libertarios, ha decretado inmediatamente la social acción de la tierra y de sus productos, la de los inmuebles, de los instrumentos de trabajo, máquinas, etc., así como la de todos los bienes que en su conjunto constituyen el inmenso stock de la riqueza social existente, quedando por lo tanto expropiadas inexorablemente todos aquellos que la detenían en contra de los principios de justicia y de equidad etc., así como los aprovisionamientos de todas clases en víveres, ropa y otros objetos pasan á ser patrimonio común, conforme á loa anhelos de igualdad que queremos llevar á la practica

“El dinero, este agente pestilente de todas las corrupciones y poderoso remachador de cadenas de esclavitud, será abolido y destruido

“Proletarios del campo:

“A vosotros también, los trabajadores de la gran ciudad os dan un fraternal abrazo en este día glorioso de victoria emancipadora; porque esotros también sois como nosotros, víctimas de la misma opresión y de la misma explotación capitalista y tenéis que libraros de ellas, siendo esta la razón por la cual esperamos no nos faltaran vuestra simpatía y adhesión á la gran obra de regeneración social emprendida.

“Esta tierra que durante todo el año regáis con gotas de sangre trabajándola sin descanso para que el mejor fruto de vuestros penosos esfuerzos os sea arrebatado por esta insaciable sanguijuela que se llama Estado, por un lado y por el otro por los codiciosos propietarios que os la arriendan, esta tierra que amáis a pesar de todo y que fecundáis con cariño, esta nena os pertenece, es vuestra desde ahora. La Revolución os la da.

“Pero no olvidemos que la campiña agrícola no puede pasarse sin la industriosa ciudad y que ésta no puede existir sin aquélla. Aunemos, pues, los esfuerzos para el bien común. Manden ustedes á los citadinos, lo que la tierra os dará de mas y ellos os surtirán abundantemente de cuanto necesitáis, tanto para la ejecución de vuestras labores habituales como para satisfacer vuestros mayores deseos de mejor vida y realizar justas aspiraciones individuales.

“Proletarios de la tierra y de la fabrica

“Proletarios de Francia

“Proletarios de ambos mundo

“Nosotros que por propio esfuerzo nos hemos librado de nuestros amos y señores, no tenemos la loca pretensión de querer imponer á los demás nuestro ideal social, la Anarquía, haciéndonos á nuestro turno odiosos á aquellos que no pausan como nosotros.

“La libertad ante todo y para todo

“El gobierno central que acabamos de suprimir era un obstáculo infranqueable para la autonomía y el libre desenvolvimiento de las diversas poblaciones de Francia. Esta autonomía ellas la poseen ahora y la pueden ejercitar, á su fantasía. Que cada centro poblado, que cada comuna se organice independientemente, se administre como mejor entienda. Nuestro único deseo es tener con ellas las más francas relaciones de buena vecindad y de solidaridad efectiva para contrarrestar cu lo posible las incertidumbres de la vida.”

“Pero, de la misma manera como les dejamos toda latitud pala que se organicen según su criterio, reclamamos para nosotros igual derecho que el que reconocemos á los demás.

“¡Proletarios!

“Vuestros hermanos de París, libres cu fin, el corazón lleno de entusiasmo para la continuación de la lucha, la cabeza erguida, orgullosa por la victoria alcanzada sobre los opresores del pueblo, os saludan deseándoos pronta emancipación.

“¡No seréis vosotros, ciertamente, las eternas víctimas de la tiranía capitalista, los que acudiréis en auxilio de vuestros verdugos haciéndoos los viles instrumentos de su venganza, traicionando á vuestros compañeros de esclavitud en el motílenlo en que hacen pedazo;, su cadena, yendo á combatir y ahogar esta soberbia manifestación de la conciencia proletaria parisiense! A vosotros os toca tarea más digna y más noble. Os hemos señalado la ruta que lodos debéis seguir si es que aspiráis realmente á la libertad, á la igualdad y á la justicia.

“Y que sobre la tierra pacificada reine por fin y, pira siempre la era de la felicidad que traerá como inevitable corolario la bienhechora armonía tan necesaria entre todos los hermanos, armonía sin la cual no es posible la acción civilizadora de los hombres ni su marcha ascendente para alcanzar el mayor brillo y esplendor de la raza.

“¡Viva la. Revolución Social!

“¡Viva la Anarquía!

El Comité anarquista parisiense de salud pública.”

XIII

EL TURNO DEL PUEBLO

La avalancha popular desbordando por todas parte, como tórrenlo impetuoso y terrorífico, había llegado sin encontrar obstáculo alguno hasta los barrios más centrales de la ciudad, invadiendo y saqueándolos con furia indescriptible en medio de ensordecedora gritería de vivas y de mueras.

Y mientras neutrales timoratos y burgueses aterrorizados se encerraban precipitadamente en sus domicilios amontonando sillas, mesas, camas y colchones contra las puertas de sus habitaciones en alta y ancha barricada para resistir cualquier ataque exterior, en la calle miles de escenas extrañas hedías de actitudes singulares, de gestos horriblemente trágicos se mezclaban y entrechocaban violentamente en esta infernal epopeya popular rumbo á la satisfacción vehemente, y salvaje de todas las pasiones en el desencadenamiento brutal de lodos los instintos.

Bajo los formidables golpes asestados contra ellas, caían estrepitosamente las puertas de las tiendas y almacenes donde la muchedumbre frenética olfateaba abundantes provisiones escondidas, las cuales puestas á desordenado pillaje desaparecían como Volatilizadas en un abrir y cerrar de ojos.

Llevados, empujados, arrastrados por la corriente humana, se veía en el remolinó incesante ele la multitud pobres harapientos pálidos y demacrados, tan ocupados en devorar los informes alimentos arrebatados en estas razías infernales, que ni se daban cuenta de lo que pasaba á su alrededor.

Comían con un movimiento rápido y continuo de mandíbulas atrozmente hambrientas, como temiendo perder un segundo, con fruición intima y desconocida, el espíritu perdido ante gozo tan sorprendente é inverosímil; ¡comer!….

Visión espantosamente, dantesca, ellos eran el fantasma-hambre surgiendo implacablemente acusador frente al feroz egoísmo capitalista.

Junto á estos espectros en busca de pan y de guadaña niveladora, oíros seres igualmente fantásticos, hijos de la misma miseria abominable y salidos de quién sabe qué tremendos y horrorosos abismos de sufrimientos satánicamente herniosos sin embargo, en esos momentos en que ellos eran los reyes de la calzada, hundíanse hasta la barba aplastándolos sobre su cráneo miserable con brusco gesto de furor satisfecho, flamantes sombreros cogidos en las estanterías desvalijadas en el camino, mientras que los demás llevaban al hombro, colgando de la punta de un garrote, como trofeos gloriosos, relucientes pares de zapatos sin preocuparse lo más mínimo de la medida del calzado, ó bien con muecas cínicamente burlonas se metían dentro de saco ó levita de fashionable ultrachic, resultando así el aspecto general de su improvisada indumentaria de un grotesco inverosímil; pero ¿quién pensaba en lucirse; en aquel trágico y alucinante desfile, amalgama siniestra de agonías, de miserias y horrores populares? Un solo deseo, un solo propósito podía guiar sus actos: destruir con fervor; no dejar nada tras de sí….y lo rompían é inutilizaban todo. ¡Y qué! ¿acaso Revolución no significaba Destrucción?…. Sombríos Aulas ejerciendo Su inexorable misión de aniquilamiento social, ellos destruían ampliamente, bestialmente todas aquellas riquezas, lodos estos tesoros productos de la actividad é inteligencia colectiva, porque aunque ellos contribuyeron tanto ó más que nadie á crearlos, siempre se vieron brutal é injustamente despojados del derecho de disfrutar la parte que les correspondía en toda legitimidad.

Y no menos decididas que los hombres, tal vez más atrevidas y enérgicas, las mujeres rodeadas de legiones de, chicos entusiastas y barulleros, guiaban la marcha de los insurrectos excitándolos con vibrante voz de clarín de combate y dándoles, soberbias de decisión, el ejemplo contagioso de la acción destructora.

Sin embargo, cosa extraña y singular, á pesar de la excitación de los espíritus, y de los muchos almacenes de comestibles, panaderías, armerías, zapaterías y otras tiendas y no pocos despachos de bebidas ya limpiados prolijamente de su contenido, ni una sola gota de sangre había sido derramada todavía. Sólo una que otra tímida protesta habíase producido de patio de los damnificados que pronto juzgaban conveniente quedarse quietos antes la poca agradable perspectiva de recibir de yapa alguna soberana paliza.

Pero poco después, al presentarse la ola humana frente á una lujosa panadería del barrio aristocrático con la intención evidente de repetir en ella lo que ya se había hecho eh otras, su dueño, presa de la mayor indignación, quiso impedir violentamente el acceso del negocio á los asaltantes. Esta actitud inesperada exasperó á la multitud qué atropello furiosamente al desgraciado comerciante, el que tuvo que buscar su salvación refugiándose precipitadamente cu los altos del negocio, desde donde, ciego de ira disparó todos los tiros de su revólver contra’ los invasores, derribando á dos ó tres de ellos….

Entonces la escena volviose intensamente dramática.. Prisionero en k ; habitación donde-se había escurrido y por cuya única puerta hicieron violenta irrupción tras él sus perseguidores cortándole así toda retirada, el infeliz no pudo sustraerse por una fuga salvadora á la suerte terrible que le esperaba.

Cogido brutalmente por veinte manos á la vez, el recalcitrante, vapuleado atrozmente, fué arrojado polla ventana, cayendo de buena altura sobre el pavimento, donde vino á estrellarse pesadamente cerca de los cuerpos inanimados de las víctimos que acababa de hacer.

Pasado el primer instante de estupor causado por estos actos sangrientos, se produjo un terrible remolino de pueblo enfurecido alrededor de los muertos, y de pronto, un clamor salvaje, interminable pidiendo represalias de sangre contra los verdugos y asesinos del pueblo se hizo oír formidable, y sin esperar más, la ola humana se precipitó adelante impetuosamente, asaltando é invadiendo furiosamente las lujosas moradas de la gente, de pinero, sus magníficos y aristocráticos palacios, donde la ayer tan orgullosa é insolente burguesía esperaba ahora aterrorizada y con el fúnebre espanto de los que sienten pasar el frío de la muerte, que se alejara la terrible tormenta popular.

Sin embargo, ante el ataque furibundo de la multitud, muchos de los sitiados recobrando un poco de energía, trataron de defenderse y opusieron tenaz y desesperada resistencia. Peto lodo resultó inútil ante el gran número de los atacantes todos armados con fusiles, revólveres, palos, trozos de hierro, etc.

Entonces aquellas mansiones espléndidas, edificadas con sangre proletaria, fueron teatro de escenas de supremo horror. Una espantosa carnicería se hizo de sus dueños que fueron Ultimados con un refinamiento de crueldad justificado por el odio exacerbado, profundo que los desposeídos sentían por aquellos burgueses sin entrañas que durante tanto tiempo los habían doblegado bajo su yugo opresor, haciéndoles víctimas de la más brutal é infame tiranía.

En muchas casas se hizo experimentar á los moradores la más abominable de las torturas morales que es posible infligir á un hombre, padre ó esposo.

Sus mujeres é hijas fueron vilmente insultadas, odiosamente ultrajadas ante su vista, en horrible desquite de lo que ellos habían hecho antes, cuando martirizaban, insultaban y ultrajaban impunemente á las desgraciadas mujeres é hijas de los proletarios.

Varios días duró la horrorosa caza á los enemigos del pueblo. Aquellos individuos que anteriormente se habían señalado más especialmente á la ira de los explotados por su hiriente soberbia ó su insultante opulencia; los que como los brutales é inhumanos representantes de la autoridad se habían hecho odiar particularmente por sus injusticias y arbitrariedades; los patronos codiciosos, sanguijuelas insaciables de sangre obrera; los caseros duros de corazón para con la pobre gente; los curas hipócritas, farsantes y vividores, etc., fueron los que primero pagaron su deuda á las venganzas populares.

Un burgués de cara apoplética, corto de piernas y de voluminosa panza, que en su miedo atroz habíase escondido en el rincón más obscuro de un sótano para disimularse mejor á la vista de los insurrectos fué olfateado y descubierto, siendo sacado más muerto que vivo de su escondite y depositado afuera, en el medio de la calzada entre las amenazas y los insultos de la muchedumbre.

Entonces se vio á un hombre de sombría y fatal mirada acercarse rápidamente armado de una horca de cuatro afilados dientes y hundirla ferozmente en el vientre del infeliz que aulló de dolor, mientras su impasible verdugo profiriendo sordamente un; “¡Para deshincharte, cochino!” sacaba de un violento tirón su instrumento de muerte de la tremenda herida por la cual, humeantes, salieron lentamente los viscosos intestinos que se esparcieron hasta el sucio en medio de horrible charco de sangre.

Y abandonado allí como perro rabioso reventado, “deshinchándose” poco á poco, como había dicho su anónimo agresor, este casero avaro y buitre sin compasión del régimen burgués, expiró después de corta pero horrenda agonía, siendo su mutilado cuerpo pisoteado síu discontinuar por todos los que por allí pasaron después en furiosa carrera de exterminio.

Más lejos, colgadas de los faroles ó de los árboles, un sin número de negras y siniestras siluetas de explotadores ajusticiados eran vapuleadas incesantemente por la muchedumbre que se divertía ruidosamente en aplicarles, recios garrotazos sobre la parte posterior, lo cual les imprimía un balanceo macabro y continuo que tenía la virtud de provocar la loca hilaridad de ‘cuantos’ presenciaban o tornaban parte en este nuevo y extraño divertimiento.

Otros eran sangrados de la misma manera que lo fué el triste espía prusiano de que nos habla Zolá en la “”Debacle”; ó ahogados como perros en las turbias aguas del Sena, lo que daba lugar á diversos entretenimientos parecidos al siguiente: Desde lo alto de un puente de aquel río, varios hombres, tenían sujetos, atados de una soga larga y fuerte á unos individuos que se habían distinguido en el desempeño de sus funciones de lacayos canallas y sinvergüenzas del régimen desaparecido.

Para su castigo, los revoltosos habían imaginado bajarlos en el río desde aquella gran altura, procediendo á esta infernal operación con’ sabía lentitud, á fin de gozar plenamente del espectáculo que les proporcionaba esta idea genial.

Llegados cerca de la superficie del agua, estos desgraciados eran sumergidos por breves sacudidas, sacados y vueltos á echar en el líquido elemento, burlándose sus verdugos de sus gritos desesperados y de las contorsiones desordenadas que en la extremidad del cable flexible no cesaban de efectuar piernas y brazos nerviosamente agitados, produciendo á quienes los veían, la ilusión de sapos monstruosos extraídos, ¡pesca horriblemente fantástica! del misterioso fondo del abismo, hasta que finalmente la asfixia habiendo hecho su obra inexorable los cuerpos eran arrojados á la corriente, produciendo al chocar contra la superficie del agua el “ploff” sordo y siniestro de grueso adoquín cayendo de cierta altura.

Por todos lados, en fin, cuerpos sin vida yacían en el interior de las casas y fuera de ellas en las calles, donde la sangre humana coagulada formaba sobre el pavimento asquerosas manchas de un rojo sucio sobre las cuales revoloteaban sin cesar miles de moscas que el continuo pasar de la muchedumbre molestaba incesantemente en su febril tarea de horrible succión, mientras que la ciudad seguía ardiendo y alrededor de las iglesias y conventos, de los tribunales y casas de justicia, de los cuarteles, de los bancos y de las suntuosas mansiones de los ricos ardiendo como fuegos de artificio, el pueblo, dominado de loco entusiasmo, cantaba y bailaba desordenadamente ante el impotente espectáculo de las llamas purificadoras que parecían por momentos subir siempre más alto, allá arriba, hasta él cielo en furiosa arremetida como queriendo escalar y posesionarse de la misma morada de los dioses.

XIV

LAS PRIMERAS MEDIDAS ADOPTADAS.

Ya pasado el primera periodo de fiebre justiciera y vuelta en parte la calma á la población revoltosa, los espíritus parecieron más dispuestos á reconcentrar su atención sobre las cuestiones relacionadas con las más apremiantes necesidades del momento.

Los revolucionarios más capacitados para dar con una solución provisional del problema planteado con la transformación social acaecida y deseosos de hacer triunfar prácticamente sus ideas sobre las de los demás, trataron de hacerse oír y comprender por la muchedumbre desorientada por su ignorancia y falta de iniciativa, aconsejándola y guiándola hacia las soluciones necesarias.

Desde el primer momento, como es natural, hubo tantas proposiciones contradictorias, tal profusión de ideas opuestas fueron puestas sobre el tapete y defendidas con tan igual calor y convencimiento por anarquistas, sindicalistas y socialistas que no pareció deber salir más que el caos de esta primera consulta popular.

Sin embargo, como varias eran las medidas de carácter urgente que se imponían y sobre las cuales no podía haber fuertes desacuerdos, puesto que ellas no lesionaban cu manera alguna el modo de pensar particular de cada uno sobre la manera más conveniente de reedificar el nuevo edificio social, tales como la de efectuar el inmediato saneamiento de la ciudad, procediendo á la cremación de los cuerpos en descomposición que empezaban á apestar el ambiente; la de organizar de nuevo el servicio de las aguas corrientes, el de la luz eléctrica y del aprovisionamiento de víveres á la población, se convino en hacerlo sin tardanza, aunando las voluntades y las actitudes, del mayor número.

En consecuencia, cu todos los barrios se organizaron grupos de hombres cuya tarea era la de recoger y transportar los muertos fuera de la ciudad, amontanándolos en sitios apropiados donde eran regados copiosamente con kerosén, alquitrán y otras esencias inflamables, procediéndose á su inmediata destrucción por el fuego, siendo los restos carbanizados depositados, finalmente, en grandes zanjas y recubiertos después por espesa capa de cal viva.

El Sena también tenía que ser objeto de prolija limpieza.. Este río, por los numerosos cadáveres arrojados á sus aguas, constituía un tremendo peligro para la salud pública, tanto más cuanto por efecto de las destrucción de los depósitos y maquinarias del establecimiento de las aguas corrientes, verificada desde el primer día de la Revolución, la población se veía condenada á utilizar la de dicho río para todos los usos. Todas las embarcaciones de que se disponía fueron, pues, destinadas á esta larga y repugnante operación de saneamiento, y los cuerpos encontrados traídos á tierra para su incineración.

XV

DIFICULTADES INESPERADAS

Destrozadas las obras del servicio de las aguas corrientes y las máquinas elevadoras, era imprescindible dedicarse sin pérdida de tiempo á ponerlas en condición de funcionar otra vez.

Y en esto se pudo notar todo el mal que la muchedumbre inconsciente y ciega puede ocasionarse a sí misma creyendo erróneamente alcanzar á otros.

No se trataba ya aquí, como se comprende, de fáciles y sencillas reparaciones. La magnitud del daño era tai que las máquinas tenían que ser reemplazadas completamente por otras nuevas, y los depósitos reconstruidos en su totalidad, y por estos motivos el suministro á domicilio del precioso liquido no podría tal vez volver á efectuarse antes de un mes largo de activo trabajo.

Por suerte se encontró cu algunos establecimientos industriales imperfectamente visitados por los revoltosos, varias calderas y motores intactos, que aunque de tipo poco adecuado para la clase de servicio que se les pedía, pudieron, sin embargo, ser aprovechados provisionalmente.

Numerosos obreros mecánicos se dedicaron entonces á ponerlos en estado de funcionar, pero debido naturalmente á la. gran confusión que reinaba en la ejecución de esta primera obra de interés general hecha en común y ala falta de muchas herramientas especiales indispensables, las cuales no se pudieron encontrar en el primer momento, debido al estado lamentable en que habían quedado los diversos talleres mecánicos de la ciudad, la cosa no podía ir muy de prisa á pesar de los esfuerzos y de la buena voluntad de todos los que intervenían en ella.

Esto fué la causa de que malogrado todo lo hecho para alejar posibles infecciones epidémicas, no tardó en producirse entre los habitantes numerosos casos fatales de disentería, de fiebre tifoidea y de cólera provocados por la impureza del agua que se bebía; y lo peor fue que los enfermos fallecían casi todos por carecer de asistencia medica y de los indispensables medicamentos, porque desde que el arte de curar, que por la supresión del dinero, debía practicarse con fines puramente humanitarios, sólo un número muy reducido de médicos habían acudido á prestar sus servicios á los enfermos; los otros, la gran mayoría de estos sabios discípulos de Esculapio juzgaron indigno de su ciencia y de sus talentos molestarse sin la dulce perspectiva de cobrar, como antes, los espléndidos honorarios que les pagaban sus clientes, y en consecuencia habían creído oportuno retirar de la puerta de sus estudios las chapas reveladoras de su profesión para que nadie pudiese recurrir a ellos.

Sin embargo, aquellos enfermos míe tuvieron la dicha de ser examinados, diagnosticados y recetados no fueron por esto más felices que los que no tuvieron dicha suerte, puesto que carecían de los medicamentos ordenados, no porque las boticas ó droguerías hubieron sufrido del saqueo de la ciudad, sino porque la falta de personas entendidas en la manipulación y conocimientos de las drogas imposibilitaba su despacho á quienes las necesitaban. Médicos y farmacéuticos habíanse, pues, confabulado miserablemente para negar su concurso á los dolientes de la comuna, y la población sufría así la consecuencia de la magnifica indiferencia, que por tal clase de asuntos habían siempre manifestado los hombres que mas ti abajaban para el advenimiento de la nueva era. considerándolos muy equivocadamente desprovistos de importancia é interés y por consiguiente indignos de fijar su atención.

XVI

PERDIENDO EL TIEMPO.

Una preocupación mucho más grave todavía inquietaba á la nueva comuna. Transcurridos unos quince días ya desde la abolición del estado de cosas burgués, empezaba á hacerse sentir de un modo agudo la falta de víveres, debida al progresivo agotamiento de las provisiones de toda especie.

Un prolijo registro llevado á cabo en todos, los almacenes y depósitos en busca de comestibles y otras mercancías, había permitido racionar la población por algunos días más, y mientras se despejara la situación.

Esta no era muy ‘brillante, que digamos.

Aislado París de los departamentos por la interrupción simultánea de todas las vías de comunicación (telégrafo, teléfono, ferrocarriles, etc.), que nadie había pensado ‘en restablecer para ponerse al habla y tomar contacto con el interior del país, se ignoraba totalmente lo que jasada tanto en el resto de Francia cono en el extranjera.

Esta falta de comunicaciones había influido poderosamente, cómo es de suponer, para que los habitantes del mismo departamento del Sena, de los cuales podía venir la salvación para la gran ciudad, se mantuviesen en una prudente expectativa.

El campesino, careciendo de noticias exactas sobre la obra de la Revolución parisiense y sobre su verdadero alcance, había creído más conforme á sus reservas escondiéndolas, que atreverse á llevarlas á la ciudad, ignorando cómo seria recibido y retribuido ahora el fruto de su labor.

Pero si los revolucionarios juzgaron inoportuno ó se olvidaron de entablar relaciones con los trabaja-dores ‘de la tierra que seguramente no hubiesen hecho oposición alguna á las ofertas de libre cambio que los citadinos podían haberles propuesto, cu des-quite los diversos-locales, y las plazas públicas donde se discutía la organización del nuevo estado de cosas, sé veían concurridísimos por los partidarios más activos de los varios sistemas sociales, que perdían ahí lastimosamente su tiempo y su elocuencia-combatiéndose encarnizadamente é insultándose á quien más sin otro beneficio que el de hacer cundir el desaliento en el pueblo que los escuchaba.

Estas violentas discusiones habían tomado un carácter tan agresivo entre socialistas, anarquistas y sindicalistas que á cada momento se originaban verdaderas batallas i durante las-cuales garrotes, revólveres y armas blancas intervenían activamente en auxilio de las teorías y argumentos más flojos ó más resistidos.

La incapacidad de la gran mayoría de aquellos sobre quienes se contaba para llevar á cabo la obra edificadora de la Revolución se revelo finalmente en toda su fea desnudez cuando se exigió de los tribunos otra cosa que elocuencia para convertir en hechos las magnificas teorías expuestas por ellos mismos.

El pueblo, absolutamente incapaz de hacer nada sin ser dirigido, no se atrevía á tomar la menor iniciativa, á efectuar el más sencillo é indispensable trabajo sin indicación ajena.

Por su parte, los miembros del Comité de Salud publica, compuesto por partes iguales de anarquistas, sindicalistas y socialistas, después de sus proclamas al país y al proletariado extranjero, de su decreto sobre la socialización de los bienes expropiados á la burguesía, y de su loable indicación sobre la urgencia de sanear la cuidad, no pudendo ponerse de acuerdo en lo sucesivo sobre las demás cuestiones de más vital importancia, viendo que sus deliberaciones degeneraban infaliblemente de riñas conventilleras, se habían separado con ameniza, de matanza en los labios, y el pobre rebano, el montón de los inconcientes seguía cruzado de brazos cuando se imponía más que nunca en aquellos momentos de indecisión general, una activa inteligente y enérgica combinación de todas las fuerzas vivas de lose productores.

XV

INDECISION PELIGROSA

Habiendo sido reconocido de toda imposibilidad proceder á la creación inmediata de los talleres modelos soñados por los trabajadores, éstos se habían sencillamente limitado por el momento á hacer desaparecer el desorden que la visita de los revoltosos había producido en los antiguos.

Pero, en cuanto á saber á qué iban á dedicarse y emplear su tiempo en adelante, nadie la sabia. ¿Qué trabajos convenía efectuar de preferencia? ¿Cuáles eran los oficios útiles y los inútiles? Problemas eran éstos muy complicados para estos cerebros atrofiados é incapaces de razonar. Si bien los panaderos, por la naturaleza de su labor no tenían gran esfuerzo mental que hacer para comprender que la elaboración del pan era de imprescindible necesidad y juiciosamente trabajaron desde el primer instante para suministrarlo á la población, no sucedía lo mismo relativamente con aquellos artesanos cuyos productos de urgencia muy secundaria no hadan mayormente falta ó eran totalmente superfluos en esos momentos.

Y así alhamíes, sastres, tipógrafos, carpinteros, mecánicos, pintores, etc., esperaban tranquilamente en su casa ó en los sitios de reunión que se les explicara lo que tenían que hacer sin que su cerebro fuese, iluminado por la más débil chispa reveladora de esfuerzo menta] alguno en el sentido de una intervención eficaz, de motu proprio, en provecho de la obra común, mientras que la formidable legión de los individuos que en el antiguo régimen hacían orina domestica al servicio de los pudientes, tales como los cocheros, mucamos, porteros, costureras, mozos de café, cocineras, sirvientes, hombres y mujeres, etc., pasivamente inactivos en su absoluta carencia de idealidad, gente de juicio estrecho y muy burgués todavía á pesar del latigazo revolucionario impreso en las costumbres, quedaban, como antes estúpido é inmodificable hebaño que no sabe moverse sino obedeciendo, prefiriendo someterse á la imperiosa y brutal voluntad del amo más bien que de ejecutar las cosas libremente según necesidades y conveniencias propias.

Seamos justos, sin embargo.

Difícil hubiese sido que cocheros, mucamos, modistas y porteros, tipógrafos y empleados de comercio, etc.. se hubieran transformado de la mañana á la noche en activos y entusiastas sembradores de coles, papas o legumbres. ¡Pensó alguno en tropiezos de esta clase, llenos de consecuencias peligrosas para el éxito de la revolución, cuando se disponía de todo el tiempo necesario para confeccionar magníficos discursos y conferencias sobre la utilidad ele la fusión obrera, ó se discutía á pérdida de vista sobre amor libre, lucha de clases y otros asuntos ciertamente muy interesantes pero de una importancia algo secundaria frente á la solución de problemas de tanta trascendencia como el que más arriba dejamos expuesto?

XVIII

PALABRAS SENSATAS.—LA SOLUCIÓN SALVADORA.

Una de las peores inconsecuencias de la Revolución fue, sin duda alguna, la destrucción por el fuego de las casas habitadas por los ricos, mientras quedaban parados todavía los horribles alojamientos obreros, antihigiénicos, sin comodidad, sin luz, sin aire, sin sol, verdaderos focos de pestilencia, de enfermedades y de muerte.

¿Cómo no comprendieron instantáneamente los revolución arios que su acción demoledora debía dirigirse en primer lugar á’ derrumbar estos inmundos chiquero.? donde habían vivido tan miserablemente obligados por las circunstancias y donde seguían viviendo ahora ¡oh irania! siendo ellos los dueños absolutos de la situación, conspirando así neciamente contra su salud y bienestar, cuando, una más justa é inteligente comprensión de las cosas debía haberles impulsado á apoderarse en seguida de las habitaciones más sanas, aireadas y cómodas, insensatamente “destruidas en lugar de las otras?

Irreflexión é ineptitud, tanto de parte de la muchedumbre como de la de aquellos que pretendían dirigirla.

Felizmente, en las horas críticas ó desesperadas siempre han de surgir los hombres de carácter necesario para hacer frente á las más difíciles y complicadas situaciones. Y estos hombres se encontraron también en esta fase peligrosa de la revolución, revelándose inesperadamente como fuerzas decisivas, dispuestas á arrancar la muchedumbre á su mortal inacción.

Reunida la multitud en magna asamblea, estos hombres enérgicos condenaron duramente la obra funesta de los tribunos y otros agitadores que no sabían hacer otra cosa que entretener los espíritus en la inquietud é in certidumbre con declaraciones de principio indudablemente admirables, pero que nada significaban sí nadie se ofrecía para traducirlas en hechos. Que ya bastaba de palabras y de discursos y que si se quería salir del paso había que poner á la practica sin tardanza las teorías expuestas. Queja obra de la Revolución no consistía solamente en haber barrido la opresión que pesaba sobre el pueblo; no menos importante era preocuparse de asegurar inmediatamente la existencia de los- miembros de la nueva comuna. Que no siendo razonable organizar la producción sobre las bases erróneas del pasado régimen en el que se desviaban la mayor parte de las energías productoras utilizándolas para la confección de objetos y mercancías cuya necesidad no se hacia sentir de ningún modo, y por otro lado no siendo posible, transformar en veinticuatro horas las profesiones adquiridas que resultasen inútiles, convenía que aquellos que se encontraban en esta anormal condición no fueran un obstáculo á los primeros pasos; de la joven común; que todo el mundo estaba interesado en dar prueba de buena voluntad cooperando inteligentemente en la medida de sus fuerzas y de sus capacidades á levar á buen cabo la tarea salvadora, prestándose nos á otros valiente y decidida ayuda.

En primer lugar, se debía averiguar lo que se poseía para saber lo que es hacia falta; que todos los que no se consideraban aptos para otra labor se dedicasen á esta importantísimo operación, recogiendo y reuniendo todo lo que concentraran levantando exacto inventario de ellos. Nadie ignoraba, por otra parte que las provisiones en víveres se iban agotando rápidamente; se debía, en consecuencia, reducir á su mínimo los racionamientos. Existía, sin embargo, un medio de economizar lo poco que quedaba esperando días mejores: “Propenemos, pues, siguieron diciendo, y esto dará ocupación útil á un sin numero de nuestras buenas y queridas compañeras, que las que son cocineras se entiendan entre ellas, para hacernos cada día una única y frugal comida que comeremos reunidos en fraternal banquete al aire libre. Entre preparar, cocinar y distribuir las comidas; en asear y confeccionar a ropa de los dos sexos; en cuidar y educar á los pequeños comunistas; etcétera, etc., según el gusto ó la inclinación de cada una de nuestras compañeras, hay ocupación de sobra para todas. En cuanto á nosotros los hombres, debemos en primer lugar entrar en amigables relaciones con nuestros hermanos los campesinos, á fin de conseguir su apoyo y su ayuda y obtener que nos faciliten los víveres que nos hacen falta. Tenemos con qué retribuirlos ampliamente ofreciéndoles las herramientas y las máquinas que necesitan. Para esto es preciso componer y restablecer las vías de comunicación, teléfonos, telégrafos, ferrocarriles, etc., que nos unen con nuestros vecinos; en esta urgentísima tarea hay trabajo para muchos de nosotros, electricistas y mecánicos de profesión, los cuales necesitarán millares de ayudantes de buena voluntad. Otros, pueden ya con los coches automóviles de que disponemos, recorrer las cercanías para entrar en trato con los productores de los alrededores é iniciar las negociaciones necesarias para facilitar el librecambio de lo que necesitamos. A vosotros, alhamíes y carpinteros, os toca transformar la fea fisionomía que nos presentan los lugares donde hasta ayer se hospedaban, orgullosos y potentes el error, el despotismo y la superstición, construyendo sobre su emplazamiento sencillas y alegres moradas para que nadie se encuentre expuesto á las intemperies. Pero sobre todo, que aquellos que saben de agricultura tomen posesión sin tardanza de todos los terrenos disponibles para sembrar en ellos los productos más indispensables, metamorfoseando si es preciso hasta los jardines y paseos públicos, nuestros parques y nuestras plazas en huertos fértiles que nos abastecerán de los frutos de la tierra á fin de poder hacer frente á todas las eventualidades, á todas las dificultades del momento. No olvidemos la pesca y la caza que serán una agradable ocupación para los aficionados. En fin, que cada cual se esfuerce en ser útil y á falta de iniciativa personal que nadie niegue sus servicios á los que necesitan de ayuda para efectuar obra de utilidad general.

“Procediendo así, no habrá brazos desocupados é iremos preparando el terreno para días de abundancia en los que podremos pensar en edificar, en fin, la ciudad anhelada en nuestros sueños de felicidad.

“¡A la obra, pues, todos, para completar en el campo económico la victoria alcanzada en el de las ideas; que venciendo también en éste, nada podremos temer en adelante de la perfidia y maldad de los enemigos de la Revolución!”

Una tempestad de aclamaciones acogieron estas breves y sensatas palabras, y la muchedumbre habiendo encontrado por fin su norte en el caos de la hora presente manifestó su más entusiasta y franca conformidad con lo dicho. Los gritos de “¡Si, sí! ¡basta de palabras y de discursos! ¡A trabajar! ¡á trabajar todos! ¡Viva la Comuna!” se hicieron oír, y todos llenos de fe en el porvenir prestaron su beneficioso concurso á la tarea liberadora, dándose á ella de cuerpo y alma, valiente y, alegremente, tal como se necesita para hacer obra plena de regeneración social.

XIX

LA REVOLUCIÓN TRIUNFANTE EN TODO EL PAÍS

Prodigiosa conmoción había producido en todo el país los extraordinarios acontecimientos de París. El fulgurante triunfo de la Revolución y la primera declaración de la comuna parisiense á los proletarios de Francia y del exterior había llevado á todas partes un indescriptible entusiasmo.

Como una chispa eléctrica la insurrección cundió de ciudad en ciudad, viéndose en todas ellas las mismas terribles escenas revolucionarias que acababan de desarrollarse en la capital.

El Lyon, Burdeos, Nantes, Marsella, Tolosa, el Havre, Remen y otros grandes ó pequeños cenaros de población, la justicia del pueblo se había dado libre curso, y allí corno en París, cárceles y cuarteles, iglesias y conventos, archivos y tribunales, etc., todo lo que representaba la odiosa opresión del régimen burgués, había sido arrasado por el huracán revolucionario.

Y rápidamente se procedió á una amplia expropiación de los detentadores de las riquezas sociales; el dinero fué abolido, y la tierra hizo retorno á la Comunidad.

Las sanas decisiones de los revolucionarios parisienses influyeron poderosamente por otra parte sobre los actos, de las nuevas comunas, en el sentido de que todas ellas comprendieron perfectamente que la conquista de la libertad no sena nunca un hecho si conjuntamente no se consiguiese resolver prácticamente el problema económico.

Así lo hicieron y pudieron felicitarse de ello al ver que juntando fuerzas é inteligencias les era fácil alcanzar el bienestar de todos y de cada uno en las respectivas agrupaciones.

Por su parte, el campesino aceptó con marcada satisfacción el nuevo estado de cosas que le proporcionaba la plena posesión de las tierras que podía cultivar, manifestándose conforme con la organización comunista que la gran mayoría de las poblaciones de las regiones departamentales parecía querer adoptar, y cuya base principal descansaba sobre el mutuo convenio entre los productores para hacer posible el canje racional de los productos agrícolas contra los de la industria citadina.

Así, todos por uno, uno por todos empezó á funcionar en armónico acuerdo el primer ensayo en gigantesca escala de las humanitarias teorías socialistas.

XX

EXPLICACIONES NECESARIAS.—LA REVOLUCION EN ALEMANIA.—EL ESTADO SOCIALISTA.

¿Cómo pudo llevarse á cabo tan tranquilamente este imprevista implantación del sistema comunista en una gran nación corno Francia, en las circunstancias tan especialmente anormales como las por que atravesaban en ese momento las potencias europeas y la misma Francia, envueltas todas en sangrientos conflictos internacionales cuyo centro y objetivo estaban constituidos precisamente por este último país, atacado al desprovisto por el más formidable de los combatientes, Alemania, con tan insolente suerte, que la defensa había sido quebrada desde la primera hora y el destinó del vencido ya casi librado a la voluntad del triunfador?

Parecía lógico que dueña indiscutible de la situación por su rápida victoria, Alemania hubiese intervenido sin pérdida de tiempo sofocando con mano de hierro la naciente é inquietante insurrección popular que acababa de estallar en el país cuya aniquilamiento buscaba el águila imperial, antes de que esta insurrección hubiera podido efectuar la honda transformación social que perseguía, cuyos resultados por contagiosa repercusión podían ser funestos para la seguridad ó tranquilidad interna de los demás estados vecinos y aliados.

¿Por qué no lo hizo? ¿Qué poderoso obstáculo la obligó á abandonar esta su implacable resolución en el momento supremo en que se disponía á aplastar la amenaza proletaria, mucho más temible para ella que todas las fuerzas militares combinadas de su vecina aborrecida?

¿Por qué? ¡Ah! es que el llamamiento de los revolucionarios parisienses había sido oído por los proletarios extranjeros y la ráfaga revolucionaria había soplado furiosamente sobre toda la superficie del viejo continente barriendo altares y fetichismos, derribando tronos y pedestales junto con reyes, emperadores y otros autócratas cultores del absolutismo.

Las fuerzas invasoras internadas en territorio francés tuvieron que efectuar brusca retirada llamadas urgentemente á Berlín para reprimir la insurrección socialista que acababa de estallar en la capital alemana. Pero estas fuerzas, á pesar de la rapidez con la cual fueron ejecutadas las órdenes de regreso recibidas, llegaron tarde. La Revolución triunfaba y el Kaiser hecho prisionero fué obligado á firmar una orden al ejército imperial por la cual disponía que éste acatase las decisiones del comité revolucionarlo de salud pública, que le había destronado.

Después, lo que pasó en este país puede decirse que fué algo así como un reflejo de los acontecimientos memorables que marcaron la época revolucionaria francesa del 93.

El Emperador, procesado ante un tribunal revolucionario especial, fué condenado á muerte por su criminal agresividad hacia pueblos amigos que en nada habían ofendido al pueblo alemán, y fusilado junto con los principales miembros de la casa reinante, mientras que el pueblo, haciéndose justicia por su mano, aplicaba á sus muchos enemigos, los explotadores, gruesos barones de la finaliza y otros acaparadores de la riqueza social los procedimientos expeditivos empleados un siglo antes por los sans-culottes contra los nobles aristócratas contemporáneos de Luis XVI.

El régimen imperial fué sustituido por un Estado Socialista en el que el dinero y la propiedad privada fueron abolidos.

La nueva sociedad fué organizada sobre la base del Estado director del trabajo y administrador de la producción social. Grandes talleres fueron creados y puestos bajo ¡a vigilancia y dirección de funcionarios nombrados al efecto, los que servían de intermediarios entre el Estado y los obreros para la realización de la mano de obra.

La jornada de trabajo fué fijada á cuatro horas en todo el país para aquellos que sólo aspiraban a ganarse el sustento material más indispensable, y los talleres quedaban abiertos dos horas mas para los que deseando tener derecho á todos los beneficios de la producción en lo relamo á la satisfacción de sus completas necesidades artísticas c intelectuales, tenían que retribuirlas obligatoriamente con este suplemento de labor.

Otros funcionarios remitían cada día á los obreros que cumplían con una ú otro obligación vales ad hoc á la presentación de los cuales se entregaba al portador en los depósitos administramos lo que le correspondía en comestibles y provisiones diversas para el día y á épocas determinadas traje, sombrero, zapatos, camisa y otra ropa blanca, etc., á los de la jornada de cuatro horas. Los otros recibían, además, los artículos y objetos no mencionado» en el vale restrictivo.

El agricultor estaba sometido á disposiciones algo parecidas.

Se entregaba á cada campesino una porción de terreno igual en dimensiones, y según las necesidades del consumo el agricultor estaba obligado á cultivar únicamente los productos que la administración del país juzgaba oportunos, Un tanto por ciento de la cosecha debía ser entregado al listado para el abastecimiento de los depósitos administrativos; lo demás quedaba en posesión del campesino, el cual recibía además las máquinas, herramientas, semillas, abono, etc., gratuitamente del Estado para efectuar su labor en las mejores condiciones posibles.

Todos los ciudadanos debían velar por bis buenas costumbres y el orden público, y estaban facultados para administra!’ ellos mismos en el acto á los delincuentes el castigo paternal á que se hicieran acreedores por su mala conducta é indignidad.

Así quedó suprimido todo cuerpo de policía organizado, no existiendo otras prisiones ó lugares de arresto y de detención que pequeños calabozos situados aisladamente en diferentes partes de los centros poblados, donde se tenían cuerrados á los recalcitrantes durante unas cuantas horas á criterio de los mismos damnificados.

En cuanto á lo concerniente á la buena marcha de la cosa pública estaba confiado exclusivamente á técnicos profesionales, ingenieros y estadistas entendidos en los asuntos de producción.

Estos funcionarios superiores, cabeza de gobierno, no gozaban de ningún privilegio especial, y se renovaban parcialmente cada año.

XXI

REVOLUCIÓN Y NUEVA FORMA SOCIAL EN ITALIA, ESPAÑA Y PORTUGAL

En Italia, España y Portugal la monarquía había sido substituida por la forma republicana. Los déspotas que manejaban y oprimían á estos tres países pudieron sustraerse por una fuga precipitada: á los furores populares.

Pero, sí bien prometía mucho para el porvenir, el cambio de régimen no había sido de tan hondas consecuencias como parecía debía suceder.

Sin embargo, se dejó sin llenar él puesto de jefe del Estado, y de las dos Cámaras se conservó una, sola, la de diputados. Por lo demás, la propiedad privada fué mantenida provisionalmente, así como el uso del dinero, salvo que se dictó unas leyes según, las cuales los ciudadanos no podían poseer más de ciertas extensiones de terreno y de una cantidad dada en efectivo. Lo. sobrante pasaba á poder del Estado, para ser convertido en pensiones para los obreros viejas é imposibilitados de trabajar.

Además, se decretaba la abolición de las herencias.

Las tierras, casas, dinero, máquinas y otras herramientas á la muerte de sus poseedores volvían á la nación, la que esperaba de esta manera conseguir la supresión de la propiedad privada en un término relativamente corto, sin imposiciones ni violencias revolución arias.

Frente al industrialismo y patronato particulares se levantó el industrialismo y patronato estatales, en activa lucha de competencia mientras se efectuara la absorción global de todos los medios de producción y de todos los trabajadores por el Estado productor. Los terrenos heredados por éste eran entregados para su cultivo á los agricultores desocupados, y los inmuebles adquiridos de igual modo eran repartidos á los obreros padres de familia numerosa ocupados en los talleres del Estado.

Por otro lado, no habiendo ya preocupaciones relativas á la seguridad exterior del territorio, los ejércitos permanentes fueron suprimidos; una simple guardia nacional que hacía los oficios de vigilancia interna como cuerpo de policía era todo la fuerza armada aun conservada. Disminuida en esta forma la legión parasitaria, la jornada de trabajo se fijó á seis horas para todo el mundo. Los salarios fueron clasificados en dos categorías: para obreros manuales y para intelectuales.

Estos últimos gozaban de una retribución superior en un veinticinco por ciento sobre los primeros. Pero dentro de cada categoría no había distinciones relativamente á los diferentes cuerpos de oficio ó profesiones. Es decir, que carpinteros, tipógrafos, albañiles, mecánicos, cocineros, etc., por la 1a. categoría; ingenieros, dibujantes, arquitectos, etc., por la 2a. ganaban un sueldo uniforme; y dentro de cada oficio no cabía tampoco diferencias en los jornales.

El sueldo único para todos los productores sé impuso como una primera medida de justicia y de igualdad, porque se reconició con razón que el tener más ó menos habilidad ó capacidad para comprender ó ejecutar las cosas no implica forzosamente que las necesidades de unos de otros sean diferentes y deban ser motivo de injustas preferencias.

XXII

EN INGLATERRA

Sola Inglaterra, gracias á su situación geográfica especial, parecía haberse sustraído casi completa-mente á la influencia regeneradora de los acontecimientos que se desarrollaban en el continente firme, y continuaba bajo la dominación de su rey constitucional como curioso recuerdo de un sistema gubernamental desaparecido para siempre de las otras regiones bajo el empuje demoledor de la invencible acción libertaría.

Una representación más democrática por medio del sufragio universal había reemplazado, es cierto, el gobierno aristocrático de los lores; pero esto era casi todo, ya que con el mantenimiento estricto del principio de propiedad, poco resultado práctico habíase conseguido con este insignificante cambio hecho obligatorio, por medio de leyes reglamentarias del trabajo, la jornada de ocho horas en todo el país y fijado un mínímum de salario para el trabajador.

XXIII

FIN DE LA TIRANÍA DE LOS ZARES

En cuanto á Rusia, mía sublevación formidable del país había puesto fin á la feroz tiranía de los zares, y descargado sobre el aborrecido autócrata que lo martirizaba y sus no menos odiados cómplices, el peso formidable de la justa venganza de las victimas.

Sorprendido el sanguinario déspota en el mismo palacio imperial donde se encontraba reunido con los príncipes, grandes duques y otros altos dignatarios de la corte discutiendo el plan de campaña que debía adoptarse frente al conflicto internacional, y puestos en la imposibilidad de fugarse, no se necesitó mucho tiempo para que el pueblo enfurecido resolviese sobre la suerte de sus verdugos. En breves instantes el soberbio é inmenso palacio desaparecía entre las rojas llamaradas, consumiéndose junto con sus siniestros moradores, dejando satisfecha la inexorable justicia popular con este merecido castigo infligido á los abominables tiranos que durante tanto tiempo reinaron por el terror en aquellas regiones sometidas á su duro despotismo.

El inmenso territorio se desmembró por sí mismo, fraccionándose en un sinnúmero de pequeñas organizaciones autónomas, es decir, con sistemas de vida propios, teniendo muchos puntos de contacto con el consumo.

Repartidas las enormes extensiones de tierra incultas entre los campesinos, éstos saludaron con grandes demostraciones de alegría la nueva era liberadora en la cual iba á reinar la felicidad para todos, proporcionándoles los medios de conseguir un bienestar en relación con las costumbres sencillas de su vida de casi primitivos sin grandes deseos ni muchas necesidades, pudiéndolo alcanzar sin mayores esfuerzos ya que sólo una rudimentaria explotación del sucio les brindaría la abundancia deseada, mien-tras que, desarrollándose progresiva é incesantemente, el poder intelectual de los habitantes adquiriera la plenitud de su esplendor, permitiéndoles la aplicación de los métodos más científicos y perfeccionados al servicio de las nuevas exigencias que nacen indefectiblemente al iniciar cada avance en la vía del progreso.

XXIV

SERENA VISION DEL PORVENIR

Resplandeciente de luz y de gloria amaneció la nueva época, preñada de fraternidad y de amor, Y los pueblos renaciendo á la vida con vigor después de su agónica existencia de tantos siglos de continuas desesperanzas, pasadas y ya olvidadas las espantosas, horas de fiebre revolucionaria, respiraban confiados, á pulmón lleno la dulce brisa de paz que sucedía de repente al horroroso huracán de furor sanguinario, y cuyo suave aliento besando hombres libres en la frente parecía querer recompensar con la pureza de su caricia sus titánicos esfuerzos de rebeldía.

Todo fué bien en los primeros días de estos grandiosos ensayos de nuevas organizaciones sociales.

Todo fué bien, repetimos, porque el entusiasmo popular se conservaba vivo y lleno de fe, prestándose incondicionalmente á secundar la obra regeneradora tan decidida y valerosamente emprendida.

Pero, ¡ay! las generosas ilusiones del primer momento no lardaron en esfumarse una después de otra para dejar lugar á la vez más ingrata y desalentadora realidad de las cosas.

No había transcurrido todavía un año desde que se había efectuado el derrumbe de los viejos edificios sociales, y ya los productores veían con amargura que su situación no había siendo siempre los eternos engañados, aunque la forma de gobierno ó de organización social había cambiado más ó menos radicalmente.

Salvo en Francia, donde el ensayo comunista parecía dar todos los beneficios que se tenían cifrados en su implantación, los demás pueblos se daban cuenta de que la felicidad anhelada por ellos no había sido, esta vez tampoco, alcanzada, ni por mucho.

Ni el Estado Socialista alemán con su disciplina rigurosa en todos los actos de la vida, ni las Repúblicas archiliberales que sucedieron á las monarquías, constitucionales ó absolutas, habían logrado conservar intacto el favor popular. La espontánea cooperación de los productores da-da á las nuevas formas de gobierno se fué poco á poco debilitando, siendo causa de que el desaliento se apoderara gradualmente del mayor número ante esta cruel comprobación del fracaso de la gigantesca empresa.

Entonces ya sin esperanza de poder alcanzar en su propio país la felicidad soñada, cada pueblo mirando á su alrededor, tartó de averiguar el estado de los trabajadores en las demás naciones.

Y Francia atrajo irresistiblemente la atención de todos.

Allí parecía verdaderamente que existiese la edad de oro.

Sin autoridades de ninguna clase que restringieran el libre desenvolvimiento del individuo, la armonía más perfecta reinaba entre todos los productores.

Y, como es lógico y natural, los descontentos de todas partes, alemanes, italianos, españoles, ingleses, etc., invenciblemente atraídos, fascinados por la vida dichosa de los comunistas franceses, empezaron á emigrar hacia aquella región de prosperidad y libertad sin iguales. Naturalmente, los primeros que llegaron pasaron ignorados y sin llamar la atención cu medio del gran torbellino de las actividades comunistas, pero la corriente humana no tardó cu asumir proporciones tan anormales, que un algo de inquietud empezó á manifestarse en el espíritu de los primitivos ocupantes.

El peligro, sin ser inmediato, de una formidable aunque pacifica invasión de los trabajadores de afuera, ahogando la prosperidad de las nacientes comunas por su número excesivo, existía, sin embargo, para un muy próximo porvenir, y las reflexiones que tan inesperada perspectiva sugería no dejaban de ser crueles.

¿Pero, qué….? la Francia anarquista, la Francia de la libertad no podía oponerse á la venida de los productores extranjeros.

¿Extranjeros? No. Para los comunistas franceses, esta palabra no tenía ya significado: todos los hombres eran hermanos y se debían ayuda y protección.

Y todos fueron acogidos fraternalmente por ellos.

Pero, como según todas las probabilidades, el aluvión extranjero en lugar de disminuir aumentaría cada vez más á medida que los individuos irían comparando el esplendoroso desarrollo de la vitalidad comunista frente al lamentable estancamiento de las demás formas sociales, era de suma urgencia estudiar con la atención debida un problema relacionado tan directamente con el porvenir y la vida misma de las jóvenes comunas.

Se resolvió, pues, proceder á una grandiosa consulta popular en la que intervendrían todas las co-munas interesadas de la región francesa, á fin de discutir y resolver prácticamente, dentro de las ideas de libertad sustentadas por estas altruistas agrupaciones los medios más adecuados para precaverse contra las sorpresas desagradables que pudieran surgir más adelante.

Cada comuna debía deliberar independientemente de las demás, formular y discutir proposiciones propias, adoptando las que, racionalmente, reuniesen las mayores probabilidades de éxito.

Estas proposiciones enviadas después á las demás comunas debían servirles de datos ilustrativos para la, elección de las que más convengan, ó si no les agradaba ninguna de las ajenas, quedarse sencilla-mente con las suyas.

Así estaban perfectamente garantizadas y respetadas la libertad y autonomía de las diversas comunas sin que hubiese sombra siquiera de imposición de parte de ninguna de ellas en perjuicio de una ó de otra, quedando así eliminado sabiamente todo lo que podía herir justas susceptibilidades ó romper la tan necesaria solidaridad de los grupos cutre ellos.

¿Qué iba á salir de estas solemnes asambleas deliberativas, tan genuinamente populares?

No lo sabemos. Pero al ver la decisión y confianza con que estos hombres libres encaraban los más graves problemas, no había por qué abrigar temores acerca del futuro. Ninguna duda de que el genio de la raza había de ser siempre vencedor de las situaciones más imprevistas y complicadas, las que irían necesariamente eliminándose poco á poco de sí mismo cuando los pueblos despojándose definitivamente de errores y prejuicios seculares, únicos obstáculos serios opuestos á su felicidad completa, no vacilasen en imitar estos ejemplos concluyentes, extendiendo su adopción á todas las regiones habita-das de la tierra para el mayor beneficio de los humanos.

FIN.

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